Capítulo 32. La ordalía del agua #2
Mi estómago dio un vuelco y, a pesar de estar escoltado, pude acercarme con cierta libertad al borde del embarcadero y colocarme junto a los dos hombres que sostenían la cuerda que amarraba la cintura de Ayleen.
Nadie mejor que yo comprendía el tormento por el que estaría pasando, la sensación de ahogo, el temor y la angustia.
Apreté los puños y tensé la mandíbula observando cómo un remolino de burbujas ascendía a la superficie en un baile errático, indicativo del tormentoso boqueo de Ayleen en su lucha contra el miedo.
Pude distinguir su cuerpo encogido a medio camino del fondo, negándose a seguir descendiendo.
Todos los músculos de mi cuerpo se tensaron como la cuerda de un arpa.
Ser testigo pasivo de su agonía estaba devastando mi impasividad.
Tuve que estrangular el deseo de lanzarme a por ella.
Tras la aparición de grandes burbujas que ascendieron raudas y estallaron en la superficie, tuve la certeza de que Ayleen se ahogaba y de que podía haber perdido ya el conocimiento. Me giré impaciente hacia el inquisidor.
—¡No flota, sacadla ya!
El hombre se asomó con expresión concienzuda, oprimiendo ligeramente sus delgados labios.
—Todavía es pronto para saberlo.
—¡Se está ahogando, por el amor de Dios! —reproché furioso.
Los hombres que me flanqueaban me cogieron de ambos brazos temiendo un enfrentamiento. Me revolví iracundo.
La espejada superficie del río pareció quedar en calma. Los presentes más próximos se inclinaban sobre la orilla curiosos y confusos.
Dirigí una amenazadora mirada a Moira, que se encogió temerosa ante mi decidido semblante.
—¡Tengo algo más que declarar! —vociferé.
La mujer se adelantó a empellones y le susurró nuevamente a su esposo.
—¡Izadla ya! —ordenó el alguacil mayor.
El inquisidor asintió con desgana y los hombres que aferraban la cuerda comenzaron a levarla con premura.
Contuve el aliento cuando vi cómo la curvada espalda de Ayleen empezaba a emerger.
Su cuerpo estaba inmóvil y lánguido. Justo antes de que la izaran sobre las aguas, el inquisidor se adelantó y observó escrutador el cuerpo.
—¡Soltad la cuerda, ya está muerta!
—¡¡¡Nooooooo...!!! —grité colérico.
Los hombres la soltaron y el cuerpo comenzó a descender de nuevo.
No había tiempo que perder. Me revolví como una serpiente contra mis captores y logré zafarme de uno de ellos.
No lo pensé y le lancé un feroz puñetazo al otro.
Mientras se recomponía, hundí un codazo en el vientre del que intentaba apresarme de nuevo, conseguí escapar y, sin dilación, me lancé al río.
A pesar de la estación, el agua estaba fría. Braceé con vigor hacia el fondo, vislumbrando el cuerpo inmóvil de Ayleen.
En aquel mundo acuático, donde las filamentosas algas ondeaban como si desearan apresarme, donde los peces huían veloces por mi intromisión, donde un fondo verde azulado atravesado por haces dorados me envolvía en un abrazo irreal, regresé a aquel recuerdo de buscar la muerte en el fondo del mar para escapar del horror.
Y, mientras braceaba, sentí el inmenso anhelo de volver a ver aquellos ojos que vi entonces y de oír aquel susurro en mi mente.
Sentí de nuevo la acuciante necesidad de sentirla cerca una vez más, pero, para mi desgracia, a mi cabeza acudió justamente lo que menos deseaba invocar, la imagen de los Grant sacándome de la orilla a rastras entre risas burdas y comentarios soeces.
Por un momento me detuve, como si me hubieran golpeado.
Agrandé los ojos conmocionado por aquel recuerdo, que comenzó a bloquear mi cuerpo.
Gruñí furioso y una gran bocanada de aire contenido escapó.
No podía dejar que me afectara ahora, no ahora.
Fijé la vista en Ayleen y recuperé las fuerzas al instante.
No me quedaba mucho aire en los pulmones, y lo precisaría para el ascenso.
Tras otro par de brazadas, logré atraparla.
Sus largos cabellos danzaban en torno a su rostro, extendiéndose a su alrededor como si un oscuro pulpo negro cubriera su cabeza.
La aferré por la cintura y empecé a nadar hacia la superficie con todo el vigor que pude imprimir a mis movimientos.
Una sensación de ardor empezó a quemar mi pecho, la necesidad de respirar era tan dolorosa que sentí punzadas lacerantes. Abrí la boca en un último gruñido esforzado, liberando una miríada de burbujas más impacientes que yo, y las seguí casi al límite de mis fuerzas.
Emergí por fin y tomé una desesperada bocanada de aire, luego nadé jadeante hacia la orilla.
Unos brazos compasivos se estiraron hacia mí para ayudarme.
Les aproximé el cuerpo de Ayleen y la sacaron del agua.
Yo salí no sin esfuerzo: me dolía el pecho y estaba exhausto.
Pero no me tumbé sobre el embarcadero a recuperar el aliento.
Me acerqué a Ayleen a gatas, tembloroso y asustado.
Estaba hecha un ovillo, por culpa de esa atadura que la curvaba sobre sí misma. Cuando llegué a ella, pedí un cuchillo, que alguien, de entre todos los rostros que nos rodeaban, me ofreció y segué las cuerdas. Aparté el cabello de su rostro y el miedo me asaltó. Estaba pálida y por completo inerte.
Me incliné sobre ella y pegué mi boca a la suya para insuflar aire a sus pulmones.
La tomé entre mis brazos y la sacudí ligeramente, intentándolo de nuevo.
No obtuve ningún tipo de respuesta alentadora.
Tenía que conseguir que expulsara el agua acumulada en su interior.
Le di la vuelta, colocándola boca abajo, y me puse a horcadas sobre la zona baja de su espalda.
De rodillas tras ella, deslicé mis brazos por su pecho, enlacé los dedos y la oprimí con fuerza elevando su torso en cada sacudida.
Una y otra vez, realicé aquel movimiento brusco, oprimiendo sus pulmones en espasmos continuos, hasta que por fin comenzó a expulsar bocanadas de agua.
—¡Vamos, pequeña, vamos! ¡Lucha, maldita sea!
Continué a intervalos regulares hasta que empecé a ver cómo se obraba el milagro y el cuerpo de Ayleen comenzaba a reaccionar.
Tras varias arcadas en las que se convulsionó vomitando toda el agua que había tragado, y tras emitir un rasgado gemido en busca de aire en una respiración larga y agónica, supe que lo había conseguido.
Me aparté y le di la vuelta, abrazándola con fuerza sobre mi regazo, mientras aguardaba a que terminara de recomponerse.
Entonces, un rostro apareció reconocible entre la diversidad de caras que me contemplaban boquiabiertas.
Cora me observaba con una expresión tan extraña y conmovida que no supe interpretarla. Era una mezcla de dolor, orgullo y celos que convertía su rostro en todo un lienzo de emociones cambiantes.
Se sumergió en mis ojos un momento antes de dirigirlos alertadores hacia un punto en particular.
Miré hacia la bahía. Un birlinn se balanceaba junto al muelle. Distinguí siluetas familiares y una más pequeña, que claramente correspondía a Dante. Tenía que meter a Ayleen en ese bote como fuera.
Me puse en pie, algo tambaleante, con ella en brazos y me dirigí al inquisidor con mirada penetrante y decidida.
—Como vos bien dijisteis, si se hunde es inocente. —Luego me giré hacia la turba de rostros que nos miraban y espeté a viva voz—: ¡El agua, como elemento puro, ya ha dado su veredicto: Ayleen MacNiall es inocente de los cargos que se le imputan!
—No olvidéis que tiene causas pendientes con la justicia —recordó el inquisidor resentido.
No repliqué, tan sólo lo fulminé con la mirada y avancé entre la muchedumbre empapado, sin camisa y con expresión feroz. Me abrieron un camino entre gestos enojados y admirados.
Frente a mí surgió de nuevo la figura de Cora, y también Alaister, que se abalanzó sobre mí para coger en sus brazos a Ayleen.
Temí que lo reconocieran y se la entregué aprovechando todavía la confusión del momento.
No me hizo falta mirar atrás para saber que no me permitirían escapar.
La mirada contrariada de Alaister me confirmó que me seguían los hombres del alguacil.
—Lánzate al agua y nada alejándote de la orilla, te recogeremos en el birlinn —sugirió en un susurro.
En ese instante, unas férreas manos atraparon mis brazos y sentí el redondo orificio de un mosquete presionando la piel de mi espalda.
Contemplé a Cora con honda pesadumbre y negué levemente con la cabeza, dándome por vencido.
Ella se abalanzó sobre mí, rodeando mi cuello con los brazos, con tal desesperación que todo mi ser fue zarandeado por la abrumadora necesidad de liberar esas palabras que habían estado quemando mi garganta todo ese tiempo.
Las retuve, aunque el dolor punzante en mi garganta fuera casi insoportable.
Sentí en mi hombro la tibieza de las lágrimas de Cora, su cuerpo agitándose en un llanto silencioso. Hundí mi rostro en su leonada cabellera roja y aspiré quizá por última vez su fragancia.
—No te dejaremos aquí —prometió con voz rota.
Se apartó de mí para tomar mi rostro entre las manos, se alzó de puntillas y me besó con denuedo. Sentir la calidez y la suavidad de su boca me encogió el corazón, preso de un sentimiento tan profundo que manó de cada poro de mi piel, de mi mirada y de mis gestos, iluminando mi rostro.
—¡Marchaos! —logré decir—. ¡Os encontraré!
—Lean..., yo...
—No, no digas nada...
Pero, aunque su voz no lo dijera, lo expresó a gritos su mirada, como imaginaba que lo gritaba la mía.
—Alaister, llévatelas.
Los guardias comenzaron a alejarme de ellos y me dejé arrastrar sin apartar la mirada de Cora, que lloraba con tal desconsuelo que tuve que luchar contra el impulso de escapar sólo para poder abrazarla de nuevo.
Bajé la cabeza en ademán derrotado, sintiendo en mi maltrecho corazón cómo a cada paso que me alejaba de ella se fragmentaba una vez más, arrancando la costra de heridas que creí cicatrizadas.
La turba se fue cerrando acompañándome nuevamente hacia la plaza.
Fui llevado a trompicones a la tribuna. Las cinco condenadas ya estaban maniatadas a los postes, prestas al cumplimiento de las sentencias impuestas. Ante mi consternación, divisé una patrulla inglesa y dos jinetes que no me eran desconocidos.
Se acercaron al patíbulo. El oficial inglés y Stuart Grant desmontaron para ascender a él. Sus pasos resonaron huecos y contundentes en la madera. La mirada artera y llena de rencor de Stuart no mutó mi expresión, aunque en mi interior el odio bullera a borbotones.
El oficial se presentó a los jueces, inclinándose respetuosamente y entregándoles un edicto.
—Este hombre está reclamado por la justicia, es un traidor y un asesino, y debemos entregarlo a la competencia del marqués de Argyll para ser juzgado por sus crímenes.
El magistrado encajó su monóculo en la cuenca de su ojo izquierdo y escudriñó el mandato de Argyll, poniendo especial atención al sello de lacre que identificaba su casa.
—También aquí se lo acusa del asesinato de Kendall Forbes —anunció—. No obstante, y puesto que la autoridad del marqués es indiscutible, se os lo entregará mañana para que podáis partir al alba.
—¿Por qué mañana? —inquirió Grant contrariado.
—Estamos en pleno auto de fe —respondió molesto el magistrado—, tengo mucho papeleo que rellenar. Expediré la transferencia del prisionero, detallando el crimen cometido en esta villa y las peculiares circunstancias que lo rodean. No puedo entregarlo así, sin más, es mi responsabilidad.
El oficial inglés asintió, se ajustó su casaca y se retiró conforme. En cambio, Stuart Grant permaneció un instante frente a mí, asestándome en una mirada oscura todo su odio. Tuve la osadía de sonreírle desafiante, un gesto que descompuso su semblante en una mueca furibunda.
—Pronto estarás en mis manos, perro sarraceno —susurró amenazante antes de retirarse.
El magistrado me observó ceñudo, carraspeó y se reajustó el monóculo.
—Llevadlo a los calabozos. Y que dé comienzo la ejecución.
Antes de ser bajado del patíbulo, algo me llevó a mirar a la druidhe , que, ceñida al poste con una gruesa soga, tenía la mirada clavada en mí.
—Nos veremos en el infierno —pronunció con aterrador convencimiento.
Una sensación sobrecogedora reptó por mi espina dorsal como si una lengua fría y rasposa la recorriera. Me estremecí.
El eco de aquella frase me acompañó hasta los calabozos.
También aquella aprensiva sensación. Pero no fue lo único que me acompañó.
Los recuerdos de mi estancia en la Cárcel Real de Sevilla por matar al gentilhombre que había torturado a Fabila, y al que habría matado mil veces más, despertaron vivos entre aquellos lóbregos muros. ..