Capítulo 10
Capítulo
Diez
—Pensé que me habías abandonado para siempre —declaró Wolfe con frialdad desde la cama.
Se llevó las manos a la nuca y las cruzó con despreocupación, como si ella se hubiera ido solo un minuto.
Cuando, en realidad, había estado fuera casi tres horas.
Bostezando como si no tuviera ni una sola preocupación en el mundo, dedicó a Ginevra una sonrisa holgazana.
—Tengo que quedarme aquí contigo —respondió Ginevra con un mohín. Una sonrisa lasciva asomó a la boca de Wolfe y sus ojos se posaron sugerentemente en los pechos de ella. Suspirando, la joven negó con la cabeza como si él fuera un niño travieso—. Veo que os ha mejorado el humor, milord.
—Mejoraría más si vinieras aquí a ayudarme. —Su sonrisa se ensanchó.
—Ni hablar. —Mirando el lecho de forma significativa, añadió—: Puede que me vea obligada a compartir esta tienda contigo, pero no compartiré esa cama.
—¿Quién te obliga? —replicó él perezosamente—. Vuelve a tu propia tienda.
—No puedo. —Ginevra deambuló lentamente por el lugar. Al detenerse para mirar su espada, tocó la punta de la hoja. Al instante, le perforó la piel y provocó que se formara una gota de sangre en el dedo. Apartó la mano bruscamente con un sonido de sorpresa y se metió el dedo herido en la boca.
—Cuidado —rió Wolfe entre dientes—, está afilada.
Ignorando su sonrisa socarrona, ella continuó como si él no hubiera hablado.
Tras examinar el dedo, bajó la mano y la dejó a un costado mientras decía: —Están desmontando las tiendas y William ha dicho a los trabajadores que podían desmontar la mía.
Ha dicho que traerían mis cosas aquí. Como no he tenido ni voz ni voto en el asunto, supongo que estoy condenada a ser tu niñera.
Aunque no esperes una esposa cariñosa, porque yo no te a…
Ante la fría mirada de Wolfe, sus palabras se extinguieron. Cualquier declaración que pudiera haber pronunciado quedó sin decir.
—Cuidado —le advirtió con un brillo amenazador en sus ojos entornados. Dentro del pecho, sentía como si un torno le estuviera apretando el corazón. Los ojos esmeralda de ella no tenían vida mientras lo estudiaban con fría indiferencia.
—Le he pedido a William que traigan aquí una bandeja con comida.
Como no puedes levantarte… —Ginevra hizo una pausa al ver que él intentaba ocultar una sonrisa divertida.
Preguntándose brevemente a qué se debía, continuó lentamente—: He pensado que sería mejor que comieras en la cama.
Cuanto antes te cures, antes podré ponerme en camino a casa.
Wolfe estudió sus mechones dorados mientras enmarcaban su rostro ovalado.
Era una mujer preciosa: su piel bronceada, su cuerpo esbelto y atlético, sus pechos redondos y perfectos que cabían en sus palmas.
Solo verlos le provocaba un ansia por poseerla de nuevo.
Se lamió los labios y cerró los ojos con un gemido.
De inmediato, ella se puso a su lado. Le posó una mano en la frente para comprobar si tenía fiebre.
Frunciendo el ceño, se inclinó para retirar la colcha y verle la herida.
Wolfe entreabrió los ojos para observarla.
Podía ver la parte superior de su escote mientras se inclinaba para atenderlo.
Cuando ella se había ido, Wolfe se había quitado los calzones y los había tirado detrás de la cama.
Así que, cuando ella fue a revisarle la herida, su hombría se erguía recta y orgullosa, como si la estuviera mirando.
Ginevra ahogó un grito de consternación.
Wolfe gimió más fuerte. Los ojos de ella se encontraron rápidamente con su obstinada mirada.
Al ver que el vendaje seguía blanco, volvió a echarle la colcha por encima con un tirón brusco.
Antes de que pudiera alejarse, la mano de él salió disparada y la agarró del brazo. —Espera, milady. ¿Qué hay de mi herida?
—Está bien. Tus costillas se curarán, si dejas de quejarte como una niña. —Frunció el ceño, desarmada por la desnudez de él.
—Me refería a mi otra dolencia. —Sonrió con despreocupación—. ¿No estás aquí para atenderme?
—Ni una bruja podría hacer nada por tu mente simple —dijo Ginevra con toda seriedad.
La tentaba la firme curva de sus labios varoniles, pero el brillo travieso de sus ojos la detuvo.
Era como si la estuviera provocando. Se soltó de su agarre con un tirón y se alejó de su alcance—. Lo siento, milord. Estáis maldito.
Wolfe se echó a reír, echando la cabeza hacia atrás con regocijo.
—Había olvidado cuánto fuego tenías, esposa —meditó cuando su risa amainó lo suficiente como para poder hablar. La observó con los ojos velados y se sorprendió al ver el color del sonrojo en sus facciones.
—Bueno, pues deberías haber estado más presente —espetó ella.
—Ya te lo he explicado. He estado entrenando.
—Wolfe se negó a mencionar la promesa que le había hecho a Robert de no tocarla.
Se lo había dicho una vez. Con eso bastaba—.
¿O preferirías que me quedara en casa ocioso, mimándote y engordando?
¿Para que cuando llegara el momento de luchar, estuviera demasiado débil y demasiado hinchado para levantar la espada?
Ginevra puso los ojos en blanco. Murmurando entre dientes, siseó: —Creo que lo que tienes hinchado es la cabeza.
—¿Estarías orgullosa de llamar a un hombre así marido? —insistió él, sin poder oír sus palabras.
—Si por mí fuera, no llamaría marido a ningún hombre. —Encontró una silla escondida en la esquina, la arrastró hasta delante de la cama y se sentó. Su rostro era tan regio como el de una reina.
Ante aquello, los ojos de él se abrieron de sorpresa. —¿Pero si todas las damas desean un marido?
—Yo no —respondió ella. Le sostuvo la mirada con valentía—. Me casé contigo por deber y porque era demasiado joven para tener mejor juicio. Si me dieran la misma opción ahora, no sé qué haría.
—¿Y qué harías si no te casaras? —Wolfe sintió crecer su frustración al mirar su rostro insolente. No le tenía miedo—. ¿Preferirías ser una solterona?
—Esa es la descripción de un hombre. Yo lo llamo libertad.
—Bostezó con delicadeza, disfrutando de la incrédula mirada de él—.
Si una mujer no quiere un hombre en su cama, la llamáis frígida.
Si una mujer no desea casarse, la llamáis solterona.
Si una mujer quiere viajar con una espada, la llamáis hombruna.
Lo que vosotros desdeñáis, yo lo acojo como libertad.
Wolfe se quedó helado; nunca antes había oído tales pensamientos. Abrió los ojos como platos mientras estudiaba el rostro aburrido de ella. Ignoró el miedo que le atenazaba el pecho. Con cautela, preguntó: —¿Deseas ser libre? ¿Quieres que te libere de nuestro matrimonio?
Le tocó a Ginevra quedarse de piedra, aunque apenas lo dejó entrever a través de las duras líneas de su rostro.
Fingiendo alisar su falda, ladeó la cabeza, pensativa.
No había imaginado que él cedería tan fácilmente a su provocación.
Con un suspiro forzado, dijo: —No es posible.
Lo que se hace ante Dios, hecho quedará para siempre.
Estamos casados. Yo no tengo elección y tú tampoco.
—Lo que dices podría interpretarse como una blasfemia —argumentó él. Sus ojos se convirtieron en rendijas mientras la miraba fijamente desde la cama—. ¿No tienes miedo?
—No. —Bajó las pestañas para devolverle la dura mirada—. No tengo miedo.
—¿Honrarás tus votos? —Su mirada fue directa.
—Sí, honraré mis votos. Seré una esposa leal —admitió—. Lo he jurado.
—También juraste obedecerme —propuso él.
—No, no lo hice —sonrió ella victoriosa—.
Si recuerdas, llegaste tarde a nuestra boda.
El sacerdote estaba borracho, tú estabas borracho y nuestros padres estaban borrachos, al igual que los testigos.
También sospecho que mi madre iba un poco piripi.
No juré más que ser una esposa fiel. Estamos casados, pero no pronuncié ningún voto.
De repente, echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada divertida. —¡Lo dices en serio! ¿Vas a echarme en cara aquella noche? ¿No te explicaron lo que pasó? No pude evitar llegar tarde.
No era una disculpa y Ginevra no esperaba ninguna. —Sí, conocí a lord Gravely. Aún os está muy agradecido por vuestra ayuda aquella noche. Al igual que Sarra .
La sonrisa socarrona se borró de sus labios. —Creía que ya habíamos hablado de esto. No quiero que vuelvas a mencionarlo.
—Aunque no se diga, la verdad sigue siendo la verdad —murmuró ella. Él la ignoró cerrando los ojos.
—Estoy cansado. —Su voz era ronca—. Déjame descansar, moza.
Ginevra se levantó. Como él no abrió los ojos para mirarla, supuso que ya dormía. Caminó hacia él y le posó los dedos en la cabeza. Su piel estaba caliente, pero no febril. Suspirando, se dio la vuelta y salió de la tienda.
Cuando ella se fue, Wolfe abrió los ojos para mirarla marchar. Frunciendo el ceño, golpeó la almohada y se dio la vuelta. Asediado por sus palabras, cayó en un sueño intranquilo.
El cielo se oscureció y el aire empezó a refrescar.
Lentamente, con la diligencia de los trabajadores, el campamento fue desmantelado.
Los puestos fueron desmontados y transportados en carros a Londres.
A medida que el atardecer amenazaba con convertirse en noche, solo quedaban unas pocas tiendas con hogueras de humo ondeante.
Para gran alivio de los guardias del rey, no hubo ningún otro atentado contra la vida de su majestad.
El viento arreció. Mientras el solitario canto de los pájaros resonaba desde el mar de estrellas, que asomaban tímidamente a través de la niebla de las nubes, Ginevra vagaba por el desolado campamento con asombro.
Aquella misma mañana el torneo aún no había terminado y, después, en un parpadeo, el campo estaba yermo.
En pocos días, no quedaría ninguna señal de que algo hubiera tenido lugar en la gran explanada.