Cadenas Capítulo 50
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Capítulo 50

Lugar desconocido, Estado Central

Se levantó antes de que amaneciera. No por ansiedad ni por miedo, sino por una disciplina formada con los años. Ese día lo había imaginado desde hacía varias semanas, quizá meses. Cuando abrió los ojos, antes de que el reloj marcara siquiera las seis, ya sabía que no habría vuelta atrás.

Se vistió con calma, sin prisas, como preparándose para un acto ceremonial que solo él entendía. El aire dentro de su pequeña habitación estaba quieto, y el silencio —que a otros pondría nerviosos— para él era un recordatorio de control, de enfoque, de propósito.

Desayunó solo. No le temblaban las manos. Su respiración era calma.

Parecía un hombre común iniciando un día cualquiera. Pero no lo era.

Cuando dejó su taza en la mesa, supo que ya era hora.

Salió y caminó hasta el pequeño local de paquetería.

El ruido de la ciudad apenas despertando le pareció agradable, como un preludio que acompañaba otra pieza en su plan.

Entró al establecimiento con dos cajas idénticas en sus manos, preparadas con minuciosidad.

Cada una contenía documentos, correos impresos, grabaciones, fotografías y videos que, juntos, tenían la capacidad de destruir a una sola persona.

No era odio —aunque sería mentira decir que no existía un rastro de rencor—. Lo movía algo más profundo, más antiguo: una promesa.

Una deuda con quienes ya no estaban.

Una forma de ofrecer justicia —esa justicia perezosa— que él había decidido empujar con sus propias manos.

El empleado del local lo atendió con una sonrisa rutinaria.

—¿Desea envío express ? —preguntó mientras tomaba las cajas.

—Sí. Que lleguen mañana.

—Con gusto. Llegarán sin falta —aseguró, sellando los paquetes.

Asintió, pagó y se retiró.

El sonido del sello sobre el cartón fue, en su mente, algo parecido a un disparo: definitivo, irreversible.

El primer paso estaba cumplido. Ya no había marcha atrás.

Cuando regresó a su despacho, cerró la puerta con llave y tomó el teléfono. Marcó el número que conocía de memoria.

—Es hora de reunirnos —dijo, con la calma de quien siempre ha estado en control—. El juego está definido.

Hubo un segundo de silencio absoluto. Ese tipo de silencio que siempre llega tras una noticia inesperada.

Luego, la risa leve e irónica del Ratón.

—¿Y ahora? —respondió—. ¿Por qué tanta prisa? Me has tenido olvidado varias semanas.

Era evidente que la voz distorsionada que escuchaba ya no le provocaba miedo ni ansiedad. Ahora lo divertía. Para él, el misterio estaba resuelto desde hacía tiempo.

—Te prometí que cuando todo estuviera listo, nos veríamos —continuó la Voz—. Hoy todo está bajo control. Ya no tengo razón para seguir en las sombras. Dime dónde y cuándo. Esa será mi prueba de lealtad.

El Ratón soltó una carcajada corta.

—¿Así de fácil? —dijo, entretenido—. ¿Quieres conocerme o quieres que te conozca?

La Voz no mordió el anzuelo.

—¿Quieres que nos reunamos o no?

El Ratón, siguiendo su propio teatro, respondió:

—Ok, supongo que no estarás muy lejos. Entonces, hagámoslo mañana. El lugar… que sea en Santa Rosa, en la misma casa del Toro. A mediodía.

—Sin problema —respondió la Voz, sin dudar—. Mañana. Al mediodía. En la casa del Toro.

El Ratón, incapaz de contener su burla, añadió:

—Y dime algo… ¿vienes solo o acompañado de un ejército para cuidarte?

Hubo un silencio mínimo. Luego, la respuesta firme:

—Empecé solo contigo. Terminaré solo contigo. Avisa a tu gente que no me detenga. Si quieres mi respeto, yo quiero el tuyo.

Aquella frase le borró la sonrisa. Lo desconcertó más de lo que admitió.

—Así será —dijo, recuperando el tono—. Yo cumplo mi palabra.

Colgó.

Durante varios segundos se quedó sosteniendo el teléfono. La respuesta de la Voz había generado una duda inesperada.

¿Y si se había equivocado sobre la identidad de la Voz?

¿Y si no era quien él creía?

¿Y si había subestimado al hombre del otro lado?

Luego soltó una carcajada, disipando la duda.

—Ese cabrón… sí que tiene agallas —murmuró—. Tiene que ser el capitán.

Y así, con una mezcla de expectativa y arrogancia, comenzó a preparar su encuentro.

* * *

Cuando terminó la llamada, la Voz permaneció sentada en silencio. No era una persona que vacilara, pero incluso entendía que había momentos en los que uno debía detenerse para evaluar el borde del abismo antes de decidir si daba el paso definitivo. Ese era uno de esos momentos.

Respiró hondo. Muy hondo. No por miedo, sino por claridad.

Porque lo más complicado estaba a punto de comenzar.

La decisión de ver personalmente al Ratón era un punto crítico del plan, quizá el de mayor riesgo.

Todos los hilos que había movido durante las últimas semanas.

Cada provocación que lanzó, cada mensaje, cada empujón estratégico, cada pieza que obligó a caer en el orden preciso.

Todo lo que había hecho hasta ese día había sido calculado con paciencia, casi con maestría.

Y, aun así, por primera vez desde que ideó el plan, sintió una punzada de incertidumbre muy humana.

Esa última parte… esa era la más frágil.

—¿Pero qué carajos estoy haciendo?

La pregunta surgió, honesta, inevitable.

No era miedo a morir. A esas alturas, la muerte era casi un espectro familiar. Era miedo a fallar. A no cumplir la promesa que lo había impulsado todo.

Pensó que quizá debería haber ideado un camino menos arriesgado. Uno donde no se expusiera. Uno donde no dependiera solo de sí mismo.

Pero la duda duró apenas unos segundos.

Su instinto —esa brújula que nunca lo había traicionado— lo devolvió al centro.

No había otra forma. No si quería cumplir su promesa. No si quería terminar lo que empezó.

Se levantó, se ajustó la ropa y apagó la luz del despacho.

Ya no había espacio para arrepentimientos.

* * *

El día que había elegido el Ratón —domingo— no podía ser más perfecto.

Había tenido suerte: un día en el que nadie notaría su ausencia, en el que no se esperaba que estuviera en su rutina ni que respondiera mensajes, y en el que cualquiera que lo conociera asumiría que estaba atendiendo cualquiera de sus obligaciones habituales.

Ese margen de invisibilidad era exactamente lo que necesitaba.

Con esa tranquilidad en mente, salió de su casa con el mismo paso medido de siempre, consciente de que ese sería el último día antes de que todo quedara expuesto. Cada decisión previa había sido fría; ese domingo sería distinto. Sería definitivo.

El camino hacia Santa Rosa se presentaba frente a él con la misma familiaridad que tenía en su memoria. Hacía años que no conducía por ahí, pero sabía exactamente dónde el asfalto se levantaba, dónde la curva engañaba o dónde los baches acechaban.

Le tomaría cuarenta minutos llegar. Cuarenta minutos para pensar o para dejar la mente en blanco.

Imaginó la escena que el Ratón habría montado para recibirlo.

Ese hombre no sabía otra forma de vivir que no fuera desde la desconfianza absoluta. Debía tener halcones apostados en cada brecha, vigías en cada loma y dos o tres hombres escondidos detrás de cada camioneta vieja.

Sería imposible sorprenderlo.

De hecho, no pretendía hacerlo, sino lo contrario.

Si había algo en lo que podía confiar era en la predictibilidad del Ratón.

Su paranoia era su mejor arma, pero también su mayor debilidad.

Sonrió un instante, de forma breve.

Todo estaba sucediendo exactamente como esperaba.

* * *

A unos veinte kilómetros del pueblo, supo —sin necesidad de verlo— que ya lo estaban observando. No porque detectara algo sospechoso o porque hubiera un movimiento evidente, sino por el ambiente mismo: el silencio de la carretera, la falta de pájaros, las tiendas vacías.

Sí.

El Ratón sabía que iba en camino.

Perfecto.

Él también había tomado precauciones propias, pero ninguna llamativa. Lo más importante había sido polarizar los cristales del auto. No era un lujo ni un capricho: era parte de la coreografía.

Si el Ratón quería verle la cara, tendría que contener la tentación de abrir fuego.

Y lo conocía lo suficiente para saber que la curiosidad sería más fuerte que la brutalidad inmediata.

La teatralidad —bien usada— podía salvar vidas. En especial, la suya.

* * *

Cuando el arco de cemento que marcaba la entrada del pueblo apareció a menos de cien metros, redujo la velocidad. No necesitaba apresurarse. De hecho, apresurarse sería un error. Había calculado cada minuto para llegar justo a tiempo, no antes, no después.

Desde esa distancia pudo distinguir figuras colocadas estratégicamente en las esquinas. Hombres que fingían ser transeúntes apoyados en postes, otros que simulaban curiosear una tienda que a esa hora siempre estaba cerrada. Un par moviéndose como si estuvieran discutiendo sobre el clima.

Demasiado orden y gente para un pueblo tan pequeño. Demasiada vigilancia para un domingo por la mañana.

Era evidente que el Ratón había desplegado toda su maquinaria. Varios niveles de protección, capas sobre capas de vigilancia.

Y, aun así…seguía siendo tan predecible.

Tanto, que le provocó una sonrisa involuntaria.

Siempre igual, pensó.

Siempre con la misma lógica, las mismas trampas, las mismas sombras.

Esa previsibilidad, paradójicamente, era lo que le daba tranquilidad.

No estaba entrando a un territorio salvaje.

Estaba entrando a un juego que conocía a la perfección.

* * *

Mientras avanzaba los últimos metros, una última duda —ya convertida en temor real— cruzó su mente:

¿Y si las cosas no salen como quiero?

¿Y si este es el punto donde todo puede quebrarse?

Pero no se permitió abandonar el plan. Nunca había sido cobarde, pero tampoco ingenuo. Sabía que el riesgo era real, que el fin podía llegar sin que nadie supiera su verdadero papel en la caída de tantos nombres.

Aun así, la conclusión era sencilla: Si no lo hacía él, nadie lo haría.

Y, con esa certeza, se adentró en Santa Rosa de la Paz, derecho hacia la casa del Toro, donde el Ratón estaba a punto de descubrir la identidad de la Voz.

O, al menos, lo que él creía que descubriría.