Bestia (Bestia nº 1) Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

Apago la hornilla de la estufa y aferro las manos a la encimera. Quiero gritarle que no es mi problema. Quiero lanzarle la comida caliente a la cara y decirle que, si quiere comer otra cosa, debe conseguir un jodido empleo…, pero no lo hago.

—Es todo lo que hay. No he tenido tiempo de ir al supermercado —digo, en su lugar.

Puedo sentir cómo se acerca, así que me aparto de su camino. Ni siquiera soy capaz de estar en la misma habitación que él.

De pronto, toma el sartén entre sus dedos y lo lanza con fuerza contra el lavaplatos. Chillo al escuchar el impacto brutal y él luce satisfecho.

—¡Dame otra jodida cosa, Maya! —grita. Su mirada desencajada y borracha se posa en mí. Un estremecimiento de miedo e impotencia me recorre por completo, pero la ira es más intensa que cualquier cosa en este momento.

—¡No hay otra cosa! ¡No hay otra maldita cosa en esta casa! —Estallo de vuelta—. ¡Si quieres comer algo más, trabaja! ¡Deja de ser un jodido mantenido! ¡¿No te da vergüenza que tu hija te mantenga?! ¡Me das asco!

Antes de que pueda registrarlo, su mano se estampa contra el lado derecho de mi rostro.

Un grito ahogado me abandona en el momento en el que caigo al suelo, desorientada y aturdida.

De pronto, no puedo escuchar nada en mi oído derecho.

Todo suena lejano y distante; como si estuviese metida dentro de una tina con agua.

Un tirón en el cabello me hace alzar la cabeza con brusquedad y me encuentro mirando el rostro desencajado del hombre que dice ser mi papá.

Nada me importa ahora mismo. Ya no puede hacer nada para lastimarme más. Me ha arruinado por completo y estoy furiosa. Estoy tan molesta que, sin más, le escupo en la cara.

Él se limpia con su mano libre y contempla el resultado de mi arranque de valentía, antes de conectar el puño contra mi nariz.

El dolor es cegador. Es tan intenso, que apenas puedo soportarlo. Puntos oscuros oscilan en mi campo de visión y todo mi mundo se tambalea. Voy a desmayarme y no voy a poder hacer nada para evitarlo. He cruzado la línea. Va a matarme.

La sangre brota a borbotones de mis fosas nasales, pero a él no le importa. Conecta su puño una vez más y, esta vez, siento cómo mi mandíbula cruje con el impacto. El sabor de la sangre me inunda la boca y quiero vomitar.

Un grito se construye en mi garganta y, sin más, lo libero. Grito con todas mis fuerzas porque es más fácil hacerlo que absorber el dolor insoportable.

—¡Cállate, maldita perra! —escupe y me suelta.

Por un instante, por un glorioso e ingenuo segundo, creo que todo ha terminado, pero no es así.

Justo cuando su pie conecta con mi estómago, vuelvo a gritar. No sé de dónde he sacado el aire y la fuerza para hacerlo. Puedo jurar que algo dentro de mí ha estallado por el impacto.

«¡Va a matarte! ¡Va a matarte! ¡Va a matarte!...», grito para mis adentros y el pánico se apodera de mis entrañas.

Estoy rogándole que se detenga. Estoy suplicando que pare, pero no me escucha. No se detiene. No deja de golpearme.

No soy capaz de percatarme de nada. Por un segundo, creo que estoy tan adolorida, que ya ni siquiera soy capaz de sentir; pero la realidad es otra…

Me toma unos instantes enfocar la vista, pero cuando lo hago, la visión es más aterradora que nunca. Un chico me da la espalda y golpea al hombre que estaba moliéndome a puños.

«¡Harry!».

Un sollozo se me escapa. Estoy agradecida y avergonzada. Quiero que toda esta pesadilla termine de una vez. Quiero llegar al frasco de pastillas en mi gaveta y terminar con todo.

—¡¿Por qué no te pones con alguien de tu tamaño, pedazo de mierda?! —El gruñido de Harry me llega a los oídos y quiero gritar de la frustración.

Trato de incorporarme, pero el dolor apenas me permite sostener mi peso con los antebrazos.

—¡Harry! —gimo. Mi voz suena ronca, pastosa y temblorosa—. ¡Harry, d-detente!

Apenas puedo mirar a través de la hinchazón de mi ojo derecho, pero eso no me impide darme cuenta de cómo Harry se aleja del cuerpo inmóvil de mi papá. El chico de las cicatrices luce salvaje e imponente, a pesar de que está dándome la espalda. Todo su cuerpo irradia violencia y peligro.

Por un segundo, creo que va a detenerse. Por un doloroso instante, creo que va a dejar de golpear a mi padre; pero la realidad es otra. Es más oscura de lo que puedo siquiera imaginar.

Harry se lleva una mano hasta la cinturilla de los vaqueros, y saca una pistola. Puedo jurar que toda la sangre se drena de mi cuerpo en ese momento.

«¡Tiene un arma! ¡Dios mío, tiene una jodida arma!».

Apunta el cañón de la pistola hacia el hombre tirado en el suelo y quiero gritar. Quiero cubrirme la cara. Quiero que todo esto sea una maldita pesadilla.

—¡Harry, no! —grito, con desesperación.

Algo parece haberse accionado dentro de él, ya que el agarre que tiene en la pistola, vacila. El terror se arremolina dentro de mi pecho solo porque no sé quién es el chico que tengo delante de mí. No sé de dónde viene o por qué tiene un arma; pero, ciertamente, tampoco quiero averiguarlo.

De pronto, no sé a quién le tengo más miedo, si al hombre que trata de cuidar de mí o al que me golpeó con brutalidad.

La mirada de Harry se vuelca en mi dirección y soy capaz de notar cómo el verde de sus ojos se ha oscurecido varios tonos.

Su ceño está fruncido en un gesto furioso y asqueado; los músculos de sus brazos están tensos; su mandíbula está tan apretada, que temo que vaya a hacerse daño, y las cicatrices le dan un aspecto aterrador.

No puedo dejar de compararlo con un animal enjaulado… con una Bestia.

—Harry, no —suplico entre sollozos—. Por favor, no.

Un destello del chico amable que me acompañó a casa ayer por la noche se vislumbra entre las capas de ira que lo envuelven, y trato de aferrarme a eso. Trato de recordarme a mí misma que, para bien o para mal, este chico está defendiéndome.

Él mira hacia el hombre tirado a sus pies, después de unos instantes de vacilación.

—No vas a ponerle un jodido dedo encima, hijo de perra, o juro que te mato —sisea.

La respuesta de mi papá es un gemido adolorido, a manera de asentimiento, pero no es hasta que Harry guarda el arma, que me tranquilizo.

El chico avanza en mi dirección al cabo de unos segundos y, por acto reflejo, le rehúyo un poco.

«¿Quién demonios es este sujeto? ¿Por qué tiene un arma? ¿Iba a matar a una persona sin contemplaciones?».

Su expresión sigue siendo dura y violenta, pero la calidez con la que aleja el cabello enmarañado lejos de mi rostro destrozado, me toma por sorpresa.

—Voy a sacarte de aquí. —Me sobrecoge el tono dulce que hay en su voz—. No voy a dejar que te haga más daño.

Entonces, envuelve uno de sus brazos debajo de mis piernas, mientras que me sostiene por la espalda con el otro. Trato de librarme de su agarre, pero el dolor es intolerable. Cualquier movimiento me envía al borde de la inconsciencia.

Harry levanta mi peso con lentitud y gimo de dolor. Él masculla una disculpa, pero eso no impide que comience a avanzar en dirección a la puerta.

No he dejado de protestar y de pedirle que me baje, pero no parece escucharme. Se limita a salir del apartamento y bajar las escaleras conmigo entre sus brazos.

De pronto, el frío de la noche me envuelve por completo. Estamos fuera del edificio, así que pego mi cuerpo a su pecho cálido y firme. El aroma a loción, desodorante y crema de afeitar me inunda las fosas nasales, y me encuentro deseando estar más cerca.

Los ojos se me cierran mientras lo escucho gruñir y forcejear con algo, pero no es hasta unos minutos después, que me deposita sobre el cuero del asiento de un coche.

El cinturón de seguridad es colocado sobre mi cuerpo con mucho cuidado y, una vez que se cerciora de que estoy lista para el viaje, se precipita hacia el lado del conductor.

Entonces, hace rugir el motor del vehículo y conduce por las calles vacías de la ciudad. Las farolas del camino iluminan su rostro y lo contemplo en medio de la bruma de la semiinconsciencia.

No sé si luce como un ángel o como un monstruo.

Quizás, un ángel vino en forma de bestia. Y quizás…, solo quizás, vino a salvarme.