Behind Desire CAPÍTULO 32
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CAPÍTULO 32

Las semanas transcurren en una calma tan profunda que por momentos raya en lo irreal, como si habitáramos dentro de un sueño frágil.

Sin embargo, han pasado dos meses desde aquella noche.

Sesenta días en los que el mapa de mi realidad ha mutado por completo, atrapada como sigo en este pulso constante de poder y deseo con Marcus.

Me remuevo pesadamente entre las sábanas cuando el timbre de la alarma corta la penumbra de la madrugada; otra noche en blanco, maldiciendo al insomnio. El brazo de Marcus sigue anclado con pesadez sobre mi cintura, aprisionándome con una posesividad inconsciente.

—Buenos días —murmura con la voz ronca de quien apenas empieza a habitar el mundo.

—Buenos días —respondo con un hilo de voz, de mala gana, arrastrando el fastidio del cansancio.

Frunce el ceño al instante, incorporándose sobre un codo. Sus ojos verdes recorren mis facciones con bisturí, y la comisura de sus labios se tuerce cuando descifra la ecuación.

—No has dormido nada.

Me escabullo de la cama con la intención directa de ducharme, pero sus pasos me pisan los talones.

—Sé exactamente qué medicina necesitas para ese humor —dice, con una sonrisa ladeada que promete peligros.

—¿Ah, sí? ¿Como qué? —inquiero, girándome de golpe.

Debo haber sonado demasiado receptiva, porque su sonrisa se ensancha antes de que me atrape por la espalda y me obligue a dar la vuelta.

—Como esto.

Busca mis labios sin prisa, con una paciencia calculada. En ese beso, sin embargo, descubro un destello de calidez y una extraña ternura que mi cerebro se niega a admitir que él posee. Me desmorono en el interior de su abrazo, disolviendo cualquier resistencia.

—Ven, vamos a limpiar esa cara de pocos amigos —murmura contra mi oído, guiñándome un ojo con descaro.

El agua caliente de la tina empaña los cristales del baño mientras nos deslizamos dentro. Marcus se acomoda a mi espalda, convirtiendo su pecho en mi refugio, mientras enjabona mi piel con una lentitud deliberada.

Pronto, el calor del agua deja de ser lo único que quema.

Siento su erección presionando contra mi columna, marcando el compás de cada respiración.

Una de sus manos traza la curva de mi pecho, provocando un reguero de escalofríos.

Sin previo aviso, me gira y me arrastra a su regazo en un solo movimiento fluido.

Sus ojos se clavan en los míos, leyendo mis necesidades antes de que yo misma las procese.

Me deslizo sobre su dureza con una lentitud exasperante, y el gruñido de placer que brota de su garganta me sirve de incentivo para acelerar el paso.

Me elevo y desciendo, rozándolo con desesperación, mientras lo rodeo con los brazos y devoro sus labios carnosos. Su aroma me intoxica; caer en este abismo se siente exactamente igual a perder el suelo bajo los pies.

El trayecto hacia la oficina es un ejercicio de pura tensión. Marcus, dominado por una urgencia posesiva, no deja de rozarme, buscando cada resquicio de piel con manos inquietas que me descolocan.

Al llegar, subimos en silencio al ascensor. Apenas las puertas metálicas se cierran y nos aíslan del resto del mundo, me arrincona contra la pared fría, atrapándome en un beso arrollador, un asalto donde su lengua juega con la mía en una danza febril.

A veces, en medio del vértigo, me pregunto qué clase de fuerza magnética me retiene aquí, impidiendo que huya de esta órbita absorbente.

Como de costumbre, una vez cruzamos el vestíbulo, él se encamina hacia su despacho privado, mientras yo me detengo a saludar a Silvia. La noto inusualmente risueña, probablemente aliviada por el hecho de que la señorita Sinclair  lleva semanas sin pisar estas instalaciones.

Ya en mi oficina, arrojo el bolso sobre el escritorio y enciendo el iPad para repasar la agenda de Marcus. Está extrañamente despejada. En las últimas semanas apenas cruza el umbral del edificio para reuniones externas, y casi todo su itinerario se concentra antes del mediodía.

Frunzo el ceño, intrigada, y me levanto para informarle que Henry Thompson está por llegar para estipular las condiciones del nuevo contrato de obra. Abro la puerta sin llamar y cruzo los brazos frente a mi pecho.

—Veo que tu agenda ya no está tan saturada —comento, con una ligera nota de desafío.

Marcus levanta la vista de los documentos y dibuja una sonrisa cínica, cargada de suficiencia.

—Ahora tengo prioridades más interesantes en las que concentrarme.

Antes de que pueda replicar a su provocación, el teléfono de su escritorio interrumpe el aire.

—Diga —contesta, adoptando un tono inusualmente relajado—. He tenido noticias tuyas de milagro... Empezaba a preocuparme.

Lo observo fijamente. Su expresión se ilumina de un modo que rara vez me dedica a mí a plena luz del día.

—Para ti jamás estoy ocupado —murmura, con una sonrisa abierta que me revuelve las entrañas.

Un pinchazo sordo, filoso, se clava en el centro de mi pecho. ¿Sinclair ? ¿Otra pieza en su colección?

—Perfecto, allí estaré —concluye antes de cortar.

Me acerco al escritorio con el paso rígido, armada con la carpeta de Thompson.

—Henry Thompson tiene cita a las diez —le suelto con rigidez profesional.

Marcus asiente, aunque sus ojos verdes no se apartan de mi rostro, escrutándome como si intentara descifrar un jeroglífico.

—¿Todo en orden? —pregunta con un deje de diversión burlona.

—Perfecto —respondo, enderezándome de inmediato.

No voy a caer en la trampa. No le daré la satisfacción de evidenciar que esa llamada misteriosa me ha dejado un sabor amargo en la boca.

Él ladea la cabeza, incrédulo ante mi fachada, pero decide dejarlo pasar.

—Dile a Silvia que prepare la sala de juntas —indica, recostándose en el respaldo de cuero con aire displicente.

Asiento con la cabeza y giro sobre mis talones para marcharme, pero su voz me frena en el umbral.

—Por cierto, el viernes asistiremos a un compromiso.

Me doy la vuelta, mirándolo con suspicacia.

—¿Un compromiso? No tienes nada registrado para el viernes por la noche.

Marcus sonríe, esa sonrisa lenta, calculadora, que activa todas mis alarmas internas.

—Lo acabo de formalizar.

Cruzo los brazos de nuevo, a la defensiva.

—¿De qué se trata?

—Una gala benéfica organizada por los Sinclair —añade, observando mi reacción con lupa.

Un escalofrío de plomo recorre mi columna al escuchar ese apellido.

—¿Los Sinclair ? —repito, intentando que mi voz no delate el temblor repentino.

—Mi madre se ocupó personalmente de la invitación. E incluye un pase para ti.

Mi pulso se dispara, golpeando contra mis sienes.

—¿Para mí?

—Exacto —se levanta de la silla, acortando la distancia con pasos felinos—. Es una noche importante, Nicole. Y quiero que estés a mi lado.

Lo miro a los ojos, intentando descifrar las capas ocultas de su jugada.

—Supongo que no me estás dando opción a elegir.

Se detiene a escasos centímetros de mí, atrapándome con su presencia.

—Nunca la tienes, muñeca.

Su respuesta, destilando un dominio absoluto, me sacude con una mezcla de pánico y electricidad.

Por la tarde, tal como lleva ocurriendo últimamente, Marcus desaparece del edificio antes del mediodía. Estoy guardando los últimos papeles cuando llaman a la puerta de mi despacho.

Alzo la vista y descubro a Pamela en el umbral, con una sonrisa cómplice y la cabeza ladeada.

—¿Tienes planes para lo que queda de tarde?

Niego con la cabeza, confusa, y su rostro se ilumina.

—Magnífico.

Sin darme tiempo a protestar, me arrastra hasta su auto y conducimos hasta el centro comercial más exclusivo de la zona.

—¿Se puede saber qué tramamos? —pregunto mientras apagamos el motor.

—Asumo que Marcus ya te notificó lo del viernes.

Frunzo el ceño, sorprendida.

—¿Stan te lo sopló?

—Claro que sí —asiente con total naturalidad—. Como a nosotros también nos toca tragarnos la velada, pensé que era la excusa perfecta para buscar un vestido digno de la ocasión.

Sonrío, contagiada de súbito por su entusiasmo.

—Me parece una idea fabulosa. Yo también necesito algo que ponerme.

—Ese es el espíritu —exclama, guiñándome un ojo mientras nos adentramos en el bulevar de boutiques.

El centro comercial bulle con luces cálidas y un murmullo constante de compradores. Pamela me guía con paso firme hacia una tienda de alta costura, donde sus dedos se deslizan con pericia entre percheros de terciopelo y seda.

—Necesitamos artillería pesada —sentencia, sacando un vestido rojo vibrante y colocándolo frente a mí—. ¿Qué tal este?

Lo observo con ojo crítico: corte impecable, escote pronunciado y una abertura lateral que promete demasiadas miradas.

—Es deslumbrante, pero creo que busco algo más... contenido.

Pamela lo devuelve al perchero sin inmutarse y sigue buscando.

—Dime una cosa —suelta de pronto, con aparente ligereza—. ¿Sabes quiénes figuran en la lista de invitados?

—Además del clan Sinclair y los círculos de Marcus, imagino que toda la escoria dorada de la ciudad.

—Sin olvidarnos de Morgan , por supuesto.

Mis dedos se congelan sobre la tela de un vestido negro.

—Me lo imaginaba —respondo con sequedad, aunque un nudo feo se instala en la boca del estómago.

Pamela me evalúa con perspicacia.

—No dejes que esa gente te intimide. Tienes que asegurarte de que Marcus no sea capaz de mirar a nadie más en toda la noche.

—¿Y tienes algún manual secreto para lograr semejante milagro?

Ella sonríe con picardía y extrae de un rincón un vestido negro, de líneas sobrias pero con una caída impecable y la espalda completamente descubierta.

—Póntelo y me lo cuentas.

Entro al probador y me quito la ropa, deslizándome dentro de la tela fría y sedosa. Cuando me giro frente al espejo, contengo la respiración. El diseño abraza cada curva con una elegancia letal, rozando la provocación sin caer en el exceso.

Salgo al atrio del probador para que Pamela lo vea. Su expresión de aprobación es absoluta.

—Definitivamente, es este —declara cruzándose de brazos—. Marcus va a perder la cabeza en cuanto te vea aparecer.

Me miro una vez más en el espejo de cuerpo entero. Tiene razón; la prenda destila una sofisticación peligrosa.

—Vendido. Me lo llevo.