Brillantez extrema (Kyle Achilles 1) Capítulo 7
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Capítulo 7

Cuatro bolsas

PARA DEVOLVER LA RAZÓN al asiento del conductor, tuve que relegar la emoción a la parte trasera.

Para lograrlo, hice lo que me habían enseñado.

Pinté mi dolor como una gran manta gris en el lienzo de mi mente, pesada y áspera y húmeda de lágrimas.

La doblé por la mitad, y otra vez por la mitad, hasta que tuvo un tamaño manejable.

Luego, con reverencia y de forma provisional, la dejé a un lado.

Algún tiempo después oí el clic de la cerradura. La puerta se abrió y entró una detective muy diferente. Impecable, menuda, unos diez años más joven que Frost. Un contraste enorme y agradable.

Lo primero que pensé, ya con la mente centrada, fue que ella también tenía que ser bastante buena o tener buenos contactos para conseguir un codiciado puesto de detective con su perfil demográfico.

Lo segundo que pensé fue que tampoco me había traído café.

En lugar de eso, llevaba una mochila negra agarrada por el asa superior, como si fuera un maletín.

La dejó en el suelo y rodeó la mesa para presentarse con la mano extendida y una sonrisa cortés.

—Soy la detective Flurry.

Su saludo me sorprendió. No sus palabras, sino sus acciones.

Cuando me levanté para estrecharle la mano, yo le sacaba treinta centímetros y le doblaba el tamaño.

Su mano desapareció en la mía como una pelota de béisbol en un guante.

Podría haberla lanzado como una pelota también: tirar de ella con la derecha, alzarla sobre mi cabeza con la izquierda y mandarla volando sin más esfuerzo que un bostezo dominguero.

El contraste me puso en una posición psicológicamente dominante en un momento en que las tácticas policiales tradicionales exigían lo contrario.

La observé de cerca mientras nos estrechábamos la mano, pero no dio absolutamente ninguna señal de incomodidad.

Me cayó bien de inmediato. Decidí poner a prueba mis instintos.

—¿Por qué empezar con una mentira? —pregunté—. ¿No se supone que deben establecer confianza?

—¿Perdón?

—La población de Santa Bárbara es de solo, ¿qué?, ¿cien mil habitantes? Me sorprendería que hubiera más de dos detectives en la unidad de delitos contra las personas. ¿Y me dice que los dos se llaman Frost y Flurry?

—Debería resultarle tranquilizador.

—¿Por qué? —pregunté.

—Los nombres son reales.

Le di vueltas durante medio segundo.

—Así que tienen un recordatorio diario de que las coincidencias existen.

Sonrió.

Un punto para Flurry.

—Me gustaría que echara un vistazo a algo. A cuatro cosas, en realidad.

Abrió la cremallera de su mochila y sacó un montón de bolsas de plástico transparente. Bolsas de pruebas. Las dejó sobre su regazo, donde yo no podía verlas. Puso la primera sobre la mesa y dijo:

—Mire, pero no toque.

La bolsa parecía vacía.

Flurry me estudió mientras yo la estudiaba a ella.

Levanté la vista con expresión neutra. Ella tampoco hizo ningún comentario.

Se limitó a deslizar la segunda bolsa como si fuera una carta de póquer, sin dejar de observarme en busca de una reacción.

Al principio también parecía vacía, pero esta estaba menos arrugada y la luz fluorescente de la habitación incidía en un ángulo diferente.

Vi que contenía un trozo de cinta adhesiva transparente.

Incliné la cabeza para reexaminar la primera y entonces vi que también contenía cinta.

Dejé que mi rostro reflejara mi confusión.

La tercera bolsa era un poco más interesante, aunque tampoco demasiado. Contenía un tubo vacío de superpegamento enrollado como uno de pasta de dientes para extraer hasta la última gota.

Dije:

—Tres strikes.

Ella no dijo nada.

La cuarta y última bolsa presentaba algo muy diferente. Algo que sin duda había visto antes. Fue entonces cuando el peor día de mi vida se convirtió en el peor día imaginable.

Flurry captó mi reacción de inmediato. Por fin hizo una pregunta que podía responder.

—¿Reconoce esto?

—Me gustaría hablar con un abogado.