Belleza Feroz
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Prólogo
PRÓLOGO
Érase una vez, y desde entonces, una llave que giró en una cerradura oxidada y una mujer entró en una celda pequeña y lúgubre.
Su vestido, del color de las cenizas, le colgaba de los hombros como un sudario.
El cabello, recogido en lo alto de la cabeza, era tan negro como el ébano. Sus ojos oscuros brillaban; su mirada atrapaba a quien cayera en ella, absorbiéndolo como un remolino.
Al otro lado de la estancia, una ventana alta, en forma de medialuna, enmarcaba la medianoche y, sin embargo, la habitación no estaba a oscuras. Una luz mortecina la impregnaba, como la de una sola vela.
Esa luz venía de una niña.
La pequeña miraba hacia la ventana, con las manos entrelazadas a la espalda.
— Lady Asonperides, siempre es un placer —dijo al rato, volviéndose hacia la mujer.
Su vestido rosa, antaño bonito, estaba sucio y rasgado. El pelo, tan rubio que parecía casi blanco, estaba revuelto. Su rostro era abierto y franco. Cualquiera que lo mirase habría dicho que tenía nueve o diez años, salvo por los ojos, que eran tan antiguos como las estrellas.
Lady Asonperides dejó su farol sobre una mesa y abrió la pequeña caja de madera que llevaba.
—¿Pasamos el rato jugando? —preguntó, sacando una baraja de cartas—. ¿Cuánto hace que no charlamos tú y yo? ¿Un año? ¿Dos?
—Veinticinco.
Lady Asonperides soltó una carcajada. Era un sonido feo, chirriante, como de cristales rotos cayendo.
—Ah, es cierto lo que dicen los mortales: los días son largos y los años cortos.
Colocó la baraja bocarriba sobre la mesa y la desplegó con destreza.
Las cartas tenían los bordes amarillentos, pero estaban bellamente ilustradas.
Los reyes, reinas y sotas estaban enmarcados por una fina línea negra.
Ricos pigmentos teñían sus túnicas. Sus coronas doradas relucían; sus espadas de plata centelleaban.
La reina de corazones parpadeó y se estiró.
Luego vio a la reina de picas, que estaba junto a ella, y la saludó emocionada.
La reina de picas jadeó y luego rio. Alargó la mano hacia el marco que la rodeaba y lo empujó.
Al principio, con suavidad. Después con más fuerza.
Hasta que empezó a golpearlo con los puños.
El rey de diamantes se llevó una mano al pecho y observó, con angustioso anhelo, a su reina. La reina de tréboles, atrapada entre dos cartas numeradas, miraba sin vida hacia delante.
Asonperides pareció no darse cuenta de su desconsuelo. Con rapidez, recogió las cartas, las barajó y repartió dos manos.
Pero la niña sí lo notó.
—Pobrecitos —comentó, levantando sus cartas—. Encerrados en sus cajas, igual que los mortales que los dibujaron.
—Una caja es el mejor lugar para los mortales —replicó Asonperides—. Así se mantienen apartados de los problemas.
Asonperides miró sus cartas y sonrió; se había repartido una mano excelente.
Mientras las ordenaba por rango, la reina de tréboles lanzó un apasionado beso al apuesto sota de corazones.
El rey de tréboles lo vio y su sonrisa se quebró.
Agarró su espada con ambas manos y, con un grito de angustia, se la clavó en el corazón.
La reina se volvió al escuchar el sonido y gritó al ver lo que había hecho.
La sangre manó de la herida del rey. Golpeó el fondo del marco, se derramó por una grieta en la esquina y cayó sobre los dedos marchitos de Asonperides.
Ella estampó las cartas contra la mesa, frunciendo el ceño, y se limpió la sangre en la falda.
—Qué maneras tan encantadoras tienes —dijo la niña—. ¿Por qué has venido? Seguro que no ha sido para jugar a las cartas.
—Por supuesto que sí —indicó Asonperides—. Me gusta un buen desafío cuando juego, y nadie farolea como tú.
—Mentirosa.
Asonperides le lanzó una mirada fulminante a la niña.
—Está bien, como quieras. Quiero proponerte un trato.
—Ah, ahora tenemos la verdad. ¿Qué clase de trato? —preguntó la niña.
—Vete de aquí. No vuelvas.
—¿Y qué me ofreces a cambio?
—Tu vida.
Una sonrisa lenta se dibujó en el rostro de la niña.
—Vaya, lady Asonperides, tienes miedo.
Asonperides agitó una mano en el aire.
—¿Yo? ¿Miedo? ¿De ti? No digas absurdeces.
—No me ofrecerías este trato de otro modo.
—Sí, lo haría. Porque quiero librarme de ti, y sería sensato que aceptaras mi oferta. La muchacha está derrotada. Se ha rendido. Ahora solo aguarda su hora, esperando el final.
El dolor cruzó el rostro de la niña al mencionar a la muchacha.
Asonperides lo vio y se inclinó hacia delante.
—No puedes ganar. El reloj se agota. La historia ha terminado.
La niña alzó la barbilla.
—Casi, pero no del todo.
Sus palabras fueron como una antorcha sobre la paja. Asonperides apartó las cartas de un manotazo. Se levantó de golpe y las patas chirriaron sobre el suelo de piedra.
—No eres más que una embaucadora —siseó, señalando a la niña con un dedo huesudo—.
Vienes y vas, tan despreocupada como el viento, dejando tras de ti un rastro de mortales rotos.
Pero yo permanezco. Yo estoy aquí para ellos, después de que tú los abandones, con los brazos bien abiertos, mi abrazo tan profundo como…
—Una tumba recién cavada.
Lady Asonperides parecía querer rodear con sus manos el delgado cuello de la niña y partirlo.
—Lamentarás no haber aceptado mi oferta —dijo.
—Esta celda no me retendrá para siempre.
—Grandes palabras para una niña tan pequeña. Espero que disfrutes de la oscuridad.
La puerta se cerró de un portazo metálico. La llave giró en la cerradura.
Los pasos de Asonperides se fueron apagando y el silencio descendió de nuevo, asfixiante y cruel.
La niña permaneció sentada, inmóvil y sola, con la cabeza inclinada y los puños apretados.
Intentaba recordar la luz.