Bestia (Bestia nº 1) Capítulo 51 #2
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Capítulo 51 #2

—¡Maya Bassi! —la voz de Rodríguez llega a mí. La jovialidad de su tono me hace querer vomitar—. ¡Qué gusto volvernos a encontrar, cariño!

Me toma unos instantes reaccionar, pero, cuando lo hago, alzo la mirada para encararlo a pesar de mis lágrimas. Él avanza en mi dirección con seguridad y tranquilidad, pero no dejo que eso me amedrente. No voy a mostrar debilidad, así esté a punto de morir. Es lo menos que puedo hacer.

—Oh, no, mi amor, no llores —dice, con fingida preocupación, mientras se acerca y me estudia a detalle—. No tengo planeado hacerle daño a tu querido Harry. Puedes dejar de llorar ahora.

Quiero gritarle que se vaya a la mierda. Que es un hijo de puta, y que espero que se pudra en la cárcel el resto de su vida… pero no encuentro mi voz para hacerlo.

Tengo tanto miedo. Estoy tan asustada. Soy tan cobarde…

El hombre se detiene cuando está a pocos pasos de distancia de mí y se lleva una mano a la parte trasera de la cinturilla de sus vaqueros. Entonces, desenfunda su arma…

Una pistola plateada brilla entre sus dedos, y él parece extasiado con la forma en la que cae sobre su palma. La sostiene casi con reverencia y respeto.

Rodríguez empuña el peligroso objeto con delicadeza y lo observa a detalle antes de dirigirse a mí.

—Es preciosa, ¿no es así? —una sonrisa radiante se dibuja en sus labios—. Es mi favorita, Maya. Debes sentirte afortunada. No utilizo mi favorita con cualquiera.

—Por favor, no haga esto —la súplica sale de mis labios sin que pueda detenerla, y un par de sollozos se me escapan—. Déjeme ir.

—Oh, cariño, me encantaría dejarte escapar, pero no creo que estés dispuesta a dejar a Harry a cambio de tu libertad, ¿o sí?

—el fingido pesar en su voz, solo hace que la angustia aumente—.

Además, así prometieras alejarte de Bestia, él no dejaría de buscarte.

Es lo suficientemente estúpido como para arriesgar la vida por una mojigata como tú.

Las mojigatas son sus predilectas, ¿sabes? ...

Esto es todo. Se acabó. Voy a morir aquí. Voy a morir esta noche.

—No te preocupes, Maya —la sonrisa tranquilizadora que se dibuja en su rostro, solo hace que el torrente de lágrimas sea cada vez más incontenible—. Prometo que será rápido. No voy a torturarte.

Me siento derrotada, cansada y temblorosa. La viciosa sensación que provoca el pánico en mí, se ha encargado de hacer que me sea imposible dejar de llorar y sollozar lastimosamente.

Todo ha terminado.

Harry va a quedar en manos de este hombre y será por mi culpa.

Debí haber dejado que se marchara cuando deseaba hacerlo.

Debí irme con él cuando me lo pidió. Debí contarle lo de Anne antes, para que así él pudiese tomar una decisión respecto a lo que quería hacer.

Debí dejar de ser una maldita cobarde por una vez en mi puta vida.

«¡Estúpida! ¡Mil veces estúpida!».

—No llores, cielo —Rodríguez susurra, y siento cómo una de sus manos ásperas se ahueca en mi mejilla—. Odio ver llorar a las niñas lindas como tú. Prometo que no dolerá. Antes de que te des cuenta, estará hecho, ¿de acuerdo?

Asiento, resignada a aceptar mi destino y trago duro, para desaparecer el nudo en mi garganta.

—Debe prometer —digo, con la voz temblorosa y enronquecida—, que no va a hacerle daño —me obligo a mirarlo a los ojos—. Debe prometer que Harry va a vivir… Que después de esto no va a ir a darle caza.

Una sonrisa se apodera de sus labios, y aprieto los puños.

—Amor, lo lamento, pero no estás en posición de pedirme nada —dice, con diversión—.

Haré lo que me plazca con él. Es un blandengue imbécil que se dejó doblegar por una mirada inocente como la tuya.

No puedo aceptar que uno de mis hombres sea así —entonces, eleva su brazo y apunta el arma hacia mí—.

Tenía planes para él, ¿sabes? —da un paso más cerca y me trago un sollozo—.

Solía pensar que era el ideal para ocupar mi lugar, pero ahora no estoy tan seguro de que sea lo suficientemente bueno para ello… —otro paso y luego, uno más más.

De pronto, soy capaz de sentir el metal frío de su pistola descansando en mi frente. Es entonces, cuando cierro los ojos y espero el tiro de gracia.

—Por favor, no lo lastimes —suplico, sin dejar de llorar—. No le hagas daño, por favor. Te lo suplico. No le hagas daño.

—Quizás debería obligarlo a matarte —susurra para sí mismo, y el llanto incrementa.

El suave clic del seguro de la pistola me hace ahogar un sollozo, y entierro mis uñas en la carne blanda de mis manos. Entonces, reprimo otro sollozo y me trago un grito. Todos mis músculos parecen estar a punto de colapsar, y no puedo hacer nada más que esperar el golpe final…

Entonces, viene el estallido.

Uno…

Dos…

Tres segundos pasan… Y sigo aquí. Sigo aquí, con los ojos cerrados, siendo consciente de todo. Sintiendo las amarras en las muñecas y la calidez de mis propias lágrimas.

«¿Qué demonios…?».

Abro los ojos con lentitud.

Es como si todo ocurriera en cámara lenta.

La mirada desencajada de Alexis Rodríguez está puesta fijamente en mí.

Mi vista se clava en su mano derecha, donde sostiene el arma con la que me amenazaba.

Entonces, vuelvo a mirarlo a los ojos. La sorpresa y el horror se apoderan de sus facciones, y noto cómo la sangre empieza a teñir su camisa de color claro.

Un grito se construye en mi garganta cuando se desploma a mis pies, pero la persona que se encuentra de pie justo detrás de él, hace que lo ahogue por completo.

Él ni siquiera se mueve. Su mirada oscura y pesada está clavada en el cuerpo que yace en el suelo. Su mano empuña la pistola con la que amenazó a Leandro cuando recién lo conocí, y su respiración es entrecortada y agitada.

Harry Stevens luce como el más temible de los seres. La poca iluminación solo endurece sus facciones, y las cicatrices en su cara lo hacen lucir más allá de lo aterrador. Todos los músculos de su cuerpo lucen tensos, y su expresión enfurecida le da un aire oscuro y salvaje.

Es Bestia en este momento.

Sus ojos se clavan en mí y, durante un doloroso instante, soy capaz de reconocer a Harry. A ese chico dulce y amable que es cuando no carga con toda la mierda que estas personas se han encargado de poner sobre sus hombros.

Algo en sus facciones se suaviza un poco cuando me mira y el alivio que me invade es casi tan grande como el terror que se asienta en mis huesos.

Entonces, el peso de lo que acaba de ocurrir se cae sobre mí con brusquedad. Rápidamente, mis ojos se posan en el hombre que estuvo a punto de asesinarme y el pánico regresa en el instante en el que veo su mirada perdida.

La angustia me invade por completo, el miedo se arraiga en mis venas y un extraño dolor desesperado se apodera de mi cuerpo cuando los hechos me golpean con brutalidad…

Alexis Rodríguez está muerto.