17. ¿Por qué estás nerviosa,Cupcake?
¿Por qué estás nerviosa,Cupcake?
El apartamento de Ryder, Manhattan, poco antes de medianoche.
No podía dormir.
Estaba tumbada en la cama de Ryder, con la camiseta de Ryder, que olía al aftershave de Ryder, rodeada por las almohadas de Ryder, que formaban una frontera ridícula que no protegía absolutamente a nadie de nada, y contemplaba el techo de Ryder mientras desde el fondo del apartamento de Ryder llegaba un golpeteo sordo y rítmico.
El apartamento de Ryder. La cama de Ryder. El olor de Ryder. Los ruidos de Ryder.
Mi cerebro había repetido la palabra Ryder tantas veces que había dejado de sonar como un nombre y se había convertido en un estado permanente dentro de mi cabeza.
El ruido cesó. Después empezó de nuevo, más fuerte, más rápido, y yo me apreté la almohada contra la cara e intenté pensar en otra cosa, pero mi cerebro tenía tendencias sádicas y me obligaba a pensar una y otra vez en Ryder y en la inminente boda.
En menos de siete horas iba a casarme con un hombre incapaz de soportar dormir a mi lado.
Aparté el edredón y me convencí de que solo iba a por agua y después volvería a la cama.
Solo agua, nada más.
Vale, y ya que estaba, también podía llevarle un vaso de agua a Ryder porque era una persona amable. No porque quisiera ver, bajo ninguna circunstancia, en absoluto y de ninguna de las maneras, qué aspecto tenía Ryder cuando entrenaba.
En absoluto.
En la cocina, abrí la nevera, saqué una botella de agua y unos cubitos del congelador, que eché en un vaso. Por cierto, el multimillonario Ryder West poseía la increíble cantidad de cinco vasos, porque estaba claro que nunca recibía a más de cuatro personas a la vez.
Los cubitos crujieron suavemente al caer en el vaso.
Armada con el vaso y la botella de agua, regresé a la antigua habitación de invitados sin haber dado ni un sorbo. La puerta estaba entreabierta.
Podría haberme dado la vuelta. Podría haber dejado el vaso sobre la isla de la cocina, con una nota que dijera: «Bebe algo, idiota», y podría haber vuelto a la cama y fingido que nunca me había levantado.
En vez de eso, abrí un poco más la puerta.
La estancia estaba escasamente iluminada; una única lámpara situada en un rincón proyectaba una luz cálida sobre el banco de pesas, la barra colocada en el soporte y el saco de boxeo que colgaba del techo.
Ryder estaba tumbado boca arriba en el banco. Con el pecho tenso, levantaba la barra por encima de él, despacio y de forma controlada. No le temblaban los brazos y su respiración era regular. Inspiraba al bajar, espiraba al levantar, y sus abdominales se tensaban con cada repetición.
Solo llevaba los pantalones de chándal. Nada más. Ni camiseta ni zapatillas. Si Miguel Ángel viviera hoy, aquel habría sido su gran obra maestra.
La piel de Ryder relucía, y la luz resaltaba cada músculo, cada línea y cada tendón que se movía bajo la superficie. Tenía los hombros anchos y definidos, y una fina capa de sudor cubría su torso, que brillaba bajo la cálida luz de la lámpara como si alguien lo hubiera iluminado así adrede.
Era indignante.
Era absoluta, completa y obscenamente indignante la pinta que tenía aquel hombre cuando entrenaba solo de noche en su gimnasio.
Nadie tenía derecho a estar así. No poco antes de medianoche y mucho menos con unos pantalones de chándal tan bajos sobre las caderas que podía verle la línea en uve que desaparecía bajo la cinturilla.
Parecía estar librando una guerra contra la gravedad con la barra y ganándola.
Me apoyé en el marco de la puerta y me olvidé del vaso que llevaba en la mano.
Ryder volvió a colocar la barra en el soporte. No se incorporó. Permaneció tumbado, con los brazos extendidos a ambos lados, el pecho subiendo y bajando, y la mirada fija en el techo.
—Estás mirando —murmuró.
Di un respingo, y los cubitos tintinearon contra el cristal.
—No es verdad —mentí. Mi voz sonó una octava más aguda de lo normal, lo que hizo que mi mentira resultara tan convincente como la de un niño de tres años con migas en la cara asegurando que no había tocado las galletas.
Ryder se incorporó. Despacio y de forma controlada, como todo lo que hacía. Pasó una pierna por el lateral del banco y apoyó los antebrazos en los muslos. Su mirada encontró la mía, serena y directa, mientras una gota de sudor le bajaba de la sien a la mandíbula y caía sobre su pecho.
Seguí la trayectoria de la gota. No pude evitarlo.
—¿Y cuánto tiempo llevas sin hacerlo? —preguntó. Una comisura de sus labios se estremeció.
—Solo quería traerte agua —levanté el vaso a modo de prueba— porque estás entrenando como un poseso, porque la deshidratación es un peligro real y porque tu nevera no contiene nada aparte de agua y hielo, así que tenía pocas opciones y...
—Scarlet. —Ryder pronunció mi nombre, pero fingí no haberlo oído.
—... soy una persona considerada que hace cosas consideradas y no se queda mirando a nadie y...
—Solo hablas tanto cuando estás nerviosa. Así que ¿por qué estás nerviosa, Cupcake? —Se puso de pie.
Cerré la boca de golpe.
—No estoy nerviosa —repliqué con voz ronca.
Ryder avanzó hacia mí, y cada paso era lento, pesado e intencionado, y su torso relucía, y respiraba hondo. Normalmente, todas mis alarmas deberían haber empezado a sonar, pero en mi cabeza no había más que grillos y el estruendo de mi propio pulso.
Ryder se detuvo justo delante de mí. Tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo. Esa clase de calor que emanaba de un cuerpo que llevaba una hora luchando contra las pesas y que parecía formar entre nosotros un muro invisible que atraía y advertía al mismo tiempo.
Respiraba con fuerza. Su pecho subía y bajaba, y yo veía cómo le latía el pulso, rápido y fuerte, en la carótida.
Alcé la vista hacia él. Tenía la boca seca y la mente en blanco. Mi corazón había acabado en algún punto de mi garganta y martilleaba contra la tráquea.
—Deberías irte a dormir —dijo Ryder en voz baja. Su voz era ronca, más grave de lo habitual, como si surgiera de un lugar de su pecho que normalmente mantenía bajo llave.
—Tú también necesitas dormir —repliqué, y mi voz apenas fue más que un susurro porque su cercanía me había robado el poco volumen que me quedaba.
Ryder negó con la cabeza. Despacio. Una sola vez.
—No necesito dormir. —Hizo una pausa. Tensó la mandíbula y sus ojos estaban oscuros, tan oscuros que el marrón parecía casi negro—. Necesito tener el control. Y no lo tengo cuando estás cerca.
Sus palabras me sacudieron como una descarga eléctrica.
Jadeé, apenas, pero lo bastante alto para que se oyera, y vi que la mirada de Ryder descendía hacia mis labios durante apenas un segundo antes de obligarse a volver a mirarme a los ojos.
—¿Por qué? —pregunté.
Ryder cerró los ojos un instante. Cuando volvió a abrirlos, había en ellos algo que jamás había visto. Algo indómito. Algo que acechaba detrás de todo aquel control, de toda aquella precisión y de sus frases breves, y que él solía mantener enterrado a tanta profundidad que nadie lo advertía.
—No lo sé —dijo en voz baja. Su voz sonaba sincera. Casi desvalida, y esa palabra encajaba tan poco con Ryder que me estremeció más que cualquier otra cosa que hubiera dicho aquella noche—. No sé por qué tengo tan poco control cuando estás cerca, Scarlet. Pero sé que deberías marcharte ahora.
Mi corazón latía con tanta fuerza que tenía que oírlo. Todo mi cuerpo hormigueaba, desde la punta de los dedos de las manos hasta la de los pies, y el aire entre nosotros estaba tan cargado que casi podía saborearlo.
—¿Qué pasaría —pregunté, y aunque me temblaba la voz, seguí adelante— si perdieras el control?
Ryder apretó la mandíbula. Cerró los dedos en puños, las venas de sus antebrazos se marcaron y me miró como si yo fuera al mismo tiempo la solución y el problema.
—No me provoques, Scarlet —dijo a modo de advertencia, una que debía tomarme en serio.
Debería haber hecho caso a la advertencia. Cualquier persona sensata lo habría hecho, habría retrocedido un paso, habría dejado el agua en el suelo, habría vuelto a la cama, habría respetado la frontera de almohadas y al día siguiente habría celebrado una bonita, controlada y sensata boda falsa.
Pero yo nunca había sido una persona sensata.
—¿Y si te provoco de todos modos? —pregunté en un susurro, lo que en sí mismo ya era una provocación.
Ryder se movió tan deprisa que no tuve tiempo de reaccionar.
Me quitó el vaso y la botella, dejó ambos en el suelo y, antes de que se apagara el tintineo de los cubitos, sus manos ya estaban en mis caderas. Me hizo girar y mi espalda chocó contra la pared junto a la puerta con un golpe sordo que me expulsó el aire de los pulmones.
Y entonces me besó.
No con dulzura, y mucho menos con cuidado. No como el beso de boda que teníamos planeado representar al día siguiente ante cientos de invitados.
Me besó como si llevara meses luchando contra ello y acabara de perder.
Sus labios se apretaron contra los míos, duros y exigentes, y su mano se hundió entre mis rizos y me echó la cabeza hacia atrás, haciendo que abriera la boca para que pudiera profundizar el beso.
Su lengua encontró la mía, ardiente y apremiante, y saboreé sal, calor y algo que sabía a malas decisiones y al mejor error que había cometido en mi vida.
Gemí contra sus labios, y el sonido pareció liberar algo en su interior, porque aferró mi pelo con más fuerza e intensificó aún más el beso, como si pretendiera desmontarme pieza a pieza valiéndose solo de su boca.
Mis manos encontraron su torso. Su piel ardía bajo mis dedos. Los músculos se tensaron bajo mi contacto, y sentí que su pecho vibraba cuando de él brotó un sonido grave y gutural, a medio camino entre un gruñido y otra cosa.
Apretó su cuerpo contra el mío y todo su peso me empujó contra la pared.
Sentí cada centímetro de él, su pecho contra el mío, sus caderas contra las mías, su erección contra mi vientre, y comprender que estaba tan excitado como yo envió por todo mi cuerpo una oleada de calor que me abrasó desde dentro.