Brillantez extrema (Kyle Achilles 1) Capítulo 33
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Capítulo 33

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GRIGORI BARSUKOV tenía los pies sobre el escritorio de su despacho y un puro en la boca cuando recibió la noticia. Estaba de celebración. Se cumplían treinta meses exactos desde que había recorrido el solitario pasillo del Kremlin para presentar su propuesta inicial al presidente Korovin.

Había entrado en la reunión hecho un manojo de nervios. Ahora podía admitírselo. La alegoría de caza del presidente casi lo había hecho perder los estribos. Pero aguantó el tipo, se armó de valor y no perdió de vista el objetivo.

Se habían reunido tres veces más. La primera fue solo para informar sobre el lanzamiento de Brillyanc, pero la segunda y la tercera fueron mucho más importantes.

En la segunda, Grigori reveló un giro inesperado.

Un giro tentador, delicioso, increíble. En la tercera, acordaron un plan audaz para explotarlo.

Ahora Grigori estaba sentado en una silla hecha con la piel del mismo cocodrilo que Vladimir había mencionado en su primera reunión.

Un regalo del mismísimo jefe. Un recordatorio diario de quién le había dado el puesto y quién podía quitárselo.

Pero Grigori prefería ver la silla como un símbolo de su propia fuerza y astucia.

La prueba del tipo de tácticas que triunfaban en un mundo de depredadores.

El moderno timbre de su ascensor privado resonó disonante con la sinfonía de Beethoven que sonaba de fondo. Las puertas de aluminio cepillado se abrieron y apareció su jefe de seguridad.

Desde fuera, el despacho-apartamento de Grigori parecía la entrada al Museo del Louvre, solo que estaba encaramado treinta pisos más arriba, coronando la sede moscovita de GasEx, en lugar de en el patio de un palacio parisino.

La pirámide que formaba las paredes de su despacho estaba compuesta por 576 paneles de un cristal azul especial, cuya claridad u opacidad podía controlar electrónicamente desde una tableta.

Su poder de bloquear el sol con un simple gesto tenía algo de divino, igual que la vista olímpica desde lo alto de su «cohete».

Uno de sus técnicos le había diseñado un programa que mantenía el patrón de las ventanas dispuesto para que el sol iluminara a cualquiera que saliera del ascensor.

Esto le daba una ventaja física y psicológica en los cruciales primeros segundos de cada reunión.

Esta vez, el foco de luz le indicó que Pyotr estaba a punto de arruinarle el día.

—Achilles acaba de aparecer en la puerta principal —dijo Pyotr, quitándose las gafas de sol envolventes ahora que había salido del foco—. Está con Katya y un tipo que aún no hemos identificado. Probablemente un taxista, pero mis hombres lo están comprobando en este momento.

—Excelente. ¿Necesitas mi ayuda para deshacerte de los cuerpos?

La gran cabeza calva de Pyotr enrojeció.

—No los tenemos. Dieron media vuelta en la puerta, después de que las cámaras captaran sus imágenes, pero antes de que el programa de reconocimiento facial nos alertara de la coincidencia.

Grigori tamborileó con los dedos sobre el dorso de la tableta.

—No tan excelente. De hecho, es prácticamente lo opuesto a excelente, ¿no crees?

Ahora tenemos que preocuparnos por lo que los ha traído hasta aquí.

Venir a Moscú era una cosa. Un movimiento lógico dados los datos de que disponían.

Cualquier investigador competente habría hecho lo mismo.

Pero venir aquí, específicamente a mi propiedad.

.. Bueno, eso ya es harina de otro costal.

Indica un progreso significativo. Lo cual indica la existencia de un rastro.

Lo cual indica una brecha en la seguridad.

Lo cual indica incompetencia. ¿No crees?

Toda la cabeza de Pyotr volvió a enrojecer.

—Sí, señor. Estamos intentando identificar el rastro a la vez que los buscamos. No es la Clinical Connection. Recuperamos todos los registros y eliminamos a la doctora antes de que llegaran.

—Qué lástima.

—¿Señor?

—No hay muchos rastros que cubrir. Al menos no aquí en Moscú. Si no es la gente de la clínica, quedan tus hombres. ¿No?

Pyotr se limitó a parpadear.

—Suponemos que pillaron a tus hombres en California. Sabemos que los pillaron en el hotel. ¿Y si hablaron?

—No hablarían.

—Entonces, ¿cómo explicas que Achilles se presente en mi puerta?

—No puedo explicarlo.

—Si eres tan estúpido incluso con Brillyanc, no sé cómo sobreviviste sin él.

—Sí, señor.

—Pon hombres en los aeropuertos y estaciones de tren. Buenos hombres. Hombres Brillyanc. Tarde o temprano, tendrán que huir. Voy a pedir refuerzos externos para que sea más temprano que tarde.

—Sí, señor. Solo nos quedan ocho hombres Brillyanc, pero hay tres aeropuertos y nueve estaciones de tren.

—Prioriza. Improvisa. Mueve el culo y sal al campo tú también. No quiero pedir ayuda. Aumenta mi exposición y me hace parecer débil.

—Sí, señor.

—¿Y Pyotr?

—¿Señor?

—Solo te falta personal porque Achilles te ha quitado a cuatro. Si llegan a cinco, yo haré que sean seis. ¿Queda claro?

Unos cuantos parpadeos más.

—Sí, señor.

Con el ánimo festivo arruinado por la incompetencia ajena, Grigori cogió un móvil especial y se dirigió a la puerta de la terraza. Tenía una llamada importante que hacer.