Behind Desire CAPÍTULO 31 #2
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CAPÍTULO 31 #2

Pamela choca su palma contra la mía en señal de victoria.

—Perfecto. Ahora me toca buscar el mío.

Mientras ella se pierde entre los probadores, extraigo el teléfono del bolso y descubro un mensaje de Marcus.

Marcus: ¿Dónde estás?

Una sonrisa involuntaria curva mis labios. No importa cuán enigmático sea su día, siempre encuentra la forma de recordarme que me vigila.

Yo: De compras con Pamela. Tranquilo, sigo entera.

La respuesta no tarda ni cinco segundos en entrar.

Marcus: ¿Exactamente en dónde?

Ruedo los ojos, divertida por su manía de control. Le comparto la ubicación de la tienda.

Marcus: Espero que lo que compres sea para mí.

Guardo el aparato, sintiendo cómo el pecho se me acelera con una mezcla extraña de vértigo y anticipación.

—¿Lista? —pregunta Pamela saliendo por fin con un impecable modelo en azul marino.

—Más que lista —afirmo, aunque mi mente ya está proyectando la reacción de Marcus al verme el viernes.

Salimos del establecimiento cargadas con nuestras respectivas bolsas, avanzando hacia el aparcamiento subterráneo. Al llegar junto al coche de mi amiga, distingo de inmediato el Audi oscuro de Marcus con las luces de emergencia parpadeando rítmicamente en la penumbra.

—¿Qué tal si nos vamos a cenar algo antes de volver? —propone Pamela.

—Lo siento —me disculpo, señalando con la barbilla el vehículo aparcado a pocos metros—. Creo que acaban de venir por mí.

CAPÍTULO 3 2

El jueves amanece descolocado. Antes siquiera de salir hacia la oficina, el teléfono de Marcus interrumpe el aire con una insistencia áspera.

Lo escucho discutir a media voz, con los nudillos blancos y el maxilar tan tenso que parece a punto de fracturarse, antes de pactar una cita en un tono que no admite réplica.

Frunzo el ceño, suspendiendo la manzana a mitad del camino mientras lo observo colgar.

Su humor muta de inmediato, volviéndose impenetrable, denso. En el trayecto hacia la empresa, el silencio dentro del habitáculo pesa como una losa. Ya no queda nada del hombre cálido de las últimas mañanas; el pulso se ha enfriado, y su cercanía se siente de nuevo como una amenaza latente.

Bajo del auto con un rictus severo, masticando una frustración sorda. Ha conseguido arruinar la mañana sin dar explicaciones. Suspiro con pesadez al entrar al ascensor, sintiendo que el tercer piso nunca había estado tan lejos.

Saludo a Silvia con una mueca mientras veo la sombra de Marcus deslizarse deprisa por el pasillo hacia su despacho.

—¿Otra vez con el ceño fruncido? —inquiere Silvia, levantando la vista de los archivos con genuina lástima—. Solo falta que la señorita Sinclair reaparezca para rematar el cuadro.

—No invoques al desastre —murmuro entre dientes, cruzando los dedos antes de enfilar hacia mi oficina.

Dejo el abrigo en el perchero y el bolso sobre la madera antes de tomar el iPad, decidida a afrontar la jornada. Cuando abro la puerta de su despacho sin llamar, lo encuentro caminando de un lado a otro con pasos erráticos, el semblante descompuesto.

Esa llamada ha dinamitado algo fundamental.

—¿Qué ocurre? —pregunto, intentando que mi voz mantenga una neutralidad profesional que no siento.

—Nada —gruñe, esquivando mi mirada.

Me quedo suspendida en el umbral, desconcertada por el vértigo de su cambio radical. Algo lo ha sacudido hasta los cimientos, y la opresión en mi pecho se vuelve densa.

—Yo...

—Cancela mi agenda —ordena de golpe, llevándose una mano a la frente en un gesto de absoluta crispación.

—¿Por qué? Necesito saber qué...

Marcus levanta la vista, y sus ojos verdes brillan con una mezcla de rabia y un pánico tan crudo que me desarma.

—No tengo que darte explicaciones de cada movimiento que hago —espeta, dejándose caer pesadamente en el sillón.

—Entonces mi presencia aquí sobra —replico, sintiendo que el veneno de su desprecio vuelve a filtrarse en mis venas.

Se pone de pie con una agilidad felina. En dos zancadas cruza la distancia que nos separa, y antes de que pueda retroceder, su mano se cierra con brutalidad alrededor de mi muñeca. Su agarre es una declaración de intenciones.

—Eres mía, Nicole —murmura, con la voz baja, rasposa, destilando una posesividad enfermiza—. No voy a permitir que te vayas a ninguna parte.

Suelta mi brazo con brusquedad, como si el propio contacto le quemara, y se marcha hecho una furia, azotando la puerta a sus espaldas.

Me paso las horas siguientes devorada por la ansiedad. Marco su número de celular una y otra vez, pero el tono monótono del buzón de voz es la única respuesta que obtengo. El estómago se me anuda; la certeza de que algo marcha rematadamente mal me paraliza las manos sobre el teclado.

A media tarde, la puerta de mi despacho se abre con suavidad.

—¿Estás bien? —pregunta Pamela, apoyándose en el marco con una mezcla de cautela y genuina preocupación.

—Sí —respondo por reflejo, aunque mi fachada es de cristal.

Sus ojos caen sobre mis manos, que continúan aferradas al teléfono con los nudillos blancos.

—¿Es por Marcus?

Guardo silencio, y esa mudez es una confesión en toda regla. Pamela suspira, entra sin pedir permiso y me arrebata el abrigo del respaldo.

—Vamos a tomarnos un café. Necesitas aire antes de que te ahogues sola.

El café humeante frente a mí apenas recibe un sorbo. Le he resumido a Pamela el arranque de la mañana, omitiendo los recovecos más oscuros de nuestra relación, pero el diagnóstico sigue siendo el mismo.

—Mira —dice Pamela, cruzando los brazos sobre la mesa con firmeza—, te estás consumiendo por él. Si Marcus decide cerrarse en banda y cargar con sus propios fantasmas, ¿qué más puedes hacer tú?

—Tal vez solo necesite espacio —murmuro, aunque la idea me sabe a ceniza.

—O tal vez lo necesites tú —sentencia ella con suavidad—. No puedes vivir en la cuerda floja esperando a que decida cuándo prestarte atención.

Sé que tiene razón. Pero la perspectiva de soltar la cuerda, de dejarlo ir, me aterroriza mucho más que el propio vértigo.

Al caer la tarde, incapaz de soportar el peso de la incertidumbre, tomo un taxi directamente hacia el loft. Durante el trayecto, las yemas de mis dedos trazan nerviosas el dobladillo de mi ropa. ¿Cómo lo encontraré? ¿Seguirá envuelto en esa coraza de ira, o habrá bajado la guardia?