Bajo su corbata CAPÍTULO CUARENTA Y SEIS
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CAPÍTULO CUARENTA Y SEIS

Lo que decidió la sala

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Volvió a entrar a las 10.34, sin carmín y con las manos firmes, y con cuatrocientos periodistas acreditados en pie en los pasillos, y Leonor Vázquez la salió al encuentro en el borde del escenario y le dijo una sola frase.

—Bueno —dijo—. De esto ya no se vuelve atrás.

—No.

—Llevo treinta y seis años en esta empresa —dijo Leonor—, y en ese tiempo he visto a cuatro consejeros delegados dar un discurso desde ese escenario, y ni uno solo ha dicho nunca nada verdadero.

Nos has costado unos once millones de euros en valor de cobertura en las próximas cuarenta y ocho horas y nunca he estado más orgullosa de un trimestre.

Le puso la mano en el brazo a Clara. La firma es a las once. ¿Lo vas a hacer?

—¿Quién firma?

—Firma María Clara Arenas y firmo yo —dijo Leonor Vázquez—, y firma la persona que va a ser la próxima consejera delegada de esta empresa, y me gustaría que la directora creativa que construyó el centenario estuviera a su lado cuando lo haga.

Clara la miró.

—Vas a nombrar a Bibiana.

—Estoy recomendando a Bibiana —dijo Leonor—, y el consejo votará el cuatro de marzo, y llevo cuatro semanas contando los votos y no está nada reñido.

Hizo una pausa. Lleva seis años en la sombra de esta empresa queriendo una silla, y en noviembre aceptó el encargo más feo que le he dado a nadie porque le dije que el precio de la silla era que se asegurara de que el hombre que iba a dársela no se destruyera a sí mismo a la salida.

Esa no es una persona que quiera un puesto. Es una persona que puede sostenerlo.

—¿Y Hernán Rivas?

—Hernán Rivas ha dimitido del consejo a las 10.26 —dijo Leonor—, en un pasillo, ante mí, con la carpeta bajo el brazo.

Lo cual significa que va a quedar libre un asiento en el consejo el cuatro de marzo, y le he dedicado once minutos de reflexión, y me gustaría hablar contigo de un nombramiento de consejera no ejecutiva dentro de unos cuatro años,

cuando tu estudio tenga una cartera de clientes y nadie pueda decir que lo has sacado de una sala.

Sonrió. Sube y ponte en el escenario, señora Aguirre. Esta noche el edificio es tuyo.

* * *

La firma duró noventa segundos.

María Clara Arenas firmó la primera, con una estilográfica, delante de dos cadenas en directo; después firmó Leonor Vázquez, y luego Bibiana Santacruz subió desde la segunda fila con un vestido verde oscuro y estampó su nombre al pie de un documento que la convertía en consejera delegada de la Casa

Valera, y la sala aplaudió durante ciento cuarenta segundos, y Clara Aguirre permaneció de pie en el extremo de la mesa, con un vestido rojo y las manos entrelazadas delante de ella, viendo cómo sucedía.

Entonces María Clara Arenas cogió el micrófono.

—Tengo ochenta y un años —dijo—, y llevo firmando documentos en este sector desde 1968, y me gustaría decir algo antes del champán, porque dentro de cuatro minutos la prensa va a estar en esta sala y prefiero que el registro lo tenga antes.

Recorrió la mesa con la mirada.

—En 1962 mi madre me dijo que una mujer en este negocio tiene exactamente una elección: puede ser esposa o puede ser una firma.

Yo fui una firma. Tengo un marido, tres hijos, una fundación y una casa en Provenza, y llevo cincuenta y nueve años siendo una firma, y quiero decir, en esta sala, que es una vida muy buena y que no es la única.

Puso la mano plana sobre la mesa. Dos mujeres construyeron esta velada.

Una de ellas murió en 1961 y lo pagó. La otra tiene treinta años y acaba de renunciar al mejor puesto de su sector sobre un escenario, delante de once cadenas, para dejar de ser la subordinada de nadie.

Levantó la copa.

—Por la tercera opción.

La sala bebió.

* * *

La ronda de prensa duró dos horas y once minutos.

Clara la hizo de pie, con el vestido rojo, con Nadia Okonkwo a su izquierda y Bibiana Santacruz a su derecha, y respondió a cuatrocientas preguntas en dos idiomas, y las que recuerda son estas:

—Señora Aguirre, ¿es cierto que mantenía una relación con el anterior consejero delegado mientras él era su empleador?

—Sí. Está en el registro, en la carpeta, página cuarenta. Se lo comunicó al presidente del consejo el once de abril, se inhibió ese mismo día, y hay una carta sellada que lo certifica, fechada, firmada y adjunta. Siguiente pregunta.

—¿Cree que consiguió el puesto de directora creativa por él?

—No, y tampoco lo cree la mujer que ahora es consejera delegada, que votó contra mí en el comité de selección y cuyo voto particular consta en acta el dieciocho de octubre, página dieciséis. Siguiente pregunta.

—¿Por qué ha dimitido?

—Porque llevo once meses siendo honesta con todo salvo con lo único que paga mi alquiler, y me cansé.

Y porque no es apropiado que la pareja de una consejera delegada sea empleada de esa consejera delegada, y lo sé desde octubre, y he pasado cuatro meses decidiendo que prefiero construir algo mío antes que ser la excepción de alguien. Siguiente pregunta.

—¿Cómo se llama el estudio?

Clara Aguirre se detuvo por primera vez en dos horas.

No lo había decidido. Había pensado llamarlo Aguirre y en una carta que decía ven a buscarme donde estoy de verdad; y en lo que una mujer había hecho en 1931 para impedir que le arrebataran el único objeto honesto de su vida.

—Se llama Noventa y Uno —dijo Clara.

El periodista levantó la vista.

—Noventa y Uno. ¿Por qué?

—Porque es el número de partes de una fórmula que nadie ha sido capaz de copiar jamás —dijo Clara Aguirre—. Siguiente pregunta.