Brillantez extrema (Kyle Achilles 1) Capítulo 111
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Capítulo 111

Acto de desaparición

MIENTRAS GRIGORI SE INCORPORABA EN LA CAMA, agaché la cabeza lentamente. Con cuidado de no rozar nada que pudiera hacer ruido, bajé otro nivel y volví a asomarme.

—Ahora están hablando. Katya le sonríe a Grigori. Él niega con la cabeza. Parece tener la peor resaca del siglo. Se está levantando. Desnudo. Va hacia el baño. Lento y tambaleante.

Katya levantó la vista y cruzó su mirada con la mía. Hizo un gesto de apuñalamiento.

Negué con la cabeza. Con el pulgar, le indiqué que saliera.

Me miró con expresión interrogante. ¿Estaba seguro?

Repetí el gesto con el pulgar.

Katya empezó a vestirse.

Buena decisión .

Puse a Max al día.

Katya volvió a mirar hacia arriba cuando estuvo vestida.

Le indiqué por señas que su teléfono estaba en el helicóptero y señalé hacia el baño.

Me respondió con el pulgar en alto. Lo había entendido. Enviar a Grigori a buscar su teléfono era una buena forma de conseguir que se pusiera los pantalones.

Pensé en correr al helicóptero para esperar allí a Grigori, pero descarté la idea. Quería que Katya estuviera a salvo antes de ir a por él, y tenía un plan mejor. Uno que no pondría en riesgo su seguridad.

Grigori reapareció, todavía moviéndose con pasos deliberados.

Pasó un rato con su tableta mientras hablaba con Katya, que interpretaba el papel de invitada deslumbrada.

Era evidente que él y Vondreesen estaban coordinados en lo tecnológico, aunque no sabía quién había llevado la iniciativa.

Otra fila de ventanas se volvió transparente, con lo que ya eran cuatro de diez.

—¿Qué está pasando? —preguntó Max.

—No estoy seguro, pero Katya está vestida. Espera. Acaba de salir de la habitación.

Rodeé la mitad norte de la pirámide, despacio y pegado a la superficie, para no llamar la atención de nadie en la calle que pudiera estar mirando hacia arriba.

—Katya está en una mesa de desayuno. Una mujer con uniforme de criada le sirve té. Otra con ropa de cocinera está ocupada en la cocina.

Seguir observando se estaba volviendo peligroso. Ahora solo estaba a unos doce metros de altura, y en la cocina había dos pares de ojos hostiles.

Entonces entró Grigori, y fueron tres.

Llevaba un pijama de seda negro y zapatillas forradas de piel. Tenía una taza de café en una mano y un teléfono en la otra. Se lo entregó a Katya y se sentaron a desayunar.

La siguiente media hora fue tensa y dolorosa. Mi cobertura se desvanecía mientras ellos comían y el sol ascendía, obligándome a acercarme cada vez más. Mientras tanto, Grigori iba recuperando la lucidez y disponía de más tiempo para estudiar el rostro de Katya.

No sabía si había visto las fotos de ella tomadas en el juzgado de Santa Bárbara, pero lo más prudente era asumir que sí.

La noche anterior en Angels on Fire, con maquillaje provocativo y lencería de seda, Katya no se parecía en nada a la matemática sumisa que se había presentado ante el Tribunal del Condado de Santa Bárbara.

Aunque se hubiera parecido, el contexto habría hecho muy improbable que un observador ebrio y excitado lograra establecer la conexión mental.

Pero allí, a la luz del día, sin el sexo en la cabeza ni el alcohol en las venas, las probabilidades de que Katya saliera por la puerta empeoraban minuto a minuto.

Estudié a Grigori en persona por primera vez.

Me pareció sombrío, enérgico y pícaro. Sus ojos hundidos y rasgos afilados me recordaron a un tejón, que casualmente era la traducción de su apellido.

Algo que no había notado al estudiar sus fotos era que la nariz parecía habérsela roto en una pelea de bar.

Deduje que la disimulaba por costumbre girando la cabeza en las fotografías.

Otra capa de ventanas se volvió transparente justo cuando un traje negro entraba en la habitación. Me apresuré a ocultarme. Para cuando ajusté mi posición y volví a asomarme, Katya había desaparecido.