Bruma azul Capítulo 6. Empieza el juego
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Capítulo 6. Empieza el juego

Empieza el juego

Contemplaba, absorto en mis pensamientos, cómo un sol todavía dormido besaba la línea del lánguido y líquido horizonte mientras terminaban de cargar el navío que partiría del puerto de Craignure, en Mull, hasta Oban.

Tomé una buena bocanada de aire marino refrescando mis pulmones y saboreando el penetrante aroma a salitre, lamentando todavía mi decisión de llevar conmigo a Dante. Sin embargo, ante la amenaza del muchacho de escapar de Duart y seguirme por todas las Highlands, pocas opciones tenía.

Unas burdas risotadas dirigieron mi atención hacia el grupo de guerreros que conversaban animados frente a la puerta de una de las pintorescas tabernas portuarias, pertrechando sus palafrenes entre comentarios soeces y jocosos.

La patrulla la formaban cinco hombres del clan MacLean y los hermanos MacNiall.

A algunos de ellos los conocía por haber vivido en el castillo como hijos de los guarnicioneros.

El más grandote era Duncan, rubicundo, temperamental, pero de ánimo alegre, de cabellos claros y ojos color avellana.

Malcom era fiero, robusto, pero sereno y sagaz, el más maduro de la patrulla, de barba oscura y mirada aviesa, capitán de la guardia de Duart.

A Gowan era la primera vez que lo veía, pero a golpe de vista parecía un hombre silencioso y desconfiado; no solía errar en mis primeras impresiones, y algo me decía que tendría que ganarme su confianza si quería evitar una traición.

Rosston era un hombretón pelirrojo, fornido, de rostro huraño pero mirada honesta.

Y, por último, estaba Irvin, apuesto y jactancioso, de dulces ojos azules y cabello cobrizo, de estatura media, esbelto y de porte orgulloso.

Algo más allá, Alaister y Ayleen MacNiall conversaban soterradamente, al parecer de un tema serio en vista de la gravedad que teñía sus semblantes, junto a sus alazanes pardos, mientras ajustaban las cinchas de sus monturas.

Todos vestían los breacan de caza con sus colores.

Los MacLean, el recio tejido de lana con el característico sett en verde, blanco y negro.

Los MacNiall, con el fondo azul, cuadrados verdes surcados por finas líneas cuadrangulares en negro, blanco y amarillo.

Los sobrantes del feileadh mor los disponían sobre el hombro de sus curtidos jubones, sujetos con un broche con el emblema del clan al que pertenecían.

Yo, en cambio, llevaba mi ceñido jubón pardusco, por el que asomaban las mangas de mi camisa valona, mi pantalón de sarga con botas altas y un coleto de piel curtida con faldones.

Y, sobre mis hombros, mi herreruelo de paño con esclavina de cuero, una capa corta típica de la milicia de infantería que abrigaba, pero también permitía libertad de movimientos.

Completando mi atuendo, un sombrero de fieltro de ala ancha y mi cinto, donde pendía en su funda la shamshir .

Los únicos complementos gaélicos que me acompañaban eran el sgian dubh de mi madre, que llevaba escondido en mi bota, y el colgante que creí perdido cuando me sacaron moribundo de Mull hacía ya catorce años: mi medallón, el Crann na Beatha, el árbol de la vida celta, bajo el que yo había nacido y que mi madre había mandado confeccionar en plata.

Admiré cómo el orfebre había conseguido engarzar las ramas del árbol con las raíces formando un círculo perfecto.

En el tronco del árbol había grabada una «L», y en la copa, preciosas hojas tan diminutas y gráciles que parecían movidas por un viento invisible.

Ambos objetos me los había dado Anna justo antes de partir.

Sostener aquel colgante en mi mano fue como recibir una oleada de fuerza, incluso me pareció sentirlo tibio en mi palma.

Colgarlo de mi cuello, notar su peso contra mi pecho y su tacto a través de la fina camisa de lino se asemejó a la mano de mi madre cubriendo mi corazón, otorgándome calor.

Supe en aquel instante que ella latía en cada filigrana de plata, que no sólo había plasmado su amor en él, sino también su fuerza y su protección.

Era mi amuleto, el que Lorna me había arrebatado aquel maldito día.

Instintivamente, posé la mano a la altura del oculto colgante y cerré un momento los ojos, dejando que cada una de mis emociones se concentrara en aquel medallón, restaurando así el vínculo que me unía a mi madre.

El ruido de unos cascos de caballo aproximándose me envaró al instante y volví a endurecer el gesto.

No hizo falta girar la cabeza, podía oler su perfume de lavanda.

La joven MacNiall parecía tener una especie de don para aparecer cuando más vulnerable me sentía desde un punto de vista emocional.

Suspiré, compuse una sonrisa tibia y la miré.

Ayleen lucía un cómodo vestido de montar azul cian, con un tabardo en azul oscuro ribeteado en un suave cuello de marta cibelina con una generosa capucha. Su espeso cabello castaño recogido en una gruesa trenza despejaba un rostro dulce, donde refulgía una mirada ansiosa y una mueca curiosa.

—¿Nostálgico por tu otrora patria?

—Soy un hombre sin patria —respondí quedo.

—Vaya, sin futuro, sin patria..., tendrás al menos corazón, ¿no?

Formó un mohín socarrón que amplió mi sonrisa.

—Tallado en piedra —murmuré sardónico.

—En tal caso, habrás de mantenerte alejado de los cinceles.

Me descubrí riendo sofocadamente, mi pecho sacudiéndose ante la chispeante mirada de la joven.

—Sigues siendo la misma de siempre —observé complacido.

Ayleen me recorrió con una mirada bastante descarada de los pies a la cabeza. Al cabo, su gesto cambió.

—Por el contrario, tú has mejorado en todo.

Arreó a su montura con una seductora sonrisa pendiendo en sus labios, al tiempo que se dirigía hacia la pasarela para embarcar.

Contemplé mi corcel, que en ese momento agrandaba los ollares en un resoplido inquieto.

Era un hermoso ejemplar árabe, un purasangre traído por un comerciante bereber desde Siria y ganado en una apuesta en un enfrentamiento a espada en Sevilla al que mis hombres observaban con evidente desdén, dado que la altura de cruz era inferior a la de los robustos caballos escoceses.

También era más esbelto, con una estructura ósea finamente cincelada, elegante y orgulloso, de perfil cóncavo, cuello arqueado y cola alta.

Era tan negro como el azabache pulido y, así, lo llamaba Zill , «sombra».

En efecto, era de menor tamaño, pero tan rápido como el viento que silbaba entre las rocas de la bahía.

Miré una vez más al frente, pronuncié un ruego árabe de protección y, acto seguido, llevé mi mano al corazón, después a la boca, a la frente y, por último, al cielo, elevando mi súplica a Alá, encomendándome a él de corazón, palabra y pensamiento.

Monté mi palafrén y ascendí raudo por la plancha de madera hasta la cubierta del barco, seguido por los guerreros que formaban mi peculiar escolta.

El maderamen crujió bajo el peso de los caballos, el sonido hueco del retumbar de los cascos contra las tablas se sumó al del golpeteo seco del trapo del velamen, sacudido por un vigoroso viento de tramontana que nos alejaría veloces del puerto.

Descendí de mi montura y la guie hasta la bodega, donde los animales pasarían la corta travesía en compartimentos separados por mamparos para evitar que se cocearan unos a otros si se asustaban demasiado.

Aseguré las riendas a la baranda que hacía de puerta, cerré la cancela y rasqué el largo cuello de Zill para tranquilizarlo.

Tras de mí, bajaron la gran jaula de Sahin , cubierta con un paño, y la ataron a uno de los anclajes que habían clavado en las cuadernas con el fin de asegurar la carga.

Decidí no subir a cubierta. En vez de ello, desenrollé un grueso manto que portaba en la silla de montar, liberándolo de las bridas.

Luego saqué de una de las abultadas alforjas uno de mis libros preferidos, que, junto con la Ilíada de Homero, la rica prosa de Shakespeare en Hamlet , los poemas de Petrarca, El príncipe de Maquiavelo y la tragedia de Edipo rey de Sófocles, conformaban mi biblioteca más preciada, la que portaba en mis viajes y me salvaba de enloquecer entre las pesadillas del pasado y las batallas del presente.

El libro elegido era Las mil y una noches , una recopilación de relatos anónimos de origen persa hecha por Abu Abd-Allah Muhammed el-Gahshigar.

Se trataba de un tomo en árabe que había conseguido adquirir a un comerciante hebreo en Sevilla y que solía releer con frecuencia, admirando en cada lectura la sagacidad de la hermosa Scheherezade y la elocuencia del autor en sus continuas referencias a eso que llamaban amor .

Me acomodé en una de las hamacas que se balanceaban suavemente entre los baos y me cubrí con el manto.

Por fortuna, ningún hombre había decidido permanecer en aquel pañol de carga, lo que facilitaría mi tarea.

Respiré hondo y acaricié el lomo del libro con una sonrisa nostálgica en los labios.

Abrí la tapa y comencé a leer en voz alta, justo cuando los gritos de la marinería alentaban ensordecedores en las faenas de desamarre perturbando a los animales.

Otorgué a mi voz un arrullo suave, tranquilizador, que se expandió por los maderos del interior de aquel viejo galeón de carga, y me sumergí en las aventuras del rey Shahriar y Scheherezade, que, como siempre ocurría, me transportaban hasta el hermoso palacio del Lejano Oriente, donde contemplaba maravillado cómo la joven reina obnubilaba con su danza a su cautivado esposo.

Una página tras otra, lograron conducirme a una suerte de duermevela que me llevó muy lejos de allí, pero no a Oriente, sino a una particular mancebía sevillana...

— ¡Pardiez, condenado rufián, vas a entrar como que me llamo Beltrán !

Mi maese me agarró bruscamente del brazo y me introdujo a empellones en el atestado local.

— Hoy, juro por todos los santos que conocerás hembra aunque tenga que atarte yo mismo al lecho.