Capítulo 41. Una korrigan comeniños #2
—Sólo he venido a hacer justicia, la que vos deberíais haber hecho hace mucho tiempo. Sabéis perfectamente a lo que se dedica, y dudo que, cuando rindáis cuentas de vuestros actos tras vuestra muerte, se os perdone vuestra permisividad e indulgencia con prácticas tan atroces.
El hombre compuso una mueca angustiada y de nuevo besó su crucifijo.
—¡Largaos de mi castillo!
—Necesitaremos caballos y provisiones.
—Tomad lo que gustéis, pero no volváis a poner un pie en mi casa, excepto para devolverme lo prestado.
Compuse una florida reverencia y salimos del gran salón, seguidos por el eco de nuestros pasos en la piedra.
En las caballerizas, nos hicimos con robustos alazanes castaños, y aunque ninguno podría igualar la velocidad de Zill , supe que en aquellas tierras serían más eficaces los caballos resistentes, muy similares a los caballos brabantes de Flandes.
Durante el trayecto hacia el sur, mi mente no dejaba de divagar sobre aquella cruenta encerrona a la que me llevaba el destino.
Yo, que había decidido olvidar mi venganza, abrazando la vida y el amor, combatiendo el odio y el dolor, de nuevo me encontraba en aquel camino, no importaban las razones.
Sin embargo, el destino sí parecía empeñado en empujarme en los brazos de la venganza.
Porque mi principal cometido era poner a Dante a salvo, pero no saldría de Skye sin la cabeza de Lorna y de Stuart Grant bajo mi brazo.
Resultaba dolorosamente evidente que jamás alcanzaría la tranquilidad y la felicidad suficientes mientras ellos vivieran, tan evidente como que mi destino estaba atado al de ellos, y ya era tiempo de cortar ese lazo, de liberarme y de rehacer mi vida, y más ahora que tenía el mejor de los motivos.
Uno que cabalgaba a mi lado, siempre con una sonrisa de ánimo, una mirada amorosa o un gesto alentador.
Me negaba a pensar en Dante porque a mi mente acudían escenas aterradoras que me provocaban escalofríos, porque la furia hervía de manera tan efervescente que nublaba mi entendimiento, y si algo debía estar era alerta, sereno y confiado.
Tras toda una agotadora jornada de viaje, y tras rebasar un minúsculo reducto de casas que debían de pertenecer a la aldea, divisamos las puntiagudas y rocosas Cuillin, la abrupta cadena montañosa, árida y pedregosa, que predominaba en todo el extenso valle.
Supuse que cualquier cabaña, por aislada que estuviera, debería estar cerca de un río, y decidí recorrer la ribera del Brittle hasta dar con el lago que se cobijaba en el posesivo abrazo de la sierra.
Si algo podía culminar la salvaje belleza de aquellos parajes era sin duda aquel cielo de apretadas y esponjosas nubes que filtraban oblicuos haces luminosos de un sol desvaído, proyectándose difusos en brillantes ráfagas verdes que recorrían las laderas alternando sombras y luz, como un foco que cambiara constantemente de perspectiva, consiguiendo dar vida y movimiento a un paisaje ya de por sí impresionante.
Recorrimos el curso del río Brittle sin divisar una sola construcción.
Comenzaba a desesperarme cuando en la cima de una colina distinguí una especie de banderín ondeante clavado en su meseta.
Me adelanté al galope hasta ese punto y, conforme me acercaba, reconocí la camisa desgarrada de Dante, manchada de sangre, agitada por el viento y atada a un astil.
Arranqué con ruda violencia aquella macabra señal, la lancé al suelo y descendí la loma inspeccionando el terreno.
Estaba allí, cerca, en algún maldito lugar recóndito.
Cabalgué en torno a aquella colina, seguido por los demás, y fue entonces cuando descubrí un pequeño desfiladero que la atravesaba.
Justo en su entrada, una cabaña de piedra y de tejado de turba se erguía cobijada por las altas paredes de roca.
Detuve mi caballo, fijando la vista en aquel punto, al tiempo que sentía cómo la cólera que el amor había logrado adormecer resurgía en todo su esplendor.
Una vena latió en mi sien y un acerbo odio pulsó mi corazón.
De soslayo, atisbé la fugaz sombra de una silueta en la falda de la montaña, y descubrí con horror que nos habíamos metido de lleno en una emboscada.
Flanqueados por aquellas lomas, nos encontrábamos expuestos, con una única salida a nuestra espalda, la entrada en forma de embudo de aquel desfiladero.
Ni siquiera tuve tiempo de reaccionar. Un silbido cortó el aire a mi derecha. Mi alazán se encabritó y, tras de mí, unos gritos de alerta resonaron huecos contra los muros de piedra que nos rodeaban.
Nos disparaban, apostados en las mesetas más cercanas, como si fuéramos pájaros atrapados en una red.
Todos nos apresuramos a escapar de aquella trampa, arreando a nuestros caballos.
Cora se inclinaba sobre el suyo intentando manejarlo sin conseguirlo.
El animal, asustado, se había quedado anclado al suelo.
Cabalgué hacia ella y azoté con fuerza a su montura en la grupa, con lo que logré que se lanzara a todo galope hacia la salida.
Los disparos silbaban cortantes a nuestro alrededor, acompañados de las risotadas toscas de nuestros atacantes y del agitado relincho de los caballos.
—¡Sólo te dejaremos entrar a ti, perro sarraceno!
La voz de Stuart Grant desde lo alto de la colina llegó estentórea y clara hasta nosotros.
—¡Si deseas recuperar al muchacho, ven por él! ¡Despídete de tus hombres o todos moriréis!
Nos detuvimos en la entrada del valle. Rosston gemía dolorido, una bala le había atravesado el costado izquierdo.
Atrapé la mirada angustiada de Cora, que negaba visiblemente. Malcom y Duncan tan sólo me contemplaron con gravedad.
—¡Iré yo solo! —grité con fuerza.
Cora aproximó alterada su montura a la mía, fulminándome con una mirada furiosa.
—¡Te matarán! —musitó con voz estrangulada.
—Lucharé por mi vida, pero no dejaré a Dante en manos de esa maldita víbora.
Ella cerró los ojos, las lágrimas brotaron incontenibles. Me incliné sobre su silla, rodeé su cintura y la traspasé a mi caballo, depositándola sobre mi regazo. Se abrazó a mi nuca con desespero.
—Te amo, mo ruadh , y siempre será así. No importa los infiernos que tenga que atravesar para regresar a ti, te encontraré donde estés.
Ella me miró con el ceño fruncido y expresión contrariada.
—No te atrevas a despedirte de mí, no te lo permito, ¿me oyes? —increpó con gesto furioso y voz temblorosa.
Acaricié dulcemente su mejilla, embebiéndome de su turbada mirada, y esbocé una sonrisa tranquilizadora.
—No, nunca me despediré de ti, porque te llevo grabada en mi alma. Volveré, Cora, cuando cierre este largo y oscuro capítulo de mi vida. Sólo entonces tendré algo que ofrecerte.
Me abrazó de nuevo envuelta en amargos sollozos, impregnados de miedo y frustración. La rodeé con vehemencia, necesitado de su calor, de ese amor tan inconmensurable que nos unía en aquel invisible hilo mágico e irrompible.
La aparté suavemente y la miré con intensidad antes de dejarla de nuevo en su caballo.
Ella emitió un tenue gemido contrito, como si nuestra separación hubiera rasgado parte de su carne con una herida física.
Yo me sentía de igual modo, temeroso, desolado y rasgado, pero era hora de regresar al infierno, o para quedarme en él o para cerrar definitivamente sus puertas.
—Aguardadme en la aldea de Glen Brittle, volveré con Dante y con la cabeza de la korrigan comeniños.
Tras una última mirada a Cora, partí al galope, rumbo a mi destino en mitad de un incendiario ocaso.