Besos Robados Capítulo Treinta y Tres
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Capítulo Treinta y Tres

HANNAH

CUATRO MESES DESPUÉS

—¿Estás seguro de que quieres hacer esto? —le pregunté a Chase—. Si aquí tenemos gente de sobra.

—Hannah, quiero hacerlo.

Era el día del trasplante anual. Mi madre, Blair y Josh estaban allí, y la señora Adams no podía estar más agradecida por la ayuda; ya lo tenía todo preparado en el invernadero. Jeremy, Duncan y Susan también estaban al caer.

Seguía sin creerme que a Chase le hiciera tanta ilusión aquello.

—¿Quieres que entremos a ver cómo va todo antes de empezar? —preguntó Chase.

Mi madre y Blair estaban en la cocina del hostal, tomándose un café. Duncan, Jeremy y Susan aún no habían llegado.

—Claro.

La señora Adams nos había asegurado que se había encargado de todo, pero sospechaba que Chase solo buscaba una excusa para pasar un rato a solas conmigo.

En los últimos tiempos, no paraba de maquinar planes para conseguirlo.

En la oficina nos comportábamos de la forma más profesional posible, pero en cuanto salíamos, se acababan las reglas.

Pasábamos mucho tiempo en el hostal, sobre todo porque las obras ya estaban en marcha. Chase aún no había conseguido convencerme de que aceptara su inversión para el hostal, pero yo no había descartado del todo la posibilidad de que hiciéramos negocios juntos en el futuro.

Había ahorrado la cantidad necesaria para cubrir la franquicia del seguro, así que la empresa constructora empezaría a trabajar pronto.

Por supuesto, eso solo servía para reparar los daños causados por la tormenta. El resto de las restauraciones tendrían que esperar un poco, pero estaba segura de que podría volver a abrir las puertas el año siguiente.

Cogí a Chase de la mano y lo llevé desde el porche del hostal hasta el invernadero de la señora Adams. En cuanto entramos, sonreí de oreja a oreja.

—Este es el aroma de la alegría —dije, cerrando los ojos e inhalando profundamente.

Olía a tierra y a vegetación. No sabía por qué aquel lugar me hacía sentir tan feliz. Quizás porque estaba lleno de recuerdos felices, y porque íbamos a crear aún más.

Abrí los ojos y miré a Chase. Tenía la mirada clavada en mí.

—¿Qué? —pregunté.

—Me gusta verte tan feliz.

Sonreí.

—Ya veo. ¿Por eso te esfuerzas en hacerme feliz todos los días?

—Por supuesto, no hay nada que disfrute más.

Sabía muy bien a qué se refería, porque yo sentía exactamente lo mismo por él. Chase se veía feliz y muy relajado, sobre todo desde que habían echado a Cyrus. Ya estaba en manos de la justicia, así que ya no volvería a ser un problema para los Sterling.

Me seguía pareciendo increíble la cantidad de mentiras que algunas personas eran capaces de inventar con tal de hacer daño a los demás. Cyrus se merecía todo lo que le cayera encima.

—Vale, creo que lo mejor será que te explique cómo va esto —dije.

Él no había estado nunca en el invernadero. Era enorme; tanto que en su día yo había barajado la idea de alquilarlo para eventos. La señora Adams tenía todo tipo de cultivos, desde berenjenas, tomates y otras frutas y verduras, hasta aloe vera y orquídeas.

—Estas dos mesas son para trabajar —señalé la de la izquierda, donde había colocado tres ejemplares de aloe vera que habían visto tiempos mejores.

A un lado, también había tres macetas vacías y sacos de tierra.

La segunda mesa tenía una disposición similar, con dos plantas de aloe vera y una pobre orquídea que se había secado.

—Ay, mira esa pobrecita orquídea. Qué pena. Estoy deseando trasplantarla —dije.

Chase me dedicó una sonrisa un tanto triunfal. Eso me pareció curioso… y un poco raro.

—¿Quieres empezar ya? —preguntó.

Jamás habría imaginado que le entusiasmaría tanto la idea de trasplantar plantas, pero no le iba a mirar el diente al caballo regalado. Me encantaba que tuviéramos tantas cosas en común.

—Claro, manos a la obra. —Me puse los guantes y saqué con cuidado la orquídea mientras Chase sujetaba la maceta—. Espero que se pueda salvar, ha salido con demasiada facilidad. —Tan fácil que me hizo pensar que alguien ya la había desenterrado antes.

La dejé sobre la mesa y luego eché un vistazo dentro de la maceta. Había algo más que tierra allí dentro.

—¡Hay una caja! —exclamé. Era un pequeño estuche de joyería de terciopelo. Casi se me cae la orquídea de las manos, pero reaccioné a tiempo y la posé con cuidado en la mesa.

Mi corazón empezó a latir con fuerza mientras Chase sacudía la tierra de la cajita azul oscuro y se arrodillaba. El suelo estaba sucio por la tierra que se había desprendido de la maceta, pero a él no parecía importarle lo más mínimo. Abrió la tapa y me quedé sin palabras.

Tenía delante el anillo de mi madre. Siempre me había encantado esa piedra verde oscuro y las pequeñas gemas blancas que la circundaban.

—Llevaba un tiempo buscando el anillo perfecto en las tiendas. Entonces recordé que te encanta el anillo de compromiso de tu madre.

—¿Te acordabas de todo lo que te conté?

—Jamás olvidaría algo así. Fue en Palm Springs.

—Tienes memoria fotográfica. Incluso te acuerdas de cosas que dije en la boda.

—No, de la boda solo recuerdo lo fundamental: todas las discusiones, el baile, los besos… En fin, la cuestión es que le pedí el anillo a tu madre porque sabía que te haría mucha ilusión.

—Y tanto —murmuré, conteniendo las lágrimas. ¿Cómo podía conocerme tan bien? A veces pensaba que me conocía incluso mejor de lo que me conocía yo misma.

—Así que, con este anillo, quiero pedirte que seas mi esposa.

¿Me harías el honor de ser mi esposa y amarte para siempre?

¿De compartir la vida conmigo? Lo eres todo para mí, Hannah.

Llegaste a mi vida cuando menos lo esperaba y me enseñaste lo que significa confiarle mi felicidad a otra persona, y lo maravilloso que puede llegar a ser. Gracias. ¿Quieres casarte conmigo?

—¡Sí, claro que sí!

Cuando me puso el anillo, me estremecí. Me agarró los dedos mientras se ponía de pie y me besaba con ganas, acorralándome contra la mesa para reafirmar su promesa con un beso lento y profundo.

Al separarse, Chase dijo:

—Hay algo más en la maceta.

Miré dentro y fruncí el ceño:

—Es una llave —afirmé, confundida.

—Sí.

—¿Del invernadero?

—De la casa de la señora Adams.

Lo miré a los ojos, con el corazón latiéndome aún más deprisa que antes.

—He hablado con la señora Adams. Me enteré por un pajarito… —sonrió— de que quería vender su casa. Le dije que estábamos interesados, que queremos formar una familia aquí. —Rozó mis labios con los suyos—. Nada me haría más feliz que cumplir tu sueño, Hannah.

Dios mío. Eso superaba cualquier cosa que hubiera imaginado jamás. Su amor me envolvió como un abrazo cálido.

—Chase, esto es increíble. Pero ¿qué va a hacer ella? —pregunté.

—Ha encontrado un piso en el centro.

El sonido de una puerta al abrirse, seguido del susurro de Jeremy, nos interrumpió:

—Ya ha pasado, creo que se están besando.

Chase se apartó y yo sonreí contra su boca.

—¡Voy a tener una tía! —continuó Jeremy. Estábamos mucho más unidos desde la Navidad, cuando conseguí el juego de Mario Kart que él tanto quería.

—¿Él lo sabía? —le pregunté a Chase.

—Todo el mundo lo sabía. Si no, habría sido imposible organizarlo.

Me quedé boquiabierta:

—Claro. Así mi madre y Blair podrían estar hoy aquí.

—Sí, necesitaba el anillo, y pedir tu mano.

En ese momento, Jeremy y Susan se acercaron. Jeremy corrió hacia mí y me rodeó la cintura con los brazos.

—Sin duda eres su persona favorita —dijo Chase—. Te lo ganas fácilmente con los videojuegos.

—¡No es solo por los videojuegos! Hannah es muy buena conmigo y huele bien. ¡Ojalá mi padre tuviera una novia como tú! —replicó Jeremy.

Me quedé atónita. Chase se rió, pero luego pareció atragantarse con su propia risa.

Susan se acercó a nosotros y negó con la cabeza, sonriendo.

—Es la segunda vez que lo menciona. Conociéndolo, creo que lo dice en serio.

—¿Mencionar qué? —preguntó Duncan, entrando junto con Blair, Josh y mi madre.

Corrí directamente hacia mi hermana y mi madre, con los sentimientos a flor de piel.

—¿ Qué has dicho? —Oí que Duncan le preguntaba a Jeremy.

Madre mía, la que le espera a Duncan.

Blair y mi madre irradiaban felicidad, y no pude evitar darles un abrazo enorme a ambas.

—Gracias por darle el anillo, mamá.

—Faltaría más, cariño. Espero que seáis tan felices como tu padre y yo.

Me volví hacia Blair:

—Gracias por compincharte con él y por todo lo demás.

Mi hermana tenía los ojos llenos de lágrimas:

—Me alegro tanto por ti. ¿Te lo puedes creer?

—Sinceramente, no —respondí.

Josh me besó en la mejilla.

—Enhorabuena —murmuró, y luego se acercó a Chase y le dio la mano.

La puerta se abrió de nuevo y entró la señora Adams, que se acercó con los brazos abiertos.

—Mi niña, ¡muchas felicidades! Por favor, dime que no has rechazado a este guaperas.

Todos se echaron a reír. Miré hacia atrás a Chase: parecía atónito. Ah, nunca se acostumbraría a que ella lo llamara “guaperas”.

Sonreí, levantando la mano para que viera el anillo.

—¡Por supuesto que dije que sí!

—Te voy a confesar una cosa. Cuando me dijo que estaba interesado en la casa, estuve a punto de chivarte que te iba a pedir matrimonio, solo para asegurarme de que no se te ocurriera rechazarlo. Se nota que te adora, cariño.

—Lo sé, señora Adams —susurré.

La cogí del brazo y caminamos despacio hacia donde estaba el resto del grupo. Chase y Duncan hablaban en voz baja, y todos los demás ya estaban en la mesa de trabajo.

—Muy bien —dijo Susan—. ¿Cuáles son las instrucciones?

La señora Adams tomó la palabra rápidamente y empezó a explicar todos los pasos.

Lo había hecho tantas veces que ya me salía de forma natural, así que fui directamente hacia Chase, rodeándole la cintura con los brazos y besándole el cuello.

—No hace falta que te quedes a trasplantar —le dije.

—No te vas a librar de mí tan fácilmente, prometida.

Le dediqué una sonrisa:

—Bueno, entonces vamos a ver qué tal se te da la jardinería.

Arqueó las cejas y esbozó una sonrisa sugerente.

Ufff, se lo había puesto en bandeja.

Cada vez que pensaba que ya no me podía sorprender más, me demostraba que estaba equivocada. A juzgar por el brillo de sus ojos, tenía unos planes de lo más tentadores para más tarde, y no veía la hora de que llegara ese momento.

Mientras todos nos poníamos manos a la obra, eché un vistazo a mi alrededor. Me sentía muy afortunada de estar rodeada de tanto amor: mi madre, Blair y la familia de Chase, a quienes ahora quería con todo mi corazón. Era absoluta y completamente feliz.