Capítulo 84
La última pieza
BAJÉ LA MIRADA hacia los hermosos ojos ámbar de Katya, aliviado y angustiado a la vez por cómo se había roto la tensión sexual.
—Lo descubrí.
—¿Qué descubriste?
Pasó de un tipo de emoción a otro tan rápido como yo, pero mantuvo las manos sobre mis hombros.
—Todo.
—¿Todo? —Su voz rebosaba de la emoción desenfrenada de una niña con una muñeca nueva.
—Los trazos generales. El cierre de Vitalis. El asesinato de mi familia. Los intentos de asesinato. Los osos malayos. Y esta fiesta.
Katya adoptó esa expresión contemplativa que empezaba a considerar su sello distintivo. Muy apropiado para una profesora de matemáticas.
—Estoy segura de que los osos malayos son la clave. Pero no consigo descubrir cómo hacerla girar, por así decirlo.
—Así es. Pregúntate qué te llevaría a inventar semejante engaño.
—¿Inventar?
—Sí, inventar. Recuerda que Max descubrió que Brillyanc es sintético. ¿Por qué fabricar una historia que no solo es esotérica, sino potencialmente dañina para tu negocio? ¿Qué propósito tiene?
—No lo sé. El marketing no es lo mío. ¿Quizás para subir el precio reduciendo la oferta? ¿O darle prestigio haciéndolo raro o elitista?
Negué con la cabeza.
—Hay formas más sencillas de conseguir eso. Son gente inteligente. Y sin ningún escrúpulo.
—Qué propósito cumplen los osos malayos... —Se estaba frustrando, pero también se estaba acercando. Lo notaba.
—Ya casi llegas. Remátalo. ¿Cómo empezó todo esto?
—Con el asesinato de Colin.
—Antes de eso. ¿Por qué lo mataron?
Vi cómo se le encendía la bombilla.
—Descubrió algo.
—Exactamente. Ahora conecta los puntos.
—Lo mataron para ocultar su descubrimiento.
Estaba haciendo aquello con las uñas otra vez. Uno, dos, tres, cuatro. Uno, dos, tres, cuatro.
—¿Cómo encaja la historia del oso malayo?
—Cumple el mismo propósito. Ocultación. Es camuflaje. Todo ha girado en torno a ocultar algo.
—Exactamente. Todo esto gira en torno a un secreto por el que merece la pena matar.
—¿Pero qué secreto?
Katya había dado con la pregunta del millón, pero un ángel había aparecido sobre su hombro mientras hablaba, silenciosa como una nube. El ángel recogió nuestros platos y vasos usados.
Katya vio la forma blanca reflejada en mis ojos y bajó las manos.
—¿Deberíamos seguirla? —susurró.
Estaba dividido. Quería continuar con la investigación física, pero ahora que ambos estábamos en sintonía, quería seguir con aquello.
Era útil analizar las cosas con una mente tan aguda, precisa y lógica como la de Katya.
Nunca había experimentado una compenetración intelectual tan satisfactoria, ni siquiera con Granger.
Moví un par de platos vacíos del bufé a la mesa alta, donde parecerían usados.
—Sigamos al siguiente ángel. Quiero repasar mis cálculos contigo.
Katya retrocedió un paso.
—¿Cuál crees que es el secreto mortal?
—Tiene que estar relacionado con el producto. Brillyanc es el denominador común. Mi padre y mi hermano trabajaban en él. Tarasova trabajaba en él. Toda la actividad gira en torno a él.
—Pero funciona —dijo Katya.
Levantó los brazos en un gesto impropio de ella.
—Lo experimentamos. Max y Saba daban fe de él. Colin estaba entusiasmadísimo.
—Hasta que dejó de estarlo. Dijiste que un día estaba seguro de sí mismo y al siguiente, hundido.
—Cierto. Así era.
—Y poco después, cerraron Vitalis.
—Cierto. Vondreesen lo explicó con todo aquello del oso malayo, las especies en peligro, la vesícula biliar.
—Pero por Max sabemos que era mentira, porque Brillyanc es completamente sintético. Así que Colin tuvo que descubrir algo más. Algo peor . Se inventaron la historia del oso malayo para camuflar algo más grave.
Katya asentía mientras yo hablaba.
—Me gusta el planteamiento, pero ¿qué podría ser? Como señaló Vondreesen, el descubrimiento del oso malayo fue un triple golpe. Redujo la oferta y la demanda, y acabó con cualquier posibilidad de aprobación regulatoria.
—Puede que fuera un triple golpe, pero mira a tu alrededor.
Señalé hacia la sala principal.
—Aun así pueden venderlo a mil dólares al día.
—Dios mío, tienes razón. Entonces Colin tuvo que encontrar algo que lo habría impedido.
—Exactamente.
—¿Pero qué?
—Es un medicamento, ¿no? —la animé a seguir.
—Claro... —Su rostro se iluminó un segundo después—. Efectos secundarios.