Bestia (Bestia nº 1) Capítulo 26 #2
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Capítulo 26 #2

La palabra Bambi resuena en mi cabeza y ahora entiendo la comparativa. Luzco como un venado asustado y tembloroso. Soy un manojo ansioso de nervios y miedos absurdos.

Cierro los ojos.

«No vayas ahí, Maya».

Dejo escapar el aire con lentitud, al tiempo que los recuerdos de lo ocurrido ayer por la mañana se disipan y me concentro.

Una vez superado el ataque repentino de autocompasión, regreso a la pieza de Harry y me detengo en seco al mirar el espacio frente a mí. Luce tan familiar y tan extraño al mismo tiempo…

Mis ojos se posan en la cama. Solía pasar horas acurrucada ahí, con Harry, sin hacer absolutamente nada. Solía reír como idiota a las dos de la mañana cuando se le ocurría ser dulce y bromista conmigo.

Voy a extrañarlo tanto.

No sé cuánto tiempo pasa antes de que me obligue a tomar las pesadas bolsas y a avanzar por el pasillo.

Maldigo para mis adentros cuando recuerdo que no he tomado el dinero que tengo ahorrado y dejo las bolsas a la mitad de la sala para trotar de vuelta a la habitación y rebuscar en una de las gavetas del baño.

El sobre amarillo repleto de billetes doblados aparece en mi campo de visión.

Quería comprar un coche con ese dinero. Quizás un montón de ropa, una computadora o decenas de libros.

El pesar me inunda, pero vuelvo a la sala para colocar el sobre con dinero sobre la mesa de centro.

Finalmente, echo una última ojeada al lugar. Algo dentro de mí parece resquebrajarse en ese momento, pero trato de mantenerme firme.

Me aseguro de dejar la llave del apartamento junto al sobre de dinero, y tomo mis cosas antes de encaminarme hacia la puerta. Dejo una de las bolsas en el suelo para poder abrir la puerta una vez más, cuando esta es abierta desde el exterior.

Todo mi cuerpo se tensa porque sé quién está del otro lado, pero no hay nada que pueda hacer para detenerlo. No hay nada que pueda hacer para evitar lo que está a punto de ocurrir.

Mi corazón parece saltarse un latido para reanudar su marcha a un ritmo antinatural, mis extremidades pesan tanto, que apenas puedo mantenerme en pie; los oídos zumban debido a la adrenalina, y quiero gritar.

Quiero gritar porque Harry Stevens está parado en el umbral de la puerta, con la mirada fija en mí.

De pronto, el asombro inunda su expresión y su boca se abre para decir algo, pero nada sale de ella.

Aprieto la mandíbula y trato de alcanzar la bolsa en el suelo para escapar lo más rápido posible, pero el nerviosismo apenas me permite coordinar mis movimientos. Los ojos de Harry están fijos en mí, y me siento más torpe que nunca. Mis manos apenas se pueden aferrar al plástico.

Cuando lo enfrento de nuevo, me doy cuenta de que no ha dejado de mirar mi extraño equipaje.

No se mueve. Casi puedo jurar que no respira. Se limita a mirarme detenidamente. Hay un reto implícito en sus ojos. Está retándome a tratar de pasar de largo por donde él se encuentra.

—El novio de Kim dijo que estabas en el trabajo —dice, tras un largo y tenso momento. Su voz se ha enronquecido varios tonos. Mira las bolsas plásticas una vez más, pero trato de mantenerme serena.

—¿Fuiste a casa de Kim? —Quiero golpearme por sonar insegura.

Asiente.

—Quería… —Me mira, indeciso—. Quiero hablar contigo, Maya.

—No tenemos nada de que hablar, Harry.

—Lo sé. Lo sé... Yo solo necesito… —Da un paso en mi dirección, pero me alejo. El dolor que veo en su rostro me es tan satisfactorio, que me asusta.

—No, Harry. —Un ligero temblor se apodera de mi voz—. Por favor, ya no hagas esto. Fue suficiente.

—Maya, por favor… —Trata de llegar a mí, pero me aparto con brusquedad.

—¡No! —escupo. La repulsión y la ira se mezclan con la necesidad que tengo de unir mis labios a los suyos, haciendo insoportable su sola presencia cerca de mí.

—Por favor, vamos a hablar. —La súplica en su mirada me estruja las entrañas—. Solo quiero que me escuches.

—No quiero escuchar cómo te justificas, Harry. —Mis ojos se llenan de lágrimas, pero no lloro. No voy a llorar. No debo llorar.

—¡No voy a justificarme, maldita sea! —espeta con tanta brusquedad, que doy un paso hacia atrás.

Sus manos se enredan en su cabello y tira de él con frustración—.

He estado toda la maldita noche tratando de recordar qué demonios fue lo que hice.

He pasado horas tratando de unir las imágenes en mi cabeza porque sé que no soy así, Maya.

Nunca en mi vida he engañado a una mujer…

¿Cómo se supone que te engañe a ti cuando…

? —No termina la oración. Su mirada torturada se posa en mí y su mandíbula se aprieta.

—Cuando, ¿qué? —digo en susurro tembloroso.

—Cuando te quiero como lo hago —dice, finalmente—. ¿Cómo se supone que te engañe a ti, cuando eres lo único bueno que hay ahora mismo en mi vida?... Maya, no lo hice. No pude haberlo hecho. No cuando te tengo a ti.

—¿Cómo se supone que te crea? —Estoy a punto de quebrarme. Estoy a punto de llorar de nuevo y me odio por eso—. ¿Cómo se supone que confíe en ti?

—Solo hazlo, Maya. —Se acerca de nuevo, pero esta vez no me atrevo a hacer ningún movimiento.

—¿Tú lo harías? —Apenas puedo hablar—. Imagina que me encuentras medio desnuda con un chico. ¿Me creerías si te dijera que nada pasó? ¿Confiarías en mí?

Un destello dolido se apodera de sus facciones.

—¿Qué tengo que hacer para que me des el beneficio de la duda? —Se acerca otro poco y tengo que alzar la cabeza para mirarlo a los ojos.

—No me hagas esto… —suplico, en un susurro tembloroso—, por favor… Ya no puedo más.

—Maya… —De pronto, todo el autocontrol se esfuma.

Sus manos ahuecan mis mejillas y su frente se une a la mía.

Su aliento caliente golpea mi boca, y suplica—: Maya, por favor, confía en mí.

Eres… Eres la única capaz de alejar la oscuridad.

Eres la única que puede liberarme de la Bestia.

No me dejes solo con ella, por favor, niña mía. Por favor…

—Harry… —La voz me sale en un gemido torturado.

—Haré lo que sea, Maya. Lo que sea. Por favor…

—No puedo, Harry.

—No lo hice —susurra, torturado—. No lo hice. No soy así. Nunca he sido así. ¿Por qué habría de cambiar ahora?

Cierro los ojos, en un intento desesperado por mantener el llanto dentro de mi sistema y trago para apaciguar el ardor de la garganta.

—Ella… —comienzo y un par de lágrimas traicioneras se deslizan por mis mejillas y comienzo a balbucear con incoherencia—. Ella dijo que… Ella…

—Pasaba el rato con ella, Maya —me interrumpe, con aire angustiado—.

Antes de conocerte, ella era mi distracción.

¿La vez que pagaste la pizza?, ella fue quien habló y dijo que cobraba por hora solo para hacerme quedar mal.

—Niega con la cabeza—. Nunca significó nada y, cuando tú apareciste en mi vida, dejé de buscarla.

—Traga duro—. Le hablé de ti en medio de mi borrachera.

Lo recuerdo. Le hablé de ti… —La desesperación se filtra en sus facciones.

Sus manos tiemblan y su mirada está llena de lágrimas—.

¿Qué crees que debió pensar cuando vio a una chiquilla dulce en mi apartamento?

Dio por sentado que se trataba de ti, Maya, y se aprovechó de la situación para dejarme en mal, Maya. Por favor, créeme…

Quiero confiar en él. Quiero creer en sus palabras y fundirme entre sus brazos, pero no puedo, simplemente, creerle. No cuando no tengo una prueba contundente. No cuando lo único que tengo es su palabra.

La confianza tarda mucho tiempo en ser ganada, y puede perderse en menos de lo que dura un parpadeo. Sin confianza, no hay nada… Y ya no sé si confío en Harry.

—No, Harry —medio sollozo—. No puedo más. Ya no. Fue suficiente.

—No… —suplica—. Por favor.

—Harry, suéltame… —ordeno, pero no hago nada por apartarme de él.

—No… —Sus labios besan la comisura de mi boca—. No, Maya. No… —Entonces, me besa con fuerza.

Su lengua busca la mía sin pedir permiso. La desesperación de su beso, me deja sin aliento. Una parte de mí desea apartarlo y gritar que es un idiota y un imbécil; pero otra, la que está terriblemente enamorada de él, solo desea olvidarlo todo y fundirse en sus labios.

De pronto, las palabras de la chica retumban en lo más profundo de mi cerebro y rompo el contacto con brusquedad. No puedo hacer esto. No puedo dejar que me vea la cara de idiota. No puedo confiar en él ahora mismo.

Doy un paso hacia atrás y luego otro. Él trata de besarme de nuevo, pero muevo el rostro y entierro las uñas en la carne de sus muñecas mientras aparto sus manos de mi cara.

Me obligo a mirarlo a los ojos. Verdadero dolor surca sus facciones, pero no dice nada. Se limita a mirarme de vuelta.

—No puedes pretender que puedes arreglarlo todo de esta manera —digo, con un hilo de voz.

—¿Entonces, cómo?... Dime cómo y lo hago, Maya.

—Tengo que irme —susurro, y evado su pregunta.

—Maya, dime cómo…

—Harry, por favor, apártate —suplico—. Déjame ir.

—Maya…

—Por favor —lo atajo.

—¿Es eso lo que realmente quieres? ¿Que te deje ir? —La tortura en su voz me quiebra de formas inimaginables.

«¡No!».

—Sí.

Harry no luce conforme con mi respuesta, pero asiente con dureza.

Le toma unos instantes apartarse de la puerta. A mí me toma otro momento armarme de valor y volver a tomar las bolsas plásticas.

Entonces, le echo una última mirada.

Cientos de emociones surcan su rostro, y la súplica en su expresión me estruja todo por dentro, pero no dejo que eso me detenga. No dejo que eso me impida desviar la mirada y echarme a andar fuera del departamento.