Bruma azul Capítulo 27. Una luz con nombre de mujer #2
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Capítulo 27. Una luz con nombre de mujer #2

Ella abrió la boca demudada y cogió el libro entre las manos, admirándolo perpleja.

—«El amor no mira con los ojos, sino con el alma» —recité.

—Aun así, resulta muy placentero mirarte con los ojos —replicó ella cautivada.

A continuación, clavó su subyugada mirada en mí y un ligero rubor asomó a sus mejillas.

—Es una frase de esa obra —aclaré—. El Sueño de una noche de verano de Shakespeare.

—Es una frase preciosa.

—Hay muchas. En realidad, todas sus obras son dignas de alabanza.

—He tenido la oportunidad de leer alguna. ¿Recuerdas más citas?

—«El amor es un humo que sale del vaho de los suspiros; al disiparse, un fuego que chispea en los ojos de los amantes; al ser sofocado, un mar nutrido por las lágrimas de los amantes; ¿qué más es? Una locura muy sensata, una hiel que ahoga, una dulzura que conserva.»

— Romeo y Julieta —acertó ella sonriente.

Asentí y acaricié su rostro perdiéndome en sus ojos.

—Otra —pidió.

—«No existe nada bueno ni malo; es el pensamiento humano el que lo hace parecer así.»

—Hum..., ¿ Hamlet ? —respondió sonriendo entusiasmada.

—Voy a tener que ponértelo más difícil.

Fruncí el ceño pensativo hasta elegir la siguiente cita.

—«Estamos hechos de la misma materia que los sueños. Nuestro pequeño mundo está rodeado de sueños.»

Cora oprimió los labios y entornó los ojos recordando los títulos del dramaturgo inglés para aventurarse con alguno.

— ¿Macbeth ?

Negué con la cabeza sonriente.

— La tempestad —respondí hechizado por su embelesada expresión—. Justo lo que provocas en mí cuando me miras así.

—Lean...

Me incliné sobre ella para probar de nuevo su dulce boca, embriagándome de su sabor, deleitándome en cada gemido, en el conmovedor modo en que se rendía a mí, en cómo se estremecía entre mis brazos, vibrando como la cuerda de un arpa.

Exploré con denuedo su boca, bebí su almíbar, enredé su lengua, derramando en aquel beso toda la pasión que despertaba en mí.

Nuestras manos comenzaron a buscarse con la misma ansia que nuestras bocas, en ademán impaciente y rudo, desesperadas por despojar de ropa el terreno que debían conquistar, como un mapa virgen sobre el que exhibir un gallardete victorioso por cada palmo agasajado.

Cada suspiro era una meta alcanzada, una frontera que se abría a regiones inexploradas, alimentando nuestros anhelos colonizadores.

Desnudos sobre mi manto, nos fundimos en uno solo, y nuevamente hundido en ella, sentí como si mi pecho se abriera, como si mi alma perdida hasta entonces se anclara.

Como si algo intangible y mágico nos uniera, envolviéndonos en un brillante hilo de seda, convirtiéndonos en una iridiscente crisálida que nos aislaba del mundo.

Y, mientras me movía en su interior y me sumergía en su arrobada mirada, preso de emociones jamás sentidas, me descubrí más vivo que nunca. Y esa luz que brotaba de sus ojos alejó mis sombras, abriéndome a un mundo nuevo.

Cora ahuecó las manos en torno a mi rostro, sus ojos titilaban llenos de lágrimas contenidas.

—Mi león..., mi negro y hermoso león con ojos de sol.

—Mi gatita, mi fiera y dulce gata roja.

Las lágrimas de Cora resbalaron hacia sus sienes, embargada por el mismo sentimiento que oprimía mi pecho.

Besé sus ojos, la punta de su nariz y sus labios con infinita ternura.

Tras un instante, comencé a moverme de nuevo tomando su boca con desespero, hasta que el placer convulsionó nuestros cuerpos en un esplendoroso clímax compartido.

Me costó salir de ella. Aquel solo esfuerzo me hizo preguntarme cómo demonios conseguiría separarme de su lado cuando llegáramos a Dumbarton.

Y, a pesar de comprender el fracaso de mi plan, en cuanto a mantenerme alejado de todos y de todo, de no crear vínculos, de proteger a los demás, pensando ingenuo que yo no caería en esa trampa, no lamenté haberme dejado llevar, haberme entregado de semejante forma, aunque el destino nos separara en breve.

Yo era un prófugo, un hombre condenado por su propio odio, apresado ya en una venganza que debía culminar.

Pero, al menos, fuera lo que fuese de mí, ya podría decir que había visto la luz, que había gozado de las mieles de eso que llamaban amor , que por primera vez en mi vida comprendía lo que era estar en el edén.

Sólo esperaba que Cora tampoco lo lamentara.

Después de tres días de viaje, en los que tuvimos que dar un amplio rodeo por los verdes páramos de Perth, cerca del castillo de Stirling, pero cuidándonos bien de seguir caminos poco transitados, llegamos a los alrededores de Dumbarton.

Aquélla quizá fuera nuestra última noche juntos.

Saber que nuestro idilio llegaba a su fin nos impedía separarnos.

Cora me abrazaba tan fuerte, suspiraba tan apesadumbrada y me miraba con tal intensidad que se me cerraba la garganta.

Yo, por mi parte, sentía una aguda opresión en el pecho y una desazón insidiosa por el destino de ella.

No podía partir sin convencerla de que fuera a Kilchurn y se acogiera a la protección de Colin, ni permitir que hiciera el viaje sola.

Dispondría una escolta para ella. Quizá Rosston y Duncan, barajé pensativo.

Y entonces caí en la cuenta de que Colin me debía más de un favor.

Quizá no fuera descabellado pedirle en una misiva que se hiciera cargo de Dante.

Esa decisión poco aligeró mi malestar, a pesar de saber que estaba haciendo lo correcto.

Que ella no me mirara con rencor también ayudaba, algo que realmente agradecí.

—¡Quiero dibujarte! —exclamó de repente.

Y, animada por la idea, salió de mis brazos y se abalanzó sobre las alforjas de mi silla, donde sabía que yo guardaba un cálamo y un recipiente con tinta. Extrajo también un fajo de pergaminos enrollados y, equipada además con una ilusionada sonrisa, se plantó frente a mí con un mohín decidido.

—Sólo tienes que mirarme y estarte quieto.

—Difícil empresa, teniéndote tan cerca.

Cora sonrió y negó con la cabeza en gesto admonitorio.

—Necesito poder mirarte cada día para repetirme que no has sido un sueño —confesó en tono estrangulado.

Sus palabras cerraron mi garganta con una emoción que me sobrecogió. Simplemente atiné a asentir, aunque deseé envolverla con mis brazos y no soltarla nunca.

Ella me miró con fijeza, recorriendo con sus ojos de forma pausada y concentrada cada uno de mis rasgos.

Al cabo, abrió el tarro con la tinta, empapó la punta del cálamo en ella y luego la agitó suavemente para deshacerse del sobrante. Tras otra penetrante mirada, comenzó a esbozar trazos con mano firme.

La observé fascinado, admirando su expresión, su concienzuda dedicación, la gracilidad de sus movimientos, la inmutabilidad de su artística evasión, la manera de inclinar la cabeza para empaparse de cada línea de mi rostro plasmándola en el pergamino.

Yo también la dibujaba a ella, absorbiendo con mis ojos sus facciones, memorizándolas a fuego en mi mente, embebiéndome de cada uno de sus gestos, de esa llama ondulada que adornaba su cabeza, de esos ojos del color de una hoja atravesada por el sol.

Y, en ese preciso instante, supe que no la olvidaría mientras viviera.

Cuando pareció quedar conforme con el resultado y me lo mostró, no sé si quedé más prendado de su admirable habilidad con el dibujo o del brillo emocionado con que lo contempló.

—Impresionante —murmuré maravillado.

—Ni la mitad de lo que tú lo eres.

—Cora, yo...

—Shhh..., no digas nada. Quiero que te desnudes lentamente y te muestres completo ante mí. Yo también lo haré.

Nos pusimos de pie con las miradas engarzadas, respirando agitadamente.

Ella empezó a desanudar el corpiño de su vestido y yo a soltar el cordón que cerraba mi camisa.

Me la quité por la cabeza y la lancé al suelo.

Aguardé a que ella se deshiciera del corpiño, contuve el aliento cuando bajó la camisola de sus hombros hasta su cintura, mostrando su torso como yo mostraba el mío.

El frescor de la noche irguió sus pezones, tentándome a calentarlos con mi boca.

Entonces yo me desprendí del cinto abriendo la hebilla de mi cinturón para dejarlo caer al suelo, y me dediqué a desatar el cordel de mis pantalones ante su lujuriosa mirada.

Ella, por su parte, se llevó las manos a la espalda y comenzó a soltar los lazos de su falda.

Cuando cayó a sus pies, salió del rodal de la prenda, sólo con la larga camisola arremolinada a sus caderas.

Filtró sus manos entre el fino lino y lo hizo descender lentamente hasta desprenderse de toda vestidura, quedando desnuda y expuesta ante mí, tan sólo con las medias de fino algodón hasta la mitad del muslo.

Estaba tan hermosa, tan seductora y arrebatadora que mi dureza palpitó dolorosamente hambrienta. La punta de mis dedos cosquillearon ante el anhelo de recorrer aquella aterciopelada piel, y mi boca se secó sedienta de la suya.

Me quité apresurado las botas y los pantalones y me erguí ante ella, estremeciéndome ante su penetrante escrutinio.

—Eres ferozmente hermoso, Lean, tan salvajemente exuberante que cortas el aliento. —Comenzó a acercarse a mí, despacio, acariciando con los ojos cada línea de mi cuerpo—. Ni las cicatrices ni los tatuajes logran opacar la belleza de tu cuerpo.

Empezó a dibujar con las yemas de sus índices los oscuros trazos de los símbolos que recorrían mi pecho en un cordón repleto de arabescos y triquetas celtas, con mi árbol tatuado justo en el centro de mi pecho.

Con parsimonia, comenzó a reseguir el dibujo que descendía por ambos brazos, cubriéndolos por completo hasta el dorso de mis manos, donde se repetía el diseño.

Un intenso hormigueo erizó mi piel, mi pulso se aceleró.

—Quizá incluso te impriman más magia —continuó cautivada—, la magia de alguien especial, de un superviviente nato, de un guerrero.

—Suspiró hechizada—. Te otorgan fuerza y poder pero, sobre todo, resistencia.

Tus músculos elásticos y vigorosos desprenden tan apabullante elegancia felina cuando te mueves que subyugan en su contemplación.

Emanas tal halo de sensualidad que casi golpea, aturdiendo el juicio de cualquier mujer que te mire.

Te envuelve tal aura de misterio que casi no pareces humano, sino una criatura mística y etérea, un sueño que camina y que es capaz de arrebatar la cordura con una sola mirada.

Hay tanto dolor en tu alma que no puedo evitar desear paliarlo a fuerza de besos y abrazos.

Se ciñó a mi cuerpo, aferrando con sus manos mis hombros. Sus senos se aplastaron contra mi piel enturbiando mis ya abotargados sentidos.

—Mi león, desearía tanto borrar tu pasado como deseo ahora mismo que se detenga el tiempo.

—¿Qué me estás haciendo, Cora? Siento como si fuera a reventarme el pecho.

—Te ato a mí —respondió atravesándome con una mirada profunda y cargada de sentimientos—, para que ni la distancia ni el tiempo logren sumirme en el olvido.

—Antes me olvidaría de respirar —susurré cerniéndome sobre ella, tan convencido de mis palabras como de que la mujer que tenía entre mis brazos también se había colado en mi corazón.

Hicimos el amor con tan arrobada entrega que no fue un mero acto físico.

Fue un pacto sellado entre dos almas, un compromiso eterno forjado a fuego lento en la fragua que encendíamos con cada beso, con cada caricia y con cada una de nuestras miradas, salpicando chispas incandescentes que se grababan en nuestros corazones.

Fue una despedida y un encuentro, una peculiar amalgama de sensaciones y sentimientos que flotaron etéreos en la noche, quizá para fundirse en el halo de la luna y así poder contemplarlos cada uno por separado, evocando todas las emociones que nos arrastraban en aquel momento.

Nos atamos bajo las estrellas, bajo aquella gran luna, bajo aquel sentimiento que perduraría venciendo al olvido.