Bestia (Bestia nº 1) Capítulo 23 #2
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Capítulo 23 #2

—Ese de ahí —Harry irrumpe el silencio y señala a la montaña más grande—, es el Monte Shasta.

Aun no entiendo por qué le llaman «monte» cuando en realidad es un volcán.

—Una pequeña sonrisa se dibuja en mis labios—.

La vista es increíble y, bueno, este era el lugar a donde solía venir con Jenna cuando todo iba de la mierda.

La enorme montaña señalada está cubierta de nieve, y un halo de neblina la rodea. La imagen es tan hermosa, que me he quedado sin aliento.

—¿Te gusta? —La ansiedad en la voz de Harry me trae de vuelta a la realidad.

Mi atención se vuelca hacia él y sonrío.

—Es hermoso. —Apenas puedo mantener a raya la emoción en mi voz—. La vista es maravillosa y… —Niego con la cabeza, y clavo la mirada en el precioso e indescriptible paisaje frente a mis ojos—. ¡Dios! Ni siquiera puedo describirlo.

La puerta del piloto es abierta y poso mi atención en Harry, quien me guiña un ojo antes de cerrar de un portazo y echarse a andar por el claro.

Rápidamente, bajo del auto y trato de seguirlo. El aire helado me eriza la piel, pero me obligo a andar sin darle importancia al dolor de mis articulaciones.

—¡Harry! —medio grito—. ¡Harry, espera!

Él se detiene y yo avanzo hasta alcanzarlo. Estoy a punto de hacer un comentario respecto a su falta de consideración conmigo, cuando noto el inmenso barranco que hay a pocos metros de distancia de nosotros.

La altura hace que el vértigo se apodere de mi cuerpo e, instintivamente, envuelvo los dedos entumecidos en los de Harry.

Él aprieta mi mano antes de gritar a todo pulmón. Me encojo al escuchar la potencia de su voz y el eco que reverbera en todo el espacio. Entonces, cuando el aire de su pecho se termina, me mira y sonríe.

—Ahora tú.

—¿Qué?

—Es tu turno. —Me alienta—. Grita.

Estoy segura de que luzco confundida hasta la mierda, ya que me guiña un ojo.

—Solo hazlo, Maya —dice.

Poso los ojos en la montaña que se alza en la lejanía, inhalo profundo. Dudo unos segundos, pero no permito que eso me arruine las intenciones y grito con todas mis fuerzas. La garganta me arde y los pulmones me queman debido al frío, pero el grito es tan liberador, que no me importa nada más.

Se siente bien. Se siente como si todo el peso de mis hombros se liberara poco a poco.

Cuando el aire se termina, tomo aire de nuevo y grito aún más fuerte. Grito una y otra vez, hasta que siento la humedad correr por mis mejillas. No puedo respirar. No puedo dejar de llorar. Sin embargo, esta vez, no se siente como si todo estuviese derrumbándose a mi alrededor.

El alivio que siento es tan agobiante, que apenas puedo soportarlo.

Harry tira de mí en su dirección cuando el nudo en mi garganta me impide continuar.

Entonces, sin decir nada, me envuelve entre sus brazos.

Mi cara se hunde en su pecho y sollozo con fuerza.

Aferro los dedos a su camisa y me abrazo a él como si mi vida dependiera de la fuerza con la que lo sostengo.

Ni siquiera sé por qué estoy llorando, pero no puedo parar.

—Estoy aquí contigo, Maya —susurra contra mi cabello—. No voy a dejar que nada malo te suceda. Lo prometo.

Hace un rato que dejé de llorar. De todos modos, los ojos me arden, la garganta me duele y se siente como si me pudiese explotar la cabeza en cualquier momento.

Harry y yo hemos pasado la tarde entera en este lugar.

Me ha abrazado todo el tiempo y he llorado más de lo que me gustaría admitir.

La sensación de alivio y liberación ha comenzado a hacer una pequeña casa en mi pecho y estoy agradecida por eso.

Apenas puedo creer lo bien que se siente llorar de esta manera.

Es como si hubiese arrojado todo el peso de mis hombros por ese barranco.

Como si Harry hubiese arrancado la carga de mi espalda.

—¿Cómo te sientes? —Habla mientras frota sus labios contra mi sien.

—Mejor. —Una pequeña sonrisa se dibuja en mis labios.

Me aparta unos mechones de cabello lejos del rostro y me besa en la punta de la nariz.

—Será mejor que nos vayamos. —Hace una mueca de disculpa—. Se hace tarde y odio tomar la autopista de noche.

—De acuerdo. —Asiento. Él se inclina y me besa antes de entrelazar nuestros dedos y guiar nuestro camino de vuelta a su destartalado auto.

El camino a casa es silencioso y llegamos a la ciudad cuando la noche ya ha caído.

Harry no ha hecho ningún comentario respecto a su aversión por conducir de noche.

A decir verdad, apenas ha hablado desde que emprendimos el camino de regreso.

Con todo y eso, nuestros dedos han estado entrelazados todo el tiempo.

No he podido dejar de pensar en todo lo que ha pasado desde que llegó a mi vida y tampoco puedo dejar de agradecer la forma en la que lo hizo. No dejo de pensar en que, si él no hubiese aparecido, ahora mismo estaría muerta.

—¿En qué piensas? —El sonido de su voz me saca de mis cavilaciones.

Un suspiro entrecortado se me escapa.

—Pienso en cuán afortunada soy de tenerte. —Se detiene en un semáforo y aprovecho para mirarlo—. No sé qué diablos habría sido de mí si no te hubiese conocido. Es como si el cielo te hubiese mandado solo para mí.

Su atención se posa en mí, y noto cómo su mirada se oscurece varios tonos.

—No soy un ángel, Maya —bromea, pero el trasfondo dolido de sus palabras no me pasa desapercibido.

—Tampoco eres una Bestia.

Su mandíbula se aprieta y, por primera vez, noto el horror puro en sus facciones.

—Tengo tanto miedo de que descubras que sí lo soy… —Suena aterrado—. No quiero perderte, Maya. Si te pierdo…

Me quito el cinturón y me arrodillo en el asiento del copiloto para plantar los labios sobre los suyos y hacerlo callar. Él corresponde a mi caricia y une su frente a la mía cuando nos separamos.

—No voy a irme a ningún lado, Harry —prometo.

Él abre la boca para responder, pero la bocina del auto detrás de nosotros, nos hace saltar del susto. Harry maldice y mira hacia el semáforo que se ha puesto en verde antes de arrancar.

Las familiares calles del barrio donde vivimos aparecen en mi campo de visión al cabo de un rato. No puedo esperar a estar en casa para preparar algo de cenar y acurrucarme en la habitación con Harry.

El auto gira en la esquina de la calle donde vivimos, pero se detiene abruptamente a los pocos metros de distancia.

—¿Qué demonios…?

—Oh, mierda… —Las palabras salen de la boca de Harry en un susurro inestable.

—¿Qué pasa? —Frunzo el ceño, pero él ni siquiera me mira. Su vista está clavada en un punto en la calle.

—¿Crees que puedas pasar la noche en casa de tu amiga del trabajo? —Su voz suena más ronca que nunca.

—¿Qué? Sí, pero…

—Bien —me interrumpe—. Voy a llevarte ahí.

—Harry, ¿qué está pasando?

—¿Ves ese auto de ahí? —Hace un gesto hacia uno de los coches aparcados en la calle.

—Sí. ¿Qué tiene que ver eso, Harry? ¿Qué ocurre?

—Ocurre, Maya, que ese es el auto del hombre para el que trabajo.