Capítulo 43. Una rosa entre espinos #2
—Nunca he visto un atardecer más hermoso que a través del ámbar de tus ojos —espetó Ayleen subyugada, a pesar de que desde su posición no podía verlos—. No me pidas que sea partícipe de apagarlos.
La miré un largo instante con semblante impávido, aunque siendo plenamente consciente de la tormenta emocional que se libraba en su interior.
—No me pidas que siga viviendo una vida maldita. Tú mejor que nadie sabes todo lo que he soportado, ya es tiempo de terminar con esto.
—Lorna y los Grant ya no están en este mundo —replicó ansiosa—. Encontraste el... amor. Sólo te queda saltar un último obstáculo: escapar de las redes de Argyll.
—Otras redes tenderán sus hilos sobre mí o sobre los que estén a mi lado. Esto tiene que acabar ya.
Su mirada se nubló mientras negaba con la cabeza una y otra vez.
—Las visiones se cumplen, Ayleen, ¿no lo ves? La mía se cumplió, y la tuya pronto lo hará.
—¡No, impediré que se cumpla! Aunque tenga que atarte yo misma y meterte como un fardo en un buque de carga.
—Con tu ayuda o sin ella, conseguiré mi objetivo —aseguré concluyente.
Las sombras se alargaron y la noche no tardó en tender su perlado manto. Cerré los ojos, afianzando mi decisión y ultimando en mi mente cada detalle. Y, así, el sueño me llevó de nuevo allí a donde los demonios esperaban para venerarme.
Caminé, todavía débil, entre unos parajes de ensueño.
Las nubes más bajas, espesas y níveas velaban las cumbres de las colinas, acariciando sus laderas con sutiles besos algodonados que parecían querer fundirse con el suelo en un acto de entrega mutua.
Seguí a Ayleen hasta un entorno de belleza onírica, donde un brioso río se abría en pequeñas cascadas que confluían en pozas de roca.
El agua era tan cristalina que podía contemplarse con nitidez el verde musgo del fondo y las piedras de diferentes tamaños y colores que lo poblaban.
Los tonos turquesas reflejaban la esponjosidad de un cielo nublado, realzando el misticismo de aquel lugar.
—Es la poza de las hadas —anunció ella, admirando extasiada la gran charca rodeada de rocas punteadas por el ocre de los líquenes y el verde del musgo—. Aquí nadan toda suerte de criaturas mágicas. Dicen que el agua tiene poderes curativos, que otorga solaz al alma y reconforta el espíritu.
—Me conformo con que limpie mi cuerpo.
—Siempre tan pragmático —se burló.
Sonreí quedo, envuelto en mi manta, sin nada debajo que cubriera mi cuerpo, y luego la dejé caer impúdico a mis pies. Ayleen me contempló sin reparo en el rostro, pero sí con un claro matiz anhelante que delató el deseo que sentía por mí.
Me introduje en aquellas límpidas aguas, sintiendo su frescor como alfileres en mi piel.
Cuando me cubrieron las caderas, me adentré en ellas braceando, sumergiéndome en aquella pureza líquida que tan sólo con su belleza conseguía no sólo arrastrar la suciedad de mi cuerpo, sino también parte de la de mi alma.
Nadé preso de una paz inusitada. Al cabo, me giré y floté inmóvil boca arriba dejándome arrastrar por la corriente, trazando alguna brazada perezosa para sentir cómo el agua acariciaba mi cuerpo.
Contemplaba el cielo con el agua circundando mi cara y extendiendo mi largo cabello negro como los ondeantes tentáculos de un pulpo.
Respiré hondo y cerré los ojos, dejándome llevar por la serenidad de aquel lugar, casi podía sentir su magia.
Tras un largo y gozoso instante, me dirigí hacia las cascadas para completar mi aseo.
Me puse en pie bajo la cortina de agua y gemí de placer alzando el rostro.
Me sabía observado por Ayleen y, cuando la busqué con la mirada, la encontré recorriendo los irregulares peñascos de piedra con la vista fija en mí.
Arrojó algo cerca de donde yo estaba, que comenzó a hundirse hacia el fondo.
—No es de mirto, pero te servirá igual.
Me lancé a por el bloque de jabón, capturándolo a mitad de recorrido.
Le regalé una sonrisa agradecida y, de nuevo bajo la cascada, con el agua por la cintura, comencé a frotar mi cuerpo, generando espuma.
Lavé minuciosamente mi melena, mi rostro y cada recoveco de mi cuerpo ante los ardientes ojos de Ayleen.
Luego le di la espalda y me aclaré bajo el suave torrente de agua.
Nadé hacia la orilla y salí de la poza en dirección al lugar donde había dejado la manta.
Ayleen llegó antes que yo y la alzó para mí.
Me dejé envolver por ella, sosteniendo su intensa mirada, cargada de oscuros anhelos carnales.
Vi un claro ofrecimiento en su semblante, pero mi cuerpo sólo deseaba a una mujer, que ahora era consolada por otro hombre.
—Si hubiera algún hechizo mágico que pudiera otorgarme tu amor, lo probaría.
De hecho, cuando la druidhe me dio el colgante y me explicó el ritual que debía ejecutar en el Púlpito del Diablo era justamente para conseguirte.
Después, las circunstancias me llevaron a ese lugar para pedir la liberación de mi hermano y tus hombres.
Pero la idea original era ésa: obtener tu amor. Soy una ilusa, ¿verdad?
—No lo eres, simplemente deseas algo que no te conviene. Que no se te conceda es en realidad un favor de tus dioses.
Me ceñí la manta al cuerpo y me alejé de ella rumbo a la cabaña. Tenía frío y el pedregoso trayecto lastimaba mis pies.
Me detuve poco antes de llegar y me senté en lo alto de una roca cercana al río. Encogí las piernas, abrazándome las rodillas, ciñendo la manta en torno a mi cuerpo, y perdí la vista en el horizonte.
—A veces te veo como una rosa negra en mitad de un enmarañado espino, tan hermoso como inaccesible.
—Son esas espinas que me rodean las que impiden que nadie se me acerque sin ser herido.
Y es un espino venenoso, además —murmuré quedo—.
Pero ¿sabes lo más curioso? Que ese espino parte de las mismas raíces de la rosa, unidos en un único destino.
No se pueden separar porque no son sino las mismas espinas de la flor que crecieron hasta ocupar todo el jardín.
Yo soy mi propia maldición, y sólo yo puedo erradicarla.
—Lean, no puedes morir, no ahora, que tendrás una nueva razón para vivir. Puedes cambiar tu destino, quizá esas visiones sean precisamente augurios a los que podemos anticiparnos.
Una grácil y pálida mano se posó en mi hombro y lo oprimió ligeramente.
La observé con incredulidad, indagando en sus ojos.
—¿A qué nueva razón te refieres?
—Obvié un detalle cuando te conté mi visión.
—Bajó un fugaz instante la vista antes de mirarme de nuevo con expresión indecisa—.
En ella vi a Cora en la cima de un acantilado, vestida de negro, llorando silenciosa.
Su silueta se recortaba contra la inmensidad de un ocaso.
.., y se acariciaba el abultado vientre en actitud maternal.
Abrí desmesuradamente los ojos y negué con la cabeza.
—Eso es... imposible... Pero, aunque no lo fuera..., no sería mío.
—Es tuyo, Lean, tengo esa certeza clavada en el corazón como un dardo ardiente.
—No puede ser, yo...
—¿Has reparado en si ella... ha sangrado estas últimas semanas?
No recordaba ningún sangrado, pero tampoco podía tener la certeza de que no los hubiera habido.
—He tenido relaciones regulares con las mismas mujeres y jamás se han quedado preñadas —aduje confuso.
—El milagro de la vida es caprichoso, Lean.
Cerré los ojos abatido y compungido.
«Un hijo», pensé. Dios santo, ¿era eso posible?
Y entonces supe que, a pesar de la dureza de mi infancia, de todos los varapalos que me habían asestado y de todo el sufrimiento vivido, si aquello era cierto, sin duda era el golpe de gracia.
Nada desearía más que criar a mi hijo junto a la mujer que amaba.
Renunciar a ellos por alejarlos de mi desgracia era, con mucho, lo más duro que tendría que afrontar.
Sentí el corazón sangrante y el alma en carne viva, debatiéndome duramente sobre lo miserable de abandonarlos y la necesidad de protegerlos. Y esa lucha me desgarraba por dentro como nada lo había hecho antes.
Un hijo.
Mi rostro se contrajo ante el acerbo dolor que suponía implantar en mi mente la mejor decisión para ellos.
Cerré los puños y apreté los dientes, apuñalado por el tormento de aquella cruel impronta, que ya marcaba mi corazón con un hierro al rojo vivo.
Si no estaba dispuesto a arriesgar la vida de Cora, condenándola a mi suerte, tampoco arriesgaría la de mi hijo.
Sacrificar los momentos que nunca pasaría junto a ellos hacía palidecer cualquiera de las torturas ingeniadas por Lorna.
Oculté el rostro entre las manos y negué con la cabeza, aguardando a que la punzada pasara y a que mi mente remodelara mi plan de acción. Dejé escapar un resuello casi agónico y Ayleen se apresuró a abrazarme con dulzura.
—Lean, por el amor de Dios, si te he contado esto es para que luches por tu vida, no para que te hundas más en tu dolor. ¿Cuándo dejarás de sufrir?
Sentir su padecimiento por mí no hizo más que reafirmar la decisión que ya se anclaba en mi pecho con la inquina de una daga envenenada.
—Cuando deje de respirar —repuse.
Ayleen exhaló un gemido afectado y me estrechó con más vigor y anhelo. Sentí la calidez de sus lágrimas sobre mi hombro.
Permanecimos un largo instante abrazados sin hallar consuelo posible a nuestra aflicción.
Al menos, yo tenía la solución en mi mano.