Bruma azul Capítulo 38. Aquel último día #2
84%

Capítulo 38. Aquel último día #2

— Lo devolveremos al mar, como era su deseo. Al menos dará de comer a los peces con lo poco que dejemos de él —masculló Stuart .

Lorna asintió conforme y se acercó a mí, fijando su acerada mirada en la mía, bebiendo de mi propio terror y regocijándose en cada uno de mis temblores, gozando ya con el preludio de lo que tenía planeado hacerme.

Brian fue a colocarme la mordaza, pero Lorna se lo impidió .

— Quiero oírlo gritar. Ian MacNiall ya se ha marchado en su barco, y dudo que nadie se atreva a interceder. Además, creerán que es su alma atormentada, que vaga por el castillo aullando como una banshee.

Los hombres asintieron quedos. Pude comprobar que no era el único que la temía. La observaban con reverencial temor y un deje de admiración ante la ferocidad de una simple mujer .

— ¡Sujetadle fuertemente los brazos, tengo ganas de dibujar! —añadió Lorna .

Y eso hicieron. Me revolví de manera instintiva, preso del más oscuro pavor que jamás nadie ha podido sentir. Noté el pulso latiéndome con fuerza en la sien y náuseas revolviendo mi estómago, pero sobre todo una furia tan primigenia que comencé a tirar de mis ataduras moviendo la mesa conmigo.

— De nada te valdrá. Estás en mi poder .

Y tan era así que empezó a hacer uso de él.

Clavó la punta del estilete en el dorso de mi mano, inclinando la hoja para evitar ahondar demasiado, y así fue ascendiendo despacio, abriendo mi piel al paso del acero.

Apreté los dientes, comencé a jadear de dolor y sacudí la cabeza, negándome aquello que estaba pasando.

Sentí cómo la punta del estilete trazaba sutiles curvas en su ascenso por todo mi brazo.

La sangre densa y cálida comenzó a manar emborronando su creación.

Llegó hasta el hombro y descendió por la clavícula hasta la cicatriz, aún tierna, de la quemadura con la forma de mi colgante.

Un dolor lacerante me atravesó nublándome la vista.

— ¡Grita, maldito! —me espetó .

Sin embargo, no pensaba darle ese gusto .

Cambió de posición y repitió la operación con el otro brazo.

Esta vez fue más cruel, repasando el corte de arriba abajo en cada tramo.

Me mordí tanto el labio inferior que lo corté.

El sabor ferroso de la sangre, el aturdimiento por el dolor y la desesperación que me imprimía el miedo me embotaron un instante en el que, agradecido, creí caer en la inconsciencia. Pero no fue así.

Me lanzaron un balde de agua fría que me sobresaltó, agudizando mi dolor .

Un dolor atroz, como si me hubieran pasado el cuchillo al rojo vivo y el ardor se fuera extendiendo por todo mi cuerpo, me sobrecogió con tanta intensidad que gemí entre dientes como un perro rabioso .

— ¡Acercadme una fusta !

Andy se apresuró a obedecer el encargo .

— Voy a arrancarte la piel a tiras, condenado .

No recé, no pedí nada, sólo intenté imaginar que no estaba allí, que corría por el páramo, libre y feliz.

.. Mis padres corrían a mi lado, y reíamos y jugábamos despreocupados y dichosos.

Sin embargo, aquella evocación se desdibujó ante el primer latigazo en el pecho.

De mi garganta emergió un alarido tan desgarrador que creí habérmela quebrado.

La imagen se diluía en una bruma azul, que deseé fervientemente que se convirtiera en negra y me llevara lejos de allí.

Tras un sufriente jadeo, pude volver a componerla.

.. Mi madre se inclinaba, me sonreía y me revolvía el cabello.

.. Le devolví la sonrisa. Otro golpe restalló en mi vientre.

Grité de nuevo, esta vez en mitad de un sobrecogedor sollozo, pero otra vez cerré los ojos y alcé aquella fantasía donde necesitaba guarecerme.

.. Mi padre me levantó jovial en el aire y me colocó sobre sus hombros.

Grité dichoso al viento, que jugaba con mi cabello.

.. Un nuevo azote agudizó mi sollozo, y entonces grité rabioso, con tanta violencia que los ya agitados caballos relincharon y cocearon asustados.

.. Llegamos a la playa, mi madre sumergió las pantorrillas en las olas y nos lanzó agua.

Mi padre me dejó en la arena y, juntos, comenzamos a patear las olas, levantando salpicaduras entre risas y burlas.

.. Otro golpe, esta vez con tanta saña que mi alarido hizo retroceder a los hombres y piafar a los caballos, encabritándolos.

Parpadeé jadeante. Cuando logré enfocar la vista vi el rostro de Lorna punteado con gotas de sangre. Los azotes sobre las brechas sangrantes me estaban desangrando .

— Dejémoslo descansar, o no resistirá .

La negrura comenzó a cerrarse sobre mí .

— Cubrid sus heridas con lienzos y ungüentos, no quiero perderlo aún.

Me desvanecí ...

Desperté en el infierno de un dolor abrasador.

Un tenue resplandor agrisado anunció un alba incipiente.

Continuaba tumbado en la mesa, cubierto de lienzos que se habían pegado a mi piel con alguna especie de emplasto.

Maldije no estar muerto, maldije a todos los dioses conocidos y por conocer, maldije al destino, pero sobre todo maldije mi resistencia .

Me hice el dormido, aunque resultaba una ardua tarea soportar tal grado de dolor sin gesticular. Sin embargo, mis esfuerzos resultaron fútiles.

— Lorna ha dicho que ahora es nuestro, pero quiere presenciarlo .

La aludida hizo acto de aparición en ese preciso instante. Abrí los ojos para mirar al mal a la cara, porque, sin lugar a dudas, aquella mujer debía de ser Satán .

Tomó asiento en un tocón donde apoyaban las pezuñas de los caballos para herrarlos y me observó complacida .

— Casi me apena que no vivas para ver el resultado una vez se seque. Pero tendré que imaginarlo —musitó contrariada.

Stuart Grant se acercó a mí y empezó a desatarme .

— No os demoréis mucho, tenéis que deshaceros de él antes de que amanezca por completo.

Grant asintió. Sus hijos roncaban en una esquina, los miró desdeñoso .

— Esos haraganes... Tendré que empezar la diversión yo solo .

Me liberó de las sogas y se inclinó sobre mí para incorporarme. Gemí dolorido, no tuve fuerzas para debatirme, tampoco valor .

De pie, entre espasmos temblorosos, exhausto y exangüe, Stuart se puso detrás de mí, me agarró del pelo y susurró en mi oído .

— Esto te va a doler —advirtió gozoso.

No podía imaginar qué podía doler más que aquello. Sin embargo, tuve la certeza de que lo iba a descubrir en aquel instante.

Me inclinó sobre la ensangrentada superficie de la mesa con brusquedad.

Apoyar mi pecho y mis brazos en la madera, a pesar de estar cubiertos de sucios vendajes, me arrancó un sollozo lastimero.

Tiritones bruscos comenzaron a sacudir mi cuerpo.

Tenía frío y al mismo tiempo ardía. Tal era mi sufrimiento que apenas me apercibí de que bajaba mis ajados pantalones y alzaba su plaid.

Me sobresalté dando un respingo, que me provocó otra punzada de dolor, al notar cómo la punta de su verga tanteaba la hendidura de mis nalgas.

«No —me dije envuelto en un llanto amargo y desesperado—. ¡¡¡Dios, no, quiero morir ya, por favor, llévame de una maldita vez!!!»

Pero aquel ruego no sirvió de nada. Cuando la dureza de Stuart Grant empujó con fuerza invadiendo mi interior, sentí cómo mi piel se desgarraba ante la violenta incursión y mi alma caía en pedazos a mis pies.

Tras un grito más furioso que dolorido, me juré venganza convertido en un ánima atormentada, sólo con el fin de perseguirlos y arrastrarlos al infierno conmigo.

Una embestida tras otra me sumieron en un acerbo océano de dolor.

Ultrajado salvajemente, cada empellón despertaba el dolor de las heridas de mi pecho al rozar con el tablero.

Con los brazos rígidos, el rostro contorsionado ante aquel suplicio atroz y un fuego punzante arrasando mis nalgas y mi pecho, creí ver una sombra interponerse en la luz que brotaba de entre las juntas de los tablones, como si alguien acechara.

Entre los repugnantes jadeos de Grant, mis gemidos cada vez más apagados y el sufrimiento de un cuerpo roto, mi conciencia comenzó a disiparse .

— ¡Vamos, Brian, es tu turno !

Fui zarandeado, golpeado y mancillado impunemente. Mi voluntad empezó a doblegarse y mi cuerpo a rendirse.

Envuelto ya en una ominosa negrura, convertido en un despojo, logré oír en la lejanía un fuerte estruendo, gritos y confusión.

Por fortuna, con la negrura llegó la paz...

—Desperté días después en alta mar, más muerto que vivo —continué, todavía sumido en el pasado—.

Apenas era capaz de conservar la conciencia durante mucho tiempo, y era justo en esos momentos cuando más deseaba estar muerto.

Las heridas del cuerpo se habían impreso también en el alma, ambos rotos, ambos agónicos y moribundos.

En cuanto al corazón, me lo habían arrancado tras haber sido despedazado vilmente.

»Rechacé todo alimento y me negué a hablar.

Si la muerte no me llevaba, me negaría yo la vida, ése era el pensamiento que fijaba en mi mente a cada instante, como una letanía incansable.

No soportaba mirar a nadie para descubrir en sus rostros la profunda compasión que sentían por mí.

Nunca olvidaré el gesto de Lachlan, esa conmiseración teñida de remordimientos y horror.

Detestaba la condescendencia con la que me trataban, las miradas de espanto cuando veían mis heridas y el titubeo ante preguntas que no pensaba responder.