16. Guerra y paz
Guerra y paz
El día del gran acontecimiento había llegado: la boda de Douglas Cohen estaba entre bambalinas y a puntito de salir a escena.
Resultaba curioso ver cómo todo el mundo estaba con los nervios a flor de piel, incluido el personal de la casa. Había ajetreo, cambios de última hora, gente corriendo de aquí para allá, comentarios salidos de tono..., pues todo debía ser perfecto.
Era mediodía de un bonito día y, contra todo pronóstico meteorológico, en ese cielo radiante, azul y despejado no se apreciaba ni una triste nube, ni siquiera a lo lejos. El sol lucía arrogante desde lo alto, al igual que el novio antes del enlace.
Todavía no conocía nada de mi padre, ya que no se dejaba ver mucho ni se mezclaba con la plebe, esto es, con los empleados de la casa.
.. salvo con Rose Guido; se podía decir que ella era su persona de confianza en esa inmensa villa.
En serio, en ocasiones parecía su perrito faldero más que una simple trabajadora.
A media tarde, todo estaba dispuesto, todo milimetrado, controlado al dedillo, hasta el más mínimo detalle, sin posibilidad de error; se había organizado con maestría por Samantha Levine, la wedding planner profesional que habían contratado para la ocasión, como si siguiera el ambicioso guion de una película hollywoodiense.
Nada podía salir mal, a pesar de ser un evento complejo, puesto que habían sido extremadamente previsores.
Se había tenido mucho cuidado en mimar los pormenores, la puesta en escena, la recepción, el dress code, las flores y los elementos ornamentales.
.. para que se respirara un ambiente lujoso pero no recargado.
Eso incluía el cóctel, la cena, los músicos, el baile, así como el personal de asistencia, los maîtres, los camareros, los barmans, los fotógrafos y un largo etcétera.
Por ejemplo, se habían adquirido regalos personificados para cada uno de los quinientos invitados y programado según ese mismo patrón las actividades pre y posboda. ..
¡Sentía mareo sólo de pensar en todo lo que se avecinaba!
* * *
—Llévale la camisa al señor Cohen —me ordenó Rose al tiempo que se planchaba la falda lápiz del impoluto traje negro y blanco.
—¿A Douglas?
—Al señor Cohen hijo —me corrigió de sopetón de malos modos—, y te daré un consejo, señorita Steinfield, y espero que lo tengas en consideración.
—Me miró con los ojos entrecerrados, desprendiendo cierto reto y castigando mi osadía, como si me hubiese dedicado a cortar cabezas por doquier—.
Yo de ti me replantearía volver a tutear de nuevo al señor Cohen.
Si llega a oídos de él, date por despedida.
Mi juvenil cara de piel blanca palideció más, si eso era posible, y cambié el rictus de golpe.
—Lo tendré en cuenta, no se preocupe.
—No estoy preocupada. Es tu vida, no la mía.
Alcé una ceja.
Desconcertante, pero cierto. Para ser sinceros, ella era así, todo amor y ternura... Entiéndase el sarcasmo, por favor.
—Venga, no te entretengas. Llévale la camisa al señor Cohen hijo. —Hizo especial énfasis en la última palabra—. Te espera en su habitación, la cuarta a la derecha de la tercera planta.
«La cuarta a la derecha de la tercera planta», dije mentalmente al unísono. Agradecí el detalle, pero conocía a la perfección cual era la habitación de Ryan, justo encima de la mía.
Cogí la percha por el gancho y me dirigí a la escalera de mármol. Con cada peldaño que ascendía, más me costaba enfrentarme al siguiente. Mis pies parecían llevar bolsas de plomo atadas a los tobillos.
¿Por qué me tocaba siempre a mí? ¿Por qué tenía que volver a encontrarme con él tras lo sucedido en la carpa nupcial?
Parecía que me había levantado con el pie izquierdo, que alguien me había echado un mal de ojo o que un gato negro se había cruzado en mi camino.
Sí, una gata negra, pero a lo grande, una tal Rose Guido.
No tardé en presentarme ante su habitación, cuya puerta estaba cerrada.
Me planté frente ésta y respiré muy hondo antes de que mis nudillos la golpearan rítmicamente.
Nadie respondió, lo cual me resultó extraño... hasta que me di cuenta de un detalle: habían colocado un interruptor en la pared y supuse que debía de ser uno de esos timbres luminosos para personas con dificultad auditiva, así que lo pulsé.
—Adelante.
Fue oír la grave y varonil voz de Ryan al otro lado de la puerta y ponerme en guardia. Mi cuerpo adoptó una pose tan rígida, pero a la vez tan frágil, como una vara de nardo.
En cualquier caso, accedí. No me quedaba otra.
—Buenos días, señor Cohen.
Ryan dejó lo que estaba haciendo y levantó la vista.
—Ah... señorita Steinfield...
Al parecer, por la expresión de su cara, no me esperaba. Ryan respiró hondo y enseguida me sometió a su particular escrutinio visual, y mis mejillas se sonrojaron levemente.
Era increíble, pues su sola presencia me perturbaba, me ponía frenética y me hacía sentir... especial..., todo a la vez.
¿Qué clase de actriz era si, cuando estaba con él, no podía siquiera actuar, eligiendo un papel y transformándome en ese personaje?
Nunca me había sentido tan atraída físicamente por alguien, y eso me daba miedo, básicamente porque jamás podríamos ser nada.
Empecé a plantear ciertas hipótesis para dar alguna respuesta a ese disparate, a intentar darle un poco de cordura a esa insensatez. Era probable que la tensión sexual que sentía cuando estaba cerca de él se debiera al hecho de que era algo prohibido.
A ver, me explicaré mejor. Deduje que mi irracional estado se originaba por cierta rebeldía subconsciente ante lo prohibido; dicho de otro modo: algo así como la desobediencia de Adán y Eva en el Paraíso y, en consecuencia, el pecado original.
Estaba claro que ninguno de los dos podía negar que el ambiente se cargaba de electricidad siempre que compartíamos el mismo espacio.
—Disculpe, no la esperaba...
Ryan sonrió y yo creí morir cuando encaminó sus pasos hacia mí.
Vestía con un holgado pantalón negro de chándal y una camiseta blanca de manga corta. Lo cierto era que ese look le daba un aire más desenfadado, incluso más de mi estilo. Llevaba el pelo revuelto, sin apelmazar por la gomina, y una sutil pero sexy barba que ensombrecía su cuadrada mandíbula.
Experimenté un latigazo en el vientre cuando se aproximó más de la cuenta.
—Esto... Será mejor que lo deje... ahí. —Señalé con la cabeza la inmensa cama que presidía la habitación en forma de ele.
Lentamente me acerqué a ésta, sin poder apartar mis pensamientos de todas las cosas que se podrían hacer en esa cama de matrimonio. Miles de cosas indecentes, pecaminosas, indecorosas... y todas con él.
Por fortuna, la imaginación es gratuita y sólo tiene un dueño, uno mismo...
Hice ademán de abanicarme tras depositar la camisa recién planchada sobre la cama, junto a un traje azul marino de por lo menos cuatro mil dólares, hecho a medida.
¿No hacía mucho calor en esa habitación? Hacía un calor sofocante...
Lo miré y él me miró.
«Márchate, Brooklyn», me ordené a mí misma.
—Si no requiere nada más... —Carraspeé.
No podía desprenderme de la mirada que me había lanzado.
—Eso es todo por ahora.
¿Por ahora? ¿A qué se refería con eso?
Debatí conmigo misma si responderle a eso o mantenerme en silencio. Opté por la segunda de las alternativas.
«Márchate, ya.»
—En ese caso, me retiraré...
—Gracias, señorita Steinfield.
Caminé como un pato mareado hasta la puerta, como un pato mareado y ebrio, la abrí, salí al pasillo y la cerré de nuevo. Me temblaba todo, desde el dedo gordo del pie hasta las pestañas...
Minutos más tarde todavía podía sentir el olor de su perfume entremezclado con el de su piel, el sonido de su voz y su juguetona mirada cargada de pasión penetrar en la mía.
«¡Maldito seas, Ryan Cohen!
»¡Maldito seas por hacerme sentir como lo haces!
»¡Y maldito el día en que decidí venir a esta casa!
»He dicho.»