Capítulo 29. Entre hechizos, leyendas y grilletes #2
—En efecto, mi bella esposa está muy cansada. Si nos servís algo de comer, pasaremos el día en el cuarto.
Le guiñé un ojo cómplice, y la mujer asintió con semblante risueño.
—Por cierto, dando un paseo por la plaza nos han contado el terrible suceso que aconteció hace dos días —comenzó Cora en tono impresionado—. ¡Que Cristo nos asista! Mi esposo desea unirse a la patrulla para darles caza, debe hacerse justicia.
La mujer asintió vehemente. En su rostro se pintó una expresión horrorizada y compungida.
—La madre está destrozada —comentó compasiva—. Es una tragedia, el pequeño Kael era querido por todos.
—Todos hablan de un púlpito donde las brujas piensan reunirse esta noche —intervine—, pero nunca he oído hablar de un lugar así.
La mujer se inclinó sobre la barra para susurrar su respuesta, como si decirla en voz alta pudiera convocar a algún espíritu maligno.
—Es conocido como el Púlpito del Diablo, por su aspecto y por los aquelarres que las brujas celebran allí.
Es una abrupta garganta oscura que se abre en mitad del bosque como un tajo sangriento en la densa vegetación.
Por ella discurre un río de aguas rojas y sulfurosas, y dicen que en el fondo de ese desfiladero hay un altar de piedra donde todavía se practica la antigua magia.
Es un lugar lleno de leyendas, cargado de un poder que, como aseguran los que han estado en él, incluso crepita en el aire.
Además, hasta se puede oír el lamento de las almas condenadas.
—¡Terrorífico! —exclamó Cora con fingido asombro, santiguándose exageradamente.
—¿Dónde se encuentra, exactamente?
—En Finnich Glen, está cerca de aquí, al noroeste en dirección a Stirling, cerca de Drymen.
Rodeé a Cora por la cintura y la acerqué a mí, sonriéndole travieso.
—Quizá mi apasionada esposa me permita evadir mis deberes conyugales esta noche para hacer justicia.
La tabernera me miró con descaro y negó con la cabeza dirigiéndose a Cora.
—Yo no lo permitiría si estuviera en vuestro lugar. Dicen que no hay nada como montar un buen semental, y vuestro esposo tiene pinta de serlo.
Cora forzó una sonrisa tan tirante que acabó convirtiéndose en una mueca ofuscada y en sus ojos refulgió un atisbo celoso.
Enlazó con cierta brusquedad mi brazo y me llevó a una de las mesas.
Nos sentamos uno frente al otro, Cora continuaba mirando ceñuda a la tabernera.
—¿Alguna vez se te ha resistido alguna mujer? —preguntó molesta.
—Tú.
Negó con la cabeza tras respirar hondo.
—Yo mejor que nadie sé el maldito influjo que ejerces en las mujeres, y no sonrías así, condenado bellaco, o tendré que demostrártelo.
Sonreí pendenciero al tiempo que enarcaba una ceja en un gesto provocador.
—Es la amenaza más tentadora que he recibido nunca.
Nuestras manos se entrelazaron por encima del tablero y nuestras miradas se engarzaron derramando en ellas profundos y arraigados sentimientos.
Sentí un nudo en la garganta y una emoción constreñida y punzante en el pecho.
El tenso silencio que crepitaba entre nosotros fue tan sofocante que temí dejar brotar de mi garganta lo que manaba a borbotones de mi corazón.
—Debo partir de inmediato, tengo que dar con ese lugar y encontrarla antes de que anochezca.
Cora asintió contenida, desviando su húmeda mirada cargada de preocupación.
La tabernera nos sirvió dos cuencos de estofado y dos generosas jarras de cerveza y se alejó contoneando sus amplias caderas.
No tenía apetito, pero necesitaría fuerzas para lo que estaba por venir.
Comimos desganados, sumidos en un profundo desasosiego, compartiendo la misma inquietud.
Los acorazonados labios de Cora se apretaron entre sí, presos del temor y la angustia.
Soltó la cuchara y respiró hondo, conteniendo las lágrimas.
—No puedo quedarme aquí —anunció con voz estrangulada—, me volvería loca aguardando tu llegada.
—Cora, te lo ruego, no insistas.
—Moriré de angustia —se lamentó—. Quizá si me llevas allí y me oculto en alguna cueva o refugio antes de llegar a ese desfiladero... Yo te esperaría y...
—No —la interrumpí tajante—. Sería una completa temeridad, habrá patrullas de hombres rastreando toda la zona. Si dieran contigo antes de que yo llegara... No, Cora, no pienso transigir en esto. No temas por mí, sé cuidarme bien. Regresaré, confía en mí.
Me puse en pie apurando mi jarra y luego la conduje hacia la escalera.
—Voy a dejarte en ese cuarto y en él permanecerás hasta que regrese —sentencié con firmeza.
Fruncí el ceño reforzando lo inapelable de mi decisión.
Cora bajó la mirada afligida, asintiendo a regañadientes.
—¡Prométemelo! —exigí intransigente.
—Lo prometo —aceptó ofuscada.
Llegamos a la puerta del cuarto, nos adentramos y cerré tras de mí.
Antes de que ella diera un paso, la aferré por la cintura, la giré y apresé su boca con hambre desatada.
Ella gimió sorprendida, entregándose ardiente a un beso rudo y necesitado.
Mi voracidad me consumía en un fuego que, por mucho que liberara, no lograba apagar, sino que, por el contrario, aumentaba desaforadamente.
Era por completo imposible saciarme de su sabor, era como si todo mi cuerpo rugiese ante el desesperado anhelo de fundirme en ella.
Logré, no sin doloroso esfuerzo, separarme de Cora. Cogí su rostro entre las manos y clavé mi penetrante mirada en ella.
—Volveré y me despediré como es debido.
—Desearé lo primero y lamentaré lo último en igual medida —suspiró apesadumbrada.
La estreché contra mi pecho, abrumado por cuanto lo acicateaba. Olí su cabello, grabando en mi memoria su perfume, y cerré los ojos un breve instante asimilando la miríada de emociones diversas que me sacudían.
No fui capaz de añadir nada más. Simplemente la solté y salí en tromba, temeroso de ceder a su ruego y llevarla conmigo.
El sol comenzó su indolente descenso, en busca de su merecido descanso, aunque en aquellas tierras no se luciera mucho. Dando espacio a las acechantes sombras que ya se alargaban alborozadas y anhelantes por extender su oscuro dominio.
Llegué al linde de un bosque espeso y tan verde como los ojos que me habían acompañado todo el trayecto. Reduje la marcha, permaneciendo atento a mi alrededor, rastreando huellas y rezando por encontrar a Ayleen antes que las partidas de búsqueda. Aunque eso no era lo único que me desazonaba.
Si esa noche se celebraba Litha, participarían no sólo adoradoras de la antigua religión, sino seguramente también druidhe de todo tipo, así como hechiceras oscuras.
Incluso era posible que acudiera la figura de un nigromante que las liderara, aprovechando aquella concentración para invocar al diablo con sus maléficas artes.
Sólo pensar que Ayleen deseaba convertirse en una especie de figura faustiana, como en aquel clásico alemán, el Volksbuch , la historia en la que Fausto vendía su alma a Mefistófeles a cambio de poder y conocimiento infinito, me produjo escalofríos.
En Sevilla había tenido la oportunidad de leer una gran diversidad de obras, gracias a los falsificadores de arte, tanto escritas como ilustradas.
Copiaban tratados y los vendían como originales, y yo los acompañaba en sus transacciones como protector de la plata percibida, que debía escoltar hasta que llegara a manos de don Nuño.
Aquella empresa me complacía más que ninguna otra, pues ponía a mi alcance libros que, de otro modo, jamás podría haber leído.
Incluso pude echar un vistazo, no sin cierta aprensión, al afamado tratado sobre brujería que utilizaban algunos inquisidores para el reconocimiento y la anulación de todo tipo de hechiceras, el Malleus Maleficarum , el «Martillo de las brujas».
En él se desplegaba todo un compendio de justificaciones malévolas en contra de la figura femenina.
Y, aunque mi demonio en cuestión había sido una mujer, aquel abominable tratado resultaba todo un atroz desatino en contra de ellas, pues las presentaba como seres inferiores, susceptibles de toda clase de vicios y debilidades, tachándolas de lujuriosas y perniciosas.
En cambio, no se mencionaba en ese libro al nigromante, una figura masculina, ni se acusaba a ningún hombre de practicar ese diabólico arte, quemándolo en hogueras.
Simplemente quedaba en un conveniente segundo lugar, tan místico e irreal, una figura más de leyenda que no provocaba ninguna preocupación contra la fe profesada por prelados ni seglares.
A mi memoria acudió una añeja leyenda referida por mi maese que solía contarse en noches de vigilia.
Se trataba de la leyenda del marqués Enrique de Villena, gran maestre de la Orden de Calatrava que culminó su vida en Toledo allá por el siglo XV y dio origen a su espeluznante relato.
Había sido un gran erudito para su época, pues poseía excelsos conocimientos en diversas materias que había plasmado en varias obras, tanto sobre medicina como de astrología e incluso gastronomía.
Sin embargo, la que más polémica suscitó fue su Tratado de alquimia , pues revelaba su inclinación por la nigromancia y las artes oscuras.
En su obra, el marqués confesaba sus relaciones con el diablo y manifestaba la creación de un elixir para devolver la vida a los muertos, un elixir que él mismo decidió probar.
Dejó el macabro encargo a su criado, referente a lo debía hacer a su fallecimiento.
Las instrucciones eran precisas: cortar en pedazos su cuerpo e introducirlo en un gran matraz de vidrio repleto del milagroso elixir que ocultaba en el sótano de su casa.
También había de suplantarlo en el tiempo que tardara en producirse la transmutación.
Y, tras fallecer de unas delirantes y dolorosas fiebres, el obediente criado hizo lo que su amo le había indicado.
Luego se vistió con sus ropas y acudió a misa como acostumbraba el marqués, con tan mala fortuna que se topó con el vicario y pasó sin descubrirse por su lado ante la indignación de los parroquianos, que descubrieron el ardid cuando lo obligaron a mostrarse.
Al final, el fiel criado contó la verdad y todos fueron a ver con sus propios ojos semejante aberración.
En efecto, el cuerpo desmembrado del marqués flotaba en un líquido verdoso, fusionado grotescamente en una especie de monstruo.
Los vecinos acabaron con aquello a golpe de hacha.
El gran maestre murió por segunda vez, pero nació en una leyenda con la que se seguía asustando a los niños.
De repente, una idea fue tomando forma en mi cabeza.
Aquellos hombres, supersticiosos, pero también cobardes, marchaban valerosos a dar caza a asustadas mujeres, deseosos de volcar en ellas su vil superioridad.
Pero esos hombres no esperaban enfrentarse a un igual, mago y poderoso, además.
Quizá si irrumpía en aquella ceremonia como un nigromante, las congregadas, brujas o no, creerían mi aviso.
De igual modo, y de esa guisa, podría enfrentarme a los cazadores sembrando el terror en ellos, ahuyentándolos sin necesidad de combatirlos.
Madurando aquella treta desmonté y miré en derredor, buscando en la naturaleza elementos que pudieran componer mi disfraz.
Había de resultar impactante y artificioso, y debía conferirme no sólo aspecto de mago, sino también una diabólica y extraña apariencia, más de animal que de hombre.
Una bestia medio humana que desatara el horror entre los batidores y la subyugación entre las druidhe .
Aspiré hondamente, encomendándome a Alá, a Cristo y a cualquier deidad pagana que tuviera a bien escucharme y me puse manos a la obra mientras la noche caía sobre aquel lúgubre paraje, quizá despertando la magia que pudiera ocultarse en él.