Capítulo 19
Vega
Odio cuando me quitan piezas en mitad de un caso. No es solo por el trabajo. Es por el ritmo, por el control, por esa sensación de que todo encaja porque yo lo obligo a encajar. Y ahora mismo, nada tiene sentido.
—Ya se ha ido —dice una voz desde la puerta—. Ha sido trasladado de inmediato.
Reconozco la voz de Adam Mitchell, mi superior, antes de mirarlo. No aparto la vista de la pizarra. Fotos, nombres, rutas, fechas; todo conectado con líneas rojas que ya no son suficientes. Nunca lo son en casos como este.
—¿Cuándo? —pregunto sin aire.
—Esta mañana.
Aprieto el bolígrafo entre los dedos hasta que casi cruje.
—Y avisarme con tiempo era demasiado complicado, ¿no?
Levanto la vista al fin. Mitchell está apoyado en el marco de la puerta como si no tuviera prisa, pero la tiene.
Siempre la tiene. Es alto, de hombros anchos y con esa presencia que llena el espacio sin esfuerzo.
Lleva un traje demasiado bueno para esta comisaría; oscuro e impecable.
El pelo oscuro empieza a clarear en las sienes, perfectamente peinado.
Es de esos hombres que parecen tener todo bajo control incluso cuando el mundo se está yendo a la mierda.
—No ha sido exactamente… planificado —dice.
Suelto una risa seca, sin rastro de humor.
—Claro que no.
Vuelvo a la pizarra, pero mis ojos ya no ven los datos. Solo pienso en lo que significa: traslado inmediato. Claro. Es la forma elegante de la comisaría de limpiar la basura sin hacer ruido.
—¿Cuánto tiempo llevaba consumiendo? —pregunto, dándole la espalda.
El silencio que sigue es mi respuesta. Mitchell era consciente de todo lo que Bale se metía, y no hizo nada hasta que fue inevitable.
—Genial —murmuro—. Justo lo que necesitaba en mitad de una red de trata: un compañero drogándose mientras seguimos a tipos que venden niños.
—Se le ha abierto expediente, Hartman —responde él con tono administrativo.
—¿Y a mí qué? —Me giro con la irritación subiéndome por el pecho—. Yo me quedo con el caso a medias y los hilos colgando.
Respiro hondo, intentando que no me estalle la cabeza.
—No necesito reemplazo —añado antes de que abra la boca—. Puedo llevarlo sola.
En cuanto termino la frase, veo su expresión y sé que he perdido la batalla. Esa cara significa problemas.
—No es opcional, Hartman.
—Es mi caso. Llevo meses enterrada en esto.
—Es una red de trata —me corta él, endureciendo la voz—. Mujeres. Menores. Esto no es un puto robo de barrio que puedas gestionar sola por mucho que te creas la sargento de hierro.
El silencio se vuelve denso entre los dos. No aparto la mirada. No cedo. Mitchell suspira, pasándose una mano por la mandíbula como si ya estuviera cansado de mí.
—Te han asignado a alguien. Llega hoy.
—No trabajo con gente nueva en mitad de una investigación. No tengo tiempo para hacer de niñera.
—Te adaptarás. No es un novato, tiene un historial impecable.
—Me da igual su historial.
—Hartman... — me advierte.
—No.
Él me mira fijamente. Sé lo que piensa: que soy difícil, imposible, que nadie quiere trabajar conmigo. Y tiene razón. Pero no es el momento para experimentos en este caso.
—Llegará en diez minutos —dice Mitchell finalmente—. Viene transferido de otra unidad. Así que te pido que hagas el esfuerzo de ser amable, o al menos, de no dispararle el primer día.
Se da la vuelta y se va antes de que pueda replicar. Me quedo sola. El silencio de la sala ahora pesa más. Me paso las manos por la cara, intentando quitarme la presión de encima. Miro las fotos de la pizarra. Chicas demasiado jóvenes. Miradas vacías. Niños que no deberían saber qué es el miedo.
Bale estaba demasiado ocupado destruyéndose como para verlo. Y ahora me meten a un extraño que va a entrar aquí pretendiendo entenderlo todo de golpe.
Los diez minutos pasan demasiado rápido. Escucho pasos en el pasillo: firmes, rítmicos, sin una sola duda. La puerta se abre con una decisión que me irrita de inmediato.
Levanto la vista y ahí está.
Es alto, demasiado para este despacho pequeño.
Se queda en el umbral, imponiendo una presencia física que me obliga a enderezarme.
Y sí, es guapo. De esos que lo saben y no necesitan decirlo.
Mandíbula tallada, mirada fría, todo en su sitio.
Pero no entra como los demás. No me busca a mí primero.
Sus ojos recorren la sala, la pizarra, las fotos...
analiza cada detalle como si estuviera haciendo un mapa mental.
Evaluando. Calculando. Eso me toca los cojones a niveles estratosféricos. Porque este es mi santuario.
—¿Qué pasa? ¿En tu unidad no enseñan a llamar antes de entrar? —suelto, sin una pizca de cortesía.
Entonces me mira directamente a los ojos. Son unos ojos grises, de un tono tormentoso que me deja descolocada un segundo.
—Inspector Hale —dice. Su voz es baja, controlada—. Tú debes ser Vega Hartman.
No me ofrece la mano, no sonríe y tampoco intenta caerme bien.
—Llegas tarde —miento. Me da igual si es verdad o no.
Él ni se inmuta. Consulta su reloj con una parsimonia exasperante.
—Me dijeron que entrara en diez minutos. He tardado ocho.
Perfecto, es uno de esos. Eficiente y repelente. Me cruzo de brazos, bloqueando su visión de la pizarra.
—Pues te han mentido.
Silencio. No reacciona a mi provocación. No entra en mi juego, y eso me molesta más que si me hubiera gritado.
—Este es mi caso —dejo claro, marcando territorio—. Mis reglas. Mi ritmo. Si no puedes seguirlo, pide el traslado ahora mismo y nos ahorramos el drama.
—Entendido —contesta sin dudar ni vacilar.
Frunzo el ceño. Demasiado fácil.
—No voy a explicarte nada desde cero. Te pones al día tú solito si tanto historial tienes.
—Ya lo he hecho.
Eso me detiene en seco.
—¿Perdón?
Señala la pizarra con un leve gesto de la barbilla.
—Faltan tres conexiones en la ruta este. Y la chica de la foto inferior izquierda no es la misma en los dos informes que habéis archivado.
El aire en la habitación cambia. Me giro automáticamente hacia la pizarra, buscando el error. Lo encuentro. Tiene razón. Vuelvo a mirarlo, esta vez con mucha más atención.
—¿Has revisado el caso antes de entrar?
—Sí.
No hay arrogancia en su voz, solo hechos. Eso es mil veces peor. Camino hacia él, acortando la distancia hasta quedar a un paso. Él no retrocede.
—Escúchame bien, Hale o como te llames. No me importa de dónde vengas ni lo listo que te creas. Aquí mando yo. Y no confío en nadie que sabe más de lo que debería nada más llegar.
Sostiene mi mirada. No baja los ojos, no parpadea. Hay una intensidad en su mudez que me pone en alerta.
—Pues será mejor que me vigiles de cerca —dice él.
Hay algo en su tono. Algo que no me encaja, una nota oculta que no sé descifrar. Le sostengo el desafío un segundo más antes de apartarme.
—Empieza por ahí —señalo el mueble con las pilas de documentos—. Y no toques nada sin mi permiso.
—Entendido.
Camino hacia mi mesa, pero siento su presencia en mi espalda como una carga eléctrica. No es incomodidad física, es algo más profundo. Como si su figura ocupara todo el despacho. Como si, de alguna forma que no entiendo, él ya supiera exactamente dónde se está metiendo.
Lo ignoro. No tengo tiempo para intuiciones. Este caso me importa demasiado como para dejar que un inspector de ojos grises me distraiga del horror que intentamos detener.