Buscarse problemas (Papis de Hollybrooke nº 2) 6
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Blake se despertó con la cabeza de Jordan sobre su pecho.

No se movió. Se quedó allí, catalogando detalles como siempre hacía. El peso cálido de Jordan contra él. El ritmo pausado de su respiración. Sus dedos apenas curvados sobre el estómago de Blake, moviéndose levemente como si buscara algo en sueños.

Dormido, Jordan parecía más joven. El pliegue de preocupación entre sus cejas se había alisado. Tenía la boca relajada y ligeramente entreabierta. Una marca rosada de roce de barba le señalaba el borde de la mandíbula, inconfundible.

Blake lo observó más tiempo del que debería. Sintió algo desconocido instalarse en su pecho: sosiego, quizás. O algo peligrosamente parecido.

«¿Qué estás haciendo? Es el mejor amigo de tu hijo. Tiene veinticuatro años. Es una idea terrible».

Blake lo sabía. Lo había sabido durante años.

Pero la noche anterior, Jordan lo había besado como si se estuviera ahogando y Blake fuera el aire.

Se había deshecho en sus brazos con tanta belleza que Blake no podía pensar con claridad.

Lo había mirado después con algo vulnerable y asombrado en los ojos, como si no pudiera creer que aquello fuera real.

Blake tampoco terminaba de creerlo.

Lo había hecho correrse tres veces más esa noche antes de que Jordan se quedara dormido en su cama, roncando suavemente.

Y hasta eso le parecía adorable.

Jordan se removió, emitió un murmullo suave y se acurrucó más cerca. Blake lo estrechó automáticamente.

Idea terrible, repitió la voz.

Blake le dijo que se callara.

Se zafó con cuidado, dejando a Jordan desparramado en la cama, y fue a la cocina a preparar el desayuno. Huevos, tostadas, café. Sencillo. Algo que podía hacer en piloto automático mientras su cerebro procesaba el caos de las últimas doce horas.

Para cuando el café estuvo listo, Jordan apareció en la puerta con el pantalón de chándal de Blake puesto. Le quedaba enorme: la cintura le caía baja en las caderas, los bajos se arremolinaban a sus pies, y algo posesivo se retorció en el pecho de Blake al verlo.

—Buenos días —dijo Jordan, con la voz ronca de sueño.

Tenía el pelo hecho un desastre. Se había quedado en la puerta, como si no estuviera seguro de tener permiso para entrar.

Blake catalogó la tensión en sus hombros.

Cómo evitaba mirarlo a los ojos. El gesto vacilante de su boca.

Jordan se había blindado para el rechazo, esperando que Blake le dijera que la noche anterior había sido un error, que deberían olvidar lo ocurrido, que probablemente debería buscar otro lugar donde quedarse.

Blake deslizó un plato de huevos con tostadas por la encimera hacia él. Luego sirvió una taza de café, le añadió azúcar, lo removió y la dejó junto al plato.

Jordan parpadeó al ver la taza.

—¿Cómo sabías cómo lo tomo?

—Presto atención.

El rostro de Jordan pasó por algo complejo: sorpresa que se transformaba en algo más suave, más cálido. Una pequeña sonrisa le asomó en la comisura de los labios.

—Prestas atención.

—Siéntate, Jordan.

Jordan se sentó. Rodeó la taza de café con ambas manos, dio un sorbo y la sonrisa se ensanchó. Blake tomó nota mental: cómo le cambiaba toda la cara a Jordan cuando se sentía cuidado. Cómo se le relajaban los hombros cuando alguien recordaba los pequeños detalles.

Blake se acomodó en el taburete junto a él. Sus rodillas chocaron bajo la encimera. Blake no se apartó, y al cabo de un momento, Jordan se movió para que sus pies también se tocaran: una presión cálida a través de los calcetines.

Comieron en un silencio cómodo. Blake dejó que se prolongara, dejó que Jordan se fuera relajando. Para cuando Jordan iba por la mitad de los huevos, la tensión casi había desaparecido de su cuerpo. Ahora le lanzaba miradas a Blake: rápidas, evaluadoras, y Blake fingió no darse cuenta.

—Entonces —dijo Jordan por fin—. ¿Clases de esquí hoy?

—Si te apetece.

—Seguro que soy un desastre.

—Seguramente —Blake dio un sorbo a su café—. Yo te enseño.

A Jordan se le curvaron los labios.

—¿Sí?

—Soy muy paciente.

—No paras de decirlo.

—Y sigue siendo verdad.

Blake se levantó y recogió los platos.

—Ve a vestirte. Algo abrigado, que hace frío ahí fuera.

Jordan se quedó un momento mirándolo. Luego, en voz baja:

—¿Blake?

—¿Sí?

—Gracias. Por el desayuno.

No era eso por lo que realmente le daba las gracias. Ambos lo sabían.

—Cuando quieras —dijo Blake, y lo decía en serio.

Estaban preparando el equipo en el cobertizo del material cuando una voz los llamó.

—¡Señor Whitmore!

Blake se giró. Jamie Park se acercaba corriendo por la nieve, saludando con entusiasmo. Veintipocos años, trabajaba a las órdenes de River Flynn como coordinador de eventos. El chico tenía más energía antes de las nueve de la mañana que la mayoría de la gente en todo el día.

—Jamie —Blake lo saludó con un gesto de cabeza.

—¡Hola, señor Whitmore! Madre mía, qué día tan bueno hace, ¿verdad? La nieve está perfecta.

Jamie estaba algo falto de aliento, con las mejillas sonrojadas por el frío, sonriendo como si el aire de la montaña fuera un regalo personal.

—¿Ha visto a Tyler hoy? Quedamos esta mañana, pero no apareció.

Blake, de hecho, había estado pendiente de Tyler desde que salieron de la cabaña. Casi esperando que apareciera con esa sonrisa demasiado encantadora y esas miradas demasiado obvias hacia Jordan. Pero no lo había visto por ninguna parte.

—No lo he visto —dijo Blake—. Lo siento.

—Vaya.

Jamie frunció el ceño y un destello de preocupación le cruzó el rostro.

—Tampoco contesta a mis mensajes. Si lo ve, ¿le dice que lo estoy buscando?

—Lo haré.

Jamie se dirigió hacia el albergue.

Blake se agachó para revisar las fijaciones de las botas de Jordan —más apretadas de como Jordan las tenía, lo que le daría más control.

No estaba pensando en Tyler Flynn. No estaba pensando en cómo Tyler se había acercado a Jordan la noche anterior, todo encanto natural e interés evidente.

No estaba pensando en que Tyler tenía veintitrés años, era un tipo sin complicaciones y no cargaba con dos décadas de lastre, ni con una exmujer, ni con un hijo que casualmente era el mejor amigo de Jordan.

Cuando levantó la vista, Jordan lo observaba con una leve sonrisa.

—¿Qué?

—Nada.

Jordan amplió la sonrisa.

—Solo que... Tyler, ¿eh?

—¿Qué pasa con él?

—Te pusiste tenso cuando Jamie mencionó su nombre.

—No me puse tenso.

Sí se había puesto. Totalmente. Y odiaba que Jordan se hubiera dado cuenta.

—Claro que te pusiste tenso.

Era evidente que Jordan estaba disfrutando con esto.

—Tu mandíbula hizo esa cosa.

Blake se levantó y se sacudió la nieve de las rodillas.

—Mi mandíbula no hizo nada. Vamos.

—Vale.

Jordan seguía sonriendo mientras Blake lo guiaba hacia el telesilla.

—Lo que tú digas.

Blake no se molestó en responder. Pero tomó nota de la calidez que sentía en el pecho al ver que Jordan parecía satisfecho con sus celos, no molesto.

La pista para principiantes, en opinión profesional de Blake, no era tan intimidante.

Jordan claramente no estaba de acuerdo.

Estaba plantado en lo alto con los esquís en una cuña temblorosa, aferrando los bastones con los nudillos blancos, mirando la suave pendiente como si fuera a tragárselo entero.

Ya se había caído dos veces al bajarse del telesilla.

Tenía todo el cuerpo rígido de tensión, los hombros encogidos hasta las orejas, la mandíbula tan apretada que Blake podía ver el músculo palpitando.

—No creo que pueda hacer esto.

—Sí puedes.

—Blake, lo digo en serio. Esto ha sido un error. Debería simplemente…

—Jordan.

Blake esquió hasta ponerse frente a él, bloqueándole la vista de la pendiente.

Jordan lo miró a los ojos. Tenía la mandíbula tensa, vergüenza y frustración batallando en su expresión.

Odiaba ser malo en algo; Blake lo había registrado años atrás, al ver cómo Jordan rechazaba los cumplidos y quitaba importancia a su propio trabajo.

El miedo al fracaso le calaba hondo. Jordan invertía tanta energía en parecer competente, en tenerlo todo bajo control, en no necesitar nunca la ayuda de nadie.

Blake quería arrancarle todo eso.

—Hoy no vas a hacerlo bien. Te vas a caer. Probablemente más de una vez. Y no pasa nada, porque voy a estar aquí mismo, y no voy a dejar que te ocurra nada.

Jordan tragó saliva.

—No puedes prometer eso.

—Puedo prometerte que te cogeré si te caes.

Blake le sostuvo la mirada, dejando que el peso de sus palabras calara entre ellos.

—¿Confías en mí?

Una pausa. Los ojos de Jordan le escrutaron el rostro, buscando algo —Blake no sabía el qué. Permiso, quizá. O la prueba de que lo decía en serio.

Entonces, en voz baja:

—Sí. Confío.

Algo se removió en el pecho de Blake. Buen chico, pensó, y tuvo que tragarse las palabras antes de que se le escaparan.

—Entonces deja de intentar resolverlo solo —dijo Blake—. Déjame enseñarte.

Blake se colocó detrás de Jordan y le puso las manos en las caderas. A Jordan se le cortó la respiración —un sonido suave, sorprendido, que le llegó a Blake directo al cerebro reptiliano.

—Lo primero: estás demasiado rígido. Intentas controlarlo todo.

Los pulgares de Blake presionaron los músculos tensos de la zona lumbar de Jordan.

—Deja de pensar. Limítate a sentir dónde te coloco.

Jordan emitió un ruidito, pero no protestó. Blake le presionó las caderas hacia abajo, guiándolo más bajo.

—Dobla las rodillas. Ahí... ¿notas la diferencia? Tu centro de gravedad está más bajo. Más estable.

—Creo que sí.

—Bien.

Blake le ajustó la postura, desplazándole el peso ligeramente hacia delante. Jordan se dejó llevar, dócil bajo sus manos.

—Cuando quieras frenar, abres más la cuña. Cuando quieras acelerar, la cierras. Pero de momento no te preocupes por eso. Yo controlaré la velocidad. Lo único que tienes que hacer es mantener la posición y escuchar mi voz.

—¿Y hacer lo que me digas?

Había algo en la voz de Jordan: entrecortada, un poco ronca. Tanteando.

—Exactamente.

La boca de Blake estaba cerca del oído de Jordan, tan cerca que su aliento le agitaba el pelo.

—¿Puedes hacer eso por mí?

Jordan se estremeció.

—Sí.

—Pues vamos.