39. Epílogo Cali
EPÍLOGO: CALI
Es principios de otoño cuando volvemos al lago.
Las hojas empiezan a cambiar de color; las que están al otro lado del agua se tiñen de ámbar y naranja, y el agua se ha vuelto oscura y tranquila ahora que el calor del verano por fin nos deja en paz.
Ronan nos lleva en el viejo Land Rover. Sin Paolo, sin el coche negro, sin hombres con abrigos oscuros siguiéndonos.
Somos nosotros y los niños en la parte de atrás.
Además, por supuesto, la caja de zapatos del doctor Fuzz en el regazo de Isabella.
La oruga sigue siendo una crisálida. Isabella la revisa cada diez minutos, inclinando la caja hacia la ventana como si la luz pudiera hacer algo.
Pero él se está tomando su tiempo con la transformación.
Colgado ahí. Esperando. Creo que Ronan le ha estado dando lecciones secretas de paciencia a medianoche.
Está claro que Isabella no está interesada en esas lecciones.
—¿Cuándo va a salir? —pregunta por enésima vez.
—Cuando esté lista —le digo—. No se puede apresurar.
Hayden, que se ha leído tres libros de la biblioteca sobre el tema, se lanza a dar una explicación sobre la metamorfosis que dura varias docenas de kilómetros.
Como ya lo he oído una docena de veces, estoy un poco harta del tema.
Pero Ronan está atento como siempre, a pesar de que también fue público cautivo en cada una de esas doce charlas anteriores.
Dios bendiga a este hombre. De verdad que no lo merecemos.
La casa es exactamente como la recuerdo.
Vieja y de madera, con un amplio porche, el embarcadero y el columpio de cuerda.
El coche de mi madre ya está aparcado en la entrada.
Vino ayer para ayudar a prepararlo todo, lo que básicamente significa que supervisó todo mientras Grigor cargaba con las sillas plegables; los dos discutiendo todo el rato sobre la forma correcta de colocarlas.
Juntar a esos dos fue, o bien la mejor idea que he tenido nunca, o la peor. Aún no me decido. Sea como sea, parecen enamoradísimos.
Los niños salen en tropel del coche antes de que se haya detenido del todo. Isabella corre hacia el agua con la caja de zapatos en alto, como si fuera una antorcha olímpica, y Hayden va justo detrás. Mi madre sale al porche, secándose las manos con un paño de cocina.
—Ahí está —exclama triunfante—. ¡La novia!
—Mamá —me sonrojo—. Para.
—La segunda es la vencida —me da un beso en la mejilla—. Este es el definitivo, ¿verdad?
Miro hacia el agua, hacia el embarcadero, y luego a mi hombre alto y paciente, que está sacando las maletas del maletero del coche.
—Sí —digo—. Este es el definitivo.
El truco para hacerlo bien a la segunda es no hacer casi nada.
No hay sacerdote, ni oficina con paredes beige y flores artificiales. No hay salón de galas, ni sala llena de gente a la que tenga que convencer. Solo está el muelle, el agua y nosotros.
Mi madre, por supuesto, que es a la vez mi organizadora de bodas y mi dama de honor.
Grigor, que se afeita su espesa barba para la ocasión, el máximo gesto de respeto según él.
Navi, que todavía se está recuperando pero que ha conducido hasta aquí a pesar de que sus médicos le dijeron que no lo hiciera, y que está sentado en una silla plegable con una manta sobre las rodillas como un anciano, quejándose de ello todo el rato.
—Recibí dos balas por ese hombre —dice sin dirigirse a nadie en concreto—. Uno pensaría que, después de eso, alguien me ahuecaría la almohada.
—Te voy a tirar directamente al lago si sigues quejándote, jovencito —le dice Grigor.
El sol se está poniendo tras los árboles lejanos, de un rosa flamenco y resplandeciente, cuando Ronan sale al muelle con una sencilla camisa blanca abotonada y las mangas remangadas. Decidimos descartar el esmoquin y la corbata. Solo lo quiero a él.
Estoy esperando al final del muelle con un vestido también sencillo, de color verde pálido, porque ahora es mi color. Llevo el pulpo de oro en la muñeca y los pendientes de mi madre, pero no tengo ningún espejo en el que mirarme, porque ya no lo necesito.
Isabella se quita los zapatos antes de que empiece la ceremonia y se queda descalza sobre las tablas, cantando y balanceándose de tal forma que el dobladillo de su vestido se abre ampliamente. Hayden está a mi lado con las manos cruzadas delante de él, muy serio.
—Así que vuelvo a ser el testigo —me recuerda.
Me agacho para darle un beso en la cabeza.
—No se me ocurre nadie mejor para este papel.
—Pues claro. Ya lo he hecho antes. En el juzgado, ¿te acuerdas? —endereza los hombros—. A estas alturas, ya soy prácticamente un profesional.
Ronan nos oye mientras se acerca y se echa a reír.
—Desde luego que lo eres, Hayden. El testigo de boda con más experiencia que conozco.
Nos colocamos en fila en el muelle mientras el agua borbotea contra los pilotes que hay debajo de nosotros.
Mi madre está de pie a un lado con los brazos cruzados, llorando y fingiendo que no lo hace.
Navi tiene el móvil en alto, grabando, a pesar de que Ronan le dijo explícitamente que no lo hiciera y le advirtió en qué orificio acabaría el móvil si desobedecía las órdenes.
Es tan jodidamente perfecto que podría llorar.
—Vale —digo—. Bueno. Esta vez no hay oficiante. Nadie que pronuncie las palabras por nosotros.
—Entonces las diremos nosotros mismos —responde Ronan.
Se mete la mano en el bolsillo y saca una pequeña caja de terciopelo. Cuando abre la tapa, veo que dentro, acurrucado sobre un lecho de terciopelo arrugado, hay un anillo.
No es nuevo. Tampoco es grande. Si estuviera en el escaparate de una tienda, probablemente no me fijaría en él. Es una fina alianza de oro con una piedrecita minúscula, de estilo antiguo. Está manchada de huellas dactilares y el metal está un poco desgastado en los bordes.
—Era de mi madre —explica Ronan.
Me quedo sin aliento.
—Es lo único que conservo de ella. Cuando murió, no quedó casi nada.
Mi padre había vendido la mayor parte, o la había roto, o la había lanzado contra la pared.
Pero esto… —gira ligeramente la caja para que los últimos rayos de luz iluminen la piedra—.
Lo tenía Pyotr. Se lo quitó de la mano la noche que vino y lo guardó para mí durante todos estos años.
Me lo devolvió cuando le dejé volver a casa.
Ni siquiera sabía que lo tenía hasta entonces.
Me llevo la mano a la boca.
—No te lo di en el juzgado —continúa—, porque un matrimonio de papel no se lo merecía.
Te regalé una alianza sencilla de una tienda, pero esta la volví a guardar en el bolsillo y me dije a mí mismo: “quizá algún día” —su voz se vuelve ronca por la emoción—.
No creí que llegaría ese “algún día”, para ser sincero.
De hecho, pensaba que estaría muerto. Te escribí una carta al respecto, si lo recuerdas.
—Sí. Quemamos esa carta.
—Claro que sí —me mira a los ojos—. Así que ya no queda ninguna carta.
Solo estoy yo, de pie en un muelle, sosteniendo lo único que mi madre dejó atrás, pidiéndote que lo lleves puesto.
No porque tengamos que hacerlo. No por el privilegio conyugal.
No para convencer a un agente federal. Sino porque quiero que tengas lo único puro que tengo.
A mi madre le habrías encantado, Calista Meadows.
Le habría encantado que fueras tan expresiva, que ocuparas tu espacio y que nunca, ni una sola vez, te hicieras pequeña por mí.
Ahora estoy llorando. Abiertamente y sin vergüenza. Ni se me ocurriría secarme las lágrimas.
—¿Te lo pondrías? —me pregunta.
—Sí —respondo—. Dios, sí.
Me quita de un dedo la sencilla alianza de ensayo y desliza el anillo de Anna en su lugar.
Me queda como si estuviera hecho para mí, aunque, por supuesto, no lo está.
Pero, de alguna manera, eso hace que me quede aún mejor.
—Ahora vienen los votos —me indica Hayden—. Esa es la siguiente parte. Me acuerdo.
—Claro —digo, riendo entre lágrimas—. Los votos.
Ronan me coge las dos manos. Las suyas están calientes. Las mías tiemblan un poco, y él me las aprieta, pero luego recuerda, por costumbre, que agarrarme no formaba parte del trato, y empieza a aflojar el agarre. Yo aprieto más fuerte para que no pueda hacerlo.
—Ya no hay ningún acuerdo —le recuerdo—. Apriétame todo lo que quieras.
Se ríe y me acerca un poco más a él.
—No soy un buen hombre —comienza—. Te lo he dicho cien veces.
Me he pasado toda la vida quitándoles cosas a los demás.
Pero contigo dejé de hacerlo. Desde entonces, he dedicado cada día a intentar dar.
Y dedicaré el resto de mi vida a hacer precisamente eso.
Por ti. Y por Hayden, por Isabella y por una oruga muy valiente.
—Isabella sonríe radiante al oír que menciona a su amiga—.
Te diré que eres preciosa cada mañana. Colgaré todos los espejos que quieras en las habitaciones que elijas.
Haré las tortitas con los bordes crujientes.
Y nunca, jamás, volveré a decidir nada por ti a tus espaldas. Esa es mi promesa. Eso es todo.
—Eso está bien —anuncia Hayden.
Luego me toca a mí.
Llevo semanas pensando en lo que diría. Tenía todo planeado. Puede que tuviera ocho apartados, o puede que no. Solo por si acaso.
Pero aquí, de pie en el embarcadero, con el anillo de su madre en la mano, mis hijos a mi lado y la superficie del lago como un espejo oscuro y perfecto bajo nuestros pies, todas las palabras que tenía preparadas se me escapan de la cabeza.
En su lugar, hablo desde el corazón.