Brooklyn (Skyline 1) 1. ¿Quién demonios era Douglas Cohen?
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Brooklyn (Skyline 1)

Brooklyn (Skyline 1)

Por Eva P. Valencia

© inepub.com

1. ¿Quién demonios era Douglas Cohen?

¿Quién demonios era Douglas Cohen?

Aquella mañana mis ojos se abrieron de golpe y lo primero que captaron fue la parpadeante luz de la bombilla que colgaba de un cable del techo.

Al poco vi a mi madre recorriendo la habitación como una loca de aquí para allá en busca de algo, moviéndose nerviosa de un lado a otro como una gallina a la que se le acabara de cortar la cabeza y tambaleándose como una bailarina borracha subida a unos desgastados tacones de aguja.

Husmeó bajo mi cama, hurgó en mis cajones, fisgoneó sin pudor entre mis escasas pertenencias. ..

«¡Comienza el espectáculo!», pensé para mis adentros.

Raras veces despertaba a su hija de doce años de una forma más natural, sin sobresaltos ni zarandeos, ni lamentos ahogados en alcohol, ni puñetazos a las paredes forradas de arpillera del apartamento, ni lanzamientos de objetos al aire y a cualquier dirección por culpa de un buen colocón.

—¿Lo has visto, Brook? —exhaló en una queja, mezcla de pánico y cabreo, como si en los próximos segundos se fuera a acabar el mundo tal y como lo conocíamos.

Ella era así, catastrofista por naturaleza y derrotista al extremo. Para Savannah Steinfield, toda su existencia se resumía en simple y pura mala suerte, siempre culpando a los demás de sus adicciones y de su modo de sobrevivir.

Tiritando, me senté en la cama al tiempo que restregaba mis ojos con los puños sin dejar de bostezar y sin destaparme, porque, en aquel maldito cubículo de tres por cinco, el frío te calaba hasta las mismísimas entrañas.

—Si he visto, ¿el qué? —me apresuré a inquirir.

—Ya sabes el qué, Brook, ya sabes el qué...

Se arrodilló ante mí y sacudió la almohada como si le estuviese quitando el polvo o como si yo ocultara un tesoro bajo la misma.

—No, mamá. Te juro que no sé qué es lo que buscas —continué.

—Pero yo os digo: No juréis en ninguna manera; ni por el cielo, porque es el trono de Dios, ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies. Mateo 5:34.

Realizó lentos aspavientos con las manos, santificándose, y yo me quedé en silencio, como cada vez que recitaba, de forma inexplicable y con total lucidez, cualquier versículo de la Biblia.

Eso sí, siempre que eso ocurría, iba puesta hasta las cejas de droga o de algún narcótico, medicamento o sedante, o incluso de todos a la vez.

Se pasó los dedos por la maraña entrecana de su cabeza, tratando de peinar su pelo, y entonces fue cuando me miró con aquellos ojos acuosos del color de un caramelo Wertherʼs, para añadir:

—El viejo papel —dijo al fin con torpeza—. ¡Ese puto papel!

—No tengo ningún papel. —Negué con la cabeza.

Sin saber muy bien por qué, decidí responder casi sin pensar, deseando que acabara cuanto antes con esa mortificante situación.

Para poneros en antecedente os diré que ella jamás entraba en mi cuchitril salvo para requisarme algo.

¡Ya ni siquiera me acordaba de la última vez que se había prestado a ayudarme a limpiarlo!

, pues, desde que tenía uso de razón, me había encargado del aseo y desinfección de mi cuarto, y también del resto de la vivienda.

—Dame el puto papel... ¡Es mío! —La voz se le quebró al final de la frase.

Y de pronto y sin venir a cuento, se echó a llorar. Así, sin más. Se tapó los ojos con las manos y empezó a derramar lágrimas sin censura y a sorber mocos por la nariz con aspereza.

—Lo necesito, ¡hostias! —soltó de improviso, y dio un puntapié a una pata de la cama—. Jodida niña... Mañana vienen los de Servicios Sociales y, si no tengo lo que me piden, te llevarán con ellos y me quitarán la puñetera custodia.

Un súbito escalofrío recorrió el largo de mi espalda, pues a esa corta edad ya era consciente de la gravedad de las cosas y sabía que, si me llevaban con ellos, estaría mejor atendida, pero por contra sería el fin de Savannah Steinfield.

Se le acabaría el chollo, como vulgarmente se dice —léase el fructífero negocio que tenía montado conmigo—, ya que era yo quien buscaba la pasta, era yo quien compraba la comida, era yo quien cocinaba, era yo quien la aseaba y hasta quien la vestía.

¡Era yo quien atendía sus necesidades!

¡Demonios!

Era yo quien velaba por ella y no viceversa... Ni siquiera recordaba cuándo había ocurrido eso, cuándo habíamos intercambiado nuestros roles de madre e hija.

A menudo me preguntaba si ella era realmente consciente de la carga emocional a la que me tenía sometida; lo dudaba en el alma.

De todas maneras, dicen que, quien siembra, recoge. Sin embargo, en mi caso, cuanto más daba, más me arrebataba, entre otras cosas, mi niñez.

Pese a todo y a las circunstancias, no podía evitar sentir un cariño especial por ella, o quizá sólo se trataba de una obsesiva dependencia. Pero de lo que estaba segura era de que, lo que sentía por ella, no era el amor de una hija por la persona que le ha dado la vida; de eso estaba convencida.

A continuación, me acerqué a ella, quien pareció ponerse en guardia tras vaticinar lo que iba a hacer: abrazarla.

—Voy a ayudarte a buscar ese papel, mamá —dije en tono sereno.

Rodeé su escuálido cuerpo de momia con los brazos y cerré los ojos cuando noté sus costillas clavándose en mis prematuros pechos de preadolescente. Sin embargo, ella se mantuvo impasible, metiendo las manos en los bolsillos para evitar tocarme a toda costa.

En honor a la verdad, ése era mi día a día, pues sus gestos cariñosos hacia mi persona brillaban por su ausencia. Ella nunca me decía que me quería ni me lo demostraba sin palabras.

Detestaba tener una madre así, pero era imposible ir en contra de la corriente e intentar hacer que cambiara o, por lo menos, que mejorara. Hacía tiempo que ya había dejado de intentarlo...

Su ropa harapienta olía a humedad; su bata entreabierta por falta de botones, a tabaco barato, y su piel deshidratada y plagada de pápulas, a sudor rancio.

Por supuesto, eso no me importó lo más mínimo, puesto que sabía que ese gesto la calmaba, de igual forma que a los gatos cuando se les acaricia alrededor de las zonas en las que se localizan las glándulas faciales: orejas, barbilla y mejillas.

A veces, pero sólo a veces, a mi madre la sosegaban esos silenciosos y largos abrazos, porque para ella eran lo más parecido a que alguien la socorriera instantes antes de caer por un precipicio hacia la nada. De hecho, yo jamás dejaba de hacerlo hasta que las yemas de mis dedos hormigueaban.

Esta vez, al cabo de varios minutos dejó de llorar, y yo me separé, retrocediendo unos pasos, pero ella se limitó a quedarse allí de pie. Seguidamente, me apoyé en la mesita de noche y sus ojos rodaron hacia los míos cuando retomé de nuevo el asunto.

—¿Cómo es ese papel?

—Es... un puto trozo de periódico... del Times. —Pestañeó y torció el gesto, como si le siguiera sorprendiendo que no me acordara de ese detalle en cuestión—. Un recorte no más grande que la palma de mi mano.

—Vale.

Mantuve los ojos cerrados varios segundos para tratar de hacer memoria y averiguar dónde y en qué momento podía haber visto el dichoso papel que parecía contener la fórmula secreta de la Coca-Cola.

Ahondé en mi cabeza, escarbando en mis recuerdos, y visualicé todos los recovecos del apartamento, que no eran muchos. Luego eché un breve vistazo a mi alrededor y me dirigí al armario. Abrí la puerta de la derecha, me arrodillé y escogí la segunda caja de zapatos de la pila.

Sabía que no podía estar en la primera caja, puesto que en su interior guardaba mis notas de clase, los trabajos grupales, un par de dientes de leche y un mechón de pelo anudado mediante un lazo rosa, en memoria de la primera vez que Savannah ordenó cortar mi melena dorada para confeccionar pelucas oncológicas y, de paso, darse un capricho extra de polvo blanco que luego negó.

Me senté en el suelo, puse la caja encima de mis muslos y luego extraje la tapa de cartón, momento en el que ella aprovechó para encender un cigarrillo mientras permanecía muda y a la expectativa.

Rebusqué en el interior durante un largo rato y al final encontré algo que podía ajustarse a la descripción que me había facilitado mi madre.

—Dame eso.

Con una velocidad apabullante y fuera de lo común, Savannah me arrebató el hallazgo antes incluso de que pudiera leer una sola palabra. Luego, echó un vistazo rápido al recorte y torció el gesto en una especie de sonrisa, por lo que deduje que había dado justo en la diana.

Realizando una bola con el mismo, se lo guardó en el bolsillo descosido de la bata.

A continuación, me miró de arriba abajo y pronunció:

—Vístete. Nos vamos.

—¿A dónde? —le planteé, observando mi reloj de plástico enredado a unas pulseras de abalorios multicolor y de cuero, pues aún no eran ni las siete de la mañana.

—No preguntes, hazlo.

Con los años había comprendido que era mejor acatar sus órdenes que rebatirlas, pues eso simplificaba las cosas; entre ellas, mi existencia. Además, aplicando eso de «cuando no seas preguntado, estate callado», estábamos todos contentos y engañados.

* * *

Nos llevó cerca de dos horas de viaje en tren exprés llegar al destino, desde Church Avenue a Greenwich y pasando por el 125 de Harlem Street, teniendo en cuenta los trasbordos.

Al parecer, por una extraña razón, ella se había encabronado en que la acompañara hasta una zona residencial adinerada de Fairfield, en el estado de Connecticut.

—Pronto conocerás a Douglas Cohen —dijo mi madre, y me sonrió con sus dientes desgastados debido a la sustancia ácida que se genera de la mezcla de saliva y cocaína.

La miré con el ceño fruncido, sin dejar de seguir sus pasos.

¿Douglas Cohen? ¿Quién demonios era ese tal Cohen?

Jamás había oído hablar de ese tipo, aunque estaba claro que se trataba de un ricachón o alguien importante, sobre todo teniendo en cuenta el lugar, con villas, palacetes y casas de lujo por doquier.

Caminando por esos lares, me sentía como si estuviese dentro de la mítica serie televisiva «Dallas» y a puntito de toparme con el supervillano J. R. Ewing.

Mi madre siempre actuaba de ese modo, le encantaba lanzar la piedra y esconder la mano. En ocasiones se comportaba así, de forma inmadura y juguetona, sembrando la duda de quién era realmente la adulta y quién la niña de doce años.

—Douglas Cohen —canturreó por lo bajini, y me miró de soslayo—. Douglas... Cooooohen. Cohen, Cohen, ¡Coooohen!

—Vale, vale, me rindo... —Alcé las palmas de golpe. Lo cierto era que su actitud infantil estaba pasando de castaño oscuro—. ¿Quién demonios es Douglas Cohen?

Dejó de mirarme y se detuvo frente a una verja de hierro que, junto a un alto muro, delimitaba el acceso a una extensa propiedad privada y a un espectacular chalet de estilo vanguardista, de líneas rectas y enormes cristaleras, cuya arbolada mantenía a resguardo de ojos curiosos como los nuestros.

—Piensa, niña, sabes la respuesta...

Hizo una pausa antes de callarse de nuevo y presionar el botón del timbre del videoportero.

«¿Yo sabía la respuesta?»

Volvió a sonreír con sus delgados y agrietados labios a medio maquillar de rosa chicle y entonces fue cuando desembuchó, vomitando todo cuanto tenía en su interior, metafóricamente hablando, y la dichosa intriga se desvaneció en tres, dos, uno...

—Douglas Cohen es tu padre.