Bestia (Bestia nº 1) Capítulo 25 #2
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Capítulo 25 #2

—Maya, las cosas no son lo que tú crees. Ella… —Da un paso en mi dirección.

—Solo… —lo interrumpo—. Cállate.

—Maya, déjame explicarte…

—¿Va a ser una explicación o una justificación? Porque si es una explicación, tiene que ser una muy buena, Harry. Si solo vas a intentar justificar algo que pasó, entonces no vale la pena. —Me sorprende la firmeza con la que hablo.

De pronto, parece como si hubiese sido golpeado por un tractor demoledor. La vacilación y la vergüenza en su expresión es tan impresionante que, por unos instantes, me permito saborear esa pequeña victoria.

—Las cosas no son como crees, Maya. Mi jefe estuvo en casa. —Habla, con aire ansioso y tenso. Una risa cargada de amargura brota de mis labios, pero a él no parece importarle, ya que continúa—: Se cerró un negocio importante y todo el equipo estaba ahí. Llevaron alcohol y drogas y…

—¿Prostitutas? —termino por él. La amargura se filtra en mi voz.

—No eran prostitutas. —Luce avergonzado, pero no aparta la vista de la mía—. Son las chicas de Rodríguez. —Debe ver un atisbo de confusión en mi rostro, ya que aclara—: Rodríguez es mi jefe… —Sacude la cabeza—. Lo que trato de decir, es que bebimos… No… Bebí demasiado y…

—¡No te atrevas a utilizar ese maldito recurso! —espeto, interrumpiéndolo. Mi voz suena más aguda que nunca, pero es inevitable. El enojo aumenta con cada palabra que pronuncia.

—¡Es la maldita verdad, Maya! —exclama, con exasperación—. ¿Prefieres que te mienta?

—¡Prefiero que me dejes en paz! —refuto—. ¡No me interesa saber qué fue lo que hiciste con ella, Harry! ¡Solo cállate!, ¡Cállate y ten un poco de vergüenza!

—¡Maya, yo no quise…!

—¡Oh, vete al diablo! —La rabia es cegadora.

No puedo pensar con claridad. No puedo detener el torrente de palabras que brota de mis labios—.

¡Pasé la noche entera preocupada por ti!

—No me importa que haya gente mirándonos llegados a este punto—; rogándole a Dios que todo estuviera bien mientras que tú bebías y te divertías con gente que ni siquiera te conviene.

¿Tienes idea de cuán jodido es eso? —Una carcajada carente de humor se me escapa y el veneno tiñe mi voz cuando digo—: Cuando dijiste que no querías ponerle un nombre a lo nuestro, creí que era porque realmente sentías algo grande por mí.

Ahora es claro que solo lo hacías para tener la libertad de meterte con cuanta mujer quisieras sin tener que rendirme cuentas de nada.

—El dolor forma un agujero en mi pecho y me cuesta continuar hablando sin sonar como si estuviese a punto de quebrarme—.

Estoy harta de que todo el mundo crea que puede lastimarme y que voy a ser lo suficientemente estúpida como para perdonar todo lo que me hacen.

Así que vete a la mierda, Harry Stevens.

Vete a la jodida mierda. No voy a dejar que trates de verme la cara de idiota.

—¿Estás escuchándote? —Harry iguala mi tono de voz enojado e indignado—. Te he demostrado una y mil veces cuán loco estoy por ti, Maya. Cuánto me importas. ¡Maldita sea! ¿Qué demonios tengo qué hacer para que lo veas?

El pecho me duele. Se siente como si todo estuviese cayéndose a pedazos a mi alrededor. Se siente como si el mundo volviera a apuñalarme por la espalda.

—¿Estuviste con ella? —La pregunta suena angustiada, arrebatada y dolorosa. Ni siquiera sé porque lo pregunto si no quiero saberlo.

Su boca se abre para responder, pero parece pensarlo mejor, ya que la cierra de golpe. Sus puños se aprietan, pero no aparta su mirada de la mía. Entonces, traga duro.

—No lo recuerdo.

Algo parece romperse dentro de mí. Algo ha dejado de funcionar de manera correcta y lo único que puedo hacer, es mirar al hombre que tengo enfrente.

Ese que ha cuidado de mí desde hace unos meses; que me abraza por las noches y acalla todos los miedos. Ese que susurra cosas dulces en mi oído y me protege de todo… Ese que ahora es un completo extraño para mí.

Me niego a creer que haya sido capaz de hacer algo así.

Sé que no tengo derecho alguno de reclamar nada porque Harry y yo nunca fuimos algo.

Me conformé con lo que me ofrecía y nunca pedí más porque siempre me he sentido tan poca cosa, que creí que eso era más de lo que alguien debía darme.

La culpa también es mía por conformarme con medias tintas; con lo que él me ofrecía…

—Vas a terminar conmigo… —Harry pronuncia, al cabo de unos minutos de absoluto silencio. No es una pregunta; es una afirmación.

—No, Harry. —Apenas puedo hablar—. No puedo terminar algo que nunca empezó.

Su máscara de serenidad se rompe en ese momento. La tristeza se apodera de sus facciones, pero no dice nada. Se limita a mirarme a los ojos.

—¿Puedo pedirte un favor? —Trato de sostenerle la mirada mientras hablo, pero las lágrimas apenas me dejan ver. Él asiente, sin pronunciar palabra alguna—. No le digas a nadie sobre… —Me quedo sin aliento. No puedo decirlo en voz alta, así que me limito a insinuarlo—: Sobre lo que me hacía mi papá.

—Maya… —Su ceño se frunce con enojo e indignación.

—Por favor. No se lo digas a nadie —suplico. Tomo una inspiración profunda y cierro los ojos; entonces, añado—: Me quedaré con Kim.

El dolor atraviesa su mirada.

—De acuerdo. —Su voz suena ronca y pastosa.

—Iré por mis cosas mañana.

—Bien. —Su voz tiembla ligeramente.

—Gracias por todo, Harry. —Es mi voz la que se quiebra ahora.

—Maya, por favor, no me hagas esto… —La súplica en el tono de su voz, me destroza una y otra vez—. Por favor, por favor, por favor…

Da un paso en mi dirección, pero no me atrevo a moverme. Se acerca otro paso más y envuelve su mano en mi muñeca, pero no hay nada de fuerza en su agarre. Se siente más como una caricia que otra cosa y el mero contacto me envía al borde de la locura.

La parte consciente de mi cerebro grita que debo alejarlo; que debo apartarme y pedirle que no vuelva a acercarse a mí, pero no puedo hacerlo. Es como si mi cuerpo tuviese voluntad propia y no escuchara a las demandas de mi cabeza.

—Por favor… —La súplica susurrada me deja sin aliento—. Por favor, no te vayas.

La mano libre de Harry me roza la barbilla, y me quedo quieta, mientras absorbo su toque. Me obliga a alzar la cara, de modo que soy capaz de ver sus ojos esmeraldas.

El dolor en su expresión me quiebra. Una parte de mí, desea escuchar lo que tiene que decir, y creerle; quiere cerrar los ojos y creer ciegamente en que no sucedió nada entre esa mujer y él, pero sé que no es así de sencillo.

No puede asegurarme que nada pasó entre ellos, y la única pregunta que queda en mi cabeza es la más tortuosa de todas…

—¿Por qué?

Lo que realmente quiero preguntar es: ¿Es por lo que me hicieron? ¿Es porque no puedo darte lo que ella te dio? ¿Es porque te cansaste de esperar por mí?...

—Por qué, ¿qué, Maya? —susurra.

—¿Por qué lo hiciste? —sueno miserable, pero a estas alturas me importa una mierda—. Lo arruinaste todo.

—Maya… —Hay verdadero dolor en su voz—. Maya, perdóname. Perdóname. Por favor… —Su nariz roza la mía y su aliento caliente me golpea la boca de lleno—. Perdóname por arruinarlo. Por favor, no te vayas. Por favor, no me dejes. Por favor, Maya…

Un nudo de sentimientos se acumula en mi garganta.

—Déjame ir —suplico, pero no me muevo.

Su mano se desliza hasta que nuestros dedos se entrelazan y los aprieta con fuerza, pero no duele. Nada duele tanto como la opresión que siento dentro del pecho.

—Maya, no.

—Déjame ir, Harry —susurro—. Por favor, suéltame.

La reticencia a alejarse es tan grande, que no se mueve en lo que parece ser una eternidad, pero, finalmente, da un paso lejos y suelta mi mano con lentitud.

—Dijiste que no te irías. —El reproche es tímido y suplicante.

—Dijiste que nunca me harías daño —respondo, con el mismo tono de voz.

Entonces, la armadura cae. La mirada aterrorizada de Harry me deja sin aliento. Toda mi carne se pone de gallina al mirar cuán asustado luce. Toda la vulnerabilidad aparece en su lenguaje corporal y, de pronto, me encuentro de pie frente al chico lleno de complejos e inseguridades.

No hay más máscaras, ni dureza, ni violencia. La Bestia se ha ido y estoy delante de Harry, el chico asustado que no sabe qué hacer. Sin embargo, es tarde. Ya no hay marcha atrás. Cuando la confianza falta, ya no hay nada que hacer.

—No me sigas más, Harry —digo, con la voz enronquecida, y doy un paso lejos. Entonces, doy otro y, luego, uno más.

Lo miro una última vez y me permito absorber sus facciones antes de girar sobre mi eje y empezar a caminar hacia el restaurante.