Capítulo 10. No se puede huir del destino #2
En las caballerizas, mientras aparejaba nuestras monturas bajo la atenta mirada de los guardias de Argyll, puse al día a Colin sobre mi hallazgo y sobre la misión que me había encomendado Argyll.
—Los MacDonald de Glencoe son un bastión estratégico importante. Si Argyll se hace con él, dominará sin problemas todas las Highlands. Tenemos que impedir esa alianza como sea.
—Tengo entendido que los MacDonald odian profundamente a los Campbell, no transigirán en acuerdo alguno —murmuré ajustando las cinchas de Zill .
—Como bien me habéis contado, no es un acuerdo: es un ultimátum. O acepta o masacrará a su clan. Ahora está solo, no podemos prestarle ayuda alguna, todos nuestros efectivos combaten contra las tropas parlamentarias. Esos malditos Covenant son tenaces y no nos dan tregua.
—En tal caso, no hay forma de evitar esa boda sin condenarlos —sentencié flemático—. Por no señalar que me traen sin cuidado vuestras disputas políticas.
Colin me fulminó con la mirada, apretó los labios con evidente disgusto y resopló mientras acomodaba la brida a su caballo.
—Vuestra desidia me enfurece, maldita sea. Os guste o no, sois un jodido MacLean, ya no se trata de apoyar al rey o a Cromwell, sino de evitar que nos machaquen los poderosos aprovechando partidismos estúpidos.
Alcé una ceja ante su vehemencia. La pasión que mostraba brotaba directamente de un corazón noble harto de tanta injusticia.
—Sólo me mueve la venganza, Colin, únicamente hallaré paz si la encuentro.
—Podéis encontrarla mientras ayudáis a la causa y defendéis vuestras tierras de la ambición de los Campbell. Podríais llevar a Cora a Glencoe para que se casara con el laird MacDonald, pero ofreciéndole otro trato: fingir servir a Argyll hasta que le mandemos refuerzos para que se rebele.
—Parece que nadie piensa en la opinión de Cora —señalé colocando y atando las alforjas a mi montura.
Cuando me encontré con la mirada de Colin, descubrí asombrado un leve atisbo culpable en su rostro.
—MacDonald es un buen hombre, sabrá cuidarla bien. Confío en que encuentre la felicidad lejos de Argyll.
Lo observé con suspicacia, cada vez más intrigado por las reacciones del hombre.
—Parecéis guardarle cierto afecto.
Colin bajó la mirada, su mentón se tensó y sus dedos se crisparon tirando de los correajes con inusitada brusquedad.
—También es pariente mía, y estuvo en mi castillo de niña.
—Dicen de ella que es complicada y temperamental.
—Tiene carácter, es un espíritu libre atrapado en una jaula de oro. Algunos la tachan de consentida y caprichosa, pero creo que sólo es frustración.
—Y ¿qué opinión os mereció su boda con mi hermano?
—Cora, al igual que todas las mujeres casaderas del clan, es una mera pieza al servicio de Argyll. En un principio ella no consintió en la boda, pero cuando conoció a Hector durante el cortejo pareció cambiar de opinión.
Esta vez, el que resopló fui yo, negué con la cabeza con incomprensión y musité despectivo:
—No es tan lista, después de todo.
—No sé qué os hizo vuestro hermano, debió de ser algo espantoso para recibir el pago que le disteis. Pero aquí, en Inveraray, se comportó con propiedad, parecía dulce y solícito. De hecho, en un par de encuentros con Cora, logró que ella lo aceptara de buen grado.
—Podía ser muy convincente cuando quería, sí. Con tal de conseguir sus propósitos, era capaz de fingir hasta ser una cabra.
—Siempre lo consideré sospechosamente condescendiente y odiosamente servil —opinó Colin—, y era eso precisamente lo que más me desagradaba de él. Tampoco yo entendí a Cora cuando lo aceptó, no es el tipo de hombre que ella necesita.
—Y ¿cuál es el tipo de hombre que necesita?
—Uno con más carácter que ella, alguien fuerte y noble que la doblegue y consiga meterse en su corazón. No es tarea fácil.
—Deseadle suerte a MacDonald —mascullé cáustico.
—Entonces ¿no aceptáis el encargo?
—Lo lamento, Colin, pero mi camino es otro.
Los azules ojos del señor de Kilchurn me mostraron una agria decepción.
—Bien, cumplisteis el trato, seguid vuestro camino. Dejad a Cora en mi castillo, yo mismo me encargaré de llevarla a Glencoe. Ahora parto a Edimburgo, estaré de regreso dentro de unos días. Mi esposa y mis hijos la harán sentir como en casa.
Asentí brevemente y monté a Zill , y esperé a que mis hombres me imitaran.
Ayleen me sonrió tímida. Cada vez que nuestros ojos se encontraban, un ligero rubor teñía sus mejillas.
Lamenté haberme dejado besar, por muchas ganas que tuviera de volver a sentir sus labios sobre los míos.
Hacía mucho tiempo que no recibía un beso tan entregado y dulce como ése, un beso que prometía tantas cosas.
.. Cosas que yo no podía permitirme dar, y menos aún recibir.
Tenía que levantar un muro respecto a eso, un muro lo suficientemente alto para impedir que ningún sentimiento pudiera saltarlo.
Mi camino era otro, como bien le había dicho a Colin, uno que nada tenía que ver con un futuro.
Salimos de las caballerizas hasta la puerta principal y Alaister se me acercó con semblante impaciente.
—Tengo noticias de los Grant.
Me detuve en seco aguardando a que continuara.
—No vas a creer dónde están.
—¡Habla de una maldita vez!
—En Glencoe, por orden de Argyll. Fueron a amedrentar a los MacDonald para disponerlos a favor del pacto que te encargó realizar. Quiso ejercer un poco de presión antes de tu llegada.
Cerré los ojos convencido de que el destino guiaba mis pasos por senderos enrevesados e inciertos, utilizando como cebo mi venganza, y me sentí una burda marioneta de algo que aún estaba por descubrir.
Sólo tenía dos opciones, recorrer el camino trazado o regresar a Sevilla, olvidando mi venganza. Maldije entre dientes.
A lomos de su palafrén, Colin se detuvo un instante a despedirse, cuando se apercibió de mi semblante contraído y tenso rictus.
—¿Ocurre algo, MacLean?
Alaister y Colin me contemplaron expectantes.
—Acabo de descubrir que mi camino es paralelo al vuestro.
El pelirrojo laird alzó las cejas con asombro aguardando a que ampliara mi contestación.
—Llevaré a Cora a Glencoe.
Colin esbozó una amplia y aliviada sonrisa palmeando entusiasmado mi espalda.
—No se puede huir del destino —profirió satisfecho—, no luchéis contra eso y dejaros arrastrar por él. Creo que, gracias a vuestra venganza, los realistas han ganado un poderoso aliado.
Una soberbia yegua blanca hizo su aparición en el patio frente al castillo. Su jinete era una mujer con ojos de gato, flamígera melena y expresión furiosa.
Avanzó hacia nosotros y se encaró a mí. Su montura, de ánimo tan brioso como ella, inquietó a Zill , que comenzó a relinchar y a agitarse nervioso por la cercanía del otro animal.
—No me queda más remedio que acompañaros y aceptar mi destino —escupió iracunda—, pero haceos cargo de que será el peor viaje de vuestra vida.
Y, tras fulminarme con una colérica mirada entornada, espoleó a su caballo al tiempo que giraba bruscamente las riendas, lo que provocó que Zill piafara y coceara retrocediendo, zarandeándome con violencia en la silla.
Tensé las riendas y siseé para calmarlo hasta recuperar el control. Deseé bajar a la mujer de su montura y sacudirla por los hombros, pero logré contenerme a duras penas. Apreté los dientes furibundo y resoplé sonoramente.
—Creo que es a vos a quien he de desear suerte, después de todo.
Colin me observó con una maldita sonrisa divertida titilando en sus labios que me ofuscó todavía más.
—Y a ella —recalqué—. Si consigue llegar a Glencoe sin que provoque que la despeñe por algún desfiladero será toda una proeza.
Alaister sonrió soterradamente, lo fulminé con la mirada.
Azuzado por mi orgullo, arreé a mi montura hacia donde ella estaba. Vestía una capa de terciopelo verde oscuro, que resaltaba la espesa e indomable melena roja que cubría buena parte de su espalda.
Me posicioné a su lado, de un brusco e inesperado movimiento le arrebaté las riendas y me incliné un poco sobre ella sosteniendo su impávida mirada asombrada.
—No volváis a retarme así —siseé entre dientes—, y menos delante de mis hombres.
Ya sé que me odiáis y que vuestro mayor deseo es ahorcarme con mis propias tripas.
Pero no caigáis en la redundancia, mi señora, ni en el error de incordiarme con rabietas, amenazas o desplantes, o me obligaréis a tomar medidas más radicales, como cargaros en mi grupa maniatada como un fardo.
Abrió los ojos demudada y crispada.
—Sois la bestia que se os supone —afirmó con gesto tirante.
—Nada de suposiciones, mi señora, mis actos lo han constatado. Así pues, temedme.
No encontré aprensión en su gesto, tampoco respeto. Aparte de un odio visceral, sólo hallé un deje retador que supe que me daría muchos quebraderos de cabeza.
—Alejaos de mí, me provocáis náuseas.
—En cambio, a mí, vos sólo me provocáis el deseo de daros unos buenos azotes.
Solté hoscamente las riendas y me reuní con mis hombres. Duncan y Gowan fueron los últimos en incorporarse al grupo.
Nadie más dijo nada. Salimos del castillo de Inveraray en un rítmico y ágil trote acompasado, envolviéndonos en el regular retumbar de los cascos de los caballos y en el ulular de un viento que olía a lluvia.
Eran tiempos de guerra, Escocia estaba dividida por una contienda, y en aquel viaje a Glencoe yo libraría la mía propia, una guerra que acababa de declararme una pequeña arpía pelirroja a la que no debía subestimar.
Como si hubiera adivinado mis pensamientos, buscó mi mirada y, en efecto, en la suya encontré una firme declaración de intenciones; todas atentaban contra mi persona. Le sonreí mordaz guiñándole un ojo, ella bufó airada, irguió la espalda y fingió ignorarme.
Resultaba todo un reto condenadamente tentador domarla, si mi camino hubiera sido otro..., aunque en vista de lo acontecido, era posible que ambos caminos se cruzaran.
Me descubrí sonriendo taimado.