Capítulo 28 #2
—¡La Bestia! —gritan y ríen todos sus amigos a la vez, mientras pagan las bebidas embriagantes que cargan con gusto.
Mi corazón se acelera en el momento en el que escucho su nombre y apodo en boca de estas personas. De pronto, se siente como si pudiese vomitarme encima debido a los nervios intensos que me han invadido en unos segundos.
Me aclaro la garganta y aprieto los puños.
—¿Cómo sabes que estará ahí? —pregunto con aire desinteresado.
Jeremiah hace una seña en dirección a uno de los chicos que lo acompañan.
—Rob es cliente de uno de sus amigos. Él nos invitó, ¿no es así, bro? —dice y dirige esa última pregunta a su amigo.
El tipo afroamericano asiente con una sonrisa radiante en el rostro.
—Tyler es quien me vende y, a donde va Tyler, va Bestia. Son inseparables —dice Rob.
La imagen del hombre aterrador que irrumpió en el apartamento de Harry hace semanas vuelve a mí. No tenía ni idea de que el tipo era distribuidor. Todo este tiempo creí que hacía lo mismo que Harry.
—¿Por qué te importa tanto saber si Stevens va a estar ahí o no? —El ceño de Jeremiah se frunce ligeramente.
—Le debo dinero. —La mentira sale con tanta naturalidad, que me asusta.
Las cejas de los chicos en el establecimiento se alzan y, de pronto, todo el mundo está mirándome. Incluso, el cajero me mira de reojo, con curiosidad. Dudo mucho que conozca a Harry, pero la reacción de los amigos de Jeremiah debe haber despertado su curiosidad.
—¿Le debes dinero?… —Rob habla, con incredulidad, pero me limito a asentir—. ¿A Harry «la Bestia» Stevens?
Vuelvo a asentir.
—Me prestó cincuenta dólares hace mucho. —Ruedo los ojos al cielo al ver las expresiones alarmadas de todos—. No es la gran cosa.
Jeremiah no luce convencido con mi respuesta, pero no dice nada al respecto. Se limita a mirar a sus amigos.
—Bueno. Nosotros iremos allá. Si quieres acompañarnos, eres bienvenida —dice.
Mi mirada viaja por los rostros de todo el grupo de chicos, los cuales me observan con atención. Están esperando una respuesta, pero no estoy segura de qué es lo que quiero hacer.
Deseo negarme y volver al apartamento de Kim, y al mismo tiempo quiero verlo. Quiero estar cerca de él una vez más. Quiero cerciorarme de que es real y de que nada de lo que pasó fue producto de mi imaginación.
Sé que es idiota de mi parte. Sé que no debería, siquiera, estar considerando hacerlo, pero la desesperación es tanta ahora mismo, que no me importa estar comportándome como una completa estúpida.
—¿Vas a traerme de regreso a casa? —Hablo hacia Jeremiah. Sueno más dudosa de lo que me gustaría.
—Por supuesto —Me sonríe.
—¿A la hora que yo quiera?
—A la hora que tú quieras, Maya. —Adopta una postura recta y seria.
Dudo unos instantes.
—De acuerdo —digo, finalmente.
Sé que estoy siendo una imbécil. Sé que solo hago esto porque quiero ver a Harry de nuevo. Sé que lo que haré está mal en todos los sentidos, ya que fui yo quien le pidió que no me buscara más, pero no me importa. Nada más que la imperiosa necesidad que tengo de volver a estar cerca de él, importa.
Sin perder más tiempo, salimos del establecimiento y caminamos en dirección al auto de Jeremiah. Nick, el chico rubio amigo de Jeremiah, consigue convencerme de regalarle la comida que he comprado y Rob me ofrece un porro de marihuana cuando estamos dentro del vehículo.
—¡Nada de porros aquí dentro! —Jeremiah suena determinante—. El hedor va a impregnarse en todos lados.
—Eres como una nena quejumbrosa —masculla Rob y reprimo una sonrisa mientras me pongo el cinturón de seguridad. Voy en el asiento del copiloto por petición colectiva, así que los amigos de Jeremiah van apretujados en el sillón trasero.
—Sí —dice él entre dientes, pero no deja de sonreír mientras arranca el auto—. Vete a la mierda, Rob.
El camino al puerto es ameno y entretenido. Los amigos de Jeremiah son unos idiotas, pero no han dejado de hacerme reír. Tengo entendido que se conocen desde que cursaban la secundaria y que siempre han sido así de unidos. Al parecer, hacen todo juntos y van a todos lados en grupo.
Nunca he tenido esa clase de amistades, así que me siento un poco extraña cuando hablan sobre sus olores íntimos sin pudor alguno.
Jeremiah se estaciona cerca de uno de los muelles pesqueros de la ciudad y caminamos un par de calles hasta llegar a las bodegas donde se almacena la pesca. El olor a pescado y sal inunda mis fosas nasales; sin embargo, no es un aroma muy desagradable.
Soy capaz de percibir el sonido de la música en la lejanía. Conforme avanzamos por el concreto, la intensidad de la melodía incrementa y, de pronto, todos empiezan a hablar a gritos para hacerse escuchar por encima del ruido.
No he podido pronunciar palabra alguna desde que salimos del auto.
Mi corazón late con tanta fuerza, que soy capaz de sentirlo en todos los lugares donde el pulso es capaz de palpitar.
Tengo los dedos helados y las palmas sudorosas; mi estómago, por otro lado, se siente como si estuviese lleno de piedras.
Aún no estoy segura de qué demonios haré si llego a tener a Harry frente a mí, pero no quiero pensarlo demasiado. Si lo hago, es probable que salga huyendo de aquí antes de encontrármelo.
La fiesta es dentro de una enorme bodega.
Al entrar al lugar, el sonido de la música electrónica estalla en mis oídos; el olor a sal y mariscos es neutralizado por el coctel de aromas en el ambiente: sudor, tabaco, marihuana y perfume…
Y todo se arremolina para crear una nube asfixiante.
Las luces de colores bailan al ritmo del beat de la canción que suena y un puñado de personas danza a mitad de la estancia.
Abrumada por el escándalo, me detengo y echo una ojeada rápida a todo el lugar. Entonces, siento cómo unos dedos tibios se envuelven en mi muñeca. Mi vista se dirige a la persona que me sostiene y me encuentro con el rostro amable de Jeremiah.
—No te quedes atrás, Maya. —Me reprime, pero está sonriendo—. Ven aquí.
Tira de mí en dirección a la barra improvisada que hay a pocos pasos de distancia, y toma una cerveza. Me ofrece una, pero declino su oferta con una negativa de cabeza y una sonrisa amable.
Los amigos de Jeremiah se han perdido entre la gente para este momento. De vez en cuando soy capaz de localizarlos entre el gentío, pero, mientras paseo la mirada por todo el espacio, soy plenamente consciente de que a quien busco en realidad, es a otra persona.
Soy una hija de puta. Estuve todo este tiempo negándole la posibilidad de hablar y sin embargo estoy aquí, en una fiesta en la que sé que estará, solo porque necesito verlo aunque sea unos instantes. ¿En qué clase de persona me he convertido?...
—¿Bailamos? —Jeremiah habla cerca de mi oído y un escalofrío me recorre al sentir su aliento caliente cerca de mi piel.
Sin esperar respuesta alguna, envuelve sus dedos en mi muñeca y guía nuestro camino hacia la pista de baile.
Me toma unos segundos comenzar a protestar.
Forcejeo un poco para que me suelte, pero su agarre es firme.
Recargo mi peso en mis talones y tiro de mi brazo con fuerza.
Me tambaleo hacia atrás un par de pasos y mi espalda choca contra alguien.
Inmediatamente, me giro sobre mis talones.
—¡Lo siento! ¡Lo siento mucho! ¡Lo…! —Mis ojos se clavan en la persona frente a mí.
Ojos verdes me miran con una intensidad aterradora. Mi cuerpo entero se estremece cuando mi vista capta las marcas escandalosas en su rostro y ese familiar ceño fruncido.
Aprieto la mandíbula y casi puedo jurar que toda la sangre se ha drenado de mi cuerpo.
Harry Stevens me mira a los ojos, pero su expresión es inescrutable. Abro la boca para decir algo, pero no estoy muy segura de qué palabras debo pronunciar.
Por un doloroso instante, parece haber algo en su mirada. Un destello de pánico. Un momento de confusión…
—Fíjate por donde andas. —El tono de su voz, es tan frío que algo dentro de mi pecho se estruja y se retuerce.
—Harry, yo…
—No me llames por mi nombre —espeta con brusquedad y mira hacia todos lados con… ¿nerviosismo?—, o voy a hacer que te arrepientas.
Entonces, se gira sobre sus talones y se echa a andar en dirección a la barra improvisada.
Mi mirada sigue su recorrido y lo observo llegar hasta donde un puñado de hombres y mujeres ríen a carcajadas.
En ese grupo se encuentra el tipo que fue al apartamento de Harry y me acorraló contra la pared de la sala —Tyler.
La chica que encontré en el apartamento de Harry también está ahí. Está colgada del brazo de un hombre de edad avanzada. Es el único que parece tener más de treinta años y que, además, es el más imponente de todos.
Harry se deja caer sobre una caja de madera, que estaba siendo claramente utilizada como banquillo, y una chica de cabello corto y oscuro se sienta sobre su regazo y le ofrece una cerveza. Algo dentro de mi pecho parece quebrarse.
—¿Estás bien? —La voz de Jeremiah me inunda los oídos, pero no puedo apartar la vista de Harry y esa chica.
—Sí —respondo, con un hilo de voz. Aparto mis ojos del chico de las cicatrices y trato de sonreírle a Jeremiah—. ¿Vamos a fuera? —pido, porque no soporto la idea de seguir aquí.
Él me sonríe y pone una de sus manos en mi espalda para guiar mi camino fuera de la bodega.
Estamos a punto de salir, cuando me atrevo a mirar por encima del hombro. Los ojos color esmeralda de Harry están fijos en mí, pero la tortura en su expresión no merma la decepción que siento en el pecho
Finalmente, tras unos segundos de dolorosas miradas, me obligo a apartar la vista y avanzar a paso decidido fuera de la bodega.
No sé cómo sentirme respecto a la manera en la que me habló hace unos días, y la forma en la que me trató hace unos instantes.
Trato de apartar los pensamientos martirizantes lejos de mi cabeza, pero es imposible.
No puedo alejar la frustración. No puedo alejar la opresión en mi pecho.
No puedo apartar de mí la extraña sensación de pérdida que me embarga.