Caballero Esmeralda Capítulo 5 #4
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Capítulo 5 #4

—Cumpliré dieciséis años en unos días. —Levantando la mano para rascarse la oreja, le lanzó una mirada perpleja. Su voz era suave, sus palabras amables, pero su rostro era duro, como si estuviera enfadado con ella. Inmediatamente, se puso en guardia.

—Todavía una niña —murmuró él, negando con la cabeza—. ¿Ya te ha venido el período?

Ginevra se sonrojó y apartó la vista. —Sí, mi señor, desde hace dos años. Pero no debéis preguntar sobre tales cosas. No es apropiado y, ciertamente, no tiene importancia.

Ante eso, Wolfe sonrió con ironía. Respirando hondo, cerró los ojos, le dio un beso duro en los labios y se apartó.

Ginevra jadeó sorprendida, incapaz de moverse ante la rapidez del gesto.

Poniéndose de pie, se dirigió a la puerta.

Sin volverse hacia ella, dijo: —Vete a tu cama, Ginevra.

Duerme. Ha sido un día muy largo para ti.

—¿Pero…? —Como él no respondió, se levantó lentamente para hacer lo que le pedía—. ¿Y la consumación? ¿Ya ha terminado? ¿Eso era todo?

—Sí, Ginevra. —Rio entre dientes. Cerrando los ojos, susurró—: Se acabó. Ahora vete.

—Oh, pensaba que sería algo más. Por la forma en que la gente susurra, es como si fuera un acto bestial.

Pero, como todo, debe de ser una exageración.

—Suspiró con un delicado encogimiento de hombros.

Se alisó el camisón, recordando lo que su madre decía sobre que las nobles no tenían la capacidad de disfrutar.

Pero el beso fue bastante agradable, pensó, mientras las nuevas sensaciones que él había provocado todavía recorrían su interior.

Caminando hacia la puerta, pasó por debajo de su brazo.

Él tenía los ojos fuertemente cerrados, los labios apretados en una línea rígida y la mandíbula tensa al apretar los dientes.

Tocándole ligeramente el brazo, se puso de puntillas y le dio un beso en la mejilla. Él contuvo la respiración, inmóvil.

Ginevra volvió a apoyar los talones en el suelo. Él seguía sin mirarla. Suspirando, dijo: —Buenas noches, mi señor.

—A la cama, Ginevra —ordenó él con voz ronca. Ella asintió y subió corriendo la escalera.

La mano de Wolfe temblaba ante la inocencia de su mirada. Confiaba en él por completo. Podía leerlo en sus ojos. No protestaría si él la sometiera a sus toscos caprichos. En realidad, no sabría que aquello estaba mal. Su esposa era un pergamino en blanco sobre el que podía escribir lo que quisiera.

Abrió los ojos, apretando los dientes para concentrarse a través de la neblina de alcohol en su cerebro. Un fugaz atisbo de su camisón blanco fue todo lo que vio de ella al huir. Cerró la puerta en silencio.

Wolfe aún podía oler el maldito aroma a lavanda de su piel.

Respiró profundo y lento. Nunca se había negado el placer de una mujer hermosa y dispuesta, y mucho menos de una que era suya por derecho.

Frotándose los ojos para librarlos del cansancio, se sentó en su cama.

El cubrecama todavía estaba arrugado por sus movimientos.

Dejándose caer, agarró la piel y se la llevó a la nariz.

Olía a ella, a su esposa. Gruñendo de frustración, su cuerpo recriminó a su mente la terrible traición, mientras sus entrañas se retorcían en un dolor tortuoso.

Nunca había pensado en negarse el placer de una mujer así.

Entonces, oyó unos golpes que resonaban a través de su martilleante cabeza. Como en un sueño, se levantó. El corazón le dio un vuelco al mirar la puerta cerrada de la alcoba. Su cuerpo se rebeló contra su mente, forzándola a una prisión entumecida de la que no podía escapar con la razón.

—Ginevra —susurró con anhelo. Si volvía a él, es que estaba destinado a suceder. Incapaz de detener sus pies que acudían a su llamada, abrió de golpe la puerta de la alcoba. Buscaba la suave cremosidad de su carne y la luz inocente de sus ojos esmeralda.

—Sarra —dijo, decepcionado.

—Mi señor —la rolliza sirvienta comenzó a hacer una reverencia.

Wolfe gruñó y, antes de que pudiera levantarse, la puso en pie de un tirón y la estrechó en sus brazos.

Sarra jadeó de placer. Él cerró la puerta tras ella y la arrojó sobre la cama.

Sin pensar en sus actos, se dejó caer sobre su cuerpo.

Llevando su boca a la de ella, cerró los ojos.

Todavía podía oler la lavanda. Y la lavanda lo impulsó a seguir.

—Mi señor —susurró Ginevra, sintiéndose como una idiota mientras asomaba la cabeza a su alcoba. Creyendo que ya podría estar dormido, no había llamado. Oyó un suave gemido. Sonriendo, entró en la estancia—. No deseaba despertaros, mi señor, pero… yo…

Wolfe levantó la vista desde la cama, horrorizado.

Ginevra sintió que la sangre se le helaba en las venas mientras las lágrimas afloraban a sus ojos.

Dándose la vuelta, jadeó en busca de aire.

Wolfe estaba apoyado en las manos sobre una sirvienta.

Era la misma mujer que le había lanzado una mirada furiosa en el salón principal.

Estaban ambos desnudos, entrelazados. Uno de los muslos de la mujer rodeaba la cintura de Wolfe, con el pie apoyado junto al tenso músculo de su nalga, y el otro colgaba lascivamente sobre su hombro.

Sus caderas estaban completamente presionadas contra las de ella.

La imagen se grabó a fuego en la mente de Ginevra hasta que fue lo único que pudo ver.

Ni siquiera un cubrecama ocultaba su lúbrica postura.

—Ginevra —susurró Wolfe, mortificado.

Ella no pudo ocultar su expresión herida en la tensa línea de su boca mientras luchaba por encontrar las palabras.

Sus hombros temblaron en respuesta a su voz y rápidamente se movió de lado a través de la alcoba, negándose a mirarlo de nuevo, conteniendo el sollozo que se formaba en su garganta.

Cogiendo su vestido de novia del baúl de él, lo agarró con manos temblorosas.

A modo de explicación, tartamudeó: —Mi madre me ordenó… que debo lavarlo mañana a primera hora.

—Gin —susurró él de nuevo. Ginevra miró hacia atrás. Él apartó a Sarra de su cuerpo y rodó para bajarse de la cama. La mujer se quedó quieta, sus ojos examinando la escena con una emoción similar a la diversión y la rabia.

—Buenas noches, mi señor. —Ginevra huyó de él, sin atreverse a mirarlo de nuevo.

La gasa de la túnica de novia se rasgó al engancharse en el marco de la puerta y también al tropezar con la voluminosa falda en su apresurada subida por las escaleras.

No le importó y no dejó de correr hasta que llegó a su alcoba.

Entró precipitadamente, y un sollozo se le escapó de la garganta mientras atrancaba la puerta tras de sí.

La primera luz del alba invadió la estancia demasiado rápido y Ginevra se despertó para recibirla con un gesto de fastidio.

El sueño no había acudido a ella, así que se levantó de la cama para deambular enfurruñada por su alcoba.

Wolfe no había intentado seguirla, y ella no lo habría recibido si lo hubiera hecho.

Las lágrimas aún manchaban sus mejillas y le hinchaban los ojos.

Desdichada, se echó agua fría en la cara.

Mientras se secaba con un paño de lino limpio, reparó en la túnica de novia desechada que había tirado al suelo.

Estaba arruinada sin posibilidad de arreglo, así que la dejó sobre una silla en su vestidor.

La mañana ya estaba avanzada cuando decidió abandonar la solemne alcoba, pero no le importó y nadie había venido a despertarla.

Ginevra se frotó los ojos cansados mientras bajaba las escaleras.

Dudó al pasar por la puerta de Wolfe. Se negó a gritar y pasó de largo a toda prisa.

Cuando se acercó al salón principal, se detuvo.

Respirando hondo, se alisó el pelo revuelto y se secó los ojos.

Luego, al cruzar el arco, forzó una sonrisa. Al instante, reparó en William.

Su nuevo cuñado se volvió hacia ella con una pequeña reverencia. Su pelo rojo le cayó sobre la cara mientras se lo apartaba con una mano grácil. Luego, despidiéndose del noble con el que hablaba, se giró hacia ella con naturalidad.

—¡Gin! —la llamó afectuosamente. A lo largo de los años, había visitado a menudo Southaven con su hermano e incluso había vivido con ellos durante un tiempo mientras se formaba como caballero bajo la tutela de su padre. Siempre habían mantenido una amistad fácil.

—Will —respondió ella con entusiasmo. Por un momento olvidó sus problemas—. Esperaba verte esta mañana. ¿Con quién estabas hablando?

William frunció el ceño al estudiar sus ojos hinchados. Pero no dijo nada mientras se volvía hacia el noble que se marchaba. —¡Eh! Lord Gravely.

El noble se giró ante la llamada, con una sonrisa afable en su rostro distinguido, mientras regresaba. — Oui , Sir William?

—Me gustaría presentarle a mi nueva hermana. Ayer por la tarde llegamos tarde a su boda. —William le lanzó una mirada de culpabilidad.

—Mi señora, es un placer —dijo Gravely con un acento marcadamente francés.

Se inclinó con elegancia sobre su mano. Llevándose los dedos de ella a los labios, le dio un beso cortés.

Ginevra asintió, fijándose en sus fríos ojos grises.

El francés era un hombre mayor, de pelo negro entrecano y arrugas que se extendían elegantemente desde sus ojos—.

Le agradezco que permitiera a su esposo ayudarme ayer por la tarde con los asaltantes.

Sin su ayuda, habría perdido todas mis posesiones.

—Me alegro de que pudiera serle de ayuda, mi señor —respondió ella educadamente. El hombre asintió con aprobación. Luego, despidiéndose, salió por la puerta principal del salón.

—Escucha, Gin, siento lo de ayer por la tarde. No teníamos derecho a quedarnos fuera tanto tiempo —dijo William—. Pero, como ha dicho lord Gravely, nos lo encontramos cuando estaba siendo atacado. Como estaba en nuestras tierras, el honor dictaba que lo ayudáramos a despachar a los ladrones.