Bruma azul Capítulo 34. Un sello en el pecho #2
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Capítulo 34. Un sello en el pecho #2

—Por cierto —añadió Lachlan jovial—, esta noche hay una fiesta.

David Leslie, uno de los mejores generales del marqués de Montrose, está a punto de llegar, me preparaba para recibirlo.

Viene con su esposa y sus asesores. Invité a los dignatarios de Craignure y de Oban, y a los pocos nobles de las zonas limítrofes.

Necesitamos aliados a la causa. Los Covenant están masacrando nuestras tropas.

Desde que Montrose tuvo que huir a Noruega, nuestra única esperanza es Leslie.

—¿Y MacColla?

—El irlandés ha regresado a su patria, le requerían allí. Ya fui informado de tu descubrimiento en el despacho de Argyll. Partió con sus hombres en cuanto se lo comuniqué.

Colin Campbell había cumplido su promesa. Asentí complacido.

—Me gustaría pedirte otro favor —musitó animado.

En ese momento salió Anna por la puerta de acceso a la torre del homenaje y me abrazó con fuerza.

—Anna, busca una cómoda alcoba para esta dama. Seguramente querrá tomar algo antes de descansar.

—Me alegra veros, muchacho.

—También a mí, cada día estás más guapa.

La anciana rio y me golpeó socarrona en el brazo.

—Y vos, cada día más rufián.

Le pasó a Cora el brazo por los hombros y la arrastró hacia el interior. Ella me lanzó una última mirada anhelante. Le sonreí pícaro.

—¿Qué clase de favor? —le pregunté con recelo a Lachlan.

—Uno muy fácil de conceder. Sólo quiero que esta noche luzcas los colores MacLean, quiero presumir de sobrino y demostrar que tu apoyo refuerza el clan. Seguro que estás magnífico con el traje de gala.

—No prometo nada, nunca he llevado un feileadh mor .

Lachlan me observó con asombro y pena, recordando lo olvidado que tuvo a su sobrino tantos años.

—Mis hombres te ayudarán a vestirte.

—Ese dato no me anima mucho, la verdad.

Rio palmeando mi espalda. Parecía estar muy entusiasmado con aquella fiesta. Me pregunté si no escondería algún otro motivo.

—He de dejar a Sahin en su jaula, no quiero que nadie me moleste en todo el día. Estoy agotado.

—Hasta la noche, entonces.

Había dormido todo el día y desperté al atardecer, hambriento de comida y de otras necesidades que quizá una gatita roja tuviera a bien colmar.

Sonreí, me desperecé con indolencia, disfrutando de los cobrizos halos solares que me bañaban, y sumergí la mirada en las espectaculares vistas del ocaso en el mar, como si el sol se bañara en las aguas, dejando retazos de su fuego lidiando con las sombras en una batalla confusa pero tan hermosa que atrapaba por más que se supiera de antemano el vencedor.

Ya salía de la cama cuando la puerta de mi cámara se abrió de golpe. Dos hombres portaban una bañera de cobre; tras ellos, Anna y varias doncellas, portando baldes de agua caliente, lienzos para secarme y ropas.

Estaba desnudo, y me cubrí con premura ante la risita nerviosa de las jóvenes, que murmuraron entre sí.

—¿Qué demonios...?

—Tenéis que adecentaros para la velada de esta noche, órdenes de vuestro tío.

—Y ¿esas órdenes incluían irrumpir sin llamar?

—No —respondió divertida Anna—, pero si hubiéramos llamado, estas pobres muchachas no habrían presenciado un espectáculo tan soberbio. No imagináis la de voluntarias que se me han ofrecido a subiros los baldes.

La miré reprobador, acentuando mi ceño.

—¿Tanta expectación levantan mis tatuajes?

—Son llamativos, pero la expectación la levantáis vos —respondió vaciando el humeante balde—. Parece ser que dejasteis el gallardete de vuestro buque bien alto. La sirvienta que compartió lecho con vos a vuestro regreso estuvo suspirando días enteros tras vuestra partida.

Reprimí una varonil sonrisa jactanciosa. Me puse en pie, con la colcha arrugada en torno a mis caderas, y me acerqué hacia las ropas que habían depositado sobre el arcón ante el suspiro de las doncellas, que me observaban con evidente admiración.

Fijé mis ojos en aquellas prendas y las acaricié con extrañeza. Reconocí de inmediato su pertenencia, pues recordaba haberlas visto sobre mi padre.

—Sois más corpulento y alto que vuestro padre —apuntó Anna—, pero de todos modos creo que os irán bien.

Acaricié pensativo la suave lana del plaid de gala con los colores MacLean.

Sobre un vistoso fondo rojo, anchas bandas en verde bosque y delgados listones azules perfilados con líneas negras y blancas cuadriculaban todo el diseño.

El jubón era de terciopelo verde oscuro, la camisa abullonada blanca, una lazada roja, el sporran rematado con tres borlas; botas de piel y broche con la insignia de mi clan.

Lo tomé entre las manos y acaricié su labrada superficie de plata vieja.

Recorrí con la yema de los dedos la torre almenada sobre una maroma de barco, el cinturón que la rodeaba y el grabado con nuestra insignia: « Virtue Mine Honour », «La virtud es mi honor».

Y nuestro lema: « Bas no Beatha », «La muerte o la vida».

Aquellas simples palabras obraron otro cambio en mí.

Una incipiente incandescencia orgullosa de mis orígenes parpadeó de manera inusitada en mi pecho, iluminándolo de algo que no creí poseer.

Descendíamos del antiguo linaje de los Dalriada, una poderosa tribu gaélica proveniente de Irlanda, fundadores de los primeros clanes de las Hébridas.

Por mis venas corría la sangre de grandes guerreros y conquistadores y el orgullo de un clan que había logrado establecerse y dominar regiones tan agrestes y duras, demostrando una fortaleza y un tesón admirables.

—¡Se os está escurriendo esa colcha! —avisó Anna, fingiendo escandalizarse—. No querréis que mis muchachas anden todo el día en las nubes por vuestra culpa, ¿no, bribón?

Me apresuré a ceñirme el cobertor y me giré hacia ella fulminándola con la mirada.

—¡Largaos ya! —gruñí forzando una mueca severa, aunque en mis ojos bailara una sonrisa vanidosa.

Las mujeres revolotearon por el cuarto como gallinas descabezadas, dejando útiles de aseo, los lienzos y sonrisas ruborizadas.

—Cuando salgáis de la bañera, avisad si necesitáis ayuda con el plaid . Creo que no os faltarán manos —masculló Anna al tiempo que lanzaba miradas reprobadoras a las jóvenes sirvientas.

Una vez solo, me sumergí en la bañera tras un hondo gruñido placentero.

Incliné hacia atrás la cabeza y cerré los ojos.

El vaho y el aroma de las esencias que habían mezclado en el agua languidecieron mi cuerpo en un sopor que me alejó de la realidad hacia un paraíso en el que sólo faltaba para completarlo el ardor y la suavidad de una preciosa gatita de cabellos de fuego.

«Cora —pensé—, ¿qué voy a hacer contigo? Y ¿qué haré sin ti?»

Mi situación seguía siendo delicada. Era un fugitivo, ya no era el único que buscaba venganza, y tenía una visita pendiente a Skye.

En mi vida no encajaba ella, por mucho que sintiera que llenaba un hueco que ni siquiera creí que existiera entre las ruinas que me habían dejado por corazón.

Por otra parte, tampoco consideraba justo hacer que me esperara ni crearle ilusiones respecto a, quizá, un futuro juntos.

Esa palabra, futuro , era casi desconocida para mí.

No solía usarla, y menos pensarla. Solía vivir el presente, sin temer ni ambicionar un futuro, deambulando perdido en una existencia gris y hueca, a veces tan vacía que incluso podía oír el eco de mis propios pensamientos divagando, sin otra cosa mejor que hacer.

Vivía, comía, gozaba, sufría, luchaba, pero todo carente de brillo, de esa ilusión que iluminaba el semblante de otras personas y que yo tanto había envidiado.

Tampoco era muy justo para mí comenzar a sentir esa luz en aquel preciso momento, cuando me había entregado a las sombras que habían estado acechándome toda mi vida.

Cogí el jabón de mirto del suelo y empecé a frotarlo contra mi húmedo torso. Me lavé a conciencia el cabello y, aunque mi dispuesta verga asomaba juguetona por entre la espuma, no le concedí el alivio que me pedía. Deseaba que otro cuerpo la recibiera con ansia esa noche.

Salí de la bañera tras aclararme con el último balde de agua, ya tibia, y me sequé con los lienzos de hilo.

Luego, completamente desnudo, me observé en el espejo, todavía con mi largo cabello oscuro goteando.

A pesar de los washamm negros que intentaban camuflar mis cicatrices, éstas resaltaban rebeldes en mi piel como finos bordones rugosos.

Recorrían los antebrazos, los hombros, las clavículas y ambos pectorales.

Y, pese al excelente trabajo del artista, se percibían con claridad si se prestaba la debida atención.

El árbol sagrado de mi colgante también lo llevaba impreso en la piel.

Era tanta la devoción que tenía por el único vestigio tangible de mi madre que Lorna me lo arrebató tras una paliza.

Sin embargo, tanto ahínco puse en su búsqueda que lo encontré, aunque no fue lo único que encontré. ..