Capítulo 35 #2
Podría ir a la cárcel si agrede al hombre que abusó de mí durante tanto tiempo. Podría morir si trata de mantenerme lejos del mundo al que pertenece…
—Maya, no tengas miedo —susurra y une su frente a la mía—. Voy a cuidar de ti siempre.
—¿Y quién cuida de ti? —Mi voz sale en un susurro ronco—. ¿Quién te protege de todo? ¿Quién ve por ti?
Esboza una sonrisa dulce.
—No necesito que nadie me cuide, Maya.
—Yo quiero cuidarte. —Me sorprende la determinación con la que hablo—. Quiero ser capaz de darte todo eso que tú tratas de ofrecerme. —Niego con la cabeza—. ¿Cómo se supone que voy a protegerte si lo único que haces es ver por mí?
Harry niega y presiona sus labios con los míos.
—No tienes que protegerme de nada —dice, en un susurro tranquilizador—. Deja de intentar hacerlo, ¿de acuerdo?
Entonces, sin darme tiempo de replicar, tira de mi mano para que continuemos descendiendo.
Camino por las familiares calles de Bayview-Hunters Point, el viejo barrio donde solía vivir. El barrio donde vive Harry Stevens.
Hace apenas unos minutos que me despedí de él.
Solo me acompañó hasta el final de la escalera del edificio.
Insistió en llevarme a donde sea que necesitara ir, pero me negué rotundamente.
Los últimos días ha ido por mí al trabajo todos los días, me ha llevado a cenar y me ha devuelto al apartamento de Kim a horas pertinentes.
No puedo abusar más de su buena voluntad.
No cuando todavía hay luz de día y puedo tomar un autobús.
El aire helado me golpea en la cara y eso hace que apriete el paso. Quiero llegar al centro comercial, hacer mi compra e ir a casa lo antes posible. El pronóstico del tiempo esta mañana decía que llovería, así que debo darme prisa.
Estoy a pocas calles de la parada del transporte público, cuando algo capta mi atención. Un auto se detiene en el semáforo en rojo de la calle por la que avanzo. Mi ceño se frunce solo porque no comprendo qué es lo que me es tan familiar.
Sé que he visto ese vehículo antes. Sé que lo conozco; pero, ¿de dónde?...
Cruzo la calle y echo una ojeada por encima del hombro para tratar de identificar al conductor.
Los vidrios polarizados me impiden mirar al interior y, por una extraña razón, me siento ansiosa.
Algo dentro de mi cabeza parece accionarse y me siento más alerta que nunca.
Sé que algo va mal, pero no logro identificar qué es…
Aprieto el paso.
La enfermiza sensación de estar siendo observada, me asalta de pronto. Mis pulmones son incapaces de retener el aire, así que mi respiración se ha vuelto superficial. La paranoia es tanta, que no dejo de mirar hacia atrás en repetidas ocasiones.
«¡Basta, Maya! ¡Deja de hacerte esto a ti misma! ¡Nadie te sigue!».
Sigo avanzando y mi corazón cae al suelo en el momento en el que me percato de que el auto de color gris viene a pocos metros detrás de mí. Avanza tan despacio, que pareciera que la persona que lo conduce no quisiera hacer ruido. Entonces, el pánico se desata y, sin pensarlo dos veces, corro.
El motor revolucionado que suena detrás de mí, hace que fuerce a mis piernas a moverse más rápido.
Giro en una de las calles y escucho el derrape de las llantas.
Visualizo unas canchas de básquetbol a pocos metros de distancia y noto la gran cantidad de gente que se encuentra ahí. Debo llegar hasta allá. Debo…
El vehículo pasa de mí tan rápido, que me detengo en seco. Al llegar a la esquina, el auto se colea, de modo que queda obstruyendo la acera por la que camino.
La puerta del conductor se abre y toda la sangre se drena de mi cuerpo en el instante en el que miro a Tyler. El tipo me mira a distancia y me regala una sonrisa que me pone los vellos de punta.
Quiero vomitar. Quiero gritar.
Doy un par de pasos hacia atrás antes de girarme y echarme a correr en dirección opuesta.
El tipo grita algo a mis espaldas, pero no me detengo. Corro con todas mis fuerzas. Corro lo más que puedo hasta que, de pronto, impacto contra algo blando, pero firme.
—¡Guau! —La familiar voz exclama y un par de manos me estabilizan—. ¡Tranquila, chica!
Mi vista se clava en la persona frente a mí y casi me echo a llorar cuando veo que es Jeremiah quien me sostiene.
—¡Jeremiah! —Sueno tan aliviada. Sueno tan… feliz—. ¡Dios mío! ¡Jeremiah!
Su ceño se frunce de inmediato.
—¿Maya? ¿Qué pasa? ¿Qué haces aquí? ¿Está todo bien? —Sus manos tantean la longitud de mis brazos en busca de alguna herida.
Yo no puedo hacer otra cosa más que asentir mientras que trato de recuperar el aliento. Entonces, miro hacia atrás solo para ver a Tyler avanzar hacia nosotros. Todo parece tambalearse en ese instante.
—Oh, mierda… —Jeremiah masculla e, inmediatamente, se interpone entre mi agresor y yo.
—¡Quítate! —escupe Tyler.
—¿Tienes algún problema con la señorita, Ty? —Jeremiah trata de sonar casual, pero hay miedo filtrándose en su voz.
—Quítate, pedazo de imbécil, esto no es contigo —espeta mi atacante.
—Me temo que no puedo quitarme cuando tú eres un gorila de dos metros y la chica apenas sobre pasa el metro —dice, Jeremiah—. ¿Te debe dinero? ¿Cuánto? Yo puedo pagarte.
Tyler asoma su cabeza por encima de Jeremiah, ignorando sus preguntas. Sus ojos encuentran los míos en ese momento.
—Si no te alejas de él, vas a terminar mal —dice, con brusquedad. Un escalofrío helado me recorre de pies a cabeza—. No estoy aquí para amenazarte, pero será mejor que te alejes. Por tu bien, chica.
Aprieto la mandíbula y clavo las uñas en la carne blanda de mis palmas cuando cierro los dedos en puños.
Entonces, sin decir una palabra más, se gira sobre sus talones y se echa a andar de vuelta por donde vino.