Bruma azul Capítulo 37. Brezo entre las rocas #2
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Capítulo 37. Brezo entre las rocas #2

—Es la isla de Ulva, la isla de los lobos, fue poblada durante mucho tiempo por lo pictos y las tribus celtas de los Dalriada de los que procedo.

Puedo llevarte en un birlinn a recorrerla cuando lo desees.

También me gustaría llevarte a Tobermory y contarte con detalle la leyenda sobre el galeón español repleto de oro que encalló en su bahía por culpa del hechizo de una bruja llamada Dòideag.

Dicen que fue la causante de los feroces vientos y de la gran tormenta que aniquiló a la flota de la Armada Invencible.

—Y ¿qué crees tú? —preguntó ella enlazándose a mi cuello.

—Creo que Felipe II tuvo muy mala fortuna y mucha ambición.

—¿No crees en los hechizos de las brujas?

No pude evitar tensarme ante su pregunta. Forcé una sonrisa y la besé para que no percibiera mi incomodidad.

—Yo sólo creo en lo que veo, y lo que veo ahora me parece tan increíble que no puedo dejar de mirarlo.

Clavé una penetrante mirada en ella. Se estremeció.

—A mí sí que me parece increíble tenerte —musitó arrobada.

—Cora, voy a... pedirte una cosa, pero no quiero que respondas ahora, sino esta noche.

Me contempló con extrañeza y asintió. Cogí sus manos entre las mías, acariciando sus dedos con mis pulgares durante un instante. Luego alcé la mirada y la sumergí en sus ojos, preguntándome por enésima vez si hacía lo correcto, si unirla a mí la haría feliz. Por fin me decidí a hablar:

—Nada desearía más que hacerte mi esposa, Cora. Me... gustaría casarme contigo si me aceptas, aquí, en Mull, en la abadía de Iona. Y luego marchar lejos de aquí, a Sevilla, a Tierra Firme o a donde tú desearas. Mi única ambición es amarte y darte cuanto soy.

Sus ojos se agrandaron, titilando presos de la emoción.

—Lean... —murmuró afectada.

—No me respondas ahora, no sería justo que lo hicieras sin conocer mi peor pesadilla, la que finalmente me convirtió en el hombre que soy, la que originó y reventó ese nudo de odio que sembraron en mí de niño.

Quiero..., no..., necesito contarte lo que sucedió aquel último día.

Y cuando termine podrás darme tu respuesta.

Quiero... —tragué saliva inquieto— quiero que sepas que nada espero, que nada te reprocharé, y que tienes un hogar a donde ir, uno que te pertenece por derecho.

Había decidido contarle mi descubrimiento sobre la verdadera identidad de su padre y que ella decidiera qué hacer al respecto.

No podía permitir que entre nosotros hubiera secretos.

Deseaba fervientemente hacer las cosas bien y, tal como me había aconsejado Ayleen, asentar en un terreno limpio de malas hierbas un futuro sólido y consistente.

Porque tenerla y perderla sería el peor de mis infiernos.

Ella tan sólo me sonrió entre lágrimas y se abrazó con vehemencia a mi torso. Abarqué su cuerpo con los brazos y apoyé mi mentón en su cabeza, embriagado por la belleza de aquellos verdes acantilados y la intensidad tan abrumadora que constreñía mi pecho.

Nada en mi vida era tibio ni sereno, ni gris, sino apabullantemente extremo.

Cada sentimiento que lograba atravesar mi coraza gozaba de una agudeza tan impetuosa, de una profundidad tan desgarradora que en ese momento supe que mi corazón no aguantaría más lances.

Era un corazón viejo en un cuerpo joven. Y ya era hora de cuidarlo.

Una súplica se alzó en mi mente... «Por favor, Dios, no me la arrebates...»

Durante la cena, la tensión subyació bajo conversaciones amenas, miradas huidizas y sonrisas a menudo forzadas.

Permanecí taciturno, pensativo y ausente, intentando evitar que las miradas recriminatorias de Alaister y la afligida expresión de Ayleen, que se esforzaba en ignorarme, la excesiva atención de mi tío y los chismorreos del resto de los comensales me afectaran y me distrajeran del duro cometido que me aguardaba.

Cora también se mostraba inquieta, lanzándome miradas preocupadas, aunque en su franca sonrisa reluciera todo el amor que me profesaba.

Tras apurar mi copa, me puse en pie y me despedí con una inclinación respetuosa de la barbilla.

Luego ofrecí mi brazo a Cora, que se puso en pie y lo enlazó.

Capté la mirada dolida de Ayleen, que procuró apartar con premura.

No me pasaron desapercibidos sus ojos hinchados y enrojecidos ni el rictus indignado y condenatorio que me regaló Alaister.

Ya salíamos del salón cuando me apercibí de que nos seguía hacia el corredor.

—¿Puedo hablar brevemente contigo? —preguntó con sequedad.

—Te espero en el cuarto —musitó Cora con incomodidad.

Asentí, y ambos aguardamos a que ella subiera la escalera.

—Será mejor que salgamos fuera —sugirió Alaister.

Por su contenida mirada supe al punto el tipo de conversación que deseaba mantener conmigo.

Atravesamos el porche de entrada y salimos al patio exterior.

Las antorchas iluminaban los muros de piedra, pero sus reducidos cercos dorados no alcanzaban a disipar las sombras del interior del patio.

Alaister se dirigió con paso firme hacia el centro, justo donde sólo la luna alumbraba el terreno.

Apreté la mandíbula, tensando todos mis músculos cuando él se detuvo y se giró hacia mí.

No esquivé su puño. El golpe hizo que me tambaleara hacia atrás, sacudí la cabeza y me froté el mentón.

—Hablas muy claro —dije.

Alaister avanzó hacia mí con la cabeza gacha y mugiendo como un toro.

Lanzó otro puñetazo que sí esquivé. Aferré su brazo, se lo redoblé con fuerza a la espalda y me puse tras él.

—Pero yo también sé hablar muy claro —advertí en tono afilado—, aunque no me gustaría enredarte en mis peroratas. Así pues, o bajamos ambos la voz o me obligarás a gritarte hasta romperte la nariz.

Se revolvió contra mí con fuerza. Finalmente lo solté y me puse en guardia. No quería golpearlo, pero me defendería.

Cargó contra mí con la contundencia de un buey. Impactó con su cabeza en mi vientre y me derribó contra el suelo, dejándome sin resuello. Yo le lancé un feroz puñetazo al costado y lo empujé para quitármelo de encima. Rodé hacia un lado y me puse en pie al tiempo que él.

—Dime al menos por quién es esta amigable charla, ¿por tu hermana o por Cora? —inquirí jadeante y dolorido.

Alaister bufó iracundo y de nuevo se abalanzó sobre mí. Sorteé dos golpes inclinándome raudo, aprovechando el movimiento para hundir mi puño en su vientre. Él se redobló trastabillante en su retroceso, maldiciendo entre dientes.

—Has jugado con las dos —acusó furibundo.

—Siempre he sido muy claro con ellas —rebatí.

Comenzamos a tantearnos moviéndonos en círculos con los puños en alto y expresión alerta. Eludí otro lance de su brazo y, en mi contraataque, le asesté un buen golpe en la mandíbula que le giró bruscamente la cabeza.

Aturdido y colérico, retrocedió una vez más abriendo y cerrando la boca en curiosos círculos para comprobar los daños.

—Sí —bramó al cabo—, le dijiste a Ayleen que no querías una relación con nadie, que la respetabas lo suficiente para no tomarla como amante. Y mentiste en ambas cosas.

Y, como si aquél fuera su estandarte ondeado a gritos, se cernió sobre mí desaforado, zurrándome con tal rapidez que, a pesar de esquivar los dos primeros golpes, encajé el tercero en la nariz.

Un ardor prendió en ella, los ojos me lagrimearon y temí que me la hubiera roto cuando percibí la tibia densidad de la sangre sobre mi labio superior.

Me limpié con el dorso de la mano, hastiado de aquel enfrentamiento.

Avancé hacia él con firmeza y, tras esquivar otro golpe, lo sorteé ágil y le lancé un feroz puñetazo que lo derribó como un fardo. A continuación, me abalancé sobre él, lo agarré de la pechera de la camisa y lo sacudí con fuerza.

—He cometido muchos errores, como todos —expliqué encarándome con él—.

¿O acaso no te equivocaste tú al no ver lo que Cora sentía por mí, al ilusionarte con una mujer que se acercaba a ti sólo para alejarse de mí?

¿Acaso Ayleen no se equivocó tentándome con su cuerpo sólo para buscar mi semilla?

¿Crees que no intuí que en Beltane ella adulteró mi bebida con alguna pócima que enturbió mis sentidos?

¿Acaso ella no veía mi atracción hacia Cora y, aun así, continuaba insistiendo en su seducción?

No, todos nos equivocamos en muchas cosas.

¿Alguno de vosotros ha mirado acaso por mí?

No, así pues, no pienso tolerar un maldito reproche.

Lo solté con brusquedad y me puse en pie, tocándome con tiento el puente de la nariz.

—Y ¿qué pasó con tu decisión de no involucrarte con nadie? Y menos con la esposa de tu hermano... —replicó.

Logró ponerse en pie entre gemidos dolorosos, acercándose a mí tambaleante.

—¡Mi hermano está muerto —rugí colérico—, y tengo todo el derecho que me da mi libertad a cambiar de opinión, a volver el rostro hacia el futuro y creer en él, a buscar la felicidad y a luchar por ella! ¡Y quien no lo entienda que se vaya al infierno!

—Ayleen está rota —masculló hundiendo los hombros.

—Le salvé la vida a tu hermana, he hecho por ella cuanto he podido. Yo la quiero, maldita sea, pero eso no parece ser suficiente para ella, y no la culpo, pero tampoco pienso culparme yo. Y no voy a consentir que nadie lo haga, ¿me oyes?

—Ahora tiene que cumplir la promesa que le hizo a mi padre y casarse con quien él elija. Sacrificó su vida tan sólo por pasar unos días en la tuya. ¡Y eso no es justo! —increpó mientras avanzaba renqueando.

—Fue una decisión enteramente suya —recordé—. Y no des un paso más, o te juro por Dios que mañana no podrás dar ninguno —amenacé.

—No es justo —insistió aproximándose a mí.

—¿A mí me hablas de justicia? —proferí exasperado—. ¡¿A mí?!

Alaister tuvo la sensatez de bajar la cabeza en ademán derrotado.

—No conozco esa palabra —agregué—, jamás la tuve en mi vida.

¡Jamás! Tampoco ahora, por parte de ninguno de vosotros.

Nunca he deseado herir a Ayleen de forma intencionada, nunca he pretendido arrebatarte a ninguna mujer.

Simplemente sucedió así, yo... nunca podría haber imaginado que fuera capaz de sentir lo que siento.

Porque la amo, ¿sabes? Y si te doy una maldita explicación en este instante es porque tanto Ayleen como tú sois importantes para mí.

No pienso pedir perdón por amar. Pero, si no lo entendéis, nada puedo hacer para cambiar eso.

Di media vuelta y caminé hacia el castillo. Todavía me quedaba enfrentarme al último asalto. Supe que iba a ser una noche muy larga.