Bajo su corbata CAPÍTULO CUARENTA Y OCHO
94%

CAPÍTULO CUARENTA Y OCHO

Noventa y uno

———

La noticia corrió durante once días y Clara Aguirre no leyó casi nada, lo cual no era disciplina sino una forma de agotamiento.

Lo que leyó, en la mañana del trece, sentada en el suelo del piso de la calle Compañía a las siete, con la espalda apoyada en la pared, una taza de café y una camisa suya que había cogido de una silla sin pedir permiso, fue un párrafo,

en una publicación del sector a la que estaba suscrita desde sus años de máster, escrito por una mujer de unos sesenta años a la que había visto dos veces en cenas del sector y con la que no había cruzado ni una palabra.

Lo que ocurrió anoche en el Centenario de la Casa Valera no fue, digan lo que digan las agencias, un romance.

Fue una dimisión, y la protagonizó una mujer de treinta años que lleva cuatro años teniendo razón en salas llenas de gente que se equivocaba, y que eligió —sobre un escenario, delante de cuatrocientos de nosotros,

con toda la maquinaria de este sector apuntándole— salir del mejor puesto que le ofrecerán nunca antes que pasar veinte años siendo descrita como la mujer de alguien.

Cubro este negocio desde 1989. No he visto a nadie hacerlo jamás.

Clara leyó ese párrafo cuatro veces, luego dejó el teléfono y se quedó sentada en el suelo sin hacer nada un rato, porque era lo único que alguien había escrito nunca sobre ella que fuera del todo cierto,

y porque no había sabido hasta leerlo que llevaba treinta años esperando que una persona en una cena del sector dijera sobre ella una frase que fuera de verdad certera.

* * *

El estudio abrió el tres de marzo.

Encontró el edificio en febrero, un jueves, en mitad de aquellos once días: dos habitaciones en el quinto piso de un edificio de hierro fundido de la calle Toro, de ciento diez años de antigüedad, con un montacargas,

una ventana orientada al norte y un radiador que hacía un ruido como el de una persona pensando.

El alquiler era de cuatro mil ochocientos euros al mes, sus ahorros eran once mil euros, y firmó un contrato de dos años con una carta de crédito de once mil euros de un banco que la tuvo cuarenta minutos sentada en una silla.

No se lo dijo a nadie salvo a Eloy y a Nadia.

Eloy bajó de la Sierra de Francia el once de marzo con cuatro lienzos y un perro, sin avisar, se instaló en la segunda habitación y pintó una pared de blanco sin preguntar; y para abril la segunda habitación era un estudio dentro de un estudio,

y el perro se llamaba Siete y dormía bajo un escritorio que Clara había comprado de segunda mano.

El rótulo costaba once mil euros y no lo compró.

Durante tres semanas el estudio fue una puerta en el quinto piso con una cartulina pegada con cinta adhesiva, escrita con rotulador, que decía:

91 — AGUIRRE

Nadia vino a verlo el catorce de marzo y se quedó en mitad de dos habitaciones vacías con un radiador, un montacargas y una cartulina en la puerta, y dijo:

—Es una zahúrda.

—Sí.

—El primer cliente es la Casa Valera.

—Sí.

—Lo que significa que la primera persona que cruce esa puerta el lunes por la mañana será Bibiana Santacruz con un contrato, once personas y un presupuesto.

—Sí.

Nadia recorrió la sala con la mirada una vez más, luego miró a su mejor amiga y dijo, con esa voz concreta que usaba unas dos veces al año:

—Te conozco desde hace cinco años y te he visto cargar con tres personas, un edificio y las cartas de una muerta, y quiero que entiendas lo que estoy viendo ahora mismo, porque tú no vas a darte cuenta hasta los sesenta.

Esa cartulina de esa puerta es la primera cosa en la que has puesto tu propio nombre que no te ha dado nadie.

—Es un trozo de papel con rotulador.

—Es un trozo de papel con rotulador —convino Nadia, y lloró once segundos, y luego se sonó la nariz y dijo—: Bien. ¿Dónde está el hervidor?

* * *

Gabriel Valera llegó al estudio el nueve de mayo a las 18.40, se quedó en el umbral con un traje y dijo «señora Aguirre», y Clara dejó un rodillo de pintura y dijo «señor Valera», y el resto es materia de registro.

Lo que no es materia de registro es que ella sabía que iba a venir.

Lo sabía porque a las 16.20 de aquella tarde Nadia le había mandado una sola línea —tu ex está en la gala de la fundación, se ha ido pronto y el coche ha salido hacia el este—,

y Clara Aguirre se había quedado en mitad de dos habitaciones del quinto piso de un edificio de hierro fundido de la calle Toro, con una camiseta manchada de pintura y un rodillo en la mano, y había tardado cuatro minutos en decidir si irse a casa a cambiarse.

Había decidido que no.

Porque lo esencial —todo lo esencial de los once mil euros, la carta de crédito y la cartulina escrita con rotulador que aún no había sustituido— era que él iba a cruzar esa puerta y encontrar a una persona, y una persona no se va a casa a cambiarse.

Así que estaba de pie con una camiseta manchada de pintura cuando él entró.

Y él se quedó en el umbral mirando la sala —los dos escritorios, la pared de páginas de libros de cuentas enmarcadas, la cartulina, la mujer con el rodillo— y no dijo nada al respecto, ni se ofreció a pagar un rótulo, ni se ofreció a arreglar nada;

y Clara Aguirre comprendió en unos cuatro segundos que llevaba cuatro meses recibiendo una lección y la había aprendido, y que esa noche no había venido como un hombre con una empresa sino como un hombre con una frase.

La invitó a cenar.

La invitó como es debido, en la forma que ella había especificado en el suelo de un piso de la calle Compañía a las dos de la madrugada del trece de febrero, y no dijo nada ingenioso por el camino, y ella aceptó.

* * *

El rótulo se colocó el veinte de mayo.

Costó once mil euros y los pagó con la primera factura del estudio, que fue la iguala del Centenario de la Casa Valera, emitida a precio de mercado, negociada por la oficina de compras de Bibiana Santacruz a lo largo de cuatro semanas y dos rondas,

y cada euro de la cual lo había ganado Clara Aguirre en una sala del noveno piso de otra empresa dos años antes y lo había anotado en el reverso de un calendario de prensa a las once de la noche del tres de febrero, de su puño y letra, sin nadie más en la sala que ella.

Decía NOVENTA Y UNO con letras de latón de diez centímetros de alto, y debajo, en una línea más pequeña, con una tipografía que había elegido ella misma:

Marca y narrativa — C. Aguirre, titular

Eloy le hizo una foto desde la calle a las 19.40 y se la mandó, y Clara Aguirre se quedó de pie en el quinto piso de un edificio de hierro fundido de la calle Toro mirando la fotografía en un teléfono y luego, por la ventana, el rótulo real,

y comprendió que acababa de hacer lo que Viviana Valera no consiguió nunca en cuarenta años.

Había puesto su nombre en la puerta.