Capítulo 36 #2
—¿Viniste a verlo? —Jeremiah habla, tras un largo silencio.
—Sí.
—¿Por qué no te llevó a casa?
—Porque le pedí que no lo hiciera. —Hago una mueca—. Tenía pensado ir a uno de los centros comerciales de Union Square para comprar un teléfono celular. Él tenía cosas que hacer y no quería abusar.
Jeremiah suspira y niega con la cabeza.
—Yo te llevaré al centro comercial y después a tu casa —anuncia. Estoy por protestar, pero él me interrumpe—: Ni siquiera intentes hacerme cambiar de opinión, Maya. No es bueno que andes sola por la calle. No después de lo que acaba de pasar.
Muerdo mi labio inferior.
—Aún no sé cómo voy a decírselo a Harry —mascullo.
—Quizás puedas decírselo después de una buena y sucia follada —bromea, y siento el rubor apoderándose de mis mejillas.
—Eres un tonto —murmuro y él suelta una carcajada.
—Sabes que solo bromeo. —Me guiña un ojo y toma un par de galletas—. Terminemos con lo que he ordenado y vamos al centro comercial.
Una sonrisa suave se dibuja en mis labios y, sin más, me concentro en terminar la taza de humeante café que tengo frente a mí.
Me enfoco en bloquear todo lo demás, porque es demasiado para lidiar ahora mismo, y le doy un sorbo al líquido caliente.
Al llegar a casa de Kim, me topo de frente con la visión de Will mirando el televisor. Su expresión concentrada me hace sonreír y, cuando se percata de mi presencia, me regala una sonrisa amable. Mi sonrisa se ensancha un poco más y me acerco hasta tomar asiento en uno de los sillones cercanos.
Han pasado ya varias semanas desde que vivo aquí. Kim y Will han aceptado dejarme pagarles una renta mensual. También han accedido a dejarme aportar para la despensa y los gastos básicos del apartamento. Eso ha hecho que me sienta más cómoda estando a su alrededor.
Ahora no siento como si estuviese siendo un parásito.
—¿Todo bien? —pregunta con curiosidad y me saca de mis cavilaciones.
—Sí. —Mi sonrisa vacila.
—¿Segura? —Sus cejas se alzan con incredulidad—. No luces bien. ¿Peleaste con Harry?
—No —replico—, lo que ocurre es que… —Me detengo, sin saber si debo o no hablar de esto con alguien—. Pasó algo que debe saber, pero no sé cómo decírselo. No sin provocar que su cerebro haga erupción y quiera destrozar el mundo con las manos.
—El chico es impulsivo, ¿cierto? —Baja el volumen de la televisión y yo asiento—.
¿Por qué no tratas pidiéndole que, antes de sacar cualquier clase de conclusión, te permita terminar de hablar?
Pídele que mantenga la calma hasta que termines de contarle lo ocurrido y, si es posible, hazlo prometer que no va a volverse loco al respecto.
Asiento, pero dudo mucho que Harry acceda; sobre todo cuando se trata de algo que atenta directamente con mi seguridad.
—Mañana que lo vea hablaré con él —digo, más para mí que para él.
—Todo irá bien. —Me alienta y me regala una sonrisa suave.
—¿Tienes hambre? —Me pongo de pie, de pronto—. Estaba pensando en cocinar algo italiano.
—¡Dios, sí! ¡El pollo del otro día estuvo delicioso! —exclama, entusiasmado.
Una sonrisa radiante se dibuja en mis labios.
—Te enseñaré a hacerlo para que le cocines a Kim cuando seas su flamante esposo —anuncio y él ríe.
—Te amaré de por vida si tu pollo me consigue una noche de sexo desenfrenado.
—¡Will! —exclamo, con fingido horror—. ¡Eso es asqueroso!
Una carcajada brota de sus labios y, sin decir una palabra más, me encamino hasta la cocina para preparar la cena.
El tono de llamada suena tres veces antes de que la voz de Harry inunde el auricular.
—¿Qué? —escupe con violencia y me sobresalto un poco ante la dureza de su tono.
—Hola… —tartamudeo, medio aturdida por su respuesta.
—¿Maya? —Su voz cambia repentinamente. Suena más como al Harry que conozco y menos como ese chico al que apodan Bestia.
Una risa suave me asalta.
—¿Así es como le respondes el teléfono a todo el mundo? —digo.
Él ríe entre dientes.
—Sí —dice y noto la vergüenza en su tono.
—Perdón por no llamar ayer —me disculpo—. No quería interrumpirte mientras trabajabas. —El silencio se apodera de la línea y me recargo junto a la puerta de la entrada. Espero a que Kim salga para irnos al trabajo juntas.
De pronto, cientos de preguntas acerca de lo que hizo anoche vienen a mí. No quiero ser el tipo de chica que desconfía de su novio, pero la incertidumbre es corrosiva cuando la imagen de Nadia viene a mi cabeza. Necesito preguntar. Necesito saber si ella estuvo ahí.
Tomo una inspiración profunda y me aclaro la garganta.
—¿Cómo estuvo la fiesta de anoche? —Trato de sonar casual mientras hablo.
—Aburrida —dice y casi puedo dibujar en mi cabeza ese rodar de ojos exasperado que suele hacer cuando algo le irrita—.
Hubiese preferido mil veces pasar ese tiempo contigo.
Por cierto, la nariz de Nadia necesitará cirugía.
—Soy capaz de escuchar la sonrisa de Harry a través del sonido de su voz y eso pinta una en mí—.
Déjame decirte, amor, que golpeas como boxeador.
Reprimo la carcajada que se construye en mi garganta.
—Más le vale no haberse acercado a ti en toda la noche. Todavía hay muchas partes de su cara que puedo desfigurar —digo.
—Tranquila, fierecilla. —Ríe—. La mantuve al margen.
—Más te vale. A ti también podría desviarte la nariz —bromeo.
—Sí… Espero que nunca lo hagas —dice—. ¿Lo imaginas? ¿Con cicatrices y la nariz hecha mierda? Seré el Frankenstein del siglo veintiuno.
Esta vez no lo reprimo. Una carcajada limpia brota de mis labios. Él también ríe un poco, pero se queja mientras trato de recuperar el aliento.
—Como sea —masculla—, ¿te veré hoy?
—Sí —respondo, casi de inmediato. El humor se fuga de mi voz porque sé que necesito decirle acerca de lo que ocurrió ayer por la tarde—. De hecho, necesito hablar contigo sobre algo.
—¿Sobre qué? —suena ansioso ahora.
—No es nada importante —miento—, pero sí me gustaría hablarlo en persona.
El silencio al otro lado de la línea me hace saber que no me ha creído del todo.
—De acuerdo. ¿Paso por ti al trabajo? —dice, finalmente.
—¿Quieres pasar por mí al trabajo?
—Maya, por favor, no seas ridícula. —Un poco del buen humor previo tiñe su tono de voz—. Yo siempre quiero pasar por ti al trabajo.
Una sonrisa boba me asalta.
—Entonces te veo ahí a las ocho, ¿de acuerdo?
—De acuerdo.
Vacilo unos segundos.
—Te quiero —digo, tímida.
—También te quiero, Maya. —Su voz suena seria ahora, y lo único que quiero hacer, es que sean las ocho de la noche para verlo una vez más.
—Te veo más tarde —digo, con un hilo de voz.
—Estaré contando los minutos para verte, pequeña.
Mi corazón hace un baile extraño dentro de mi pecho, pero no decimos nada más. Él se despide con un simple «hasta luego» y finalizamos la llamada.
El día en el Joe’s Place ha sido ajetreado. He pasado la mayor parte del tiempo corriendo de un lado para otro con platos de comida entre las manos.
Las piernas me duelen por el cansancio y la ropa se me pega al cuerpo de manera incómoda porque la cocina está tan caliente, que no he dejado de sudar en todo el día.
Quiero que la jornada termine ya. Quiero ver a Harry, darle un beso y fundirme entre sus brazos…
Fred no ha dejado de despotricar en contra de la mujer pedante que se ha instalado en una de sus mesas, mientras que Kim y yo tratamos de no reírnos de su enojo.
Estoy concentrada en el acomodo de las bandejas que debo llevar a una de mis mesas, cuando la voz de Donna, la gerente, llega a mis oídos.
—¡Bassi! —medio grita.
Alzo la vista de golpe y siento cómo mi corazón se salta un latido.
—¿Sí? —Quiero golpearme por sonar así de asustada.
—Te buscan afuera. —Su expresión inescrutable oculta a la perfección cualquier emoción en su rostro. No sé si está molesta o si no le importa en lo absoluto que alguien venga a verme en horario de trabajo—. Te esperan por la puerta de servicio. No demores demasiado.
Kim golpea su cadera con la mía y una sonrisa boba se dibuja en mis labios mientras que me aliso la falda y rehago la coleta en mi cabeza. Kim reprime una sonrisa cuando paso junto a ella. Entonces, palmea mi trasero.
—Ve por él, nena —dice.
Le regalo una mirada cargada de severidad, pero no puedo dejar de sonreír como idiota. Ambas sabemos que Harry es la única persona que viene a verme en horario de trabajo, así que no hay necesidad alguna de tratar de negarlo.
Salgo por la puerta trasera del establecimiento a toda velocidad, dispuesta a correr, cual adolescente, a los brazos de Harry, cuando la veo…
Nadia, la chica del apartamento de Harry, está aquí y la acompañan dos chicas más. Lleva un bate de béisbol entre las manos y me mira como si hubiese esperado esto durante mucho tiempo.
—Vinimos a traerte un mensaje de Tyler. —La sonrisa maliciosa en sus labios me eriza los vellos de la nuca. Ni siquiera el aparatoso parche en medio de su cara puede apartar la sensación enfermiza que se apodera de mis entrañas cuando la escucho hablar.
Doy un paso hacia atrás, y justo cuando estoy a punto de girarme para correr, el dolor estalla en mi cabeza.
Puntos negros oscilan en mi campo de visión y caigo al suelo de rodillas. Otro golpe viene a mí y grito de dolor mientras caigo sobre mi costado. De pronto, me percato de la presencia de otra chica. Son cuatro en total.
Ella me regala una sonrisa que no toca sus ojos y se aparta para que Nadia se pose delante de mí.
—Tyler tiene un mensaje para ti. ¿Estás lista para él? —dice la chica rubia del parche en la nariz—. Él nos pidió que te dijéramos: «Aléjate de Stevens».
En ese momento, alza el bate por encima de su cabeza y, entonces, me golpea.