Bajo nuestra lluvia de estrellas 2 Nuevos caminos #2
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2 Nuevos caminos #2

A mi derecha apareció una chica joven y bajita. Podría decirse que, cuando vi a Daisy Jane por primera vez, pensé que ella y Deirdre medían lo mismo, pero hasta ahí llegaba toda la similitud entre ambas.

Mientras a mi novia le costaba sonreír, y más ante extraños, la chica de cabellos cortos, lacios y rubios que tenía frente a mí, sonreía con ganas. Sentí que había detenido su andar solo por el placer de ser útil. Mi equipaje y mi cara de desorientado debieron bastar para suponer lo peor.

Sin embargo, no era así: estaba justo frente a la residencia Roosevelt, la indicada.

—Creo que no. Sin temor a equivocarme, estoy en el lugar correcto. Gracias.

Mientras hablaba, sacudí el panfleto con los datos de la residencia. Fui amable, con una sutil sonrisa en los labios. La chica me observaba con atención.

—Esta es la residencia Roosevelt… ¿cierto?

Ante su escrutinio, empecé a dudar, aunque las letras en relieve sobre el alero de la casona lo confirmaban.

—Sin duda. Mi nombre es Daisy Jane Smith y, si no te incomoda, puedo ayudarte con una de esas maletas.

No tardó en poner la mano sobre el asa de la más pequeña y encaminarse hacia la puerta principal.

Mi intención era declinar la ayuda —no me parecía correcto que una dama se tomara esa molestia—, pero la salida de un grupo de chicos que casi se nos echó encima por el estrecho camino de entrada me distrajo por completo.

No tardé en agarrar las dos restantes y avancé, más preocupado por sortear al grupo de universitarios —algunos enormes y muy altos— que por su evidente falta de caballerosidad hacia la rubia.

Daisy, sin embargo, no pareció afectada por el tropel.

Al entrar en el poco iluminado vestíbulo, nos recibió de inmediato el encargado, el señor Ryan, un hombre amable y atento que me dio la bienvenida, listo para enseñar la vivienda.

—Bienvenido al mundo universitario, señor Byrne.

Daisy se giró hacia la puerta, tras dejar la maleta al pie de las escaleras. A mí me esperaba el recorrido. La chica demoró unos segundos antes de empezar a alejarse; entonces me di cuenta de mi poca educación.

—Gracias por la ayuda, Daisy Jane. Yo me llamo Finley.

Daisy no dejó de alejarse, pero giró con gracia y me regaló otra de sus radiantes sonrisas.

—Encantada de conocerte, Finn. Seguro nos veremos por ahí…

La chica agitó una mano antes de salir. La puerta se cerró tras ella, encajando en su marco.

—¿Listo para conocer tu nuevo hogar?

El señor Ryan se esmeró en el recorrido.

Primero me mostró las habitaciones del piso inferior: la sala-comedor, muy espaciosa; la biblioteca, no muy grande pero bien equipada; y el área de cocina, donde cada estudiante tenía su espacio para guardar alimentos no perecederos.

También podíamos usar el refrigerador para enfriar líquidos o mantener algún alimento por cortos periodos.

Las comidas principales debíamos hacerlas en las cafeterías de las diferentes facultades; en los cuartos no se permitían alimentos, más allá de unos caramelos.

—Aquí atrás está el área para fumadores. No está prohibido fumar en el interior, pero procuramos disuadir a los residentes.

Señaló la puerta que llevaba al patio trasero antes de girar hacia el pasillo en dirección a las escaleras. Asentí y lo seguí. Mis tres maletas me esperaban para subir al segundo piso; agradecí el descanso intermedio.

Lo primero que vi al llegar al pasillo del piso superior fue un teléfono en la pared forrada de papel tapiz. Recordé que en la biblioteca había otro y que debía llamar a mis padres y a Deirdre en cuanto me desocupara.

La casona constaba de tres niveles; mi habitación estaba en el segundo, al final del pasillo. En ese piso, casi todas las habitaciones quedaban a mano izquierda; solo al llegar al otro tramo de escaleras se apreciaba un pasillo corto a la derecha, con dos habitaciones adicionales.

—Esas son privadas. En una vivo yo; la otra es del señor Pratt, que se encarga del turno de noche.

Ryan habló de los horarios del cuarto de lavadoras —no me lo mostró, pero me dijo que estaba en el sótano— y mencionó que, a partir de la una de la madrugada, la puerta principal se mantenía cerrada y había que llamar por el intercomunicador al señor Pratt para que abriera.

En el tercer piso había más habitaciones y algunos cuartos de aseo, ya que no todas contaban con baño privado. De asegurar ese detalle se encargó papá cuando hizo los arreglos: se aseguró de que la habitación que yo ocupara tuviese baño privado, aunque fuera compartida.

—Durante estos días llegarán más estudiantes, incluido tu compañero de habitación. El martes será la orientación en el edificio Kennedy de la facultad de Generales y las clases comienzan oficialmente el lunes. Estoy seguro de que tendrás tiempo suficiente para organizarte, Finley.

El señor Ryan no tardó mucho más en dejarme solo.

Me distraje arrastrando las tres maletas y el bulto.

Antes de cerrar la puerta, vi movimiento en el pasillo y escuché carreras, que subían y bajaban, acompañadas de voces exaltadas —algunas se quejaban de que no hubiera ascensor—.

Sin embargo, pronto comprendí que, por esa noche, tendría la espaciosa habitación para mí solo: mi compañero no haría acto de presencia.

No voy a negar que fue un gran alivio. Estaba muy cansado y lo último que quería era tratar con gente nueva a la que debía mostrarme educado y amable.

Tras una ducha larga, me recosté con la idea de bajar a llamar a mi familia y a Deirdre, pero el cansancio del viaje me venció y, sin darme cuenta, mis ojos se cerraron y me perdí en la inconsciencia.