Behind Desire CAPÍTULO 1
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Behind Desire

Behind Desire

Por S. Kyteler

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CAPÍTULO 1

Sus labios buscan los míos con una urgencia que me roba el aliento, sin titubeos ni rodeos.

Hay una necesidad feroz, un deseo descabellado que estalla tras unas murallas de contención que acaban de venirse abajo.

El calor de sus manos se filtra a través de mi piel mientras me atrae hacia él, arrastrándome a su terreno, y un gemido, casi una rendición, brota de mi garganta.

No logro distinguir sus rasgos en la penumbra; mi mundo se reduce exclusivamente a la intensidad de su aliento, a la firmeza de su agarre y a la abrasadora cercanía de su cuerpo.

Despierto sobresaltada.

Permanezco inmóvil, con la mirada perdida en la blancura del techo mientras intento acompasar el ritmo frenético de mi pulso.

La impronta del sueño sigue aferrada a mi piel, un residuo de calor que se siente absurdo a la luz del día.

Los sueños rara vez sobreviven al amanecer, pero este se niega a disolverse; persiste, rebelde, bajo mi consciencia.

Me enfundo la ropa deportiva y ejecuto mi rutina matutina con la precisión mecánica de un autómata. Busco la evasión en el esfuerzo físico. Mientras rehago el nudo de la coleta, un bostezo me toma desprevenida, recordándome la brevedad de mi descanso.

Tras sesenta minutos de carrera, mis pulmones arden y las piernas protestan con cada zancada, pero no disminuyo el ritmo. Correr es mi única forma de poner orden al caos; cuando los pensamientos se agolpan y amenazan con desbordarme, la fatiga física es el único bálsamo capaz de silenciarlos.

El viernes es ahora una sucesión de imágenes desdibujadas: un collage de música, voces distorsionadas y el eco de una sala abarrotada.

Sin embargo, hay un detalle que permanece inusualmente nítido entre la bruma: unos ojos verdes observándome desde el otro lado de la pista.

Su presencia pesa, se impone sin siquiera intentarlo, haciéndome consciente de mí misma y del ardor que se instala en mis entrañas como una molestia persistente, ajena a cualquier kilómetro que intente recorrer para dejarla atrás.

Se mete en mi cabeza como un virus, empeñado en calentar todo mi sistema.

Cuando finalmente regreso a casa, el sudor me empapa la espalda y el cansancio me deja las piernas temblorosas.

Una ducha caliente obra el milagro habitual.

Frente al espejo, termino de arreglarme para la oficina.

La falda café con botones dorados se ajusta a mi cintura. La blusa color albaricoque suaviza el tono de mi piel y el escote en forma de corazón aporta el equilibrio justo entre lo profesional y lo femenino.

Los tacones dorados completan el conjunto.

Por un momento, me siento preparada para enfrentar el día.

La sensación dura exactamente hasta que el nombre de Marcus ilumina la pantalla de mi teléfono.

Entonces se me hiela la sangre.

—¿Nicole? —Su voz atraviesa el altavoz, cargada de una furia contenida que me pone los pelos de punta.

—¿Señor…? —Mi voz suena más vacilante de lo que me gustaría.

—Las licitaciones… —dice, y me basta con eso para saber que el día se ha torcido.

—¿Qué ocurre con ellas?

—¿Todavía tienes el descaro de preguntar? —ruge—. ¿Te pago para que no hagas nada?

—Señor, yo…

—¡Nada de peros! Si no estás aquí en cinco minutos, estás despedida.

Cuelga. Cierro los ojos, cuento hasta tres y reprimo el impulso de mandarlo todo al diablo. A veces me pregunto qué sería de mí si me dedicara a la moda, rodeada de telas y máquinas de coser, lejos de este despacho y de la mala leche de Marcus Wreen a las siete de la mañana.

Al salir del ascensor, el ambiente en la oficina está tenso. Silvia me lanza una mirada de advertencia.

—El señor ha perdido la cabeza —murmura.

Alcancé a oír la voz insidiosa de Marcus hasta el pasillo.

—¿Sabes a qué viene esto? —le pregunto, bajando la voz—. Dejé todo listo en su escritorio el viernes.

—¿Estás segura? —Silvia frunce el ceño.

—Completamente. Si no lo vio, es porque está ciego.

No me da tiempo a más. Silvia me hace una seña discreta y, de repente, caigo en la cuenta de que la oficina se ha quedado en un silencio absoluto.

La voz de Marcus se ha apagado. Me giro y me encuentro con sus ojos esmeralda clavados en mí.

El aire se me atasca en los pulmones. Por un segundo, tengo la sensación absurda de que ya lo he visto antes, aunque no sé dónde.

—Nicole. A mi oficina. Ahora.

Se da la vuelta sin esperar respuesta. Respiro hondo, tomo mi iPad y camino hacia la puerta que lleva su nombre grabado en letras cursivas. Toco dos veces y entro.

Marcus está tras el escritorio, revisando unos papeles con una concentración que no me da ninguna tranquilidad. La gabardina caqui le da un aire severo que no necesita.

—Buenos días, Marcus —intento sonar tranquila, como si el numerito del pasillo no hubiera existido.

Él levanta la mirada. Sus ojos verdes parecen diseccionarme, buscando el error que, según él, he cometido.

—Sobre la licitación…

—Nicole, no estoy sordo —me corta en seco.

Me quedo helada. No sé si pedir perdón o aguantar la respiración.

—¿Piensa quedarse ahí plantada? —añade con sorna.

Muerdo el interior de mi mejilla. Me observa atento, como si estuviera calculando cuánto puedo soportar antes de derrumbarme. Y, aunque debería querer salir corriendo, me quedo ahí, clavada al suelo.

—Lo siento, señor.

—¿Lo siente? —repite, arqueando una ceja. Una sombra de sonrisa aparece en sus labios, y ese gesto es lo que realmente me pone nerviosa.

Marcus deja caer una pila de carpetas sobre el escritorio. El golpe seco resuena en toda la oficina y yo doy un respingo involuntario. Él entrecierra los ojos, impaciente.

Recojo los documentos rápido, deseando salir de ahí antes de que encuentre un nuevo motivo para hacerme la vida imposible. Ya tengo la mano en el pomo de la puerta cuando su voz me detiene.

—Nicole, olvidas algo.

Me giro, preparándome para otro ataque, pero lo encuentro observándome con un brillo burlón. Odio cuando hace eso. Cuando grita, al menos sé a qué atenerme, pero esto… esto es territorio desconocido.

—El informe de obra —dice, con una paciencia fingida que me irrita más que sus gritos.

Ah. Eso. Magnífico. Mi dignidad acaba de tropezar y caer por las escaleras.

—Claro. —Consulto los datos en el iPad mientras mi pulso vuelve a la normalidad—. La modificación en los planos de los Calvert funcionó. El ángulo de visión es perfecto y conseguimos la entrada de luz que pedían.

—Bien.

—Además, los pagos de Calvert y Omega están programados para esta tarde.

—¿Algo más?

—A las tres tiene la reunión con Tarsen Group.

Marcus asiente, perdido en sus pensamientos, antes de señalar la mesa de centro con un gesto distraído.

—No olvides llevarte eso.

Sigo su gesto y descubro una bolsa blanca, impecable, junto al sofá. Por un instante, una punzada de ilusión revolotea en mi estómago. ¿Habrá recordado mi cumpleaños? Me acerco y la tomo entre las manos. Pero al abrirla, la ilusión se desmorona tan rápido como apareció.

Es una Himalaya Birkin de Hermès. La conozco demasiado bien. Fui yo misma quien la localizó y compró para una de las gemelas Crawford hace meses.

—Muchas gracias, señor Wreen —digo con una cortesía tan gélida que podría congelar la habitación—. No debió molestarse.

Marcus me observa en silencio. Su expresión es un bloque de granito, aunque hay algo en su mirada —una chispa que no logro descifrar— que me hace pensar que esperaba una reacción muy distinta a la mía.

Vuelvo a meter el bolso en la bolsa. No sé qué esperaba, sinceramente. Llevo años organizando los regalos de otras personas, debería haberme acostumbrado a esto.

—Si no es de tu gusto, puedes tirarlo a la basura.

La respuesta me hierve la sangre. Aprieto los labios y ruedo los ojos. ¿Es que nació así de insufrible o es una habilidad que ha ido perfeccionando con los años? Decido no responder. La experiencia me ha enseñado que discutir con él es una pérdida de tiempo.

Me doy media vuelta y salgo de su despacho. Marcus Wreen es como un tacón roto en mitad de una avenida concurrida: incómodo, inoportuno y, por mucho que lo intente, imposible de ignorar.

Salgo de la oficina con la bolsa entre las manos y el firme propósito de enseñársela a Stan para reírnos un rato a costa de su hermano. Lástima que estuviera en una reunión fuera; parece que Marcus tendría que conformarse con su propia compañía todo el día.

El resto de la mañana se convierte en un borrón de correos, presupuestos y eventos de temporada.

Cuando el relomarca las once, decido que es el momento de mi dosis de cafeína de emergencia.

Bajo a por un par de cafés y sándwiches, asumiendo que mi desayuno oficial ha quedado cancelado tras el numerito de Marcus.

Al volver a recepción, Silvia me recibe con una sonrisa radiante. Antes de que pueda preguntar qué tramaba, pone un ramo de flores frente a mí.

—¡Feliz cumpleaños, cariño!

El abrazo que me da es tan genuino que consigue arrancarme una sonrisa sincera.

—Gracias, Sil.

—Ahora, cuéntame —dice, mordiéndose la punta del dedo con esa expresión conspiradora que tanto la caracteriza—. Necesito vivir esa experiencia a través de ti. ¿Te comiste a ese bombón el viernes o qué?

Resoplo, negando con la cabeza. Su imaginación suele construir una versión de mi vida mucho más interesante (y menos patética) que la realidad. Aunque, para ser sincera, tampoco ayuda que yo misma haya pasado el fin de semana imaginando escenarios con aquel desconocido de la discoteca.

Le entrego su café y el sándwich, intentando restarle importancia.

—En un sueño, sí —respondo con una sonrisa pícara—. En mi cabeza, le salté encima y me lo devoré sin dejar ni las sobras.

La carcajada de Silvia me acompaña hasta mi despacho, logrando, por fin, que el mal sabor de boca que me ha dejado Marcus empiece a disiparse.