Capítulo 3 #2
—Oh… —digo, porque no sé qué otra cosa puedo hacer. La humillación pica debajo de mi piel, pero me las arreglo para disimularla un poco—. Entonces te veré por aquí. —Le regalo una sonrisa tensa y añado—: Buenas noches.
Me giro y avanzo hasta la puerta del apartamento.
—Quizás pueda pasar por ti alguna vez. —Escucho su voz a mis espaldas.
Me vuelco en su dirección y lo miro, incrédula.
Él luce incómodo y nervioso; un claro contraste con el tipo duro e intimidante que suele ser.
Entonces, muerde su labio inferior y agrega—: Si estoy cerca y a ti te parece bien, claro está.
No es bueno que estés en la calle tan tarde, puede ocurrirte algo.
Mi corazón da un vuelco furioso antes de comenzar a latir a una velocidad alarmante. La emoción hace que mis manos tiemblen ligeramente, pero me obligo a mantener mi expresión en blanco.
—Eso estaría bien. —Mi voz suena inestable y tímida.
—Puedes darme tu teléfono y…
—No tengo uno. —Lo interrumpo. Hace meses que vendí mi teléfono para pagar la renta.
Luce como si hubiese sido golpeado en el estómago. Entonces, la resolución llega a mí; él cree que no quiero darle mi número, cuando en realidad no tengo un número que darle.
—Oh… —dice, y de pronto, toda la calidez se ha ido de su rostro y su expresión se vuelve seria y cautelosa—. Supongo que no podrá ser, entonces. Nos vemos por ahí, Maya.
—¡Oye, no! —Exclamo cuando él empieza a subir el siguiente tramo de escaleras—, ¡Harry, no tengo un teléfono!
Él sigue andando. No parece inmutarse en lo absoluto, así que subo detrás de él a toda velocidad. Aferro mis dedos en el borde de su chaqueta de piel y tiro de ella con toda la fuerza que puedo. Él se tambalea hacia atrás, pero recupera el equilibro antes de encararme.
Su entrecejo está fruncido en una expresión hostil y enojada, pero no dice nada. La humillación de lo que estoy a punto de decir hace que un nudo se instale en mi garganta.
—No tenía diez dólares para comprar una cerveza la otra noche —digo, en un susurro entrecortado—. Acabo de salir de trabajar porque hago horas extras todo el tiempo. ¿De verdad crees que tengo los medios para pagar un teléfono?
Su expresión se suaviza casi de inmediato. Me da la impresión de que no está acostumbrado a aventurarse tanto con alguien. No me sorprende que sea una persona cerrada y hostil todo el tiempo. Esas cicatrices deben de haberle causado muchas burlas en el pasado.
—No entiendo por qué me dices esto. —Suena a la defensiva, pero comprendo su postura a la perfección.
—Porque creíste que no quería darte mi número y no es así. Te juro que, si tuviese uno…
—Yo no creí nada —me interrumpe. Una risa amarga lo asalta—. No seas desubicada, niña. Ni siquiera eres mi tipo. Sea lo que sea que esté pasando por tu cabeza, sácalo de inmediato. No me interesas. Te presté dinero una vez y te acompañé a casa porque me quedaba de paso, pero eso es todo.
Sus palabras me hieren más de lo que espero. Es como recibir un golpe inesperado en la cara. El coraje y la vergüenza se mezclan en mi interior, y quiero salir corriendo.
—Yo no dije que pensaba que estabas interesado en mí —siseo, pero sueno dolida—. Y para que lo sepas, no necesito que seas amable conmigo nunca más.
Sin esperar respuesta alguna, bajo las escaleras y me precipito hasta mi departamento.
Quiero escabullirme hasta mi habitación y tragarme toda la decepción que me invade. Quiero cavar un pozo en la tierra y arrastrarme hasta él para no salir jamás.
«Ni siquiera alguien como él se fijaría en ti…», susurra la voz en mi cabeza, pero trato de lanzarla a lo más profundo del cerebro.
Trato de ser silenciosa mientras paso por la sala. Mi papá está recostado en uno de los sillones mirando el televisor, pero no parece inmutarse por mi presencia. Estoy a punto de llegar a mi habitación, cuando el aroma a alcohol me golpea de pronto.
Apenas tengo tiempo para girarme cuando tira de mi cabello y me deja caer contra el suelo. Abro la boca en un grito silencioso en el momento en el que mi cara golpea contra la alfombra.
«Por favor, solo golpéame. Por favor, solo golpéame. Por favor, solo golpéame…».
Pero no lo hace.
Todo mi cuerpo se estremece por los sollozos silenciosos que me brotan de la garganta, pero ya ni siquiera soy capaz de defenderme. Si trato de hacerlo, las cosas irán peor.
Intento recordar la letra de la canción que mi madre me cantaba para dormir cuando era pequeña, mientras él fuerza la falda del uniforme y tira de la ropa interior.
Trato de perderme entre los recuerdos de mis momentos felices; pero en el instante en el que entra en mí, me vuelvo consciente de todo.
Duele, pero ya no grito. Duele, pero ya no trato de defenderme. Hace mucho tiempo que perdí las fuerzas para rehusarme a todo esto.
«Morir sería más fácil. Sería mejor que seguir viviendo de esta manera».
Cuando todo termina, se levanta y se encamina hasta el sillón una vez más, como si nada hubiese ocurrido.
Yo arrastro todas mis piezas hasta el cuarto de baño y abro la regadera.
No me importa entrar en ella sin quitarme la ropa.
Una vez que el agua helada ha adormecido todos mis músculos, me desnudo y restriego mi cuerpo hasta que la piel me arde y la sangre empieza a salir en algunas partes.
Me envuelvo en una toalla y vomito debido a la repulsión que siento hacia mí misma y, luego, corro a mi habitación. Una vez ahí, rebusco dentro de uno de los cajones donde guardo mis pertenencias. El frasco de pastillas para dormir está ahí, esperándome como el mejor de los aliados.
Con manos temblorosas, lo abro y vacío todo el contenido en una de mis palmas. Contemplo las píldoras durante un momento antes de acercarlas a mi boca.
No tengo el valor de hacerlo.
No tengo el valor de acabar con todo.
«¡Cobarde!», grita la voz dentro de mi cabeza. «¡Eres una jodida cobarde! ¡Termina con esto de una maldita vez!».
Pero no lo hago. No puedo…
Regreso el contenido al frasco y solo dejo una en mi mano. Me pongo la píldora dentro de la boca y la trago. Entonces, me acurruco entre las sábanas, y espero hasta que la droga haga efecto, para así tener unas horas de sueño.