Bruma azul Capítulo 24. La profecía de una bruja #2
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Capítulo 24. La profecía de una bruja #2

La druidhe se ciñó el ajado chal que cubría sus hombros y negó pausadamente con la cabeza.

Varios mechones canos, desprendidos de su moño, se balancearon lánguidos, como los plateados hilos de una telaraña.

Las profundas arrugas que rodeaban sus labios se suavizaron en el nacimiento de una amplia sonrisa sibilina.

—Negociarás tu muerte en un contrato que tú mismo firmarás —sentenció funesta.

—¡Lean, vamos! —urgió Alaister ansioso.

Miré a la bruja a los ojos, indagando en ellos, y hallé tal oscuridad en ese claro hielo que sentí como si el gélido aliento de una espesa nevada congelara mi alma, como si un invernal viento soplara la llama de mi corazón haciéndola titilar.

Aparté raudo la vista y salí de aquella penumbrosa cabaña como si me hubieran arrebatado gran parte de mi vitalidad.

Nos alejamos a grandes zancadas, deseosos de tomar distancia, de olvidar lo acontecido.

Sin embargo, sentí como si una araña hubiera hundido sus dientes en mí, inoculándome un letal veneno que ahora recorría mis venas quemándolas con un terror que creía olvidado.

Un veneno que debía detener borrando aquella visión de mi mente de cualquier forma.

Sentí las rodillas flaquear y tuve que apoyarme en el tronco de un árbol para no caer.

Alaister, que cargaba con Ayleen, se paró mirándome con honda preocupación.

—Tienes el rostro desencajado y tan pálido como el de un espectro. No sé qué has visto, pero no lo creas, Lean. Es tan sólo un hechizo que se diluirá en cuanto nos alejemos.

Asentí convenciéndome de aquello y los seguí ascendiendo la colina, pensando en lo imposible de descender sin una cuerda y con Ayleen en aquel estado. Alaister pareció llegar a la misma conclusión y masculló una imprecación.

—Tendremos que encontrar otra forma de llegar a los caballos —murmuré mirando en derredor.

—Hay... una cueva justo bajo la colina.

Ambos nos giramos sobresaltados ante la apagada voz de Ayleen, que parecía recuperar la lucidez.

—Guíanos, Ayleen.

La mirada de la muchacha pareció más centrada y, enfocándola sobre nosotros, logró asentir con la cabeza.

Alaister la soltó con sumo cuidado y la contempló expectante. Al principio caminaba insegura mientras descendíamos la loma, conforme avanzaba pareció ir despertando a la realidad, aunque su rostro continuaba nublado por una nube oscura y confusa, todavía inexpresivo e impávido.

La seguimos hasta el pie de la ladera, rodeándola hasta una pared de roca cubierta de hiedra que colgaba en tupidas lianas enmarañadas.

La muchacha apartó con firmeza la cortina de hojas acorazonadas de un verde brillante y nos descubrió la entrada a una cueva.

En efecto, Ayleen no había escalado el peñasco, sino que lo había atravesado.

No llevábamos antorcha, pero comprobé que no era necesaria.

Era un túnel corto que horadaba la roca de parte a parte.

Se podía vislumbrar al final el luminoso refulgir del día, cuarteado por la maraña de hojas de hiedra que ocultaban la salida componiendo una vegetal vidriera verde, donde en lugar de juntas de plomo, era el iridiscente resplandor del sol el que fusionaba aquel tapiz natural.

Los hermanos se adentraron en la cueva mientras yo sujetaba aquel telón de hiedra.

Ya me disponía a seguirlos cuando sentí una aguda picazón en la nuca.

Me giré sobresaltado y dirigí la vista hacia la cabaña.

Distinguí con claridad la esbelta figura de la druidhe mirando en mi dirección.

El eco de sus proféticas palabras resonó en mis oídos acicateando mi mente como cuchillos ardientes.

Si aquél era mi destino, lucharía contra él, pero sin huir, enfrentándolo con todas mis armas.

Combatiría no sólo por salvar mi vida, sino también mi alma, demostrándole a la fatídica Providencia, que tanto se empeñaba en atormentarme, que ahora esgrimía el escudo de la resistencia y la espada del conocimiento.

Atravesamos el túnel a buen paso y salimos al claro frente al lago Lomond, donde nos aguardaban los caballos. De repente Ayleen se volvió hacia mí con la mirada empañada, todavía macilenta y trémula; estaba tan fría como el pasaje de piedra que acabábamos de dejar atrás

La acogí en mis brazos, tan necesitado como ella de consuelo.

Empecé a frotar su espalda con vigor susurrándole que todo estaba bien, que aquel maleficio que todavía la apresaba pronto se evaporaría.

Sus brazos permanecieron inertes a ambos lados de su cuerpo, pero de sus labios escapó un gemido reconfortado.

Alaister acercó los caballos, con la estupefacción todavía pintada en sus facciones.

—Vamos, Ayleen, sube a mi corcel.

Ella entonces alzó los brazos y los enlazó a mi cuello, ciñéndose con inusitada fuerza a mí.

—Montará conmigo —musité interpretando su arrobado gesto.

Alaister asintió quedo, la inquietud profundizó en su rostro y veló su mirada.

Separé a Ayleen de mí y me encaramé a Zill con presteza.

Luego me incliné hacia ella alargando el brazo para ayudarla a subir.

La joven se impulsó en el estribo y se alzó sobre mi regazo.

Sentada de lado en la silla, se abrazó a mi cintura, apoyando su mejilla en mi pecho.

El escote de su vestido se ahuecó ligeramente, dejándome ver un extraño colgante entre sus senos.

—¿Qué es eso?

Ayleen se cerró el escote con alarmada presteza y desvió la mirada.

—Nada —se apresuró a responder cubriendo con la mano el escote de su vestido en actitud posesiva—, sólo es uno de mis colgantes.

Partimos a todo galope hacia el campamento.

Agradecí el calor de la muchacha, su peso contra mi cuerpo, como si necesitara anclarme a la realidad.

Bebí de aquel apego convenciéndome de ser digno de él, pues, si me amaba, quizá fuera porque mi corazón no era tan negro como pensaba, y quizá ese afecto lograra redimirme y evitar creer en aquella horripilante visión que la druidhe había puesto en mi mente.

Aquel ser enloquecido y ensangrentado, devorado por el odio y espantosamente abyecto no podía ser yo.

El malestar continuaba agriando mi garganta y sacudiendo mi estómago.

La acerba inquietud se deslizaba resbaladiza por mi espina dorsal como una culebra serpenteante, y no sólo por la imagen que había visto, sino que, además, las emociones de la horripilante escena me habían impregnado con saña, como si me cubriera una pesada y empapada capa pegajosa y fría.

De pronto noté una cálida humedad en la camisa. Ayleen lloraba contra mi pecho.

—Sea lo que sea lo que hayas vivido en esa maldita cabaña, has de olvidarlo —le aconsejé—. Arráncalo cuanto antes de tu mente.

—Me... hizo ver cosas... También a ti.

—Sólo son maleficios con los que engaña a nuestra mente para sembrar el pánico en nosotros, nada más. Debemos intentar borrarlos de nuestra cabeza.

Ella alzó el rostro. Sus grandes ojos, de un fascinante color aguamarina, se fijaron en mi rostro y lo inspeccionaron intrigados.

—¿Qué fue lo que te hizo ver a ti?

Apreté los labios y negué apenas sin atreverme a mirarla siquiera.

—No daré voz a lo que vi, porque sería darle forma de alguna extraña manera, hacerlo real. Será una más de mis pesadillas, estoy ya curtido en ellas, no te preocupes.

Los suaves dedos de Ayleen recorrieron la línea de mi mentón. Bajé la vista hacia ella de nuevo.

—Quizá, si le das voz, logres liberar esa visión y que vuele lejos.

—Hazlo tú, si es lo que crees.

El rostro de la muchacha se crispó, sus ojos se enturbiaron y su rictus se tensó en una mueca angustiada.

—Yo... no puedo... Yo... yo te amo, Lean.

Se ciñó de nuevo a mi pecho temblorosa.

Su repentina confesión, sin venir al caso, pronunciada en un tono tan lastimero y arrepentido, me hizo comprender que yo era parte de aquella espantosa revelación.

Tuve la certeza de que era vital no volver a tocar el tema, que, fuera lo que fuese lo que había ocurrido la noche pasada en aquella cabaña, debía quedar en el olvido.

Sólo imaginar lo que podría haber hecho la bruja con ella durante tantas horas me estremecía sobremanera.

El tiempo ayudaría a sanar la herida, o al menos eso era lo que esperaba.

Durante el trayecto compartimos silenciosas inquietudes, incertidumbres y consuelo. Pero, sobre todo, dos oscuros secretos a los que debíamos quitar peso o nos sepultarían.

Llegamos al campamento, los hombres estaban sentados en torno a un buen fuego, donde asaban una liebre y bebían de sus odres. Duncan y Malcom se pusieron en pie alarmados al ver el desconsolado semblante de Ayleen abrazada a mi pecho.

—¿Qué demonios...? —comenzó Malcom ceñudo.

Alaister desmontó, miró a la patrulla con gesto confundido y agitado, sin saber muy bien qué decir.

Yo también bajé del caballo, tras separar a Ayleen de mí. Luego la tomé de la cintura y la deslicé hasta el suelo. De nuevo se colgó de mi cuello y escondió el rostro en mi hombro.

—Se perdió y se asustó, nada más —aclaré circunspecto.

—Pues parece que los tres hayáis visto un fantasma —señaló Duncan—. Estáis pálidos y agitados.

—Nos llevamos un susto, sí, pero no pasó de ahí. Ayleen está bien, sólo necesita descansar y comer algo. Ha pasado la noche perdida en el páramo.

Cora se acercó a nosotros con una manta en las manos y cubrió con ella la espalda de Ayleen. Nos miramos un instante, vi preocupación en su rostro, y también creí percibir un deje intrigado e incrédulo.

Acomodé la manta al cuerpo de Ayleen y la despegué suavemente del mío.

—Has de comer algo e intentar dormir un rato. Tenemos que seguir el viaje —musité con mimo.

Cora asintió y la atrajo hacia sí, rodeando sus hombros con el brazo.

—Vayamos junto al fuego, estáis helada.

Ayleen me miró anhelante antes de dejarse arrastrar junto a la hoguera.

Cora comenzó a susurrarle palabras tranquilizadoras para reconfortarla mientras volvía la cabeza hacia mí, mostrando de nuevo un acentuado deje preocupado. El hecho de que no dirigiera ese mismo gesto a Alaister me resultó más que revelador.

También él captó ese detalle, dado el paño sombrío que opacó su rostro. Cuando me miró, no detecté atisbo de rencor hacia mí, sino tan sólo una muda aceptación que empezaba a asimilar, como el que mastica un duro y desabrido bocado de pan, deseando tragarlo cuanto antes.

Me dirigí hacia la fogata con paso inseguro, casi tambaleante, aunque decidí permanecer algo más apartado y me senté bajo un gran abedul.

Yo también tenía frío, pero no deseaba compañía ni conversación, sólo dormitar un poco y asimilar lo ocurrido.

Me avergonzaba comprobar que no podía dejar de temblar.

Dante acudió a mi lado, pero fue tan sagaz que no preguntó nada. Sólo se arrebujó junto a mí, descubriéndome cuánto necesitaba del calor de otro cuerpo. Me sorprendí abrazándolo, era la primera vez que lo hacía.

Ya cerraba los ojos con la cabeza apoyada en el rugoso tronco cuando advertí la mirada de Cora fija en mí.

Algo había cambiado en ella, y pude ver con claridad una titilante llama afectuosa aflorando en su rostro, delatando en ella un deje ansioso y pujante por acudir a mi lado y prestarme el consuelo que me otorgaba Dante. Reconocí que deseé que lo hiciera.

Hacía ya tanto tiempo que no precisaba de calor, de cariño, de consuelo y que no me sentía tan vulnerable y necesitado que comprendí en aquel instante que quizá, después de todo, no estaba tan muerto como creía.