Capítulo 11 #2
Encontramos un pequeño parque a pocas calles de distancia.
Nos sentamos en los destartalados columpios y nos quedamos en silencio unos instantes.
Kim no parece tener prisa. No me presiona para que hable.
Se limita a quedarse ahí, sentada a mi lado, a la espera de que sea yo quien tome la decisión y la iniciativa de contarle lo que ha pasado.
Rebusco en mi cabeza las palabras exactas para decirle todo, pero no las encuentro.
¿Cómo le dices a alguien que desde hace más de dos semanas no vives en tu casa?
¿Cómo le cuentas que vives con un completo extraño porque tu papá te golpeaba hasta dejarte casi inconsciente?
¿Cómo le cuentas a alguien que ese hombre te arruinó la vida? ...
—Hace dos semanas que no vivo con mi papá —suelto, de pronto. Mi voz suena ronca, pero no hay inestabilidad en ella.
Kim no dice nada, solo me observa.
—Él me… —Bajo la vista a mis manos. Mis dedos están entrelazados sobre mi regazo, así que los aprieto con fuerza en un intento desesperado por aminorar la ansiedad—. Él me golpeaba.
—Lo sospechaba —dice en voz baja y amable.
La confesión de Kim me toma desprevenida, así que vuelco mi atención hacia ella.
Una sonrisa amable y triste se apodera de su boca, pero añade—: No estaba segura, pero tampoco iba a preguntártelo.
No se sentía correcto y no quería que te pusieras en plan defensivo.
Me muerdo la parte interna de la mejilla, y me repito una y otra vez que no debo llorar.
—¿Dónde estás quedándote? —dice.
—Con el vecino de arriba. —Hablo en voz baja.
El ceño de Kim se frunce ligeramente.
—¿Son cercanos?
Una risa sin humor se me escapa.
—Apenas si sé cómo se llama —admito—. Es… un tipo bastante extraño.
—¿Cómo es qué llegaste a parar ahí si ni siquiera lo conoces? —Me mira con horror y alarma. Entonces, se lo cuento… Le cuento cómo lo conocí, cómo me sacó del apartamento y me llevó al suyo aquella noche en la que papá casi me mata.
Le cuento, también, lo del abandono de mi madre. Se lo cuento todo… o al menos, casi todo. No le digo acerca de las violaciones. Me da vergüenza que alguien sepa cuán sucia soy, cuán jodida estoy y cómo rota me encuentro.
Le cuento lo ocurrido hace apenas un rato e, incluso, le cuento acerca del arma que guarda Harry. Ella parece abrumada por toda la información, pero no deja de apretar mis manos cuando parece que estoy a punto de quebrarme.
Una vez que termino de hablar, nos quedamos en silencio unos minutos.
—¿Te gusta? —dice, finalmente. Su pregunta me saca de balance.
—¿Qué?...
—Harry, tu vecino. ¿Te gusta?
—¡Por supuesto que no! —chillo con indignación—. De todos modos, ¿a qué diablos viene eso?
—A que estás aquí, sin encontrar tu lugar en el mundo porque el ángel guardián se ha enojado con su custodia —dice, con suavidad.
—Eso no quiere decir que me guste o que me sienta atraída por él de alguna forma —mascullo, pero siento cómo el rubor se apodera de mi rostro.
—¿Es guapo? —Su sonrisa juguetona aligera el ambiente.
Muerdo mi labio inferior mientras dibujo su rostro en mi cabeza. No me había dado cuenta de cuán atractivo es, pero no tiene caso negarlo ahora que lo he notado.
—Es… —Me aclaro la garganta—. Es guapo, pero…
—Quiero mencionar cómo luce su rostro debido a las cicatrices, pero no lo hago.
Se siente incorrecto mencionarlas. No cuando ahora solo puedo mirarlas como algo natural en él.
Nadie debería darles la importancia que no tienen—.
¡Pero no me gusta! ¡Además, ese no es el punto!
¡No lo conozco! ¿Cómo se supone que debo estar tranquila cuando vivo con un chico que no conozco y que además carga con una pistola a todos lados? ¿Qué si un día trata de hacerme algo?
La expresión traviesa de Kim se desvanece y su gesto pasa de ser divertido a preocupado. Ambas sabemos que hay cosas que no se pueden ignorar y no saber con qué clase de persona lidio, es algo que puede llegar a ser preocupante.
—No puedes seguir en ese lugar, Maya —dice, de pronto—.
Hasta donde sé, ese tipo podría ser un criminal.
Dices que no sabes qué hace, pero que sale en horas indefinidas a la calle sin decir a dónde va; lleva un arma con él todo el tiempo.
En los Estados Unidos es legal tener armas en casa por protección, pero tenerla y llevarla a todos lados son dos cosas diferentes —reflexiona—.
Eso sin mencionar que se altera cuando alguien visualiza un atisbo de su pasado.
¿Qué oculta?, ¿por qué es así de cerrado?
, ¿quién diablos es en realidad?... Quizás ni siquiera te ha dicho su verdadero nombre.
—Niega con la cabeza—. ¿Qué si es un psicópata?
—Nunca me ha hecho daño. —Mi voz suena pequeña y débil, pero la necesidad de defenderlo es más grande que yo. Me niego a creer que Harry sea un delincuente, aunque las probabilidades sean altas.
Nunca lo he visto mencionar nada acerca de un trabajo y, ciertamente, tampoco tiene un horario o una rutina. Sale de pronto sin avisar, le llaman a casa y cuelgan cuando él no responde… Todo es bastante turbio y extraño como para pasarlo por alto.
«¿Quién eres en realidad, Harry Stevens?».
—Habla con él. Tienes derecho a saber qué clase de persona es. —Kim aprieta mis manos en un gesto cálido—. No puedes obligarlo a decirte nada, pero entonces, él tampoco puede obligarte a quedarte si no te sientes bien a su alrededor.
—No tengo a dónde ir —admito, en un susurro desesperado.
La fingida indignación en el rostro de Kim, casi me hace sonreír.
—¿Acaso yo vivo en la calle? —suelta—. Puedes quedarte conmigo, Maya.
Me ofende que ni siquiera hayas considerado recurrir a mí, en primer lugar.
El departamento que comparto con Will no es muy grande, pero estaré más que encantada de alquilarte la habitación que ese monstruo, que dice ser mi novio, ha convertido en un cuarto de juegos.
Si mal no recuerdo, Will es su prometido. Lo he visto un par de veces, pero nunca he entablado ninguna clase de conversación con él. Con todo y eso, luce como un tipo agradable.
—No lo sé. —Hago una mueca indecisa—. No quiero incomodar a tu novio.
Kim rueda los ojos al cielo.
—La drogadicta de su hermana vivió con nosotros más de un año. Me lo debe —dice y sonríe—. Las puertas de nuestra casa están abiertas para ti en el momento que lo desees, Maya.
Una risita nerviosa me asalta, pero me siento aliviada de saber que tengo un lugar a dónde ir ahora que no quiero ver a Harry.
—Hablaré con Harry —digo. Sueno más asustada de lo que espero.
—Hazlo, y, por favor, avísame una vez que lo hagas.
Will y yo podemos ir a recogerte a tu edificio cuando quieras.
Si tu vecino no quiere darte la confianza que necesitas para seguir en convivencia con él, pues que se vaya al infierno —dice y me regala una sonrisa tranquilizadora—.
No te dejes amedrentar por ese tipo. Recuerda que no puede obligarte a quedarte si no quieres.
Charlamos hasta que Kim debe volver al restaurante, pero yo no estoy lista para enfrentar a Harry, así que camino sin rumbo fijo.
Decido perder algo de tiempo en un centro comercial.
Me pruebo ropa que no voy a comprar y dejo que las maquillistas de las tiendas departamentales apliquen en mi cara cremas exfoliantes que pagarían un mes de renta en un apartamento en el edificio que habito.
Cuando me doy cuenta, la noche ya ha comenzado a caer. Las piernas me arden debido al cansancio, pero me obligo a avanzar por las atestadas avenidas en dirección a casa. Tengo hambre y sed, la cabeza no ha dejado de dolerme y no sé qué es lo que voy a encontrarme una vez que llegue a mi destino.
Imagino que encontraré mis cosas afuera de la puerta del apartamento de Harry, o que lo encontraré a él, listo para echarme.
Una vez que estoy cerca, escaneo el lugar con la mirada. Busco la camioneta de Harry. Una parte de mí espera que se haya marchado; pero la visión de su destartalado vehículo hace que mi corazón se hunda un poco. No quiero verlo. No estoy lista para enfrentarlo.
Me tomo mi tiempo al subir las escaleras. Tiemblo debido al miedo y la ansiedad, pero me obligo a continuar. Corro el tramo de escaleras que separa el apartamento donde vive mi papá y el de Harry, y me precipito lo más rápido que puedo hasta la pequeña estancia que hay antes de la puerta.
Me detengo ahí unos instantes antes de tomar una inspiración profunda para armarme de valor y llamar a la puerta. No traje las llaves que él me dio hace unos días. Tampoco sé si me habría atrevido a usarlas para entrar, de todos modos.
La puerta se abre de golpe y me tenso por completo al ver a Harry de pie delante de mí. Luce más imponente que nunca, y quiero echarme a correr al ver su ceño fruncido y su expresión desencajada.
Espero un grito, un reclamo, un: «Recoge tus cosas y vete»; pero, en su lugar, siento cómo sus dedos se envuelven alrededor de mi muñeca y tira de mí en su dirección. Su brazo libre se enrosca sobre mis hombros y suelta mi mano para afianzar su agarre con ambos brazos.
Mi pecho está pegado al suyo, mis pies buscan estabilidad en el suelo, pero apenas si alcanzo a tocarlo ahora que me tiene parada sobre las puntas, su cabello me hace cosquillas en la mejilla y el aliento caliente que emana de su boca me pone la carne de gallina.
Es entonces, cuando la resolución me golpea…
Está abrazándome.