Bruma azul Capítulo 23. Como aquella vez. #2
50%

Capítulo 23. Como aquella vez. #2

Inhalé una gran bocanada de aire. Abajo, el estrepitoso sonido del rompiente me recordó que, en poco tiempo, la marea subiría e inundaría aquellos fosos. No había tiempo que perder .

Miré a Ayleen, que me contemplaba confusa y asustada .

— Todo saldrá bien, confía en mí .

La pequeña asintió, sus grandes ojos del color del océano se agrandaron asustados .

Miré al frente, allá arriba el viento siempre se mostraba desapacible y violento, y agradecí que en esa ocasión azotara mi espalda.

Tras una última bocanada de aire, comencé a correr con todo el vigor que fui capaz de imprimir a mis piernas, casi llegando al borde sentí cómo la cuerda se tensaba tirando de mí hacia atrás.

Apreté los dientes y gruñí en mi avance .

— ¡Ahora! —grité .

Y, casi llegando al borde, salté como si me lanzara al mar.

Mi caída se vio ralentizada por el peso de Alaister.

Descendí a trompicones hasta alcanzar el fondo, sintiendo los tirones de la cuerda en torno a mi cintura.

Aguardé jadeante y sólo logré soltar el aliento cuando la cuerda empezó a aflojarse y cayó a mis pies, amontonándose a medida que el otro extremo atado a otra cintura se acercaba.

El furor de las olas chocando contra las rocas comenzó a filtrar agua helada en el foso, cubriendo mis pies.

Una vocecilla alborozada llegó entonces hasta mí .

— ¡Lo lograste, Lean! —exclamó Ayleen dando saltitos .

Un Alaister magullado y tembloroso se acercó al borde, asomándose temeroso .

— Y ¿ahora qué hacemos?

— ¡Voy a escalar, sujetad fuerte la cuerda, recogiéndola a medida que asciendo !

Ambos asintieron .

— ¡Alaister, desata la cuerda de tu cintura, podrías caer conmigo, tan sólo aférrala fuertemente, pero suéltala si temes caer !

Un nuevo empellón del mar espumeó un torrente de agua por los resquicios de la pared de piedra, lo que hizo que el nivel aumentara hasta mis rodillas.

Cogí aire de nuevo y miré hacia arriba con expresión decidida.

Busqué salientes y me aferré a ellos con habilidad, escalando con soltura.

Pronto comprendí mi error en cuanto al punto elegido para escalar.

Una furibunda ola restalló con tanta violencia que me golpeó arrancándome de la pared hasta el fondo de nuevo. Un grito asustado acompañó mi caída .

Me zambullí en lo que se estaba convirtiendo rápidamente en una angosta poza profunda. Emergí del agua y, braceando, me dirigí hacia el lado opuesto de aquel agujero.

Bajo el agua, tanteé con mis pies hendiduras sobre las que alzarme.

Ayudado de manos y pies, comencé el ascenso.

No podía detenerme a descansar, el nivel del agua aumentaba rápidamente, casi escalando al mismo ritmo que yo.

La cuerda de mi cintura tiraba de mí, ayudándome en el ascenso.

Estaba a mitad de camino, y mis ánimos se redoblaron cuando otra ola me golpeó virulenta contra la pared.

Sentí cómo las aristas de la roca se clavaban en mi piel, mi cabeza chocó contra la piedra y el golpe me mareó.

Me detuve jadeante, esperando que mi vista se aclarara, pero el mar no me dio cuartel.

Otra ola azotó de nuevo mi espalda, tan implacable que logró que me desprendiera de los asideros a los que me adhería con tanto ahínco.

Caí al agua nuevamente, esta vez tan dolorido y aturdido que temí no poder emerger.

Luché contra el dolor y el frío y nadé hacia la pared otra vez, entre torrentes de agua embravecida que la incipiente noche convertía en bocas de ondulantes lenguas oscuras y afilados dientes blancos que pugnaban por tragarme .

Jadeé con desespero sintiendo mis fuerzas flaquear .

— ¡¡¡Lean, iremos por ayuda, aguanta!! !

La voz de Alaister impulsó mis brazos y mis piernas hasta alcanzar la pared de nuevo. La soga se aflojó.

— ¡Nooo! —grité con fuerza—. ¡Puedo conseguirlo !

El terror más absoluto agilizó mis movimientos, afinó mi habilidad y despertó mi cuerpo. Empecé a trepar y logré salir del agua, apretando los dientes con fuerza apelando a mi coraje, aguantando estoico el ardor de las heridas, el martilleante dolor de cabeza y el cansancio de cada músculo.

Debía impedir que avisaran a alguien. Si Lorna descubría que me había escapado del castillo sin su consentimiento, el castigo sería ejemplar .

Escalé impelido por el apremio, por el pavor y por una ansiedad que dio renovado vigor a mi cuerpo.

Poco a poco, y afianzando cada movimiento con seguridad y aplomo, logré alcanzar el borde al límite de mis fuerzas.

Un gemido roto y exhausto escapó de mis pulmones cuando mi maltrecho cuerpo descansó por fin boca arriba en la superficie del acantilado, fuera de aquel maldito foso.

Necesité un buen rato para intentar siquiera ponerme en pie.

Cuando mi respiración se reguló, me incorporé con tal dolor que creí haberme roto algún hueso.

Miré hacia el páramo, pero no logré atisbar a los mellizos.

De cualquier modo, resultaría imposible alcanzarlos, ya sería un milagro que pudiera caminar.

El agotamiento era tal que volví a tumbarme, aguardando mi destino.

El fiero viento acrecentaba el helor que me atería, sacudiéndome en espasmos.

Empapado y trémulo, logré hacerme un ovillo abrazando mis rodillas.

El sabor ferroso de la sangre llegó a mis labios.

Palpé con cuidado el lateral de mi cabeza y descubrí en ella una pequeña brecha en el cuero cabelludo.

Debía intentar ponerme en pie y ocultarme en alguno de mis escondrijos antes de que vinieran a por mí, pensé haciendo acopio de valor.

Tras un largo instante, me pareció oír un rumor de voces y abrí los ojos sobresaltado.

Me incorporé apenas para divisar unas figuras aproximándose. Gimiendo, me puse en pie y procuré caminar renqueando.

Oí mi nombre en boca de Ayleen, pero no me giré, sino que traté de acelerar el paso para escabullirme, trastabillé un par de veces pero no me detuve .

Continuaron llamándome y, en mi afán de correr, perdí el equilibrio y caí sobre las rocas. Sentí ganas de llorar de impotencia, ni huir podía.

Ya me levantaba de nuevo cuando una mano me aferró del brazo y me giró .

— ¡Muchacho, estás herido! —exclamó Ian MacNiall, sujetándome por los hombros .

— Es... estoy... bien... He de ir... meee .

— Mis hijos ya me han contado lo sucedido. Salvaste a Alaister arriesgando tu vida y eso nunca lo olvidaré. Necesitas que te curen .

Negué con la cabeza, y ya me retiraba cuando el hombre me cogió en brazos. Cargando conmigo, avanzó en largas zancadas, apretándome contra su pecho.

— Ten... go... que terminar... mi trabajo .

Ian frunció el ceño con determinación y negó vehemente con la cabeza. Parecía ofuscado .

— Hoy no vas a terminar nada, estás herido, maldita sea. Hablaré con Lorna, y mientras yo esté aquí nadie te hará daño.

Aquello no me reconfortó lo más mínimo, porque Lorna reservaría su furia para cuando Ian se fuera, descargándola con doble ferocidad sobre mí.

Era tan cierto como que anochecía cada día, tan cierto como esa resplandeciente luna que era testigo directo de mis penurias, tan cierto como esa tenue luz que precedía al amanecer, recordándome que comenzaba un nuevo día en el infierno.

Tan cierto como el vuelo de las gaviotas, recordándome mi esclavitud . ..

—¡Vamos!

Estiré al máximo el brazo casi rozando la punta de sus dedos con los míos.

Alaister gruñó por el esfuerzo, se centró tanto en alcanzarme que uno de sus pies resbaló peligrosamente.

—Puedes hacerlo —lo alenté.

Finalmente logró ascender lo suficiente para que pudiera atrapar su muñeca y tirar de él. Apreté los dientes con fuerza y me arrastré retrocediendo con todas mis energías hasta conseguir que alcanzara la planicie.

—Maldita sea —imprecó Alaister jadeante—, parecía más fácil de lo que es.

—Todo es más fácil con un buen incentivo —murmuré.

—Y ésos no te faltaron nunca, por desgracia.

—Me faltaron otras cosas.

Me puse en pie y miré en derredor.

—Mi padre lo intentó —comenzó Alaister—. Aquella noche discutió con Lorna, trató de negociar con ella para convertirse en tu tutor. Le ofreció dinero y tierras por llevarte con nosotros, pero ella lo rechazó todo.

Lo miré sin atisbo de reproche en mi rostro. Sabía que Ian no había podido hacer más de lo que hizo por mí. Llevarme contra la voluntad de mi madrastra habría desencadenado una guerra de clanes.

—Lo sé, tu padre es un buen hombre, hizo cuanto pudo. No podía poner en riesgo a su clan —aduje deseando cambiar de tema.

—No sólo cedió por eso, Lean —aclaró—. Eras un MacLean por derecho, y pensaba que, cuando crecieras, tú serías el laird y despojarías a Lorna de sus derechos de tutora.

Si te llevaba con nosotros y te criabas bajo el techo de otro clan, tu tío Lachlan se erigiría en laird y se haría con tu herencia.

—Estuvieron a punto de matarme, y durante muchos años deseé que lo hubieran hecho —repliqué con acritud—. Ella jamás habría permitido que llegara a convertirme en adulto por esa precisa razón.

Alaister bajó la vista incómodo.

—Lamento tanto todo lo que sucedió —musitó entristecido—.

El día que te lanzaste desde el acantilado para acabar con tu vida y los Grant te encontraron en la orilla.

.. —Exhaló un suspiro apesadumbrado mirando al horizonte, su semblante se oscureció—.

Nunca olvidaré la expresión de mi padre después de haberte metido en aquel barco.

Aquella noche sollozó en el regazo de mi madre, nunca lo había visto llorar así.

Y sé que ha soñado con lo que pasó muchas veces.

—Yo sueño todas las noches. Es lo único que me mantiene con vida.

Alaister me contempló con cierto matiz horrorizado y compasivo en el rostro.

—Sólo descansarás cuando les hagas pagar lo que te hicieron, ¿verdad?

—Eso espero, Alaister, eso espero, porque, en caso contrario, quizá esta vez el mar tenga a bien acogerme en su seno.

—Pero... pero deberías luchar por ser feliz, por olvidar, por encontrar una mujer que te dé un hogar. Quizá eso te haría hallar la paz que tanto ansías.

—Ni olvido ni perdono, me llevaron a otro país, pero el infierno viajó conmigo. Y me temo que me acompañará mientras viva, ninguna mujer resistiría eso. Y, ahora, busquemos a tu hermana, pienso darle unos azotes.

—Eso sí es temerario.

Sonreí de medio lado y me centré en escrutar los alrededores. Entre dos colinas, divisé una cabaña apartada, relativamente cerca y casi oculta por un rodal de pinos rojos, un humo ondulante salía de su chimenea.

Unos extraños colgantes rudimentarios, hechos con ramitas y cuerdas formando estrellas, adornaban las ramas más bajas del esplendoroso pino; también había cintas de color rojo anudadas a ellas.

Un poco más allá, bajo un nervudo zarzal, reconocí un arbusto con vistosas bayas negras.

A esa distancia tanto podían ser de enebro como de belladona.

Alaister me miró inquisitivo.

—Parece el refugio de una sanadora —aventuré encaminándome ladera abajo.

—O de una bruja —apuntó él, tragando saliva.

—Sólo nos interesa si tiene a Ayleen retenida —aduje circunspecto.

—A mí me preocupa más que permanezca ahí por voluntad propia.

Lo miré frunciendo el ceño con preocupación.

—Pronto lo sabremos.