Capítulo 28. La marca de la bruja #2
La abracé contra mi pecho, con tantas palabras retenidas en mi garganta, con tantos sentimientos despuntados y tantas emociones desgarradoras, que temí ahogarme en ellas.
Y, aunque mis sentimientos fueran recíprocos, darles voz justo cuando debía reforzarme para poder alejarme de ella habría sido una locura.
En aquel instante lamenté más que nunca mi destino.
Y, aunque esos días había barajado la posibilidad de tener un futuro con ella alejándome de todo, olvidando mi venganza, en mi fuero interno sabía que sólo sería engañarme y engañarla.
Era un hombre estigmatizado por un dolor tan profundo, por un odio tan acerbo que jamás podría ser capaz de hacer feliz a nadie, porque el veneno que me habían inoculado en mi infancia continuaba extendiéndose por mi interior, oscureciéndome paulatinamente, porque, si no lo liberaba, acabaría conmigo y con todo mi alrededor.
Y no podía permitir que nadie estuviera a mi lado cuando eso ocurriera.
Al menos, pensé, ella tendría el recuerdo de un hombre que la había amado como mejor había sabido y había podido. Al menos ella no vería nunca la negrura que pronto vomitaría, ni conocería a aquel demonio que se gestaba en mi interior. No era un gran consuelo, pero no tenía otro al que agarrarme.
Nada dije, desaté las riendas de Zill , rodeé los hombros de Cora ciñéndola a mi costado y caminé por el puerto con ella a mi lado.
Los mástiles de varios buques de carga proyectaban sus sombras sobre el muelle, listando de claroscuros el pedregoso pavimento de la calzada.
Las embarcaciones amarradas a los bolardos se balanceaban perezosas produciendo rítmicos chasquidos contra el agua, que, insaciable, lamía sus costados deseosa de arrastrarlas a la deriva.
Y a la deriva iba en aquel momento mi alma, perdida en otro mar, un mar tormentoso que estrellaba contra mí feroces olas llenas de honda pesadumbre que espumeaban rabia y salpicaban dolor.
Sin embargo, logré cubrir mi rostro con una máscara imperturbable y velar mi mirada con un fraudulento paño de serenidad.
Mientras, ella luchaba por recomponerse contemplando la espejada y rielada superficie del río.
Caminando escrutaba atento a mi alrededor. Aunque a aquella hora de la tarde la actividad debería haber sido más sosegada, jinetes y gente diversa, de toda índole y condición, deambulaban por el puerto disfrutando de la estival brisa y del hermoso paisaje que formaba aquel estuario.
En un corrillo, un hombre subido a un cajón de madera parecía proclamar a viva voz su vehemente reclamo a un público que, exacerbado, rubricaba con ofuscados gestos lo que aquel predicador bramaba furibundo.
—¡Debemos perseguirlas, cazarlas y aniquilarlas!
—exclamó el hombre exaltado—. Todos sabemos dónde se reúnen, todos sabemos que la herejía está penada por la ley seglar y la eclesiástica, pero las autoridades parecen haberse olvidado de nosotros.
Tomemos, pues, la justicia que nos confiere el deber de proteger a nuestros hijos.
No permanezcamos impasibles ante la reunión de las siervas de Satán conjurando contra nosotros. ¡Acabemos con ellas!
La multitud jaleó enardecida, alzando sus puños y sus voces, expandiendo su indignación y su furor.
Cora se estremeció, la ceñí más a mí y besé su cabeza.
—¿De qué está hablando? —preguntó rodeándome la cintura.
—Creo que pretende impulsar una caza de brujas.
Agrandó los ojos, mirando condenatoriamente al hombre que continuaba enalteciendo los ánimos de los allí congregados.
—Hay muchos hombres así por las Highlands —explicó con desagrado—, suelen ser monjes expulsados, normalmente desquiciados, que vagabundean ganando limosnas con sermones apocalípticos o advenimientos demoníacos, cargando contra las mujeres, sembrando en los hombres la semilla del recelo y el rechazo.
Eso provoca que miren a las mujeres con resentimiento y desconfianza, hasta que desaparecen y todo vuelve a la normalidad.
No quiero ni imaginar la brutalidad que quizá hayan podido desatar en terrenos abonados. Sólo me producen repugnancia.
—También a mí, todo es producto de la ignorancia y la superchería, pero al mismo tiempo usan el miedo como herramienta para dominar y someter.
Observamos a los allí congregados, que murmuraban maledicentes entre sí, quizá planeando alguna fechoría contra cualquier fiesta pagana que estuviera pronta a celebrarse.
—Hace ya bastantes semanas fue Beltane —barrunté pensativo—. No recuerdo ninguna otra celebración antes de Samhain.
Mañana se festeja Litha —adujo Cora—, la celebración del solsticio de verano. Es un sabbat celta para conmemorar el día más largo y que el sol esté en su punto más álgido antes de partir hacia la oscuridad. Mi aya solía contarme leyendas paganas irlandesas.
—Pues me temo que les van a arruinar la fiesta.
No me gustó el gesto feroz en los rostros de los confabuladores, ni la mirada perniciosa que brillaba alborozada e impaciente en sus ojos. Algo grave maquinaban, y sólo recé porque no hubiera que lamentar más que una celebración arruinada.
Continuamos el paseo hasta el final del muelle sin toparnos con el grupo.
Tras preguntar en varias tabernas más, sólo un hombre atinó a describirme a Rosston, llevando a un crío de la mano de las características de Dante que, además, parecía barbotar en un idioma extraño.
Tenían que ser ellos, me dije más animado.
Según el hombre, habían cenado allí la noche pasada, pero ni idea de adónde habían ido.
La tarde cayó en un ocaso que doró el horizonte como si lo prendiera una llama, desdibujando el cielo con pinceladas púrpuras y rosadas, conformando una vistosa alfombra de bienvenida a la media luna que ya se alzaba tímida en el cielo.
—Tendremos que encontrar alojamiento y seguir buscando mañana —decidí.
—Eso me temo, y eso desearé temer mañana —musitó ella.
Sonreí travieso y la acerqué a mí, frotando mi nariz en el lateral de su cuello. Aspiré el jazmín que emanaba de su piel y suspiré prendado.
—No pensemos en mañana, sino en lo larga que es la noche.
—Creo que voy a desear que sea eterna —repuso anhelante.
—Ése sería un deseo compartido, gatita.
No fue eterna, ni siquiera larga, sino mágicamente efímera.
Odié cada haz de luz, la sensación de frío y soledad en que quedaron mis brazos cuando ella salió de la cama, el desconsuelo de mis labios añorando los suyos, el casi perceptible dolor físico de mi piel lejos de la suya.
Y, sobre todo, odié sentir esa dependencia desconocida y punzante que todo mi ser sentía por ella.
No sólo habíamos hecho el amor hasta desgastar nuestros cuerpos, también habíamos conversado de todo, desnudando parte de nuestra alma.
Nos habíamos contemplado en silencio, entre caricias y arrumacos, sintiendo una familiaridad tan acusada que me pregunté cómo había podido vivir hasta entonces sin ese calor que sólo ella me otorgaba.
Mi vida sería mucho más fría a partir de ahora, fui consciente de ello.
No obstante, quizá haber conocido ese purificador fuego que ella imprimía en mi pecho fuera motivo suficiente para luchar por una vida que siempre había creído perdida.
Salimos de la hospedería para vagar sin rumbo por el burgo, preguntando a los vecinos por un grupo de MacLean. Había decidido ir a pie, dejando a Zill en el establo regentado por los propietarios del establecimiento.
En las polvorientas calles, grupos de gansos graznaban ante la indicadora vara del granjero que los guiaba.
Vivarachos niños correteaban sumidos en juegos y travesuras.
Mujeres de diversas edades tendían ropa o barrían a través de la puerta de sus hogares en enérgicos ademanes.
Ancianos se sentaban en banquetas junto a la pared de sus cabañas, con la única ocupación de ver la vida pasar, quizá por última vez.
Y, entre todo aquel bullicio, ni un rostro conocido.
—¿Dónde demonios se habrán metido?
Cora se encogió de hombros, derramando su mirada por la plaza donde convergían varias callejuelas.
—Eso mismo se estarán preguntando ellos.
En el centro de la misma se alzaba un cadalso de madera sobre el que habían dispuesto varios postes.
En la base de cada uno de ellos habían amontonado prolijamente un cúmulo de ramas secas, dejando clara la finalidad de aquella pronta ejecución.
Entonces recordé al alborotador del puerto, y por algún motivo sentí cierta aprensión en la boca del estómago.
En otra esquina habían situado otra tarima, donde un pobre muchacho era vejado en una picota por otros chicos de su edad.
Sentí la urgente necesidad de encontrarlos y abandonar aquel lugar. Mi intuición me decía que huyera cuanto antes. Percibía misteriosamente un pálpito opresivo, como una luminosa alerta, como un latido quedo pero regular, una vibración malsana e insidiosa que me avisaba de un riesgo.
Observé con más atención a mi alrededor.
En el ambiente pesaba una tensión palpable, una inquietud ansiosa y una crispación solapada de normalidad.
Desde donde estaba no podía oír las conversaciones entre los diferentes corrillos de hombres, que maquinaban confabuladores en susurros soterrados.
También advertí que iban armados y pertrechados para una escaramuza.
Detuve a una mujer que llevaba un cántaro de leche sujeto a la espalda.
—Disculpad, ¿se sabe quiénes son los reos?
La mujer frunció con disgusto los labios antes de responder.
—Fueron detenidos hace dos noches. Son forasteros, llegaron hace unos días, sólo vagabundeaban por las calles haciendo preguntas. Llevaban a un extraño muchacho consigo. Las brujas suelen ayudarse de niños para usarlos de cebo y atraer presas.
Un nudo cerró mi garganta. De los labios de Cora brotó un gemido estrangulado y sus dedos se clavaron en mi brazo.
—¿De qué los acusan? ¿Qué fue lo que ocurrió?
Intenté conferir a mi voz un tono curioso y sosegado, pero la ansiedad se sobrepuso.
—Hace dos días vieron al pequeño Kael jugando con ese niño en el puerto, era el que acompañaba al grupo de forasteros.
Los testigos que los vieron juntos en el muelle aseguran que el otro chico barboteaba una lengua extraña y le susurraba al oído.
Nadie vio qué pasó después, pero encontraron el cuerpo de Kael flotando boca abajo en el río.
Se armó un gran revuelo. Otro hombre de ese grupo, bien parecido, de porte distinguido, se lanzó al agua y lo sacó.
La joven que iba con ellos se abalanzó sobre el inerte cuerpo del pequeño y comenzó a golpearle en el pecho con violencia.
El niño tosió expulsando agua, pero luego la bruja acercó su boca a él y le absorbió la vida delante de todos los que presenciaron la tragedia.
—La mujer se santiguó temerosa—. ¡Que Dios nos asista, estamos condenados!
—¡Esa mujer sólo intentaba reanimarlo! —exclamé furioso y sobrecogido. Estaba claro que eran ellos—. Quiso salvar la vida de ese niño, no es ninguna bruja. Cualquiera habría hecho lo mismo
La mujer negó rotunda con la cabeza, sus ojos centellearon asustados.
—Llevaba la marca de la bruja encima. Todos vieron el colgante que lucía. Quisieron retenerla hasta que llegara el alguacil mayor. Sus amigos intentaron protegerla. Hubo una gran pelea, finalmente fueron reducidos y llevados a los calabozos acusados de ser cómplices de brujería.
—¿La marca de la bruja? —inquirí apabullado y angustiado. Aquello no podía estar pasando. Y entonces recordé el colgante que Ayleen me había ocultado nerviosa cuando salimos de la cabaña de aquella maldita druidhe .
—Es un nudo de poder, un amuleto que llevan las brujas para anudarnos con hechizos. Será usado en su contra en el juicio, cuando la capturen. Todos los presentes lo vieron en su cuello.
—¿Dónde están los calabozos?
La mujer señaló una gran casona de piedra.
Cogí a Cora de la mano y me dirigí hacia la prisión a grandes zancadas con el pulso latiéndome acelerado en las sienes, sofocando a duras penas la rabia y el miedo. Debía mantener la mente fría y centrarme en la manera de sacarlos de allí.