Blackthorn Security – La Colección Completa Capítulo 32
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Capítulo 32

L a mente de Thorn iba a mil por hora.

Mierda. Mierda. Mierda.

¿Por qué no se había traído el arma?

Captó el sutil movimiento de los ojos de Damian, un fugaz vistazo hacia la puerta. Había alguien escondido detrás.

El instinto de Thorn se activó. Si Damian hablaba así, tenía que haber una pistola apuntándole. Ahora necesitaba averiguar a cuántas amenazas se enfrentaban.

—¿Estás seguro de que no vas a darme una oportunidad más? —suplicó ella, enfatizando la palabra «una».

Él suspiró, con voz cansada.

—Ya te he dado una oportunidad. No habrá otra.

Thorn pilló el leve gesto de aprobación que él le hizo con el pulgar levantado.

Un solo tipo.

Esas probabilidades le gustaban.

—Muy bien, si así es como lo quieres.

No había tiempo para pedir refuerzos; tenía que actuar ya. En un movimiento rápido, se lanzó hacia delante y abrió la puerta de una patada. El hombre que se escondía detrás soltó un aullido cuando esta le golpeó de lleno en la cara.

Thorn no vaciló. Empujó la puerta contra él de nuevo, esta vez con más fuerza, y sintió cómo impactaba contra su nariz. La sangre salpicó el suelo.

—¡Argh! —gritó él, llevándose las manos a la cara. El dolor era evidente en su voz.

Damian se lanzó sobre él en un abrir y cerrar de ojos y agarró al tipo por el cuello.

Thorn se movió con precisión y le arrebató la pistola de la mano.

Le retorció la muñeca con brusquedad, lo que hizo que el arma cayera al suelo, y ella se la quitó.

Con el brazo de Damian rodeándole la garganta en una llave firme, el hombre no tuvo oportunidad de resistirse.

—¡Ponte de rodillas! —ordenó Thorn, con voz dura e inquebrantable.

El hombre se desplomó en el suelo, todavía jadeando por el impacto. Mientras lo miraba fijamente, ella lo reconoció.

—¿James?

Era el jefe de desarrollo de Damian, su mano derecha.

James levantó la vista, con sangre y mocos goteando de su nariz rota.

—Bien hecho —se mofó, con la voz cargada de sarcasmo.

A ella no le hizo ninguna gracia su tono.

—¿Tienes cinta americana? —le preguntó a Damian, sin apartar la mirada de James.

—En el cajón de la cocina —respondió Damian, manteniendo a James sujeto con firmeza.

Thorn se movió rápido y fue a por la cinta. Cuando regresó, James se retorcía, quejándose de su nariz rota.

—Estate quieto, sabandija —gruñó Damian, apretando el agarre mientras Thorn envolvía las muñecas de James con la cinta y las aseguraba con fuerza.

Cuando terminó, miró a James con desprecio.

—Así que tú eras el que filtraba la información.

James le lanzó una mirada venenosa.

—Obviamente. Os creéis muy listos, todos vosotros. Mientras tanto, yo tenía pinchado tu teléfono. Instalé micrófonos en tu casa. Sabía todo lo que tramabais. —Se rio amargamente, un sonido chirriante.

—Pero ¿por qué? —preguntó Damian, con un deje de traición en la voz—. Pensabas que éramos un equipo.

—No, Damian. No hay equipo. Solo estás tú. Yo me merecía más. Te ayudé a convertir Lydian en un éxito de miles de millones de dólares y ahora la estás hundiendo. Todo mi duro trabajo. No podía dejar que hicieras eso.

—¿Así que me vendiste a Alek? —La voz de Damian se endureció; apretó el cuello de James.

—¿De qué otra forma iba a conseguir lo que me merecía? El precio de las acciones se ha desplomado, millones han desaparecido del mapa de la noche a la mañana y todo porque te ha dado por ser un moralista. ¿Pero qué narices, Damian? ¿Qué ha pasado con ese espíritu pionero? Nos has vendido, tío.

Damian lo miró fijamente, con una mezcla de incredulidad y rabia.

—¿Por qué no viniste a hablar conmigo? Podríamos haberlo discutido.

James hizo una mueca de desprecio, entornando los ojos.

—Ah, ¿y habrías cambiado tu forma de actuar por mí? No lo creo.

—Podría haberte compensado. Si hubiera sabido que no estabas contento...

—¿Por qué conformarme con una compensación cuando podía tenerlo todo? —El desprecio de James se acentuó y sus ojos brillaron de codicia—. El dinero, el poder, los coches rápidos, las tías...

Damian frunció el ceño, desconcertado.

—¿Qué tías?

Las cejas de Thorn se arquearon con sorpresa.

—Christine estaba loca por ti —escupió James, fulminando a Thorn con la mirada—. Y tú la dejaste plantada para casarte con ella . —Señaló a Thorn con la cabeza, claramente ignorante de que su matrimonio era solo una tapadera. Los micrófonos no le habían contado eso.

La respuesta de Damian fue instantánea y sentida.

—¿Qué puedo decir? Me enamoré de ella.

Thorn se dio la vuelta bruscamente.

—¿Qué?

Sus ojos eran cálidos mientras le sonreía.

—Ya me has oído. En algún momento me di cuenta de que eras tú con quien quería estar... permanentemente.

El corazón de Thorn dio un vuelco. La honestidad de sus palabras hizo que quisiera lanzarse a sus brazos, pero no podía. No con James sangrando por todo el suelo.

En su lugar, dijo:

—Te quiero, Damian Clayton. Solo quiero que lo sepas, que conste en acta. No iba a dejar nada sin decir de nuevo. —Cuando dijiste aquellas cosas..., pensé que estabas rompiendo conmigo. No podía soportarlo.

—Lo siento. Era necesario. Esperaba que ataras cabos.

Sus ojos chispearon.

—No vuelvas a darme un susto así en la vida.

—No lo haré, lo prometo.

Thorn sonrió, incapaz de contener su alegría. De repente, supo que todo iba a salir bien.

James gimió con fuerza.

—Oye, que sigo aquí, ¿sabéis? ¿No podéis tener esta charla sentimental más tarde?

—No, joder, no podemos —gruñó Damian, apretando el agarre sobre James. Miró de nuevo a Thorn, con una sonrisa asomándole a las comisuras—. Me alegra oír eso, porque conozco a un tipo estupendo que sería perfecto para ti.

Ella le siguió el juego, con los ojos brillantes.

—Ah, ¿sí?

—Sí, y lo mejor de todo es que ya estás casada con él.

Ella soltó una carcajada.

—Es verdad, ¿no? Siempre se me olvida esa parte.

—Me encantaría besarte ahora mismo —dijo él, con voz baja y ronca—, pero no puedo soltar a este imbécil.

El imbécil en cuestión puso los ojos en blanco, claramente sin disfrutar de ser el tercero en discordia.

—No lo olvides —susurró Thorn, mientras sacaba su teléfono para marcar el 112.