Besos Robados
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Capítulo Uno
CHASE
—¡Tío Chase, eres el mejor, gracias!
—No me des las gracias, colega, aún no he encontrado el juego. —Mi sobrino Jeremy, de diez años, se había aficionado recientemente a los videojuegos. Le había prometido comprarle uno que era dificilísimo de conseguir, y pensaba cumplir mi palabra—. Tengo que colgar, ¿vale? Estoy en el aeropuerto.
—¡Sí! Voy a decirle a la abuela que eres mi tío favorito. —Colgó antes de que pudiera despedirme.
Acto seguido, le envié un correo a mi asistente para decirle que empezara a buscar el juego. También le había pedido que se ocupara de una sorpresa que estaba preparando para mis padres, pero aún no me había contestado.
Guardé mi móvil en el bolsillo y me serví una copa de champán en la sala VIP. Mi vuelo de San Diego a Cape Cod salía en veinte minutos. Eso me daba justo el tiempo suficiente para relajarme un poco.
Todavía no me podía creer que mi mejor amigo se fuera a casar y que yo fuera su padrino.
Josh y yo nos conocíamos desde hacía mucho tiempo.
Coincidimos en la universidad y desde entonces habíamos sido uña y carne.
Era como un hermano para mí. Me sorprendí muchísimo cuando anunció su compromiso dos semanas atrás, porque apenas hacía cuatro meses que conocía a la que sería su mujer.
Josh era un buen tío, pero a veces podía ser un poco ingenuo.
Venía de una familia adinerada, y esa era una de las razones por las que estaba preocupado.
Los Hanson eran muy conocidos en el mundo de los negocios.
A esa tal Blair no la conocía ni de oídas.
¿Y si era una cazafortunas? ¿Y si solo le interesaba el prestigio de su apellido?
Josh estuvo a punto de pasar por el altar unos años antes, hasta que descubrió que a su novia de entonces solo le interesaba su dinero.
Como era de esperar, preferí no pronunciarme.
Josh era mi mejor amigo e iba a apoyar su decisión.
Además, yo no era el más indicado para dar lecciones de vida.
Tenía claro en qué consistían mis talentos: junto a mis hermanos, había levantado una de las firmas de servicios financieros y valores con mayor éxito del país, y sabía que podría repetir tal hazaña con los ojos cerrados.
Pero las relaciones sentimentales no eran mi fuerte, así que me guardé mis consejos.
Cuando mi madre se enteró del enlace, me pidió encarecidamente que me ahorrara cualquier ironía con Josh.
Sabía que era un poco escéptico en cuanto al compromiso.
Supongo que influyó que mis padres se separaran cuando éramos pequeños; aunque actualmente mantenían una relación cordial, su divorcio fue un caos absoluto.
Mis hermanos tampoco tenían suerte en el amor: Duncan, por ejemplo, estuvo en pareja con la madre de mi sobrino Jeremy, pero la relación no duró.
Decidí ir a la puerta de embarque temprano para comprobar si habían localizado mi equipaje.
Tras haber volado de San Diego a Seattle el día anterior por trabajo, mi maleta se había extraviado en el trayecto de vuelta esa misma mañana, aunque me aseguraron que la tendrían lista para recoger allí mismo.
De no haber sido por la reunión que me retenía en San Diego, habría volado directamente desde Seattle hasta Cape Cod.
Recogí mis cosas y salí de la sala VIP. Al pasar por otras puertas de embarque, noté que varios vuelos se habían retrasado o cancelado.
¿Qué narices está pasando? Aunque el clima en San Diego era inusualmente malo para lo que solía ser habitual, con fuertes vientos y una lluvia que se había intensificado desde que llegué, no me parecía motivo suficiente para suspender vuelos.
Al llegar a mi puerta, me acerqué de inmediato al mostrador para hablar con la empleada. No había ningún anuncio sobre el vuelo, pero quise cerciorarme por si acaso.
Más nos vale despegar puntuales.
—Hola, ¿vamos a salir al horario previsto? —pregunté.
Ella me miró:
—Buenos días. Disculpe, pero aún no disponemos de esa información.
—Necesito saberlo —insistí. Sabía que estaba siendo pesado y que no era el único pasajero con prisa, pero, joder, no podía permitirme faltar al enlace de mi mejor amigo.
—Con este tiempo, es probable que se retrase, incluso puede que se cancele. De verdad que no puedo darle más información porque simplemente no lo sé. La tormenta es fuerte y, por ahora, varios de nuestros vuelos no tienen permiso para despegar.
Di un paso atrás y solté entre dientes:
—Joder.
Como padrino, tenía una larga lista de tareas que hacer aquel día y el siguiente, y aquello complicaría mucho las cosas.
No quería preocupar a Josh, pero tenía que decirle que existía la posibilidad de que no llegara a Cape Cod esa misma noche.
Como no respondió a mi llamada, llamé a mi hermano Duncan en su lugar.
Todos mis hermanos, excepto Wyatt, también iban a asistir a la boda.
El vuelo de Wyatt desde Londres se había retrasado, por lo que perdió la conexión y llegaría a Cape Cod después de la boda.
Duncan contestó enseguida:
—¿Qué tal? ¿Estás ya embarcando? —preguntó sin saludar.
—No, precisamente te llamaba por eso. Han retrasado el vuelo.
—¿Cuánto tiempo?
—No nos lo dicen.
—¿Has llamado a Josh?
—Lo intenté, pero no me lo coge.
—Vale, yo le aviso. ¿Quieres que te eche una mano y me encargue de tus tareas esta noche? —se ofreció.
—Sí, te lo agradecería mucho. No sé cuándo sabré algo del vuelo, pero, aunque salgamos más tarde, me voy a perder casi todo.
—Tranquilo, déjalo en mis manos.
—Gracias —dije antes de colgar. Menos mal que mis hermanos ya estaban allí. Mirándolo en retrospectiva, fue un error no haber viajado con ellos en el vuelo anterior, pero no podía faltar a aquella reunión.
Todos trabajábamos juntos en Sterling Investments , aunque cada uno tenía además sus propios negocios en distintos sectores.
A pesar de vernos con frecuencia, aquel fin de semana sería una oportunidad para que nos desinhibiéramos un poco.
Habíamos tenido una semana agitada en la bolsa y estábamos agotados —yo, personalmente, me había pasado la mitad del tiempo tratando de calmar a los clientes— y teníamos muchas ganas de pasar tiempo juntos y relajarnos.
Me dirigí nuevamente a la empleada del mostrador y le dije:
—Una cosa más, señorita. He volado desde Seattle esta mañana y mi maleta no ha llegado. Me han asegurado que me la entregarían en la puerta de embarque. Era una maleta de mano, pero cometí el error de facturarla.
Su expresión era de asombro, lo cual no era buena señal.
—Déjeme comprobarlo.
Esperé mientras ella llamaba a un sitio y a otro, desesperada.
¡Mierda! Más valía que apareciera, o tendría que ir de compras al día siguiente a primera hora.
Me di la vuelta y vi que ya se estaba formando una cola para embarcar a los pasajeros de clase turista.
Justo entonces, levanté la vista y vi que en la pantalla aparecía la palabra “Retrasado”. Maldita sea. Intenté llamar a Josh otra vez. Tenía la sensación de que iba a ser una noche muy larga.
***
HANNAH
—Tengo muchísimas ganas de que estés aquí —me dijo mi hermana por teléfono. Sus palabras me llenaron de una inmensa alegría. Mi hermana pequeña, Blair, estaba a punto de casarse.
—¡Ya casi estoy allí! —respondí entusiasmada.
—Estoy tan emocionada… y, a la vez, muerta de miedo. Aún no me puedo creer que me vaya a casar —murmuró.
Yo tampoco. Solo habían pasado cuatro meses desde que conoció a Josh.
Los había presentado después de coincidir con él en una conferencia de finanzas a la que Blair me acompañó.
Una cosa llevó a la otra, y ahora se iban a casar.
Fue un flechazo absoluto; algo que me recordaba a la historia de mis padres.
A pesar de las cicatrices de mi propio divorcio, seguía siendo una romántica empedernida a mis veintinueve años, esperando que la vida me sorprendiera igual algún día.
—Serás una novia guapísima —le aseguré. Mientras hablaba, me puse de puntillas tratando de ver el mostrador por encima de la gente. La cola no avanzaba nada. Al mirar la pantalla, sentí un vuelco en el estómago. —Mierda, han retrasado el vuelo.
Blair dio un grito ahogado.
—¿Cuánto?
—Ni idea. Voy a averiguar y te escribo, ¿vale?
—Claro. Estaré con mamá.
—Vale, disfrutad del rato. Te aviso en cuanto sepa algo. Estoy deseando verte.
—Y yo a ti.
Nacimos y crecimos en San Diego, pero mi hermana llevaba unos años viviendo en Cape Cod. Nuestra madre se había mudado a Ontario al jubilarse, así que durante los últimos tres años en San Diego solo habíamos estado mi abuela y yo. Y ahora, me había quedado sola.
Al anunciarse el retraso, la multitud empezó a buscar dónde sentarse. Aproveché que la empleada se había quedado libre para acercarme pitando al mostrador.
Sujetando el móvil entre mi hombro y mi oreja, agarré el asa de la maleta para tirar de ella. Llevaba el vestido de dama de honor en la mano izquierda; lo había puesto en una percha y aún esperaba encontrar un sitio donde colgarlo en el avión. No quería que se arrugara demasiado.
—¡Perdone! —dije.
La empleada del aeropuerto me miró con aire de hartazgo.
—Mire, no podemos hacer nada con respecto al retraso —respondió con voz exasperada.
—Entiendo. Solo quería saber si tienen alguna estimación de la espera.
—Es imposible saberlo aún. Le sugiero que se siente hasta que tengamos noticias. Puede llevar un rato.
Me mordí el labio:
—¿Hay alguna forma de que pueda colgar este vestido en algún sitio?
—¿Por qué no lo mete en la maleta?
Estuve a punto de responderle que prefería estar de pie todo el vuelo y dejar el vestido en mi asiento antes que meterlo en la maleta.
—Se arrugará. Es muy difícil plancharlo. Es para la boda de mi hermana.
Me miró y me dedicó una sonrisa cómplice. Se me hizo un nudo en el estómago.
—Démelo. Lo pondré con los abrigos, pero acuérdese de pedirlo cuando vaya a embarcar.
—Muchísimas gracias.
Tras entregarle la prenda, solté un suspiro de alivio y le envié un mensaje a mi hermana.
Hannah: El vuelo se va a retrasar, pero espero que no sea mucho.