31 #2
Al colgar, se quedó unos segundos mirando la pantalla. Sabía que esa llamada llegaría. Y precisamente por eso había decidido ir a casa de sus padres, mientras Caio estaba de viaje. Quería evitar conflictos y cualquier situación malinterpretada.
Alonso y Rebeca sabían del pedido de Caio y habían insistido en que se quedara con ellos hasta su regreso. En realidad, también era una excusa para tener cerca a su hija y a su nieta.
Filipa fue hacia el área de comidas. Compró un café y se sentó junto a la ventana.
Aurora dormía tranquilamente a su lado. Estaba en paz.
Hasta que vio a alguien detenerse frente a su mesa.
La sonrisa desapareció— Isabel. De todas las personas posibles, era la última que quería ver en ese momento.
Su cuerpo se tensó, pero no apartó la mirada.
Isabel también parecía sorprendida. Su rostro estaba más delgado, más apagado. Pero aún había algo en ella: orgullo.
—Filipa…
La voz salió dudosa.
—¿Podemos hablar?
Filipa la observó unos segundos. Luego asintió. Sabía que ese momento llegaría. Se sentaron frente a frente. Aurora seguía dormida. Durante unos instantes solo hubo silencio. Hasta que Filipa habló.
—¿Por qué?
Una sola palabra, pero cargada de meses de dolor y de respuestas que nunca llegaron.
Isabel permaneció en silencio. El rostro pálido y las manos entrelazadas delataban la tensión que luchaba por contener.
Pero no lloraba. Filipa la observó con detenimiento y comprendió una dolorosa verdad: Isabel jamás se permitiría derrumbarse delante de ella.
Aun así, en su mirada brillaba la amarga certeza de haber perdido lo que más quería.
—¿Sabes qué es lo que más me sorprende? —inquirió Filipa.
Isabel levantó los ojos.
—¿Qué?
—Que sigues mirando todo esto desde tu propio dolor.
La mandíbula de Isabel se tensó al instante.
—No es verdad.
—Sí lo es —mantuvo Filipa, con la voz firme, templada.
—Tú perdiste a Guto y yo perdí mi paz. Perdí meses de embarazo y momentos que jamás volverán.
Aquellas palabras funcionaron como un impacto físico. Por primera vez desde que se sentaron, Isabel apartó la mirada.
—Yo lo amaba —la respuesta salió baja, contenida, casi un ruego.
—Yo también —sentenció Filipa.
El silencio cayó entre ambas, denso y asfixiante.
—La diferencia —continuó Filipa— es que yo no tuve que destruir nada para amar a alguien.
Isabel respiró profundo, aferrándose a lo último que le quedaba de compostura.
—Nunca imaginé que terminaría así.
—Pero terminó.
—Yo estaba desesperada —soltó Isabel, como si el desespero fuera una justificación válida.
Filipa soltó una risa seca, carente de humor.
—Yo estaba embarazada, Isabel.
La frase quedó suspendida en el aire, pesada como el plomo.
—Mientras yo intentaba descifrar por qué él me había abandonado… tú sabías la verdad. Mientras yo pasaba las noches llorando… tú sabías la verdad. Y mientras yo temía por el futuro de mi hija… tú sabías la verdad.
Cada acusación desarmaba un poco más a Isabel, despojándola de cualquier defensa posible.
Mientras Filipa hablaba, sus ojos se desviaron por un segundo hacia la pequeña Aurora, la viva imagen del hombre al que ambas habían entregado el corazón.
—Tú tuviste elección. Yo no.
Isabel cerró los ojos con fuerza. Quizá, por fin, empezaba a asimilar la verdadera magnitud del desastre.
—No puedo cambiar lo que pasó —admitió con amargura.
—No. No puedes.
Filipa se levantó y tomó su bolso de la silla.
—Y ese es, precisamente, el problema.
Se ajustó la correa en el hombro, irguiendo la postura.
—Pasaste demasiado tiempo intentando controlar la vida de los demás y olvidaste que cada elección tiene un precio.
Isabel se quedó inmóvil, de piedra. Filipa la contempló una última vez. No vio un arrepentimiento claro, ni el esbozo de una redención. Solo encontró la mirada vacía de alguien que lo había perdido todo y ya no tenía nada que recuperar.
—Adiós, Isabel.
Y se fue, empujando el carrito de Aurora, sin mirar atrás.
≈
Filipa salió de la cafetería sintiéndose extrañamente ligera, con la sensación de haber cerrado un capítulo que llevaba demasiado tiempo abierto. El asunto estaba cerrado, o al menos debería estarlo.
Ajustó la manta de Aurora y continuó caminando por el pasillo del centro comercial. Fue entonces cuando divisó a alguien que venía en su dirección. Guto. Se detuvo de inmediato, sorprendida.
—¿Qué estás haciendo aquí?
Una sonrisa apareció en el rostro de él.
—Hola, guapa.
Filipa suspiró. Ahí estaba otra vez, llamándola de esa manera.
—No pude esperar hasta más tarde para verlos. ¿Está todo bien?
Ella se encogió de hombros.
—Sí.
Guto la observó durante unos segundos.
—No lo parece. Tienes cara de preocupada. ¿Qué tal si nos sentamos a tomar un café?
Filipa soltó una risita.
—Si quieres encontrarte con Isabel, podemos volver a la cafetería.
Guto frunció el ceño y tardó unos segundos en comprender.
—¿Te encontraste con Isabel?
—Sí. Acabo de salir de una conversación con ella.
La sonrisa de él desapareció.
—¿Y cómo fue?
—Liberador.
Mientras caminaban, Filipa le contó brevemente lo ocurrido. Guto escuchaba en silencio, sin interrumpir. Cuando ella terminó, él solo negó con la cabeza.
—No me sorprende. Pero creo que necesitaba escuchar cada palabra. Aunque no creo que eso cambie nada, porque, lamentablemente, hay personas así.
Siguieron andando hasta otra cafetería del centro comercial, más tranquila y reservada. Se sentaron junto a una ventana. Guto tomó a Aurora en brazos como siempre hacía.
—Mi niña está cada día más bonita.
Sonrió a su hija. Luego alzó la mirada hacia Filipa.
—Igual que su madre.
Filipa puso los ojos en blanco, intentando esconder la sonrisa que se le escapaba. Continuaron conversando. Cuando Aurora se quedó profundamente dormida, Guto la acomodó en el carrito. Después volvió a mirar a Filipa, y su expresión cambió, volviéndose más intensa y seria.
—No tienes idea de lo bien que me hacen estos encuentros.
Filipa ya conocía ese tono.
—Guto…
—Escúchame.
Su voz salió baja. Se inclinó ligeramente hacia ella.
—Sé que estás con Caio. Lo sé todo. Pero no puedo fingir que mis sentimientos hayan desaparecido, porque no han desaparecido.
Filipa desvió la mirada, con el corazón acelerado.
—Guto…
—Nunca dejé de amarte. Nunca.
El silencio se instaló entre ellos.
—Y te veo, Filipa. Te veo cuando me miras, cuando intentas huir de mí y cuando te pones nerviosa. Puedes no admitirlo, pero yo sé que tú me amas.
Ella cerró los ojos un instante, sintiéndose demasiado expuesta. Una parte de ella quería escuchar aquello, quería creerlo y olvidar todo lo demás. Pero no podía. Por Caio y por Aurora.
Guto levantó la mano y le acarició el rostro con delicadeza, como antes. Filipa sintió que todo su cuerpo se estremecía. Pero sujetó su muñeca y apartó su mano lentamente.
—Guto… por favor, estamos en el centro comercial.
La petición salió más débil de lo que habría querido.
Guto suspiró, se pasó la mano por el pelo y decidió no insistir.
Al final de la tarde, la llevó hasta casa de sus padres. Durante el trayecto, Aurora dormía plácidamente, y cualquiera que los viera desde fuera pensaría que eran una familia feliz. Pero las apariencias no siempre contaban la verdad, sobre todo cuando había demasiados sentimientos en juego.
Lo que ninguno de los dos notó fue que, al otro lado del pasillo de la cafetería, alguien los observaba. Isabel.
Iba camino a la salida del centro comercial cuando los vio sentados allí. Se detuvo en seco. Al principio pensó en acercarse, en hacerse notar. Pero desistió y se quedó observando en silencio.
Entonces vio cómo Guto le acariciaba el rostro a Filipa en un gesto íntimo, cercano, familiar.
La rabia que sintió fue inmediata, visceral. Sin pensar en las consecuencias, sacó el móvil y empezó a fotografiar cada detalle de aquella escena.
≈
El resto de la semana transcurrió con tranquilidad.
Estar en casa de sus padres siempre le hacía bien.
Había algo en aquel lugar que la hacía sentirse protegida y acogida.
Entre los cuidados con Aurora, las conversaciones con Rebeca y la presencia constante de Alonso, los días pasaron más rápido de lo que imaginaba.
El viernes, Caio finalmente regresó. En cuanto estacionó frente a la casa de sus suegros y vio a Filipa en la veranda, bajó del coche sin ocultar la sonrisa. No esperó a que ella se acercara. Fue a su encuentro y la abrazó.
—Ah, pequeña… cuánto te he echado de menos.
Filipa sonrió y se refugió en su pecho, sintiendo la familiaridad que siempre encontraba en él. Pero, por algún motivo, algo parecía distinto dentro de ella, algo que aún no conseguía nombrar.
Después de saludar a Alonso y Rebeca, Caio fue directamente a la habitación. Necesitaba ver a su hija. Aurora dormía profundamente en la cuna que sus abuelos habían preparado para ella. Aun así, no pudo resistirse. La tomó en brazos con el mayor cuidado del mundo.
—Ah, mi niña… cómo te he echado de menos.
Aurora soltó un pequeño murmullo al reconocer su voz. Se movió unos segundos y volvió a dormirse. Caio sonrió.
Más tarde, todos cenaron juntos. La noche fue ligera y agradable. Durante unas horas, los problemas parecieron lejanos. Era uno de esos momentos simples que Filipa tanto valoraba, cuando la familia estaba reunida y todo parecía estar exactamente donde debía.
Cuando finalmente regresaron a casa, Filipa acomodó a Aurora en la cuna mientras Caio fue a ducharse. Era la primera noche de los dos juntos después del viaje.
Cuando él salió del baño, se acercó a ella, la tomó entre sus brazos y la abrazó con fuerza.
—Te he echado de menos, pequeña. Mucho.
Filipa apoyó la cabeza en su pecho y cerró los ojos, intentando reencontrar la misma sensación de siempre, el mismo entusiasmo y la misma certeza. Pero algo dentro de ella parecía distante. Caio no lo notó. O quizá prefirió no notarlo. La abrazó aún más fuerte y Filipa correspondió.
Por primera vez desde que estaban juntos, sintió un malestar silencioso crecer dentro de sí. La culpa y la inquietud tenían nombre, y ella sabía exactamente cuál era: Guto.