Cada paso me condujo a ti Capítulo 22 - Lo que no empieza, también puede doler
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Capítulo 22 - Lo que no empieza, también puede doler

M ili se había ido con Vince y los abogados. No se habían despedido.

Por lo que pudo deducir, Francis no había vuelto al apartamento esa noche. Tampoco le escribió. Y esa ausencia comenzó a inquietarla tanto que era difícil de ignorar.

La noche fue larga. La mañana siguiente, silenciosa.

Era lunes, pero el caos desatado la tenía encerrada en su apartamento. No porque lo hubiera elegido. Habían sido las recomendaciones finales de los abogados de Francis y del propio Vince. Las chicas tampoco iban a ir, para evitar más conexiones innecesarias con todo aquello.

Sola en el living room, Mili terminaba de cerrar una maleta. Solo iba a llevarse lo esencial: ropa, libros, un par de objetos del trabajo. El resto se quedaría. Como si dejar cosas físicas pudiera ayudarle a soltar las otras.

Había aceptado mudarse a la propiedad en Hampstead —otra de las residencias pertenecientes a los Brixton— por estrategia, para intentar disminuir un poco el seguimiento constante.

La explicación era simple: cortar los puntos en común. Si dejaban de vincularlos con la misma dirección, si no los veían juntos por un tiempo, los rumores perderían fuerza. El seguimiento se enfriaría. Ella dejaría de ser la supuesta tercera en discordia.

Lo entendía. Lo aceptaba.

Lo que no lograba ordenar no tenía que ver únicamente con el escándalo ni con todo lo que estaba ocurriendo alrededor.

Desde el momento en que Francis se había levantado de aquella reunión sin siquiera mirarla, algo se había desplazado. No entre él y el mundo. Entre él y ella.

Y eso era lo que no terminaba de entender.

Porque ella podía comprender que existiera esa versión de él.

Había visto algo de eso en aquella reunión del banco, meses atrás, cuando todavía era un desconocido.

Precisa, estratégica, sin fisuras. Sabía que era real y que tenía sentido por lo que él era.

Ese hombre y el que le había preparado el café un domingo, el atento a los detalles, el que la escuchaba hablar de cualquier cosa... podían coexistir. Eso no la asustaba.

Lo que no lograba procesar era que esa distancia también la hubiera alcanzado a ella.

Como si de un momento al otro hubiera pasado a ser parte del problema.

Como si la burbuja en la que habían vivido —la cercanía, la cotidianidad, todo lo que habían construido sin ponerle nombre— hubiera sido, de golpe, algo que también había que gestionar.

Se cubrió la cara con las manos un momento.

Por pura inercia, tomó el mando y encendió la televisión.

El apellido Brixton apareció casi de inmediato en la pantalla. Luego el de ella, la empresa, Steph. Todo.

Hizo zapping una vez. Después otra. El tema estaba en todos lados.

Apagó la televisión.

Se levantó de golpe. Caminó hasta la cocina y se sirvió un vaso de agua, intentando bajar la presión extraña que sentía instalada en el pecho.

Quizá eso era lo que todavía no terminaba de dimensionar. Ella entendía el poder. Pero esto era distinto.

Francis no solo pertenecía a una estructura inmensa. Él mismo era la estructura.

El nudo en el estómago se intensificó.

Quizá él ya estaba gestionando todo aquello desde un lugar completamente distinto al de ella.

Eso era lo que le apretaba el pecho.

No saber dónde estaba parada. Dónde la había dejado él. No dudaba de lo vivido. Sí de su fragilidad ante algo que parecía mucho más grande que ellos dos.

Era absurdo.

Sentía que habían retrocedido de golpe a un lugar extraño, incierto. Como si ya no supiera quiénes eran el uno para el otro.

Encendió la música. Necesitaba que algo vibrara en otra frecuencia.

Entonces escuchó, amortiguado por la puerta, el sonido de un móvil sonando en la escalera. Se asomó. Y ahí estaba él. Francis, de espaldas, bajando el primer escalón como si ya se fuera con el móvil en la mano. Ella abrió la puerta sin pensarlo.

Él se giró. La miró. Sonrió. Pero no llegó a los ojos.

—Hola —dijo suave—. ¿Te asustaste? No creo que puedan entrar a sacar fotos hasta aquí.

Intentó sonar relajado, pero el aire entre ellos se había vuelto denso, frágil.

—No lo había pensado, la verdad —respondió ella—. Creí escuchar ruido en la puerta y te vi… ¿te vas?

Francis asintió despacio.

—Sí. Sin demasiado equipaje, como verás —dijo alzando las manos, mostrando el bolso de cuero que colgaba de su hombro.

Todo parecía forzado, incómodo.

Como ella no decía nada, él subió el escalón hasta la puerta y agregó:

—Voy a estar viajando por varias sucursales, Mili. A empezar algunos proyectos nuevos. No estaré mucho por aquí.

Mili bajó la mirada.

—¿A qué hora sale tu vuelo?

—No tengo hora exacta. Voy a usar el avión de la familia para evitar más periodistas.

—Entonces… ¿te quedas a tomar un café? Creo que nos debemos una charla.

Francis dudó, sonrió.

—Sí. Quizás sea el último. Lo voy a aprovechar.

La palabra le cayó a Mili como una piedra en el pecho.

"Último."

Ya había vivido antes conversaciones que empezaban a sonar a cierre mucho antes de convertirse realmente en uno. Ya se había sentado frente a un adiós disfrazado de prudencia.

Pero esta vez todo se sentía distinto.

Porque con Santiago había sido una erosión del tiempo, algo interno. En cambio, con Francis, había sido un golpe de afuera. O eso había creído.

Y ahora no tenía del todo claro.

Ella abrió la puerta.

—No digas eso. Por supuesto que no será el último.

Entraron en silencio. Volvieron, casi sin pensarlo, a esa rutina compartida. Francis buscó los pocillos de cerámica mientras Mili encendía la cafetera. Sus cuerpos se movían en armonía, como si aún vivieran dentro de esa vieja complicidad.

No había palabras: solo pasos suaves, cucharitas, el aroma del café llenando el ambiente.

Cuando estuvo listo, Francis le alcanzó la taza sin mirarla. Ella la recibió con un leve temblor en los dedos.

Se sentaron. Él, inclinado hacia adelante, mirando el café. Ella, con los ojos puestos en él.

Mili no podía dejar de observarlo. Llevaba una camisa clara, abierta en el cuello, sin el traje que solía definirlo en otros contextos.

El cabello ligeramente desordenado, como si hubiera salido sin mirarse demasiado al espejo.

Y sin embargo seguía siendo él. Los ojos gris azulado, que en esa luz interior se volvían más oscuros, posados en la taza.

El bronceado, sus rasgos angulares. Las manos fuertes y quietas alrededor del pocillo.

Y ese perfume. Oscuro, limpio, con algo de madera y humo. Que llegaba antes que cualquier otra cosa y se quedaba después.

Un latido desordenado se encendió en su pecho. Uno que no debía.

Él levantó la mirada y se encontró con la suya. Hubo un segundo en que no supieron qué hacer. En los ojos de ella había algo más que nostalgia. Había algo similar al deseo. Y eso lo descolocó.

—Milagros —dijo con una voz grave, rota. No había enojo. Solo una marea contenida.

Bajó la vista. No quería llorar. Pero sentía que todo aquello empezaba a desbordarla.

Se acomodó en la silla.

Él habló primero.

—No sé muy bien qué decir… solo que de todos los escenarios que imaginé… este nunca se me cruzó. Sí, sabía que había riesgo. Pero así… no.

Hizo una pausa. La miró con una mezcla de cansancio y algo más difícil de nombrar.

—Ayer, cuando aclaraste que éramos amigos… cuando intentaste dejarlo tan claro delante de todos… me dolió un poco, no te voy a mentir. Sentí que necesitabas apartarte de mí. Como si lo nuestro fuera algo de lo que convenía tomar distancia.

El aire se tensó.

Mili abrió los ojos desconcertada. Nunca hubiera pensado que esa era su interpretación. Se apresuró a hablar, nerviosa.

—Francis… jamás me molestaría que nos vinculen.

Nada de lo que dije fue por nosotros dos.

Ni lo del coche ni cuando intervine. No estaba pensando con claridad.

Tenía miedo de entorpecer tu vida. Si había alguien más, si existía algo que yo no sabía…

no quería ser un obstáculo. No quería ser egoísta.

La distancia volvió a instalarse entre ellos, pero ya no era la misma.

Francis se pasó la mano por la nuca. Luego se frotó la frente, mirando hacia el suelo. Como si intentara ordenar algo que ya no podía controlar.

Dejó ir el aliento.

Ella levantó la vista.

Él no la miró.

—¿De verdad pensaste que había otra? —soltó algo parecido a una risa cargada de una amargura que solo él entendía—. Mili… ¿En qué momento? No había espacio para nadie más…

El golpe fue seco.

Mili lo recibió en silencio. Cerró los ojos un momento. Pero él no la vio. Siguió mirando al suelo, como si acabara de admitir algo que preferiría no haber dicho.

Ella sintió cómo el pecho se le cerraba de golpe.

—No sé si lo notaste… Ayer lograste más de lo que piensas. Te ganaste el corazón de mi madre y el respeto de mi padre —la miró directo a los ojos—. Y eso no lo logra cualquiera.

Hizo una pausa.

—Hablé con los abogados. También a ellos les dejaste una buena impresión. Y creen que, si no me asocian contigo, esto se va a disipar rápido.

Mili sonrió con tristeza, negando con la cabeza.

Él dejó la taza a un costado. Sus ojos cargados, su gesto contenido.

—Y pienso igual. Cuanto más rápido nos desvinculen, más fácil será que salgas ilesa. No me agrada esta solución, Mili. Pero tenemos que cortar el contacto… un tiempo.

Se paró con un impulso, como si necesitara terminar con la conversación. Caminó hacia la puerta. Ella lo siguió, totalmente desconcertada.

—Sé que ibas a enojarte, pero pensaba irme sin despedirme. Quizás porque estaba enojado, o porque no soportaba decirte adiós. No sé si voy a poder protegerte bien si te tengo cerca.

—¿No crees que es demasiado dramático? ¿No podríamos simplemente ser cautelosos?

—No te imaginas hasta dónde puede llegar a crecer esto. La gente cree que esto es una novela. Que puede elegir bando. No puedo explicártelo, Mili. Y sinceramente espero que con esta solución tampoco lo vivas demasiado. Hoy solo tengo la certeza de que irme es lo correcto.

Ella, entre el agobio y los nervios, se acercó despacio.

Lo miró muy cerca, como si quisiera memorizarlo.

Él sintió el peso de su mirada. Pero no se movió.

Ella dio dos pasos más y lo abrazó, fuerte.

El cuerpo de él sintió el impacto de ese abrazo.

No era uno simple. Había algo más. La rodeó con fuerza.

Mili cerró los ojos. Sintió cada latido, cada respiración.

Él le besó la sien y cerró los ojos. Llevó una de sus manos a su rostro suavemente y al tocar sus mejillas, descubrió sus lágrimas.

—Por favor, Mili… no.

—No me pidas que no esté triste —susurró ella.

Él le tomó con las dos manos el rostro y lo movió lentamente para hacer contacto visual. Apoyó la frente contra la suya.

Mili cerró los ojos.

Pensó: ¿seguimos siendo solo dos amigos?

—Mili… No sabes lo mucho que siento que esto haya sucedido —su voz tembló—. De verdad…

Mili abrió los ojos nuevamente, le mantuvo la mirada, profunda. Estaban muy cerca, lo más cerca que habían estado. Él tenía la respiración algo desordenada.

Ella lo notó.

Sabía que no estaba bien lo que pensaba. Que no debía. Que no era lo correcto.

Pero un impulso la atravesó. No pudo detenerlo. El cuerpo ordenó lo que la cabeza pedía que parase.

En un susurro, como un ruego, le dijo:

—Francis…

Y fue ella la que dio el paso.

Lo besó.

Se rozaron, pero la chispa ya estaba ahí. Él vaciló un instante antes de atraerla contra sí, anulando cualquier espacio.

El beso fue voraz, sin paciencia, cargado de una espera que finalmente explotaba. Ella entreabrió los labios y él no pidió permiso para entrar. Sus manos se perdieron en la ropa, en el pelo, en la urgencia del otro.

El tiempo se detuvo en ese nudo de bocas y deseo. Hasta que el pulso les exigió una tregua.

Mili se separó primero, temblando, el rostro ruborizado y el pelo desordenado. Francis estaba inmóvil, con los labios entreabiertos, mirándola. Había deseo en sus ojos, pero también desconcierto.

—Perdón… —murmuró ella, llevándose la mano a la frente—. No debería haber hecho eso. No sé qué estaba pensando.

Él tenía la respiración desacompasada, se pasó la mano por la nuca y al fin dijo:

—No. No sabes todo lo que me pasa por la cabeza. —Hizo una pausa para tomar aire mientras la miraba intensamente—. Si fuera por mí… —su voz se volvió más ronca— no me quedaría en ese beso. Iría mucho más allá.

La confesión flotó en el aire como una chispa peligrosa.

Cerró los ojos un instante y, cuando los abrió, su voz fue más baja, definitiva:

—Y por eso tengo que irme —dijo casi para sí mismo, asintiendo, girando levemente el cuerpo como si necesitara salir antes de perder el control—. Porque si seguimos, esto va a doler más. No quiero hacerte daño.

Mili se sentía desconcertada. No podía pensar, solo sentir.

Él guardó silencio. Luego, despacio, dijo:

—Te prometo que haré todo lo posible por solucionar esto. Por volver lo antes posible. Espero que todo salga bien, pero si no, que me perdones por lo que se viene Mili.

Tomó el bolso. Abrió la puerta. La miró una última vez, sonrió mirándola un instante y salió.

A los minutos, escuchó los gritos de los reporteros colándose por las ventanas, desgarrando el silencio.

El café seguía tibio sobre la mesa. Nadie lo tocó.

Adentro, Mili se quedó inmóvil. En shock. Entendiendo que Francis ya se había ido.

A la mañana siguiente, ya instalada en el departamento de Hampstead al que la habían trasladado casi de madrugada para evitar a la prensa, Mili le escribió.

No fue un gran mensaje. Solo algo breve. Torpe. Humano.

Quería saber si había llegado bien.

El mensaje quedó en un solo tilde.

Frunció el ceño. Esperó unos minutos. Después una hora.

Nunca cambió.

Y eso sí que no lo esperaba.

Se quedó mirando la pantalla, sintiendo cómo algo empezaba a hundírsele lentamente en el pecho.

Porque hasta ese momento había creído que aquello era una pausa. Una distancia obligada. Algo temporal.

Pero ahora la duda empezaba a abrirse paso lentamente. Nada de lo vivido parecía encajar del todo.

Y, de manera absurda, algo que nunca había empezado… comenzaba a sentirse como un final.