28 Un nuevo año
Albany, New York
Invierno, comienzo del año 1990
Mi silencio terminó por trastornar a Deirdre, que comenzó a llamarme sin descanso a la residencia, amorosa, para dejarme saber lo mucho que me extrañaba y deseaba que nos volviéramos a ver.
En nuestra última comunicación, me vestí de valor y le fui sincero.
—Pedirte tiempo solo fue un eufemismo… fui un cobarde, Deirdre, porque no te hablé claro, permití que pensaras que lo nuestro aún tenía futuro. Lo siento, pero no es así, te guardo un gran cariño y siempre tendrás un lugar especial en mis recuerdos, pero no te amo.
Mientras hablaba, hasta a mí me pareció de cobardes dejar salir toda aquella palabrería barata a través del teléfono y, en un punto de mi improvisado discurso, la vergüenza me hizo callar. Al otro lado de la línea, pude escuchar los lamentos y sollozos de Deirdre, que solo intensificaron mi culpa.
—Nunca imaginé que fueras ese tipo de hombre, Finley.
Cuánto te ha cambiado la ciudad… —Unos agudos sollozos le impidieron continuar, mientras el silencio me atenazaba la lengua—.
La gente me lo decía, pero yo me negué a créelo.
Qué mal te hizo dejarnos, eres otro, dejaste de amarme. No sabes como me lastima tu desamor…
Deirdre no podía ocultar el dolor, la desilusión y el desengaño en su tono de voz. Yo seguía callado, pegado a una de las paredes con la cabeza gacha, la mirada perdida sobre la alfombra bajo mis zapatos.
Nunca quise lastimarla, hacerla sufrir y sentirse miserable, aunque siempre fui consciente, desde que acepté mis sentimientos por Phuong, que eso pasaría, que era inevitable. Y me sentí mezquino.
Recuerdo los días después de aquella última caótica llamada entre nosotros, nublados bajo un manto de pesar. Por unos días, hasta a Phuong, con su carácter alegre y despreocupado, le costó animarme.
No pasó mucho tiempo antes de que papá me llamara por teléfono para reclamarme mi actitud y echarme en cara mi según él, atolondrada decisión.
—¡Ahora irás de mujeriego por la vida! Sin respeto, sin medida… ¡Por esa razón terminaste tu relación con Deirdre, para tener libertad y comportarte alocadamente! ¡Dios es el único que puede poner su mano y sacarte de esa vida de libertinaje que quieres llevar!
Papá no me dejaba hablar y lo dejé hasta que, tras la compostura, grité:
—¡No la amo, papá!
Días después fui yo quién llamó a casa, mi padre no se encontraba, pero pude hablar con mamá. Ella no me reclamó, sin embargo, no pudo pasar por alto comentarme sobre lo enojado y desilusionado que se sentía papá, y me informó que Deirdre no estaba bien de salud.
—El otro día esa niña perdió la conciencia en pleno culto —mencionó preocupada, trataba de que su voz prevaleciera sobre las preguntas que Darcy voceaba muy cerca de ella sobre Phuong.
Me pasé varias horas cabizbajo y pensativo, indeciso sobre llamar a Deirdre. No obstante, no reuní el valor suficiente para hacerlo. Interiormente no dejaba de repetirme los dichos de mamá al asegurarme que mi exnovia, al momento de nuestra llamada, se sentía mejor.
Phuong enseguida notó mi caótico estado de ánimo y terminé por desahogarme con él, aunque mis intenciones eran mantener alejado de todo ese conflicto a mi pareja. Porque, aunque no me lo había dicho, yo sospechaba que Phuong se sentía culpable por el distanciamiento entre mi padre y yo.
Detrás de la puerta cerrada del dormitorio estudiantil, y bajo sus caricias, pronto olvidé el drama con papá, y mi preocupación inicial por la salud de Deirdre quedó, egoístamente, arrumbada en un rincón de mi conciencia.
Poco a poco, la rutina nos absorbió y apenas nos veíamos en las horas de clase.
Tanto Phuong como yo comenzamos a trabajar unas horas en la universidad, la paga no era mucha, pero nos ayudaba con los gastos.
Sin embargo, aprovechábamos todo el tiempo libre juntos, ya fuera los fines de semana o entre ella, solos en la habitación que compartíamos.
Nos turnábamos para comprar comida en las tardes y para disfrutar de la cena en la intimidad del cuarto, compartiendo las experiencias diarias y planeando qué haríamos en nuestros días libres.
A mí me gustaba imaginar que aquel reducido espacio era el preámbulo a una vida juntos cuando decidiéramos mudarnos al que sería nuestro nido de amor, una vez ambos pudiéramos afrontarlo económicamente.
No obstante, mientras estuviésemos en la residencia, debíamos ser discretos para evitar problemas con la administración. Guardamos nuestra relación de todos, la única que sabía que éramos pareja era Daisy.
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Cuando la primavera hizo su entrada, Phuong y yo salimos a dar largos paseos, tomábamos fotografías y visitamos en varias ocasiones la feria, donde nos subimos a cuanta atracción mecánica encontramos, comimos hasta hartarnos y disfrutamos de las competencias y juegos.
Fueron varias las veces en que coincidimos con Miles, que siempre iba en compañía de un chico diferente.
Al comienzo, fue algo incómodo, pues yo me llenaba de inseguridad y dudas que terminaban en miedo, pues, de manera inmadura, me cuestionaba si Phuong se sentía afectado al ver a su exnovio con otras personas.
Pronto, mi amor se dio cuenta de mis temores y, a punta de besos, caricias y sinceras palabras, borró todas mis dudas, reafirmando nuestro amor.
Durante semanas, pasé por completo de llamar a mi hogar, pues cada vez que lo hacía, aunque era mi madre la que contestaba la llamada, podía oír a contraparte los reclamos de mi padre.
—¡Estoy orando por ti, hijo! No descanso porque tengo fe en que Dios va a hacer su obra. —Esa frase y otras eran vociferadas por Eoin en cada ocasión.
Siempre lo mismo, él voceaba, yo me sentía incómodo, la culpabilidad me invadía y, lo admito, también algo la vergüenza.
Para mediados de abril pudimos ser testigos de nuestra indiscreción, perdidos en nuestras emociones, ajenos y sujetos a los prejuicios y maldad de los demás.
Los administradores de la residencia pidieron hablar con nosotros, pero fue Ryan el que fue claro y preciso en sus alegaciones.
—Hasta mí han llegado rumores sobre una relación amorosa entre ustedes…
rumores que yo mismo comprobé hace unos días al verlos juntos en el área de estudio en una actitud que se podría llamar más que cercana.
—Ryan tomó la palabra en un tono que no admitía réplica o vacilaciones.
Él y su compañero, que se encargaba del turno de la noche, estaban sentados uno al lado del otro.
Mientras que el primero intercalaba su mirada entre Phuong y yo, el otro hombre, de apellido Pratt, tenía la suya en cualquier parte menos sobre nosotros.
—Las relaciones amorosas… íntimas entre residentes están prohibidas, el reglamento es claro, así que uno de los dos debe de marcharse de la residencia. —Sentí como una oleada de calor me arropaba el rostro y terminaba en mis orejas.
Lo cierto era que no había prestado gran atención al folleto con los reglamentos de la residencia, pues, más allá de lo que el mismo Ryan me había dicho en el recorrido que hizo conmigo a mi llegada, no creí necesario leer el pequeño y delgado panfleto.
Aún así no puse en duda la veracidad de sus dichos, pero tuve la impresión de que nuestra relación, al ser homosexual, era más que prohibida en el lugar.
Y, mientras yo deseaba escurrirme entre las losetas y desaparecer lejos, Phuong no perdió la compostura y nunca, a diferencia de mí, desvió la mirada o dio muestras de avergonzarse.
—Seré yo el que abandone la residencia, solo necesito el fin de semana para mudar mis cosas. —Sobresaltado, dirigí la mirada sobre Phuong, mientras enderezaba la postura y a punto estuve de protestar, pero su rápida mirada, acompañada de un gesto con la mano, me lo impidió.
—Me parece muy sabia decisión si tenemos en cuenta que el señor Byrne tiene poco tiempo aquí y asumo que aun no conoce a muchas personas en Albany —mencionó el señor Pratt, su tono de voz estrangulado me pareció el graznido de un pájaro.
Me puse de pie, exasperado, Phuong hizo lo propio y llevó una de sus manos a mi antebrazo.
—No es justo que seas tu él que tenga que irse. —Busqué su mirada con la mía.
—No se trata de justicia, es que yo tengo más posibilidades de encontrar alojamiento —mencionó con tono tranquilizador en tanto apretaba un poco mi brazo.
Apreté los labios mientras el enojo se paseaba por mi cuerpo y reemplazaba el pasmo de minutos antes.
En cuestión de días, Phuong recogió sus cosas y se mudó con Daisy, mientras a mí no me calentaban ni los rayos del sol. Estaba tan acostumbrado a nuestra cercana convivencia, a verlo y sentirlo a mi lado, que, aún antes de su inesperada mudanza, ya comenzaba a extrañarlo.
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Finales de mayo de 1990
Comienzos de verano
Con la primavera a punto de tocar su fin, junto al año universitario y la temporada veraniega a la vuelta de la esquina, era el momento de tomar algunas decisiones para los dos meses de vacaciones que se avecinaban.
Phuong, que no veía a su familia desde hacía meses, no hablaba de otra cosa sino de su próximo viaje a New York.
Yo, en algún lugar de mi mente, era consciente de que debía ir a visitar a mis padres, que sería lo mejor que podía hacer para tratar de que mi relación con mi familia, en especial con papá, subsanase, y también porque una pausa al tórrido romance entre Phuong y yo,
podría ser beneficiosa para extrañarnos, decía.
Durante semanas, traté de convencerme de que ese viaje a Seven Hills era necesario para la unidad familiar, además de que, un tiempo, un respiro entre Phuong y yo, que serviría para afianzar nuestra relación.
Sin embargo, solo Dios conocía mi verdadero sentir y el esfuerzo que hacía por no estallar y dejar salir toda la frustración que las circunstancias me provocaban. Hacer algo así frente a Phuong me parecía que me dejaría como una persona insegura e inmadura, tan diferente a él.
Entonces guardé silencio, aún cuando Phuong, muy perceptivo, se dio cuenta de que no lo pasaba nada bien e insistió en hablarlo, mientras yo le daba largas al asunto.
Recuerdo que la noche antes de su partida hacia New York, después de despedirnos haciendo el amor apasionadamente, Phuong me propuso que, luego de las dos semanas que yo planeaba pasar con mi familia, en vez de regresar a Albany, tomara un autobús directo a la gran manzana.
Su propuesta me levantó los ánimos, aunque la alegría me duró poco, avasallado por la añoranza ante su ausencia.
Enseguida que llegué a Seven Hills, el panorama a futuro cambió y, de alguna manera, se complicó.
La cálida bienvenida de mamá fue empañada por la expresión adusta de mi padre a su lado.
Mientras ella me abrazaba y dejaba un amoroso beso sobre una de mis mejillas, papá a su lado solo hizo un seco gesto con la cabeza antes de ponerme al tanto de la situación.
—Deirdre se encuentra hospitalizada, Finley. Su situación parece ser muy seria…es su corazón.
Esa misma tarde, luego de una rápida parada en casa, me fui directo hacia la clínica, y, una vez allí, me dio la sensación de quedar atrapado por las circunstancias.