Capítulo 24 #2
No me atrevo a romper con el silencio que domina la estancia, así que, con cuidado, cierro la puerta detrás de mí y avanzo hasta la sala.
Hay latas vacías de cerveza regadas por todos lados.
La basura de un cenicero volcado tiñe la alfombra de polvo gris, el aluminio de los envoltorios de condones brilla con la luz que se filtra por la ventana y pequeños fragmentos de vidrio están regados sobre la mesa de centro.
Hay tres personas dormidas en la estancia.
Dos chicos y una chica. Ninguno de ellos es Harry y me siento aliviada por eso.
No se necesita tener más de dos neuronas para deducir qué era lo que hacían.
Ella está completamente desnuda, mientras que los dos chicos a su lado tienen los pantalones abajo.
Trato de ignorar la imagen y avanzo en silencio hasta llegar al pasillo.
Hay otro chico tumbado en el suelo alfombrado, pero también está dormido.
Tengo que abrir las piernas en una zancada grande para pasar sobre su cuerpo sin pisar ninguna de sus extremidades.
Entonces, continúo mi camino hacia la habitación de Harry.
Echo un vistazo al estrecho corredor y me pregunto qué ocurrió aquí anoche, antes de poner toda mi atención en la puerta de la habitación principal.
En el instante en el que pongo un pie dentro de la pieza, me arrepiento de haber venido.
Harry está recostado sobre la cama, completamente dormido.
La mitad superior de su cuerpo está desnuda y mis ojos viajan de inmediato a la tinta que tiñe su piel.
Sus labios rosados están entreabiertos y sus ojos cerrados.
Toda la habitación huele a alcohol y cigarrillos, y una oleada de enojo me invade de pronto.
Mientras yo rezaba por su bienestar, él bebía su peso en alcohol. Mientras yo moría de la angustia, él se divertía y la pasaba bien con todas estas personas.
Me siento más estúpida que nunca. Me siento…
—¿Disculpa? —La voz femenina a mis espaldas me hiela la sangre—. ¿Quién demonios eres tú?
Me giro sobre los talones con brusquedad y me congelo cuando miro a la dueña de la voz.
Se encuentra de pie en la puerta del baño de la habitación y me observa con detenimiento.
No me impresiona su cabello rubio y largo.
Tampoco lo hacen sus ojos azules, ni su piel trigueña.
Ni siquiera me impresiona lo bonito y esbelto que es su cuerpo.
Lo que hace que me sienta como una perdedora, es la camisa que lleva puesta.
Conozco esa prenda. La he visto antes. Muchas veces… En el torso de Harry.
Una de sus perfectas cejas es arqueada en mi dirección. Me recorre de pies a cabeza con la mirada, y reprime una sonrisa burlona.
—¿Se te perdió algo, Bambi? —El apodo suena despectivo y cruel, pero no puedo reaccionar. No puedo mover un maldito músculo de mi cuerpo.
—Yo… —balbuceo—. Solo… —Mis ojos se cierran con fuerza y digo lo primero que me viene a la mente—: Soy la persona que hace el aseo, pero creo que volveré en otro momento. Con permiso.
Me precipito hacia la salida.
—¡Oye! —Su voz me detiene.
Me detengo en seco y vuelco la atención hacia ella.
—¿Sabes de quién es esto? —Levanta una de mis austeras bragas de algodón. La humillación cala y escuece con violencia. «¿Hurgó entre mis cosas? ¿Hurgó entre las cosas de Harry?»—. Parece la ropa interior de mi hermana pequeña. —Se burla, y la vergüenza incrementa otro poco.
—No tengo idea de quién sea—respondo, con toda la frialdad que puedo imprimir—. Seguramente, son de la que estuvo aquí antes que tú.
La mueca burlona de la chica se transforma en una indignada y dolida, y la pequeña victoria me sabe agridulce.
Mis ojos se posan una fracción de segundo en el hombre dormido en la cama y me siento nauseabunda. No quiero pensar en las cosas que pudieron o no pasar entre ellos anoche.
—Como sea. —Ella encoge un hombro—. Sea quien haya sido, ya no está. Yo soy su recurrente, ¿sabes? —Una sonrisa inocente la asalta—. Anoche la pasamos tan bien.
—No lo dudo. —Le regalo una sonrisa tensa—. Como sea, debo irme.
—Le diré que viniste. —Me guiña un ojo y, sin decir una palabra más, me obligo a salir de la habitación.
Avanzo lo más rápido que puedo entre el desastre y salgo del apartamento mientras lucho contra la repulsión que siento hacia Harry.
Las lágrimas me inundan los ojos, pero no quiero llorar. No voy a llorar. Ya no más.
Bajo las escaleras lo más rápido que puedo y me detengo en seco al salir del edificio.
El aire helado de la mañana me golpea el rostro, y agradezco la sensación refrescante.
El nudo en mi garganta es insoportable, pero compacto todas las emociones en una caja que coloco al fondo de mi cerebro, donde toda la mierda del pasado se encuentra alojada.
Si lloro, la chica del departamento gana y no voy a permitir que suceda de ese modo.
A pesar de mi renuencia a seguir pensando en eso, de pronto, cientos de escenarios aparecen en mi cabeza. Me enferma la idea de lo que pudo haber pasado entre esa chica y Harry. Me asquea imaginarlo y me desespera no saberlo.
Harry dijo que el hombre para el que trabajaba estaba ahí, pero ahora dudo que sea cierto. Quizás se dio cuenta de que la chica había venido y no quería que me diera cuenta. Quizás el coche era de ella y Harry solo mintió para no tener que darme explicaciones.
La tristeza y el dolor, van transformándose poco a poco en algo más poderoso y oscuro. Entonces, la ira, el rencor y el resentimiento se arremolinan dentro de mi pecho como el peor de los venenos. Como el más corrosivo de los ácidos.
«¡Estúpida, estúpida, mil veces estúpida!». Grita la voz en mi cabeza. «¡Te jugó el maldito dedo en la boca!».
No sé qué pensar. No sé cómo sentirme. Me rehúso a aceptar que Harry mintió. Me rehúso a creer que fue capaz de estar con otra chica después de haberse comportado como lo hizo conmigo, pero sus palabras no dejan de taladrarme en el cerebro.
«Anoche la pasamos tan bien».
Cierro los ojos y tomo una inspiración profunda. Debo pensar con claridad. Debo dejar de lamentarme. Debo poner cuanta distancia sea posible entre Harry Stevens y yo.